«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)
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19 sept 2009

De los Diluvios Universales

Aviso a mis lectores
Ante todo, gracias por su visita. Les comunico que forzado por la nueva política de Google he dejado caducar el dominio www. A partir de este 20 de octubre de 2013 se accedera a estas páginas a través del dominio Blogger, es decir: http://sobre-historias-y-leyendas.blogspot.com He procurado ponerme en comunicación directa con todos aquellos seguidores del blog de los que dispongo contacto. Seguimos en ruta. Un cordial saludo a todo el mundo
«Hazte un arca de madera de árbol conífero. Haz compartimentos al arca, y cúbrela con brea por dentro y por fuera. Hazla de esta manera: de 300 codos de largo, 50 codos de ancho y 30 codos de alto. Hazle una claraboya y termínala a un codo de la parte alta. La puerta del arca estará a uno de sus lados. Construye también un piso bajo, uno intermedio y uno superior. Porque he aquí que Yo voy a traer un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en la cual hay aliento de vida debajo del cielo. Todo lo que hay en la tierra morirá» (Génesis, 6,14) 
La escasez de contactos entre las poblaciones tribales de los albores de la civilización hizo que nuestros dispersos antecesores, habitaran donde habitaran, se considerasen los primeros pobladores de su territorio, y no fue hasta hace unos cuatro o cinco mil años cuando se llegó en ciertas áreas clave por su fertilidad, como fueron los grandes valles fluviales del Indo-Ganges y del Éufrates-Tigris sobre todo, a alcanzar una densidad de población tan insostenible como para incitar, a falta de tierras vírgenes, a la invasión de otros territorios ocupados. Acadios, sumerios, egipcios, hititas, fenicios, hebreos, arameos, griegos, romanos… todos se pensaban a sí mismos como autóctonos, del latín ‘autochtonis’, creados de la tierra misma, o aborígenes, de ‘ab-origines’, los que están desde el origen, porque se consideraban pertenecientes a los grupos étnicos primigenios de la humanidad, según vimos con más detalle en la entrada anterior.

Pero la antigüedad de aborígenes y autóctonos tiene una legendaria e infranqueable barrera: El Diluvio Universal. Si bien su existencia local ha sido arqueológicamente constatada, y datada hacia el tercer milenio en el valle del Éufrates-Tigris (actual Irak), las investigaciones geológicas rechazan confirmar tanto su universalidad como su simultaneidad en todas las zonas donde se produjo, incluso dentro de la relativamente reducida zona del Asia Menor.
El mito del Diluvio suele aparecer en culturas o civilizaciones que crecieron fertilizadas por grandes corrientes fluviales principalmente, pero también en las fecundadas por la proximidad de mares y océanos, conectando, sociológica y antropológicamente, al agua a una parte esencial de su propia identidad cultural. Por citar dos ejemplos, a uno y otro lado del subcontinente indio, es el caso de la religión persa, cuyo diluvio se contiene en la principal obra de poesía épica, el Yima, que toma su nombre del héroe protagonista; y de las narraciones del héroe chino Yu, aproximadamente tres milenios anterior a nuestra Era, que ilustran su mito diluviano.

También entre los aborígenes australianos pervive la creencia de que su isla eraanteriormente mucho más grande, pero que la Gran Lluvia sumergió a más de la mitad de las tierras. O Teocopactli, dentro de la cultura azteca de Méjico, también denominado en algunas narraciones con los nombres de Texpi o de Coxcox, quien fue el único que se salvó, junto a su familia, del diluvio enviado por la furia del dios Tescatlipoca, al construir un barco de ciprés en el que iban sus hijos, algunos animales y provisiones.

«En el año 1923, el investigador Wolley, que estaba explorando el zigurat mandado construir por Ur-namun en Ur, descubre en la tumba real una capa de lodo, de unos tres metros de espesor, que separa restos arqueológicos diferentes: el inferior con cerámica a mano y el superior a torno, lo que permitió datar el acontecimiento sobre el año 3000. Al norte de Babilonia el espesor quedaba reducido a 0,5 metros. Para depositar una capa de lodos de tres metros es necesario un nivel de inundación en el valle de entre 15 y 30 metros, con unos sólidos entre el 15% y el 20% del caudal» (Diluvios, mitos y abundancias, Manuel Novoa Rodríguez, Rev. COL. ING. CAMINOS CANALES Y PUERTOS, nº 47)



CONTENIDO:

1 Los Diluvios Clásicos
2 Los Diluvios europeos
3 Ciencia y Diluvio
4 Y una despedida tierna




1 Los Diluvios Clásicos

(Miguel Ángel el Genial, patentizó en este Universal Diluvio de la Capilla Sixtina un pensamiento muy crítico con las decisiones divinas, muy influido por sus contactos con el humanismo de su época, y bastante distante de la ortodoxia cristiana. En el despiece que ilustra esta entrada intentamos destacar cómo las expresiones que Miguel Ángel imprime a los desesperados náufragos hacen dudar al espectador de esa supuesta tremenda malignidad que les ha hecho acreedores a tan espantoso destino. Sobre todo teniendo presente que en los momentos crueles es cuando afloran en toda su crudeza los peores instintos humanos. No será esta la última vez que llamemos la atención acerca de la racional independencia de aquel increible artista y su valiente plasmación plástica)

La mitología griega narra dos acontecimientos que pueden ser presentados como diluvios: la fábula de Deucalión y Pirra, y la inundación del Ática en tiempos del rey Ogiges. En esta, Ogiges y sus soldados son avisados en sueños por los dioses y tienen tiempo de agarrar los barcos y salir pitando de la zona continental y llegar a la isla de Chíos, donde estuvieron nueve días ―y nueve noches, obviedad que se añade siempre en estos casos― hasta que bajaron las aguas y pudieron regresar y repoblar de nuevo Grecia.

La primera inundación tiene como protagonistas a Deucalión, hijo de Prometeo, y a su esposa Pirra, los cuales fueron avisados por el propio Prometeo de que Zeus, indignado por el comportamiento del mundo, iba a destruirlo. El dios Zeus desencadenó un gran diluvio en la tierra con el propósito de exterminar a toda la raza humana, pero Deucalión, rey de Pitia, prevenido por su padre Prometeo, construyó un arca. Luego, el mundo entero quedó inundado, pero el arca flotó durante nueve días, hasta que se posó en el Monte Parnaso, o en el Monte Etna, o en el Monte Atos, o en el Monte Otris (en Tesalia), según de donde sea quien te cuenta las cosas.
Cuando desembarcaron ofrecieron un sacrificio a Zeus y oraron en el templo de la diosa Temis (“el Orden”). Esta les ordenó: “¡Cubríos la cabeza y arrojad los huesos de vuestra madre a vuestra espalda!”. Ante esta macabra admonición la escamada pareja prefirió atenerse a una traducción libre suponiendo que la diosa hacía referencia a la Madre Tierra, cuyos huesos eran las piedras que había a orillas del río. Bien porque hubo suerte, o porque Temis mirase para otro lado, esas piedras se convirtieron en hombres o mujeres según las arrojara Deucalión o su esposa Pirra.

Así fue como la humanidad griega se renovó, y desde entonces “un pueblo” (‘laos’) y “una piedra” (‘laas’) han sido casi la misma palabra en muchos idiomas. Helenoel que brilla, como previene su raíz, helio, solar―, hijo de Deucalión, era el supuesto antepasado de todos los griegos, y “Deucalión” significa “Marinero de vino nuevo”, ‘deuco-halieus’, lo que establece una relación más con Noé, inventor bíblico del vino. Heleno era hermano de la Ariadna de Creta, que se casó con Dioniso, el dios del vino. Y también Dioniso viajó en una nave en forma de luna nueva llena de animales, según una maraña de versiones, que forman un bosque de leyendas que no nos dejan ver el monte Olimpo.

Noé y Deucalión, en el puente de mando de sus respectivos arcas, son los primitivos padres de todos nosotros los occidentales, dado que todos nuestros antecesores ―los hijos de Adán y Eva por parte de la rama hebrea y los de Prometeo por parte de la griega― existentes en ambas zonas mitológicas antes del Diluvio, habían quedado bajo las aguas de éste. Por cierto, ni de la mujer de Noé ni de las de sus hijos, Sem, Cam y Jafet, se molesta en darnos nombres el Génesis, a diferencia de lo que hace con sus hijos, nietos, bisnietos y exhaustinietos varones.

Tampoco los griegos dan mucha seña femenina de identidad, aunque ganan a los hebreos por uno a cero al citar a Pirra. De Heleno, padre de las principales naciones de Grecia, nacieron Eolo y Doro, de éstos surgieron los eolios y los dorios, y de su hijo Juto los aqueos y los jonios. En definitiva vemos que, además del asunto del vino, hay otro importante punto de concordancia entre griegos y hebreos: las mujeres. La mujer, al igual que reptiles y pájaros, debe de pertenecer a un reino distinto al del hombre ―es bella, atractiva, seductora, pero inferior―, y es el origen de todos los males sobre la tierra.
El islam también considera a Noé como uno de sus profetas, al que llama Nuj. Según la religión musulmana, el Arca de Noé, tras el diluvio universal, no se posó en el monte Ararat, como dice la Biblia, sino en los montes Cudí, muy cerca de la ciudad kurda de Cizre. Algunos especialistas consideran esta hipótesis más lógica que la señalada en la Biblia, pues, al contrario de lo que curre con el Ararat, situado a 450 kilómetros en línea recta, los montes Zagros, y concretamente la cordillera Cudí, están situados justo en el lugar donde el cauce del Tigris irrumpe en las llanuras mesopotámicas. Cizre, capital de la Yazira (isla entre dos ríos), conserva, incluso, una tumba dedicada al patriarca bíblico.
En esta versión, el diluvio universal se habría debido al desbordamiento simultáneo de los caudalosos Tigris y Eufrates, lo que, a su vez, habría provocado la inundación de toda Mesopotamia.

La inspiración de ambas leyendas ―de ambas tres se podría decir si nos dejaran― se encuentra en el poema épico babilónico denominado Gilgamesh (o Izdubar), cuyos vestigios se remontan a la época en la que Sumer era el centro del mundo conocido. Y que registra un diluvio mesopotámico del tercer milenio, pero también evoca la fiesta del Año Nuevo otoñal, celebrada en conmemoración de la entrega por parte de Utnapishtim, el Noé babilónico, de vino nuevo dulce a los constructores de su arca. Un detalle.

Esta narración se contiene en doce tablas ―curiosa es la reiteración de tal número de unidades en las mitologías― con inserciones cuneiformes de la lengua de Acad, descubiertas en Nínive por el arqueólogo británico George Smith en el año 1872, dentro de la excavación que posteriormente halló la que fue biblioteca del monarca babilónico Asurbanipal. El protagonista principal del poema épico es el héroe Gilgamesh, en uno de cuyos viajes recorre la costa mediterránea para visitar a su bisabuelo, el no menos legendario Ut-Napisthim o Sitnahpisti, al que cede todo el protagonismo en lo que al diluvio se refiere. Y parece que los dioses babilonios no eran tan remilgados a la hora de juzgar a los mortales, pues Ut-Napisthim cuenta que:
«Mandé embarcar en la nave a toda mi familia y a mis amigos,
las bestias del campo, los rebaños del campo, los artesanos, a todos les hice embarcar.
Yo entré en la nave y cerré la puerta.
Desde el origen del cielo se elevó una
nube negra… ».



Aunque estos dioses parecen bastante razonables, eran más severos que los dioses persas, los cuales permitieron a Yima, el Noé iraní, invitar a mil parejas a su refugio. Éste no era flotante, sino subterráneo y se llamaba ‘vara’ y estaba hecho con arcilla y tenía tres sótanos y espaciosos pasillos centrales, algo así como el parking del Corte Inglés de Felipe II. Como siempre ocurre en estos casos y en las discotecas caras, se seleccionó rigurosamente al personal, negando el acceso al local incluso a aquellos que tuvieran los dientes desiguales o la gripe A. Y allí se quedaron tan ricamente hasta que arriba cesó la guerra del Golfo y la tormenta de arena.

Pero, a su vez, los antecedentes de todos estos relatos están en la India, en las narraciones ancestrales de cuentos religiosos y morales recogidos en la Satapatha Brahmana. En ellos, Manu guiado por un pez al que había salvado, construye un arca en el que se puede conservar la semilla de todas las cosas, método mucho más higiénico y funcional que el posteriormente adoptado para estas emergencias.

De fecha más reciente que la mesopotámica, los egipcios conservan dos tradiciones sobre una gran inundación, al margen de los anuales desbordamientos del Nilo, una es popular y divertida, y la otra queda reseñada con el típico espíritu concienzudo y muermo de los escribas. En la versión “nacional”, las diosas-felinas Bast y Sekmet, comisionadas por los dioses para destruir a la humanidad, desencadenaron una serie de catástrofes y matanzas que a punto estuvieron de conseguirlo… hasta que los dioses cayeron en la cuenta de que estaban a punto de quedarse sin fieles ni ofrendas ni mano de obra barata. Entonces provocaron una inundación de cerveza en las aguas, emborrachando a las diosas, y enviándolas a dormir la mona y multándolas por el botellón; con lo cual olvidaron su misión y cómo se llamaban.
En cuanto a la versión jeroglífica, bastante más sosa, se remite a Surid, uno de los reyes predinásticos y predilúvicos, el cual soñó con una gran inundación seguida de un gran incendio durante el apogeo de Leo. Entonces Surid ordenó la construcción de las dos grandes pirámides de Khufú, Keops en griego, y Kefrén; y que además se grabaran en sus paredes las ciencias secretas ―que son todas, como siempre lo han sido mientras no han sido “popularizadas” por el espía enemigo o la competencia desleal― de modo que se salvaran para beneficio de los supervivientes. Majetes los egipcios.





2 Los Diluvios Europeos
Los romanos también tienen su diluvio particular, aunque a escala más rural y más mediterránea, y que trasladaron cautamente a las tierras griegas antiguamente situadas en Turquía: Filemón y Baucis, en la mitología romana, era una pareja campesina de Frigia que, pese a su lugar natalicio, destacaba por su amor recíproco y esas cosas. Cuando Júpiter, padre de los dioses, y su mensajero, Mercurio, recorrieron Frigia bajo apariencia humana buscando alimento y albergue, nadie los acogió excepto el anciano Filemón y su mujer, Baucis, quienes les brindaron hospitalidad.
Como recompensa por su amabilidad, Júpiter los salvó de un diluvio que había enviado para castigar a los frigios y además sustituyó la humilde morada de la pareja por un templo, en un gesto de generosidad bien entendida. También les prometió otorgarles todo lo que desearan, pero ellos, en vista de cómo se las gastaba Zeus y de su olímpica tacañería, sólo pidieron ser sacerdotes de su templo ―con lo cual evitaban el desahucio y aseguraban la pensión― y morir al mismo tiempo. Por si acaso.

En la Irlanda precatólica y prerromana, tan alejada de Dios y de Noé por entonces, pero tan cerca de Inglaterra como siempre, fue un súbito flujo oceánico el que obligó a la reina Ceseair acompañada de su corte a emigrar ―todo un augurio para el futuro―, recogiéndose en un barco en el que estuvieron dando vueltas por ahí durante los siete años y medio que duró la marejada.
La islandesa y remota saga de los Edda antiqua, es el mismísimo dios Odín quien entretiene a su gente de manera muy hermosa, describiendo como “diluvio” lo que no es más que un normal paisaje islandés:
«Las montañas se precipitan unas contra otras
y el cielo se parte en dos,
el sol nace muerto,
la tierra se hunde en los mares,
las rutilantes estrellas se desvanecen,
el fuego ruge enfurecido y proyecta sus llamas
hasta los cielos».

Escandinavos y germanos se representan los terremotos y maremotos característicos de su particular catástrofe, que tampoco responden al típico diluvio de toda la vida, como resultante de un pulso entre el dios Thor y el Rey de los Gigantes Glaciales, en desafio cósmico para ver quien era más burro. Una tradición inveterada de los mozos de pura cepa de los climas fríos.

Los antiguos galos aseguraban a los romanos que condescendían a hacerles caso, que sus antecesores eran supervivientes de una isla desaparecida en el Atlántico. Con esto enlazamos con Platón y su Atlántida, que es la nuestra, y cerramos, aunque me temo que incompleta, la turné de las purgas celestiales.
De todas formas, la cultura occidental, que es la única que queda, ha eliminado a todos los competidores diluviales de la Biblia, y estas y otras bellas elucubraciones se han borrado de nuestra memoria en beneficio del áspero y sarmentoso Noé. Con él la tormenta se nos vino encima sin avisar, y sin más ni más se nos cuenta (Génesis, 6-2) que «viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron».

Deberemos deducir, por lo que sigue a continuación, que las hijas de Dios eran espantosas o eran estériles, ya que «dijo Jehová: “No permanecerá por siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne. Ciento veinte años serán sus días”».
Algunos piensan que “los hijos de Dios” fueron de la familia de Set, y “las hijas de los hombres” de la familia de Caín, y con razón, puesto que aquellos otros hijos e hijas que engendró Adán después de Set no vuelven a dar señales de vida.
De su reposada lectura cabe deducir que antes del Diluvio no había ni una mujer casada buena ni una hija de Dios que mereciera salvarse. ¿Y, la innominada mujer de Noé? ¿De dónde la sacó? ¿Y de dónde salieron sus tres anónimas nueras? Al final (Génesis, 6-7) Jehová se avergonzó de la alocada humanidad hasta tal punto que se dijo:
«Voy a exterminar al hombre que hice sobre la faz de la tierra; al hombre, a los animales, a los reptiles y hasta a las aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho».

No parece que la criba haya servido de mucho.



3 Ciencia y Diluvio
«Debió ser por esta época [la de la visita del Beagle a las costas sudamericanas] cuando Darwin comenzó a discutir con el capitán FitzRoy sobre la autenticidad de la historia del Diluvio. ¿Cómo se habían acomodado bestias tan enormes a bordo del Arca? FitzRoy tenía una respuesta. No todos los animales consiguieron embarcar, explicaba; por alguna razón divina éstos [refiriéndose a los restos fósiles esparcidos de dinosaurios que vieron por la pampa] habían sido dejados fuera y se ahogaron. Pero, protestaba Darwin, ¿se ahogaron realmente…?» (Alan Moorehead: Darwin. La expedición en el Beagle (1831-1836)).

Antes del desarrollo de la geología científica y de la aparición de las teorías de la evolución, en el siglo XIX, solía pensarse que el Diluvio bíblico fue un acontecimiento histórico ―existen abundantes fragmentos del arca amorosamente guardados como reliquia―, pues, aparte de los arriba mencionados existen más de 270 ejemplos de diluvios pertenecientes a 60 tradiciones y procedentes de los países y culturas más distantes.
Se sabe que en torno al décimo milenio se produjeron en todo el planeta tremendas inundaciones que dejaron su impronta en los estratos geológicos, probablemente ocasionadas por el impacto de los restos de un cometa, según el profesor del Instituto de Geología de la Universidad de Viena, Alexander Tollman. Aunque también se ha defendido que se trató de un lento fenómeno geológico consistente en la última descongelación de la Era Glacial, que, con sus períodos de subida y bajada del termostato climático, ha abarcado más de un millón de años.

De hecho, al Pleistoceno, “primera época del período Cuaternario, caracterizado por el desarrollo de un período preglacial, cuatro glaciaciones y tres períodos interglaciales”, se le ha llamado “tradicionalistamente” Período Diluvial. Así ocurría con los continuos descubrimientos de restos fósiles con que tropezaba cualquier explotación minera: los hombres de ciencia no sabían qué pensar «ante tal cúmulo de figuras monstruosas, un caos que producía el efecto de un recuerdo de aquella mítica catástrofe mundial de la que se dice en el capítulo séptimo del Génesis bíblico: “... y ese es el día en que se abrieron todas las fuentes del gran abismo y alcanzaron las ventanas del cielo”. Los fósiles parecían confirmar la leyenda del diluvio universal, y todavía se acostumbra hoy llamar “antediluvianas” a las criaturas de las pasadas épocas de la tierra». (Herbert Wendt)
También se nos ofrece una tercera conjetura, digamos mixta, en el sentido que une el deshielo geológico al cataclismo puntual. Según geólogos Pitman y Ryan de la Universidad de Columbia, no hubo diluvio sino una gran inundación resultado del deshielo de una de las cuatro grandes glaciaciones ocurridas en los últimos mil millones de años. En los alrededores del año 6000 el Mar Mediterráneo inundó en tromba, “con un ruido que se podía oír el a cientos de kilómetros”, las aguas del Mar Negro cuyo nivel creció entre 15 y 30 centímetros diarios.

Realmente el término diluvio no está relacionado con la lluvia, en contra de lo que su similitud acústica lleva a esperar, sino con el lavado. Diluvio deriva del verbo latino ‘diluere’, diluir, desleir, disolver, el cual a su vez deriva de ‘lavare’, lavar; mientras que lluvia deviene de ‘pluere’ ―’plovere’, en latín del populacho―, de donde sale la lluvia y todo lo pluvial. Y aunque un diluvio venga a ser algo más que una tormenta, sus efectos vienen a ser similares para la gente de mar por cuanto, en latín, ‘tormenta’ es el plural de ‘tormentum’, es decir, de ‘torq-mentum’ o retorcimiento del mentón, o sea, del pescuezotorturar deriva de "torcer y torcer y retorcer"―, el tormento propiamente dicho que pirriaba a los romanos. En cuanto a temporal, y tambén tempestad, son dos derivados de ‘tempus’, tiempo, que si bien en un principio hacían, simplemente, referencia al tiempo atmosférico para diferenciarlo del tiempo cronológico, después han permanecido como indicación del mal tiempo atmosférico.

Los griegos, como de costumbre, tenían la palabra correcta para un diluvio como Dios manda: ‘kataklismós’, inundación, diluvio, el verdadero cataclismo que los antiguos ―también está en latín― reservaban para los efectos devastadores del agua, de “las aguas” ―a diferencia de la catástrofe, para ellos, devastación intencionada, del griego ‘katastrépho’, subvertir, destruir―, y que hoy, incultos de nosotros, hacemos sinónimo de hecatombe, término con que los griegos designaban un tipo especial de ritual religioso: el “sacrificio de cien reses vacunas”, ‘hekatómbe’, compuesto por ‘hekatón’, cien, y ‘bus’, buey. El ganado mayor era el recurso más preciado entonces, así que una ofrenda de tal magnitud verdaderamente tenía que estar destinada a conjurar una tremenda desgracia, una auténtica hecatombe.

Una cierta relación con los fenómenos naturales tiene la palabra desastre, por hacer referencia al apagón de la estrella de quien lo sufre: “des-astro”, sinónimo de mala estrella o infelicidad que apareció a mediados del s.XV. Como podemos leer en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Covarrubias:
«Desastre. Desgracia lamentable, atribuida a los astros. Desastroso. Astroso. Según el rigor del vocablo avía de sinificar el hombre que en su nacimiento no tuvo estrella bien puesta que le favoreciese, y assí sería de poco valor y consideración».



4 Y una despedida tierna…
«… Las nubes se levantan del monte Ararat formando un inmenso embudo. Es hacia esa hora temprana, bajo los cielos muy claros, cuando todo visitante a lo largo de los siglos cree ver la forma de un arca en lo alto de la montaña… Ciertamente, el Ararat es uno de los montes más impresionantes y bellos del mundo; impresionante porque se eleva abrupto hasta una altura de 4.620 metros desde una meseta que está ya a 990 metros de altitud; bello porque se laza solitario, lejos de otras montañas, y cuando las nubes se retiran de su cumbre, casi siempre a primeras horas de la mañana y del crepúsculo, su gigantesca masa y cumbre nevada te inducen a alzar la cabeza en una especie de saludo involuntario ante su tamaño, su misterio y su conexión con la leyenda más famosa de la raza humana».(Charles Berlitz: En busca del arca perdida de Noé).


Vale

14 sept 2009

De las Creaciones del hombre





«Algunos niegan que Prometeo creara a los hombres, o que algún hombre brotara de los dientes de una serpiente. Dicen que la Tierra los produjo espontáneamente, como el mejor de sus frutos, especialmente en la región del Ática, incluso antes que existiera la Luna...» (Platón, según Robert Graves, Los mitos griegos)  


Así, de la mano artesanal de Prometeo, y según la cita que antecede, es como contaban los griegos a sus niños de dónde vinieron los primeros bebés. No obstante, esta tradición no era uniforme en toda Grecia, como veremos en el punto siguiente al hablar de los pelasgos, por ejemplo. O como indica esa otra corriente que aseguraba que Zeus engendró a Dionisos con Semele, y cuando los Titanes destrozaron a Dionisos, Zeus los redujo a cenizas. Y que de esas cenizas surge la especie humana.

Prometeo era un titán o dios de segunda regional que se caracterizaba por su astucia y su dedicación al bienestar humano, hobby peligroso donde los haya. Y de acuerdo a la religión griega Prometeo nos creó, aunque sóla y exclusivamente nos creó a los masculinos. Se ve que, como nos hacía con barro, salvo en un frágil punto somos obviamente más fáciles de modelar que las chicas. Así que, todo tíos. 


Queda bastante claro que en la mente de Prometeo no había ni la más remota intención de “crear al Hombre”, sino que era más bien una especie de afición al diseño industrial de robots animados: un hobby, como acabamos de opinar. 
De hecho la mitología griega justifica la muy posterior creación de la primera mujer como un acto de venganza de Zeus, a causa de la generalización de la tecnología del fuego entre esa primitiva humanidad exclusivamente masculina:
«A ellos yo, a cambio del fuego, les daré un mal con el que todos se gocen en su ánimo, encariñándose con su propia desgracia»

 Así se regodeaba el bueno de Zeus (basándose en el infierno de su vida conyugal) mientras tramaba la creación de Pandora, la primera mujer, la de la caja; la dichosa caja, un recipiente que, según nos informa Graves, responde a una traducción deficiente: se trataba en realidad de un cántaro.


 


Y es que la furia de Zeus contra nuestro inconsciente héroe estaba más que justificada. El fuego no sólo significa el acceso a la digestión de los alimentos, sobre todo en lo relativo a la carne, y a la protección del acoso de las fieras. El fuego significa, nada más y nada menos que el acceso a la tecnología. Sin fuego no hay industria posible (pensemos en la alfarería y la metalurgia). Y Zeus clarividente sabía que la industria significaría, por último, la destrucción del planeta (para la íntima relación entre el fuego y la técnica, y sus implicaciones y origen, véase De Tesoros y Duendes, así como su continuación, La Edad del Cobre y el Bronce y sus secuelas).

(Izquierda, Genio de la la Poesía consumido por las llamas, de William Blake)

Según Robert Graves, el nombre de Prometeo, “previsión” puede haber tenido su origen en una interpretación griega errónea del sánscrito ‘pramantha’, la esvástica, que es un taladro de fuego ―representado por esa figura que nos es tan familiar, pero orientada en sentido opuesto al hitleriano― que se suponía había inventado él.


«Entre todos los fenómenos, este es el único al que se pueden aplicar a la perfección dos valoraciones contrarias: es bueno y es malo. En el paraíso alumbra; en el infierno quema. Es amable y cruel, hogareño y apocalíptico... es una divinidad protectora y a la vez terrible. Puede contradecirse y, por tanto, es uno de los principios de la explicación universal» (Gaston Bachelard: Psicoanálisis del fuego)


 


«Existen algunas pruebas de que los primeros Homo erectus habían conseguido cierto grado de control sobre el fuego... Pero las pruebas distan de ser convincentes. Consisten en concentraciones de trozos de suelo descolorido encontradas en Koobi Fora y otros yacimientos africanos. Pero los incendios naturales provocados por rayos, que queman más intensamente unas zonas que otras ~por ejemplo, cerca de las arboledas bajo las cuales probablemente acamparía el erectus~ vienen a producir los mismos efectos... 
Y dentro de las cuevas, en lugar de concentrarse en unos pocos lugares, como sería el caso si se hubiesen producido al cocinar o encender fuego, el carbón vegetal se esparce en capas gruesas que alternan con otras de suelo corriente. Por consiguiente lo único que puede decirse con certeza es que se produjeron fuegos de vez en cuando dentro de las cuevas o cerca de su entrada...
... La mejor prueba de esta falta de dominio sobre el fuego es que los 1.300 milenios transcurridos entre el principio y el final de la vida del Homo erectus sobre la Tierra es que su modo de vida siguió siendo inconcebiblemente el mismo» (Marvin Harris: Nuestra especie)


 



CONTENIDO:
1 La tradición greco-judía
2 La tradición oriental
3 Las tradiciones más occidentales 
4 Térrigenas y Alienígenas
5 Buscando el rumbo









«Todos los relatos que explican la Creación, desde el Génesis hebreo al Enuma Elish babilónico pasando por el Popol Vuh maya, se ocupan de manera directa y explícita de los aspectos cosmogónicos; pero casi no hay definición o explicación que no se interese por el origen del Ser y de los seres en general. Del "cómo" pasamos siempre al "por qué".
El fundamento de las cosas está en su origen; sólo a partir de éste se desarrolla su existencia» (David MacLagan: Mitos de la Creación)


1 La tradición greco-judía
La precipitada faena de Zeus creando a Pandora, a la mujer, a una mujer hasta entonces innecesaria, demuestra, entre otras cosas, cómo la venganza ciega puede ser la perdición de quien la ejerce, pues con este acto de sorda furibundia contra los hombres se proporcionaba a estos la posibilidad de reproducirse fuera de la alfarería de Prometeo; en plan autónomo y por cuenta propia.


«Entonces se irritó el corazón de Zeus cuando vio entre los hombres el brillo que se ve de lejos del fuego. Y al punto, a cambio del fuego, preparó un mal para los hombres:
Modeló de tierra Hefesto una imagen con apariencia de casta doncella. Atenea le dio ceñidor y la adornó con vestido de resplandeciente blancura; la cubrió desde la cabeza con un velo, maravilla verlo… con deliciosas coronas trenzadas con flores rodeó sus sienes. En su cabeza colocó una diadema de oro cincelada por las manos de Hefesto… Luego la llevó donde estaban los demás dioses y los hombres… y un estupor se apoderó de los inmortales dioses y hombres mortales cuando vieron el espinoso engaño, irresistible para los hombres»
(Hesíodo: Teogonía, 570)


(Izquierda, la Pandora de Odilon Redon; derecha, la Pandora de Alma-Tadema)

Pandora, paralelamente a Eva, es culpada por Hesíodo de la mortalidad del hombre y de todos los males que le acosan, así como de la frívola manera de conducirse por parte de las esposas:
«Pues de ella desciende la funesta estirpe y las tribus de mujeres. Gran calamidad para los mortales, con los varones conviven sin conformarse con la funesta penuria, sino con saciedad… así desgracia para los hombres mortales hizo Zeus altitonante a las mujeres, siempre ocupadas en perniciosas tareas» (Trabajos y días)

 


Fuera del cristianismo ortodoxo están los cristianos gnósticos, que creen en un benefactor del género humano cuya actuación sugiere un paralelismo con Prometeo: se trata de Satanás, nada menos. Para el gnosticismo el mundo creado es una alienación, una subversión de las propiedades divinas perpetradas por un demiurgo insubordinado que no era el verdadero Dios. Desde este punto de vista, la serpiente (Satanás), lejos de pretender seducir a Adán y Eva, lo que hace es revelarles su auténtica naturaleza para que "cuando hayan comido conozcan el poder del más allá y se independicen de sus creadores".
En esta línea de pensamiento la figura más conocida es William Blake quien, todavía a finales del siglo XVIII renegaba de la maldad humana. Este mundo no podía ser obra divina. La imposición de la mortalidad en forma de serpiente sólo podía ser obra de un demiurgo (al que denominó como Urizen) y no del verdadero Dios. Por eso "Adán es sólo Hombre Natural y no el Alma o la Imaginación".
 
(Derecha, Nacimiento de los hijos de Urizen, de William Blake; tales hijos son la personificación de los cuatro elementos primordiales, Agua, Fuego, Tierra, Aire)


Pasemos ahora a la Biblia, pero antes de hablar de Eva, trataremos de un personaje bastante más silenciado: Lilith. Se trata de una personalidad muy conocida en la mitología babilonia, aunque también aparece en la literatura judía postbíblica. Facilitamos algunas referencias acerca de sus antecedentes y aparición en escena, en nuestra entrada dedicada al Eterno retorno de Lilith
Debido a la influencia del judaismo, en nuestra cultura es más conocida como una “demonia” hebrea, habitante del desierto y relacionada con la noche y el sueño, y con determinados rasgos que la acercaban a la órbita de la hechicería y del vampirismo. 
En la literatura rabínica figuró como primera mujer de Adán, del que engendró a los demonios y a los gigantes, y a quien abandonó después de un altercado por causa de las manías de Adán a la hora del sexo (si alguien siente curiosidad acerca de estas manías adánicas puede echar un vistazo al punto 4 de nuestra Historia de los nombres; las quejas femeninas siguen produciéndose hoy mismo).

 


La Luna Negra o Lilith es considerada en algunas tradiciones astrológicas como un planeta astrológico más. Se cree que influye sobre las potencias inconscientes e irracionales del ser humano, y que estimula sus impulsos negativos y destructores (delictivos, criminales, sadomasoquistas, suicidas). Además, se cree que rige e influye sobre fenómenos como la esterilidad, la infecundidad, etc. En la terminología astrológica y zodiacal, la Luna Negra designa un punto imaginario del Zodíaco coincidente con uno de los focos de la eclíptica de la Luna.
Mucho más cercana era la idea recurrente de que existía una segunda y diminuta luna de la Tierra. El astrónomo francés Frederic Petit fue el primero en sugerir su existencia. El alemán George Waltemath fue un defensor particularmente apasionado de este segundo satélite celeste, sobre todo en 1898, año en el que esperaba verlo pasar por delante del Sol. La luna de Waltemath jamás fue localizada, pero los astrólogos adoptaron el concepto, bautizando al esquivo satélite como Lilith. (Seth Shostak: Los mundos que nunca existieron).


 


Según algunas tradiciones, Caín y Abel no eran hijos de Eva sino de Lilith. Y ciertas sectas heréticas veneran a Caín como un Profeta. Le contemplan como una figura paralela a Prometeo porque representa la rebeldía del hombre frente a una obediencia ciega a la divinidad. La Biblia le acusa de ser el inventor de las ciudades, a las que los hebreos odiaban con todo su alma beduina, un pecado paralelo al de la manufactura prometeica del fuego, con el que los hombres podían habitar hogares, y con ellos, ciudades.







La representación de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina parece recoger las tradiciones acerca de Lilith. La serpiente paradisíaca no resulta como tal reptil repulsivo, sino que más bien se acerca a la imagen que tenemos hoy de las sirenas tentadoras, con una cola mucho más práctica y mejor adaptada al clima mediterráneo. Aquí la podemos observar tonteando discretamente con Adán mientras distrae a Eva con la eterna manzana de la discordia.







Volviendo a la orilla griega del Mediterráneo, según el mito pelasgo de la creación:
«… El primer hombre fue Pelasgo, progenitor de los pelasgos; surgió del suelo de Arcadia, seguido de algunos otros, a los que enseñó a construir chozas, alimentarse de bellotas y coser túnicas de piel de cerdo como las que la gente pobre lleva todavía en Eubea y Fócida…»

Pelasgia suele identificarse con Tesalia que, al igual que Arcadia, Eubea y Fócida son regiones griegas. Los pelasgos, cuya pretensión parece haber sido que habían brotado de los dientes de Ofión ―serpiente-demiurgo del mito hebreo y egipcio que en el arte mediterráneo primitivo aparece constantemente en compañía de la Diosa-Luna―, eran quizás, el pueblo neolítico de los "géneros pintados"; llegaron a tierra firme de Grecia desde Palestina alrededor del 3500, y los primeros helenos ―inmigrantes del Asia Menor que habían pasado por las Cícladas― los encontraron ocupando el Peloponeso setecientos años después. Pero el nombre de 'pelasgos' llegó a aplicarse vagamente a todos los habitantes pre-helénicos de Grecia (Robert Graves).



No nos extenderemos aquí mucho más en este interesante tema, pero lo visto es suficiente para intuir que, para los curtidos dioses del olimpo griego, los hombres no éramos precisamente el ojito derecho de papá sino una especie exótica más o menos molesta y con la que había que andarse con mucho cuidado.

Muy instructiva acerca del concepto que de los humanos tenían en el Olimpo es la creación de hombres a partir de hormigas, ese oscuro y pisoteable insecto gregario. Esta fue una manualidad que en una ocasión realizó el mismísimo Zeus a petición del hijo de una de sus innúmeras víctimas sexuales, Egina. Tomamos prestada la síntesis que hemos encontrado en el interesante blog La saga de Troya:

«Zeus se enamoró de Egina, hija del río Asopo, y la raptó tomando para ello la forma de un águila, en cuya figura la llevó a la isla de Enone, no lejos del Ática, donde se unió a ella. A partir de entonces la isla fue llamada Egina, en honor a la amante de Zeus, que dio a luz allí mismo a Eaco, quien  se convirtió en rey de la isla... Hera, para vengarse de su esposo, Zeus, envió una terrible plaga que destruyó a los habitantes de Egina. Por ello Eaco, desesperado, suplicó a su padre: viendo una gran hilera de hormigas le pidió que las transformara en seres humanos. Zeus, accediendo a sus ruegos, repobló así la isla cuyos habitantes comenzaron a llamarse mirmidones, palabra derivada de 'myrmêkes', hormiga...».

Pues sí, efectivamente, estos mirmidones son los mismos que acompañaron a Aquiles a Troya a bordo de cincuenta naves (bastante bien caracterizados, por cierto, en la película en que Brad Pitt los inmortalizó: imagen inferior). Más seguro es que hacia el s.-XIV Egina quedó desierta a causa de la peste. Y Ovidio sitúa el portento de las hormigas tras esta calamidad, comentando acerca de los eginetas: "Has visto sus cuerpos: también ahora tienen las costumbres que antes [cuando hormigas] tenían; es una raza ahorrativa y que soporta los trabajos, pertinaz en obtener ganancias y que conserva la ganancia obtenida" (Metamorfosis VII,655).



Ya puestos, añadiremos que este Eaco, o Éaco, es el mismo que subcontrataron desde el Olimpo para ayudar a Poseidón a construir las murallas de Troya a fin de hubiera un tramo que no fuera inexpugnable, al ser levantado por un mortal (Eaco), y no por un dios, (Poseidón). Acerca de esta chapuza de albañilería mitológica ver Los Caballos de Troya.




(Dos obras de William Blake: sobre estas líneas -encima del apartado dedicado a los mirmidones-, Dios juzga a Adán; derecha, Dios crea a Eva)



Pero no vayamos tan aprisa y hablemos un poco de la olvidada Eva, la pobre Eva. Y releamos la Biblia, asentadamente y no como de costumbre. Según el Génesis en particular, claro está, en su capítulo 2 a partir del versículo 18:
«Dijo asimismo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo: hagámosle ayuda y compañía semejante a él. Formado, pues, que hubo de la tierra todos los animales terrestres y todas las aves del cielo, los trajo a Adán, para que viese cómo los había de llamar… Llamó, pues, Adán por sus propios nombres a todos los animales, a todas las aves del cielo y a todas las bestias de la tierra: mas no se hallaba para Adán ayuda o compañero a él semejante. Por lo tanto, hizo caer sobre Adán un profundo sueño y etc., etc., etc.»

Es decir, como "no se hallaba para Adán ayuda o compañero a él semejante. Por lo tanto…" tuvo que recurrir al parche, a la chapuza, al bricolaje, a Eva. Como vemos, en comparación con nuestra pobre primera madre, Pandora podía considerarse la reina de los mares. Y de aquellos lodos, estos polvos. En fin.

Además, la misma Biblia tiene bastante responsabilidad en las sospechas de ciertas gentes acerca de la existencia de una primera mujer anterior a Eva, es decir Lilith, por cuanto antes de esta curiosa búsqueda de pareja indiscriminada para Adán que acabamos de comentar, cuenta, concretamente en Génesis 1-27:
«Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios , diciéndoles: ''Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo y...» cometed así todas esas barbaridades que llevarán a la extinción de sus especies, a la deforestación planetaria y a vuestra propia autodestrucción''. En fin, en fin.







(El Paraíso Terrenal al día de hoy)








Eva y Pandora son las dos primeras humanas míticas creadas con nombre, y lo fueron por las dos mitologías que integran lo más sustancial de nuestra cultura, la griega y la hebraica, que según parece tuvieron una génesis simultánea, hacia el s. −X, y un desarrollo tan correlativo en el tiempo como divergente en su sentido. 
Se trata de dos desarrollos del mismo tema tan discordantes como por fuerza tienen que serlo las gentes de tan diferentes contextos económicos: pastores y comerciantes... Resulta muy elocuente el hecho de que Adán fuera un ejemplar único, al más puro estilo de la procreación característica de la ganadería, mientras que los hombres creados por Prometeo, también a base de lodo, fueran manufacturados por lotes, prestos para exportar allí donde hiciera falta. Una mentalidad comercial para la cual todo es mercantilizable y reductible al dinero, cuya andadura comenzaba a iniciarse en el tesoro bancario de los templos griegos (véase nuestra entrada acerca del dinero en Grecia).


2 La tradición oriental

Esta mentalidad griega de la producción en serie prometéica es un tema que había sido madurado en el país de Aram ―zona que comprende los antiguos territorios de Sumeria y Babilonia― a lo largo de los dos milenios anteriores, y que muy probablemente a su vez tuvieron su núcleo creativo más hacia el Este, en las mucho más antiguas tradiciones de los pueblos del valle del Indo. Manu, en sánscrito, “hombre”, es el título genérico de los 14 progenitores de la humanidad que, en la creencia hindú, gobiernan el mundo de forma individual durante un periodo de tiempo conocido como manvantara, cuya duración se estima en 4.320.000 años. 

Parece ser que el primer manu se llamó Svayambhuva, que significa "hijo del que existe por sí mismo" o Brahma. Según el poema épico indio Mahabharata, este manu fue el autor del Manu Smriti o Leyes de Manu, un código renovado que contenía 100.000 versos, según se decía, y cuyas instrucciones morales y sociales estaban encaminadas al fortalecimiento del sistema de castas de la India y de la posición suprema de los brahmanes.
El manu de la época actual es el séptimo, y se llama Vaivasvata ―ya que es el hijo de Vaivasvat, el Sol―, el Noé de la versión hindú de la historia del Diluvio.

Pues bien, tampoco aquí la aparición humana es demasiado bien recibida. En una primera creación, un proceso oscuro sin inteligencia, aparecerían las cosas inmóviles; en la segunda fase surgieron los animales, ignorantes e instintivos; tras ellos estalló una creación luminosa y liberadora porque entonces aparecieron los dioses. Pero ¡ay! llegó la cuarta y última creación con un áspero retroceso: entre una amenazadora nube de luces y sombras apareció la humanidad. Se siente.

 

«Cuando Marduk escucha la palabra de los dioses / su corazón le empuja a concebir obras artísticas; / y abriendo su boca, se dirigió a Ea. / Para comunicar el plan que había concebido en su corazón: / "Voy a amasar mi sangre y formar huesos... / ¡Voy a crear un hombre que se encargue del culto de los dioses, / para que puedan estar a gusto!...» (Enuma Elis, Poema babilónico de la Creación, Tablilla VI; edición de Federico Lara Peinado y Maximiliano García Cordero)


En cuanto a los sumerios, el poema acadio Atrahasis, escrito a principios del II milenio, comienza evocando el inicio de los tiempos, cuando los dioses menores, bajo la dirección del violento Enlil, tenían que excavar los canales, levantar los diques, reparar ambos y labrar la tierra. Cansados del arduo trabajo de drenar las marismas, represar las aguas y arar los campos con el fin de cultivar lo necesario para alimentarse a sí mismos y a los dioses mayores, quemaron sus picos y palas, renunciaron a trabajar y amenazaron a Enlil, el capataz.
Los tres máximos dioses, Anu, Enlil y Ea, es decir, el cielo, la tierra y las aguas, se reunieron con urgencia para tratar no sólo de resolver el conflicto, sino de sentar las bases para que no volviera a presentarse.

«Ea, el más astuto de ellos, propuso la ingeniosa solución de crear unos seres, los humanos, que trabajaran en lugar de los dioses y para ellos, entregándoles parte del alimento que produjeran. Esos nuevos seres habrían de ser formados a partir de arcilla, nuevamente el lodo, mezclada con la sangre de uno de los dioses menores, el que había encabezado la rebelión, significativa y precisamente. 
A partir de la masa original de arcilla y sangre se crearon siete hombres y siete mujeres, que fueron el inicio del linaje de los humanos. A partir de entonces los dioses no tuvieron que trabajar más, limitándose a vivir de las ofrendas de los humanos» (Mircea Elíade, El origen del mundo).

El párrafo no precisa de comentarios. Sólo especificar que Ea alegaba haber creado un hombre magnífico con la sangre de Kingu, una especie de Cronos babilonio, en tanto que la diosa-Madre, Aruru, creó un hombre de calidad inferior con arcilla. Dioses. En todas partes cuecen habas. 
En cuanto a la calidad de nuestra fabricación deberíamos tener en cuenta que el tal Kingu... era un traidor, rebelde a Marduk:
«Marduk convocó a los grandes dioses a asamblea... / Él dirigió la palabra a los Anunnaki: / ..."¿Quién fue el que tramó la insurrección, / e hizo a Tiamat rebelde y dio la batalla? / Que sea entregado el que tramó la insurrección..." / Los Igigi, los grandes dioses, le replicaron / "Fue Kingu el que planeó la insurrección, / e hizo a Tiamat rebelde, y dio la batalla". / Le ataron, sujetándole delante de Ea. / Le pidieron cuenta de su culpa y separaron su sangre. / Con su sangre modelaron la humanidad. / ... Después Ea, el sabio, creó a la humanidad; / impuso sobre ella el servicio de los dioses...»  (Enuma Elis, Poema babilónico de la Creación, Tablilla VI; edición de Federico Lara Peinado y Maximiliano García Cordero)



En Egipto, Dios también formó al hombre del barro, pues barro fértil es lo que deja el Nilo tras su crecida anual para revitalizar Egipto, aunque allí no le fuera posible castigarlo después con un diluvio, que hubiera sido tragado por el desierto y disuelto en el mar.
De hecho, Atum, el Dios Autoconcebido, no se preocupó del hombre ni siquiera para crearlo, dejando la chapuza para el subalterno Dios Alfarero, Khnum, divinidad previsora que, como buen funcionario celeste, no nos creó de una vez, sino que nos torneaba bajo pedido cada año, en cada crecida del Nilo, en una cantidad proporcional a la abundancia de la cosecha prevista. 

Sin embargo el aliento de vida no nos era proporcionado por el dios Khnum, que sólo se dedicaba a chasis y carrocería, sino por la diosa con cabeza de rana, Heket (imagen derecha), presidenta de los alumbramientos y predictora de embarazos, la cual, utilizando la mágica cruz ansada ―aquella famosa cruz terminada en asa que fue uno de los principales iconos de los hippies―, insuflaba vida a la forma arcillosa justo en el instante previo al nacimiento, gracias al cual la creación de Khnum se introducía en el cuerpo de la mujer embarazada.

Y bien ¿por qué una diosa rana precisamente...! Pues porque en Egipto la diosa rana Heket no era una deidad cualquiera sino una de las principales de la familia divina: prestará su cabeza al genio femenino que preside los nacimientos, como garante del ingreso en la vida futura, llegando a ilustrar en los templos la venida al mundo del mismísimo hijo del faraón: es a la diosa Heket, a quien Seti I dedicó toda una capilla en su templo (a la izquierda), y que está presente, entre otros, en el nacimiento de la reina Hatshepsut.


Es como símbolo indiscutido de un renacimiento a una vida superior, que el acto mágico del beso a una rana en los cuentos infantiles simboliza una sublime vuelta al mundo (y también la decepción que sentimos cuando ~a la inversa del cuento~ el príncipe, tras arrancarnos el beso, "nos ha salido rana"), pero es un simbolismo ya perdido para nosotros dentro de las "cosas de disneylandia", y que algunos ilusos nos empeñamos en rescatar (ver Historias del Beso). Sin embargo, nada en mitología y religión es por nada, nada es gratuito:


Ocurre que cuando el Nilo se desecaba y desaparecía el agua de charcas y canales, las ranas se refugiaban, como lo siguen haciendo por doquier, en el fondo del fango, entrando en estado latente o de estivación, desapareciendo de la vista de los egipcios que las suponían muertas. Protegen así, con la humedad del limo y ralentizando al máximo sus constantes vitales, su delicada piel a la espera de tiempos mejores.
Con la crecida del Nilo las ranas salían de su letargo y volvían a aparecer entre largos saltos ante los alborozados ojos de los egipcios (derecha), que consideraban que aquellos mágicos seres verdes habían resucitado.
«En vano el Nilo inunda los campos. Nadie trabaja en ellos. Las mujeres se han vuelto estériles. Ya no conciben. Khnum ya no moldea seres humanos. Las ciudades están revueltas y se rebelan contra sus gobernantes...»

Párrafos similares a éste se escriben en las Admoniciones del sabio Ipuwe refiriéndose a la subversión social que dio lugar, hacia el -2200, al fin del Imperio Antiguo, y que originó un fenómeno con mucho éxito posterior, la creación del anacoreta: La 'anachoresis' o 'secessio' ―huida al campo, abandonando el trabajo de la tierra― era el último recurso del abrumado agricultor egipcio. Se tiene noticia de ella ya en la XII dinastía (h. el -2000) y se recurrió a ella durante el Imperio Nuevo (-1400) y finales del período dinástico (-700), con diversos grados de intensidad y frecuencia; se incrementó en la época ptolemaica (-300) y alcanzó proporciones alarmantes en el Egipto romano. Los cristianos supieron explotar habilmente en su provecho esta forma de hacer virtud de la necesidad.



Si antes hablábamos de la influencia de la mentalidad pastoril o comercial de hebreos o griegos sobre la mitología, aquí se impone la deformación profesional burocrática de los sacerdotes egipcios, bastante próxima a la helénica, y a la cual influyó indudablemente. El hombre queda una vez más en bastante mal lugar y fuera de cualquier divina configuración.


Resulta perturbador comprobar cómo la ciencia más moderna avala algunas de las creencias más arcaicas. Primero fue la confirmación de las teorías atomistas presocráticos, y lo último, la comprobación de la íntima relación entre el barro y la vida: “La aparición de la vida en nuestro planeta estuvo precedida por la formación de las proteínas, un proceso que comprende la condensación de aminoácidos en la superficie estereoespecífica de arcillas metálicas, y la síntesis de los ácidos nucléicos, principales portadores del código genético, que implicara la condensación de fosfatos con las ribosas y las bases heterocíclicas correspondientes”. (R. Delgado Castillo, prof. U. Cienfuegos. Cuba)



De igual forma, en cuanto a mentalidad se refiere, vemos cómo, en un ámbito más universal, la personalidad eminentemente agraria de los chinos imagina la tierra según un fluido surgido de la yema del Huevo Cósmico y rodeada por el cielo, la clara del huevo: El artífice del Universo fue el dios Pan Gu (o P´an-ku). Este dios puso fin al caos al lograr la separación entre el cielo (clara del huevo, naturaleza líquida, yang) y la tierra (yema del huevo, naturaleza sólida, yin), que en un primer momento estaban unidos en una especie de huevo cósmico que mantenía preso al propio Pan Gu ('pan', cascote, y 'gu', antiguo).

Era una imaginería compartida por los egipcios más remotos ―aquellos que aún no disfrutaban de la existencia tutelar de la burocracia sacerdotal―, los cuales veneraron a Geb, o Gueb, arcaica divinidad ctónica, conectada con el Huevo cósmico primigenio de donde nacía el Sol, y que ya en las primeras dinastías fue asimilado-arrinconado como personificación de la Tierra y padre de Osiris, Isis, Seth y Neftis.



A la mente griega primitiva, que le era imposible concebir la idea de un dios con oficio de esclavo (el oficio de alfarero), le resultó en cambio más asequible la adopción del Huevo Primigenio. Y así es como surgió, embellecido, el Mito Pelasgo de la Creación:

«En el principio Eurínome, la Diosa de Todas las Cosas, surgió desnuda del Caos, pero no encontró nada sólido en qué apoyar los pies y, en consecuencia, separó el mar del firmamento y danzó solitaria sobre sus olas.
Danzó hacia el sur y el viento puesto en movimiento tras ella pareció algo nuevo y aparte con que poder empezar una obra de creación.
Se dio la vuelta y se apoderó de ese viento norte, lo frotó entre sus manos y he aquí que surgió la gran serpiente Ofión.
Eurínome bailó para calentarse, cada vez más agitadamente, hasta que Ofión se sintió lujurioso, se enroscó alrededor de los miembros divinos y se ayuntó con la diosa. Así fue como Eurínome quedó encinta...
Luego asumió la forma de una paloma aclocada en las olas, y a su debido tiempo puso el Huevo Universal.
A petición suya Ofión se enroscó siete veces alrededor de ese huevo, hasta que se empolló y dividió en dos. De él salieron todas las cosas que existen, sus hijos: el sol, la luna, los planetas, las estrellas, la tierra con sus montañas y ríos, sus árboles, hierbas y criaturas vivientes.
Y Eurínome y Ofión establecieron su residencia en el monte Olimpo» (Robert Graves, I-1)


Y posteriormente adoptaron estos cultos entre sus misterios órficos y, como de costumbre, los rodearon de la más racional poesía filosófica: el huevo de plata del cosmos ―mágica simbiosis agro-financiera― dio origen a una figura sugerente y etérea: «Cuando el Tiempo y la Necesidad gimiente abrieron el antiguo Huevo, de el surgió el Amor, el primer nacido con fuego en los ojos y con dos sexos, Eros glorioso, padre de la Noche inmortal...». No se puede ser simultáneamente más claro y más nebuloso.


(Derecha, Phanes, el Eros órfico)



Pero también tuvieron que reconocer los griegos que el poder de sus dioses le fue arrebatado a sus antiguos detentadores egipcios por la fuerza:
«Y a su vez Orfeo, sosteniendo su cítara con la mano izquierda, ensayaba el canto. Cantaba cómo la tierra, el cielo y el mar, otrora confundidos entre sí en una forma única, a consecuencia de una discordia funesta, se disgregaron cada uno por su lado... Cantaba cómo al principio Ofión y la oceánide Eurínome tenían el dominio del nevado Olimpo; y cómo, ante la fuerza de sus brazos, cedieron su dignidad el uno a Crono, la otra a Rea, y se precipitaron en las olas del Océano...» (Apolonio de Rodas: Argonáutica, I,496)


«El huevo de Pascua es hoy en día repartido y ofrecido por miles de toneladas entre nosotros, como símbolo de fecundidad, de vida y de perfección. En muchas regiones de España se dice que a los niños los trae la cigüeña de París. Es una metáfora moderna de una antiquísima tradición, muy extendida, según la cual el mundo salió de un huevo: el huevo cósmico que dio origen al universo...»  (Manuel Madianes: Por Pascua florida).




3 Las creaciones más occidentales
La mentalidad de los antiguos germanos, en cambio, viene predispuesta de fábrica hacia una ferretería de calidad que acabaría desembocando fatalmente en la aparición de familias como los Tyssen o los Krupp y su artillería pesada. Los Innombrables germánicos crearon el mundo en el cuerpo del gigante Imir a la vez que expulsaban a los Jotunes, hijos de este, a las tinieblas. Así que, aquellos Jotunes, en venganza, y ayudados por el maligno espíritu del fuego, Loki, fabricaron a los hombres, manchados a efectos de revancha con las impurezas del mal, para malograr de este modo la gigantesca creación innombrable. No se puede decir más claro.


En cuanto a mitos modernos, o conocidos muy recientemente, citaremos como ejemplo característico la saga de los indios hopi ―pertenecientes a la cultura de los indios pueblo, del S.O. de los Estados Unidos―, según la cual, después de que la Mujer Araña crear a los Primeros Gemelos, dioses, no hombres, pasaría a infundir el ser a toda forma de vida, dentro de la cual, la humanidad sería una especie de mamífero más. Nada del otro mundo. Qué le vamos a hacer.

Como nada del otro mundo somos dentro de la mitología maya. En el Popol Vuh, cuando los dioses descubren que los animales son incapaces de pronunciar los nombres de sus creadores (un asunto importantísimo este del nombre en todas las religiones, según tratamos al hablar del Origen de nombres, apellidos y motes), comienzan a ejecutar distintas variantes del hombre en barro, en madera y en juncos trenzados, hasta tener éxito con una masa de harina.

Y los indios navajos conciben al hombre como creado a base de retales por los dioses: al hombre se le llama "el creado a partir de todas las cosas, porque le hicieron pies, dedos y tobillos de barro, piernas de relámpago, de diferentes tipos de agua sus líquidos corporales, de arco iris sus brazos, de la noche sus cabellos, de sol su cráneo...".

A los racionalistas precursores del evolucionismo darwiniano esta teoría de los retales puede que no les resultase muy descabellada; Tenemos a Jean-Baptiste Robinet, por ejemplo, quien a principios del siglo XVIII, estaba convencido de que todas las formaciones minerales y vegetales con semejanza a partes del cuerpo eran vestigios de los primeros intentos de la naturaleza por crear al ser humano.

Y ya, con el evolucionismo pleno, la maltratada Madre Naturaleza y su circunstancia es la única creadora del hombre y la mujer: "Y el Hombre se creo a sí mismo". Lógicamente, no podemos desarrollar aquí más este tema... ni creemos que sea necesario. Únicamente maravillarnos de cómo la imaginación y el arte elucubran desde hace más de un siglo alrededor de un asunto tan científico, tan pegado al suelo, como es la genética


(Izquierda, un Perez Villalta; derecha, Urbanita solitario, de Herbert Bayer)

Pero no hemos podido resistirnos acabar este somero muestrario de opiniones de la humanidad sensata acerca de sí misma, sin observar tan ancestral mito a través del mito modernísimo del cine. Y representarlo bajo la mirada de una de sus obras más decorosas, No Name City, titulada en España La leyenda de La Ciudad Sin Nombre, con su filosofía vital sobre el tema resumida en una canción a cargo de la aguardentosa voz de Lee Marvin:


Yo nací / bajo el signo de una estrella errante.

Las ruedas son para rodar / las mulas para llevar cargas / Nunca estuve en un lugar / que no me pareciese mejor al marcharme.

Yo nací / bajo el signo de una estrella errante.

El barro puede apresarte / las llanuras derretirte / y la nieve quemarte los ojos / pero sólo la gente te hace llorar.
El hogar es para salir de él / y para soñar con volver / Lo que, con suerte, nunca será realidad.

Yo nací / bajo el signo de una estrella errante.

¿Si sé dónde está el Infierno? / saludar es un infierno / El Cielo es “adiós para siempre, tengo que irme”.
Cuando llegue al Cielo / atadme a un árbol / porque, si no, vagabundeando / ya veréis dónde no tardo en acabar.

Yo nací / bajo el signo de una estrella errante / errante / Una estrella errante.








4 Terrígenas y Alienígenas

«Abel fue pastor de ovejas y Caín labrador» Este es, sintéticamente, el mundo más primitivo que podemos imaginar. A nuestras mentes, creyentes o agnósticas, les es realmente imposible retroceder un paso más y situarse en el tiempo en que toda la humanidad sobrevivía a base de pegarse detrás de los grandes rebaños de los grandes herbívoros, tan en regresión como los hielos que la última Era Glacial iba perdiendo un su lenta huida. Pero todos los mitos de nuestra creación a partir del barro provienen de la época en la que al hombre no le quedó otra solución que aprovechar lo que hasta entonces sólo había sido un complemento en su dieta cárnica. No le quedó otra alternativa que dejar de recorrer el mundo, sentar la cabeza y aprovechar al límite lo que hasta entonces habían sido granos y frutas espontáneamente ofrecidos por las tierras que pisaban en su peregrinar. 

Y así, con lo que se conoce como Revolución Agrícola, acabó la igualdad social entre hombres en un mundo en el que todos los hombres tenían que ser lo más fuertes y hábiles posible, y las mujeres eran las dueñas y señoras de la vida animal y vegetal; animal porque eran fecundadas por extraños espíritus inaprensibles; vegetal porque habiéndose encargado desde la eternidad de la recolección de frutas y semillas eran las depositarias y transmisoras de sus localizaciones, secretos y propiedades. Ahora la supervivencia exigía pueblos humildes y no tribus orgullosas. Y con los pueblos, hombres y mujeres atados a la tierra de labor. La domesticación y la formación de rebaños seminómadas habían demostrado fehacientemente que era el macho quien fecundaba a la hembra, acabando con la magia femenina. Ahora había que colocar a la mujer en su secundario y dependiente lugar natural. Y enseñar, a hombres y a mujeres, que formaban parte de la tierra porque habían nacido de ella: humano deriva de humus.

No fue hasta hace unos cuatro o cinco mil años cuando se llegó en ciertas áreas clave por su fertilidad a alcanzar una densidad de población tan insostenible como para incitar, a falta de tierras vírgenes, a la invasión de otros territorios ocupados. Hasta entonces, la escasa población mundial había vivido secularmente sin contactos foráneos, de tal manera que las tribus de cada núcleo se consideraban los únicos habitantes del mundo, de un mundo formado por un espacio de trashumancia más o menos amplio del que inmemorialmente nunca habían tenido que salir ni en el que nadie había necesitado entrar. 

La escasez de contactos hizo que nuestros dispersos antecesores, habitaran donde habitaran, se considerasen los primeros pobladores de su territorio, y ―gracias a las sagradas tradiciones transmitidas y guardadas sus ancianos y sacerdotes― cada pueblo conocía cómo había sido su llegada a la existencia. Dejando aparte del conocido amasado y modelado de Adán y la posterior extracción intercostal con anestesia incluida de Eva, en otras tierras extrañas ocurría que:
Los griegos reconocieron y veneraron la mucho mayor antigüedad de egipcios y asiáticos, asimilando y sintetizando muchas de sus creencias, aceptadas posteriormente sin más por los romanos; no obstante, unos y otros se pensaban a sí mismos como autóctonos, del latino ‘autochton /autochtonis’ a través del griego ‘autós-khthon’, de la misma tierra, o más bien, de la mismísima tierra. El equivalente latino sería terrígena, de ‘terra-geno’, nacido de la tierra, que es posible se ponga de moda como nacido en la Tierra para poder oponernos, cuando habilitemos otros planetas, al alienígena, de ‘alius-geno’ (‘alius’, otro y ‘genus’, procedencia, linaje), es decir, de origen extraño, y que es una palabra ya usada por los romanos para referirse finamente a los bárbaros foráneos a su mundo.

(Izquierda, foto de la AFP, Agencia France Press; derecha, superior, La creación de Adán, de William Blake; derecha, inferior, El demiurgo, del mismo autor; bajo estas líneas, El carro de Apolo, de Odilon Redon)

También los pueblos escitas y los súbditos egipcios se referían a sí mismos con un término sinónimo: aborigen, del latín ‘ab-origines’, los que están desde el origen, porque se consideraban pertenecientes a los grupos étnicos primigenios de la humanidad, y primeros pobladores, además, de sus respectivos países. La palabra latina ‘origo, originis’, origen, deriva del verbo ‘oriri’, salir, más bien, amanecer, pues se aplica a los astros; también, y directamente, deriva de ‘oriri’ oriente, lugar por donde se levanta el Sol, y que nos facilita la orientación, el poder orientarse.

 

De hecho, el término norte deriva ―a través del anglo-germánico ‘north’―, del indoeuropeo ‘nr-to-‘, cuya raíz es ‘ner-‘, que significaba algo así como abajo, pues nuestros antiguos vecinos nórdicos se guiaban por la salida del Sol de su agujero en el suelo. Tras el útil descubrimiento de la estrella polar se continuó empleando el ancestral “norte” para “orientarse”, aunque en referencia perpendicular, mientras que este, del germánico ‘ostar’, tiene el sentido direccional de hacia la claridad o luminosidad matinal.

Para acabar de liar las cosas, tal término ―el Este― acabó confundiéndose con “austral” o “del Sur”, del latín ‘australis’, sureño, el cual deriva de que los romanos llamaban ‘Auster’ al viento del sur, y ‘australis’, austral, a la región desde la que éste soplaba. El justificado motivo de esta confusión reside en que tanto el germánico ‘ostar’ como el latino ‘auster’ son adaptaciones lingüísticas del indoeuropeo ‘usra’, brillante, una luminosidad o resplandor que cada pueblo relacionó a su modo y manera de acuerdo con sus prácticas cotidianas.
Y oeste, de modo similar, significa oscurecimiento o anochecer, de acuerdo con la raíz indoeuropea ‘wes’, madre de los entretenidos ‘western’ o películas de vaqueros.

Son estas diferencias culturales las que explican que el nombre de Australia haga referencia a una Terra Australis Incognita mencionada por el geógrafo griego Ptolomeo haciéndose eco de leyendas y chismorreos que ya en el s.II hablaban de tierras remotas y aisladas allá por el sur. En cambio, Austria corresponde al toponímico germánico 'Ostmark', es decir, Marca del Este o Austriaca, según lo bautizó Carlomagno tras su anexión en el 803. El nombre alemán es Österreich, es decir, Öster-Reich o Imperio del Este y le sirvió a un tal Hitler, cabeza visible de un conglomerado de intereses bastante más amplio y poderoso, para justificar la segunda anexión de Austria en 1938, como quien dice, ayer mismo.







Otro derivado de ‘oriri’ sería oriundo, aparecido en, o, salido de. Complementariamente, occidente será el lugar por donde el Sol cae o muere, al derivar de ‘occidere’, caer a tierra; con su romántico participio ‘occaso’, sustantivado en el ocaso, quizá para compensar las versiones siniestras: ‘occidio’, muerte violenta, asesinato, homicidio, ‘occisio’, mortandad, matanza, ‘occisor’, homicida, asesino…: el occiso, así de correctamente se referían al cadáver por violencia el detective y el forense que investigaban en las antiguas películas de ‘suspense’, dobladas en el magnífico español que ya sólo puede disfrutarse en Sudamérica.



5 Buscando el rumbo 
En este tema de las orientaciones no podíamos dejar de dedicar unas palabras al término rumbo ―el cual tiene su origen etimológico en una figura geométrica con mucho pasado, debido a estar considerado como signo mágico propio de astrólogos y brujos: el rombo―, y que hace alusión a ”cada una de las 32 direcciones de la rosa náutica o rosa de los vientos”, que a su vez re presentaban las 32 porciones en que se consideraba dividido el horizonte y que en la brújula se marcaban generalmente con otros tantos rombos. Este sentido se habría consolidado gracias a la creencia marinera de que el piloto lograba orientarse por medio de sus conocimientos astrológicos y sus artes mágicas.

El término rombo se cambió luego en rumbo en lenguaje marinero po
r influjo de ‘rumo’, del neerlandés ‘rume’, “espacio o sitio en un navío”, y especialmente “bodega de un barco”. Lugar que, por intermediación del inglés ‘rum’, también presta su origen al ron, alimento preferido de marineros ―también único anestésico utilizado en las amputaciones y demás operaciones quirúrgicas a bordo― y de otras muchas gentes de secano.
 

Por otra parte, rombo, con el sentido inicial de “signo mágico”, dio lugar a su femenino, rumba, que fue tomando los significados sucesivos de embrujo o encanto, ostentación rufianesca, alboroto y finalmente juerga, parranda, que es lo que apropiadamente significa rumba en Cuba y que, por tanto viene a ser, por este lado, otro de los significados del ron, alimento preferido de marineros y otras muchas gentes de secano. Igualmente, rumboso, generoso, así como rumbo, en sentido de ostentación, de elegancia, de “tronío” ―términos surgidos a finales del s.XVI a partir de sus connotaciones mágicas―, derivan del “embrujo”, del “encanto” propios de la magia del rombo, un término que, increiblemente, no adquirió su elemental significación puramente geométrica hasta mediados del s.XVIII.

Y es que con rombo, del griego ‘rhómbos'’, los griegos designaban todo objeto de forma aproximadamente circular tal como los óvalos puntiagudos ―aunque no necesariamente, como indica otro derivado de rombo: romo―, y que simbolizaba al huso o rueca de bronce empleado en las prácticas mágicas, útil femenino por excelencia e instrumento clásico de las brujas, y de cuyas implicaciones religiosas y laborales ya hablaremos al tratar de los tejidos.


 



También contribuye a su oscura fama el que su característica forma le confiera unas propiedades sonoras bastante bien acotadas por el diccionario de la RAE: ''bramadera. (De bramar). f. Pedazo de tabla delgada, en forma de rombo, con un agujero y una cuerda atada en él, que usan [¡que usaban!] los muchachos como juguete. Cogida esta cuerda por el extremo libre, se agita con fuerza en el aire la tabla, de modo que forme un círculo cuyo centro sea la mano, y hace ruido semejante al del bramido del viento''. Sin embargo, los antiguos griegos llamaban a este instrumento ''la voz de Zeus'', pues era usado por los sacerdotes tras las bambalinas de las imágenes sagradas del rey de los dioses en sus templos como parte de los efectos especiales que todo culto necesita, ya sea religioso ya sea civil, para acoquinar a sus fieles fieles.

Los historiadores y escritores latinos de la Antigüedad usaron abundantemente el término aborigen para designar a los habitantes de una región asentados en ella desde tiempo inmemorial, sin que se tengan noticias de que antes hubiesen llegado desde algún otro lugar. Así, esta palabra quedaría como denominadora por antonomasia de cualquier pueblo establecido en un país en los tiempos más antiguos a los que la tradición pudiese remontar. Los propios romanos se suponían descendientes de los aborígenes procedentes de los montes Apeninos. Ello está de acuerdo con el hecho de que la palabra latina ‘origo’, origen, esté emparentada con la griega ‘oros’, montaña, que también nos ha legado orografía, ‘oros-graphos’, dibujo de las montañas, orogénesis, de ‘oros-genesis’, origen de las montañas y el poco usado orónimo, nombre de montaña.




Por último, un vivo esbozo de una estampa de la vida romana: un sentido epitafio de Marcial dedicado a la muerte de su amiga, la adivina Filenis, y donde se alude a esta figura mágica del rombo:

«Después de haber sobrepasado las edades del viejo Nestor, Filenis, ¿cómo puede ser que de manera tan rápida te hayas dirigido a las riberas infernales de Plutón? No tenías todavía la cifra de los años de la Sibila de Cumas; te llevaba tres meses. ¡Oh, qué lengua ha enmudecido! Era más sonora que mil mercados de esclavos, que la muchedumbre de los adoradores de Serapis, que el grupo de chiquillos rubios que por la mañana corre con algarabía hacia la escuela... ¿Qué bruja sabrá ahora hacer bajar la luna ayudada con un rombo mágico, qué alcahueta sabrá vender ésa o aquélla cama nupcial? Que la tierra te sea ligera y que la arena que te cubre sea blanda y los perros no puedan desenterrar tus huesos».

 



«―¿Te marchas, Ben?
―No.
―Yo tampoco. Creo que hay dos clases de gente en el mundo, los que se marchan y los que se quedan, ¿no es cierto?
―No. Yo no lo creo.
―Pues, ¿Qué crees tú?
―Pues que hay dos clases de gente. Los que van a alguna parte y los que no van a ninguna. Eso sí que es cierto.
―No estoy de acuerdo, Ben.
―Porque no sabes de qué demonios estoy hablando».


(De La Leyenda de la Ciudad sin Nombre)








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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).