«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

6 jun. 2010

Del Amor y la Caza (I): Acerca del quererse y el gustarse





« En la literatura y en la iconografía griegas abundan las menciones a "sirenas conductoras de almas" de los muertos desde el Hades hasta el Elíseo. También desde antiguo, diversos intelectuales propusieron simbologías místicas de las sirenas. Así, Platón defendió que eran el símbolo de la armonía de las esferas. Esta teoría platónica influiría poderosamente en el cristianismo, en que llegaron a ser consideradas, en algún excepcional escrito, como antecesoras de los ángeles, con los que tenían en común la capacidad para el canto y para la música, y el llevar las almas hasta el cielo»
(Enciclopedia Universal DVD Micronet)


Verano de 2008. El regalo de cumpleaños de la princesa Letizia deja boquiabiertos a los españoles y horrorizado a Jaime Peñafiel, detractor monárquico oficial de la monarquía hispana. El regalo en cuestión consistía en una operación de cirugía estética que suavizaba el perfil nasal de la esposa del heredero al trono; y su propósito, ''normalizar'' la acusada personalidad de las facciones de la princesa consorte de acuerdo a los cánones estéticos del momento.
En el espacio televisivo de Curri Valenzuela del 15 de septiembre una de las tertulianas de Telemadrid comentaba que tal resultado se podría haber conseguido igualmente ''con unos kilitos de más''; tal sugerencia aludía al también muy cuchicheado aspecto anoréxico que la princesa venía presentando desde largo tiempo atrás.

No deja de ser llamativo que tal decisión estética ―la modificación de porte y rostro― sea tomada por una mujer situada de antemano en la cúspide social y económica internacional. Y no menos, que tal inquietud por el, en apariencia, banal aspecto físico afecte de tal manera a un ser envidiado, también, por su belleza e inteligencia naturales. Y más aún, si tenemos en cuenta que aquella preeminencia social y económica había sido conseguida, precisamente, gracias a estas previas cualidades naturales:

«A lo sorprendente e inesperado lo llamamos con toda propiedad el factor humano. Siempre defiendo la superioridad del periodismo ―o de la Historia― sobre la novela porque la realidad es mucho más emocionante que la ficción. Si alguien inventara una trama sobre una brillante profesional de la televisión que atrae a la audiencia por la personalidad de su rostro, enamora al heredero del trono de su país, se casa con él y le da dos princesitas, pero decide operarse la nariz porque anhela la perfección canónica y no se siente a gusto dentro de esa efigie tan magnética, sería dejado de lado por alterar de forma inverosímil el itinerario narrativo de los cuentos de hadas». (Pedro J. Ramírez: Obama o la nariz de Cleopatra, 7-9-2008).

A título particular nos adherimos a la lírica visión que el escritor y periodista David Torres brindaba acerca de la imagen de la presentadora televisiva Begoña Tormo (izquierda) algunos años antes del evento comentado:

«Desde luego, la nariz es el centro de esta cara, y nunca se alabará bastante el hecho de que su propietaria no haya decidido recurrir a la cirugía. Es una nariz prominente e inquietante, sí, pero indispensable, como la torre de una catedral, y a la vez, absolutamente femenina. Podría ser el avatar de uno de esos apéndices nasales que un día cambiaron la historia, la geografía, la economía y la religión: la nariz de la reina de Saba, o mejor, de Cleopatra... ».

O como terciaba otro columnista en el principesco asunto:

«Personalmente estoy en contra: me gustaba la antigua nariz, infinitamente más royal que la actual. Una frase ―probablemente apócrifa― del tipo ''Yo soy una princesa'', tendría mucho más fuerza con una altiva nariz, aquilina y aristocrática».

En alguna que otra columna se hacía una discreta alusión a ''reales'', en todos los sentidos del término, problemas respiratorios como justificación de la cosa, pero sin insistir en el tema.



« En Hollywood es tradición asentadísima que para que a una guapa le den un Oscar tiene que hacer una película disfrazada de fea. Creo recordar que la última fue Charlize Theron, pero seguro que fue la penúltima. La gente se pasa la vida yendo al cine para ver a gente guapa pasando las de Caín para que al final indulten a Abel, pero le gusta creer que no es la belleza lo que le lleva a hacer cola para gastarse el dinero en taquilla… Sólo en Al caer el sol me pareció que Paul Newman alcanzaba ese esplendor de los viejos actores guapos como Henry Fonda. Pero su mejor escena es cuando en Dulce pájaro de juventud le rompen la nariz para que no enamore a nadie más. Es imposible dudar de que estamos en el cine y de que esa nariz no puede romperse. Nunca se rompió»
(Federico Jiménez Losantos: Nacido guapo)


 1. Belleza y personalidad
« ¡Qué bien lucen tus pies con las sandalias, oh hija de nobles! Los contornos de tus muslos son como joyas, obra de las manos de un artista.
Tu ombligo es como una copa redonda a la que no le falta el vino aromático. Tu vientre es como un montón de trigo rodeado de lirios.
Tus dos pechos son como dos venaditos, mellizos de gacela»
(Salomón: Cantar de los Cantares, 7-1)

Ciertamente, si obviamos de momento la peculiaridad de la ocasión elegida para llevarla a cabo, el cambio de imagen de la princesa española es un fenómeno significativamente frecuente en personas que consideraríamos inmunes a tamaña debilidad humana. Sin necesidad de salir de la monarquía española, parece que Doña Sofía se hizo algún arreglito allá por el 2002. O, si hacemos caso de la edición de la revista Tiempo de noviembre de 1992:

«Hillary Clinton, mujer del presidente de Estados Unidos (a la izquierda su busto, expuesto en el Museo del Sexo de Nueva York), era una joven feúcha, con dientes desproporcionados, más bien oronda y miope, llevaba gruesas gafas y era morena de pelo. Ahora... su nariz es más afilada y corta y las patas de gallo, bolsas que achicaban sus ojos y ojeras han desaparecido. El pelo que luce ahora es muy rubio y ha abandonado las grandes gafas que agrandaban su cara por unas discretas lentillas de colores...»

En ámbitos más mundanos, por supuesto, la alteración quirúrgica de la personalidad es tan usual que viene a ser considerada casi como una ampliación de la manicura. Ni tan siquiera se toma a mal un cambalache que debería ser considerado como una estafa al espectador... si es que seguimos considerando al cine como "séptimo arte":

«Por ejemplo, el trasero más famoso de Hollywood es el de una tal Anita Hart. Se trata de una actriz desconocida para el gran público que ha "prestado" su culo en numerosas películas, para sustituir los de grandes estrellas, que no lo tienen tan mono, como Pamela Anderson, Liz Hurley, Cindy Crawford o Demi Moore... » (Josep Tomás: De culo, blog Cama Redonda, 19-11-2008).

La belleza está definida por el diccionario como «la cualidad de ciertos objetos de producir un sentimiento de deleite libre de toda consideración moral o utilitaria», o también, como «la armonía física o artística que inspira placer y admiración»... Lo que varía históricamente es la percepción social de la armonía: en Occidente hemos pasado de la belleza anoréxica de princesa Nefertiti conforme a la antigua moda egipcia que popularmente reconocemos, a las celulíticas y retozonas figuras mitológicas de Tiziano o Rubens, pasando por la "escultural" Venus de Milo clásica, o las Evas renacentistas italianas, para regresar a las primitivas fisonomías y transparencias egipcias que lucen las enfermizas estrellas de las pasarelas.
Son vaivenes culturales inmersos en las circunstancias sociales de cada tiempo y lugar. Y que reflejan un estilo de belleza ligado exclusivamente a la mujer de la alta sociedad de su tiempo y lugar.

Y una moda que realza tanto como somete a las féminas de cada tiempo y lugar: de los pies torturados del extremo oriente a los corsés y tacones del extremo occidente. O, las mujeres de cuello de jirafa, de la etnia kayan, de la zona central de Myanmar (antigua Birmania), cuyos collares-fórceps consideran joyas: cuanto más largos los cuellos, mayor el atractivo de la mujer, puesto que prueban su procedencia de una familia bien... aparte de resaltar la belleza de la estirada dama. O viceversa. También ocurre que con tan peculiar usanza evitaban ser raptadas por los esclavistas, como también lograban con su estilo de ''boca y orejas de plato'' las mujeres mursi de Etiopía, escapar de los inhumanos mercaderes árabes, proveedores de los inhumanos tratantes occidentales.

Pero lo que resulta innegable es la obsesiva persecución de esta armonía por parte del ser humano, algo que los artistas de todas las épocas han tratado de capturar en cánones matemáticos y geométricos... La psiquiatra y profesora universitaria florentina Graziella Magherini, allá por 1985, describió por primera vez las características clínicas del famoso ''síndrome de Stendhal'', una conmoción ante el exceso de belleza que algunos turistas manifiestan con síntomas de desvanecimiento, angustia e inicio de colapso; es un fenómeno que igualmente podemos contemplar entre los fans adolescentes de cualquier pirulí, animal o cosa que aparezca dos veces seguidas en la telecaca, fenómeno que acontece en todas las latitudes y longitudes del moribundo planeta.
Esta misma doctora se descolgó en 2005 con el "síndrome de David", unas perturbaciones, afortunadamente pasajeras, en el cerebro de aquellos que contemplan la mole de cinco toneladas y media del David de Miguel Ángel expuesto en la Academia de Florencia: desde admiración y desconcierto a envidia y deseos de destruirla, pasando por pulsiones de tipo sexual: «Casi todos los visitantes consideran la escultura el emblema de la perfección masculina, y en el David el sexo se muestra de manera palpable, en una especie de fusión entre libido y arte», añade la doctora Magherini.



« El día que su amor del instituto rompió la carta que él le había escrito, Liu Jinbao prometió que tarde o temprano sería lo suficientemente rico y poderoso para hacerla suya.
Dos décadas después, convertido en uno de los grandes magnates chinos, el banquero se dispuso a lograr su sueño.
Escogió a una de sus amantes como modelo y la hizo pasar por las mejores clínicas de cirugía estética del mundo hasta lograr una réplica lo más exacta posible de aquel primer amor adolescente»
(David Jiménez: LIU JINBAO, El 'pigmalión' del bisturí: El Mundo, 23-11-2006)



 2. La belleza y el éxtasis
« En el séptimo día, estando el corazón del rey alegre a causa del vino, mandó a Mehumán, a Bizta, a Harbona, a Bigta, a Abagta, a Zetar y a Carcas (los siete eunucos que servían personalmente al rey Asuero) que trajesen a la presencia del rey a la reina Vasti, con su corona real, para mostrar su belleza a los pueblos y a los gobernantes; porque ella era de hermosa apariencia» (Libro de Esther, 1)

Tal arrobamiento es muy semejante a lo que tradicionalmente se entiende por éxtasis, un estado anímico "caracterizado externamente por la disminución o suspensión de las funciones corporales (sentidos, respiración, circulación)". Toda una experiencia religiosa, que decía el piji-rockero.
Etimológicamente, el éxtasis es una peligrosa desviación del aconsejable equilibrio estático del cuerpo (lo estético es estático, enseñaba el ingeniero Torroja); aunque más apropiadamente podría corresponder al término griego que literalmente se transcribe como 'katharsis', y que significa "regla (menstrual)", "poda (de árboles)". Catarsis que entre los griegos tuvo a menudo un sentido religioso, ligado al orfismo y a los misterios de Eleusis... (José Ferrater Mora: Diccionario Filosófico).

La belleza fue definida por Platón desde un punto de vista metafísico y objetivista: es aquella Idea que al comunicarse con las cosas sensibles las hace aparecer como deseables; su característica es una cierta luminosidad; su función, la de despertar el eros, convirtiéndose, por esta causa, en la vía que lleva al conocimiento del Bien mismo. Aristóteles definió la belleza como armonía: la debida proporción de las partes con el todo.
Las dos posiciones límite adoptadas en la cultura occidental son la objetivista (la belleza es inherente al objeto que se reconoce como bello) y la subjetivista (la belleza de un objeto depende de la apreciación que de él haga un sujeto).

Entre nosotros, los españoles, el término éxtasis tenía desde luego una conexión directa con santa Teresa de Ávila en particular y con toda la mística en general. Y digo "tenía" porque hoy el catolicismo hispano se escurre a toda prisa por el sumidero del aconfesionalismo general de Occidente, antiguamente más conocido como "el materialismo que nos invade" entre nuestros más mayores.
Y es que hace ya casi un siglo se rizó el rizo de la mística con la creación filosóficamente imposible del "espíritu del éxtasis" (sería algo así como el espíritu del rapto del espíritu): “The Spirit of Ecstasi” es esa «pequeña y graciosa diosa, la dama en escorzo que exige silencio con un dedo en los labios» al decir de Raúl del Pozo, que desde 1911 corona el radiador del Rolls-Royce. Fue mediante esta pirueta descaradamente pagana y capitalista como la sublimación del amor divino pasó de golpe y porrazo a simbolizar el culmen del lujo, la belleza y el amor terrenal.




En 1910, Lord Edward Douglas-Scott-Montagu, quién además de mando militar de una unidad del ejército británico en India era editor de la revista The Car Illustrated, encargó a su amigo Charles Sykes, afamado escultor, una mascota para su Rolls-Royce Silver Ghost. Sykes utilizó como modelo para la estatuilla a la que desde 1902 era secretaria y amante secreta de Montagu, Eleanor Velasco Thornton, fallecida en 1915 y de origen español. Tal fue el origen del emblema de Rolls-Royce “el espíritu del éxtasis”, registrada en 1911. (Rolls-Royce Historia)




Y es que la belleza corporal por la belleza corporal, subrayada con los aderezos y complementos estéticos que mezclan los pijos ricos del mundo visual, goza hoy día de tan generalizado predicamento que ya hasta a nivel popular es común y corriente hablar de ''culto al cuerpo'' para referirse a toda la serie de operaciones dietas y demás barbaridades que mujeres y hombres están dispuestos a sufrir ¡Y todo, para lograr la sublime dicha de que la gente les mire por la calle... gente que no les importa en absoluto, y a la cual ni habían visto antes ni volverán a ver en su vida!

Realmente, ¿somos tan superficiales, tan banales, tan inconsistentes, tan estúpidos?
«Si un día descubres que ya no te miran... ¿qué harías para demostrar que existes?» es la frase reclamo de la película de Gerardo Herrero Una mujer invisible. «Luisa confiesa que tras toda una vida peleando porque la valoren como persona y no sólo como mujer, le fastidia que esta última casi haya desaparecido... y se pregunta si, una vez conseguido su objetivo, puede darle la vuelta a la situación y llevar a cabo un insólito juego de “des-seducción”» (Rev. Yo dona, 19-5-2007).

Pero no sólo Luisa; cualquier persona medianamente sensible se deprime ante la constatación de semejantes contradicciones; ante la constante duda entre la necesidad de autenticidad y la tentación de disfrazarse por puro ansia de gustar. Sobre todo teniendo en cuenta que para gustar basta, en teoría, con ponerse en manos de un “estilista” y en imitar las tendencias de la moda que mejor nos cuadren en cada momento del día o de la vida. En cambio, ser auténtico te introduce en un equívoco laberinto; ''ser el que eres'', como aconsejaban los griegos, no es tan fácil como aquéllos simulaban imaginar, porque, ¿quién conoce realmente su ''yo''?

Los psicólogos dicen que en cada uno se encierran y conviven malamente tres personalidades, el ser que los demás piensan que somos, el que nosotros creemos ser..., y el que somos en realidad. Pero éste resulta un desconocido que se escabulle en cuanto tratamos siquiera de visualizarlo, porque es tan variable como nuestro estado de ánimo circunstancial; nuestro yo varía con una buena comida o tras un mal sueño; no somos capaces de las mismas acciones bajo la ducha que entre la multitud de las gradas de un estadio. Todos reconocemos que cambiamos a lo largo de la vida, pero, ¡ay!, también comprobamos que seguimos tropezando en las mismas piedras de siempre.


Y ya que de máscaras y personalidades hablamos, retornemos al comienzo, al tema de la cirugía estética y su circunstancia. La palabra estética proviene del griego 'áisthesis', y significaba simplemente, sin otra connotación, facultad de percibir por los sentidos, sensibilidad, sensación, más que sentimiento (anestesia, an-estesia, sería otro derivado); a lo largo del tiempo, estética como sentimiento de percepción y estética como percepción de la belleza se han ido confundiendo.


La estética está hoy considerada una parte de la semiótica, pero de una ''semiótica no lógica''. Semio es una forma prefija del griego ‘semeîon’, signo, por lo cual, semiótica viene a ser equivalente a técnica de los signos, o a ciencia general de los signos. En la Antigüedad el vocablo semiótica fue usado con frecuencia para designar la ''parte de la medicina que se ocupaba de interpretar los signos, los síntomas, de las enfermedades'' y que abarcaba la diagnóstica y la prognóstica.


 « Respondió de nuevo la risueña Afrodita:
―No es posible ni sería conveniente negarte lo que pides, pues duermes en los brazos del poderosísimo Zeus.
Dijo; y desató del pecho el ceñidor bordado, de variada labor, que encerraba todos los encantos: hallábanse allí el amor, el deseo, las amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio a los más prudentes. Púsolo en las manos de Hera, y pronunció estas palabras:
 ―Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que tu corazón desea»
(Homero: Ilíada)



3. La belleza como forma de bondad
«A ti suplico, soberana. ¿Eres diosa o mortal? Si eres una divinidad de las que poseen el espacioso cielo, yo te comparo a Artemis, la hija del gran Zeus, en belleza, talle y distinción, y si eres uno de los mortales que habitan la tierra, tres veces felices tu padre y tu venerable madre; tres veces felices también tus hermanos, pues bien seguro que el ánimo se les ensancha por tu causa viendo entrar en el baile a tal retoño; y con mucho el más feliz de todos en su corazón aquel que venciendo con sus presentes te lleve a su casa»
(Homero: Odisea)

Pero mucho más antigua y duradera es la confusión entre la percepción de la belleza y el sentimiento de bondad. De hecho, la confusión entre lo bello y lo bueno ―dando por sentado que la sinceridad sea una forma de bondad― está profundamente arraigado en nuestra cultura y en nuestra incultura desde mucho antes de lo que podríamos imaginar: la misma palabra bello deriva del latín ‘bellus’ que tiene el sentido indistinto de lo bello, lo útil, lo bueno, lo conveniente (bonito proviene de un diminutivo de ‘bonus’, bueno: bonito significa buenito)... y nótese que la vida nos enseña que a menudo lo útil y lo conveniente están reñidos con cualquier manifestación de sinceridad. También, por ejemplo, lindo desciende del latín 'legitimus' a través del portugués 'lídimo', auténtico, legal, legítimo.

«...Es por esta neutralidad semántica que Kant llama ''estética trascendental'' a la ciencia de ''todos los principios a priori de la sensibilidad''; poco tiene que ver, por ello, con lo que en la actualidad se llama estética, ciencia de lo bello o filosofía del arte. La cuestión ya fue dilucidada en la Antigüedad especialmente por Platón, Aristóteles y Plotino, quienes, siguiendo la antigua tendencia a la identificación de lo bello con lo bueno en la unidad de lo ideal, subordinaron el valor de la belleza a valores extra-estéticos y particularmente a entidades metafísicas...» (José Ferrater Mora: Diccionaro de Filosofía)

Pero ¿por qué será que han transcurrido dos milenios y medio desde entonces, y seguimos en las mismas?, viendo, por ejemplo, cómo los peluqueros participantes en la IX Escena L’Oréal Professionnel propusieron «una vuelta a los orígenes, al espíritu de la sencillez y pureza, para evocar la belleza natural del desnudo femenino». Es decir, nuevamente Platón y sus cosas.


Sin embargo, detrás de tanta sencillez y tanta pureza hay bastante poco platonismo. Los profesores Margo Wilson y Martin Daly, de la U. McMaster, Canadá, aseguran, como los expertos en publicidad ya sabían, que una mujer es capaz de activar impulsivamente el cerebro masculino, y basta una fotografía para manipular sus centros cerebrales de decisión (Izquierda, Titania y Fondón, de Henry Fuseli, inspirado en El sueño de una noche de verano, gráfica representación del efecto inevitable del encanto femenino que tantos sudores racionalistas nos cuesta contrarrestar a algunos):

«Los publicistas saben desde hace tiempo lo que los científicos acaban de demostrar. Los hombres actúan impulsiva e irracionalmente ante la vista de una mujer hermosa. El recurso de los anunciantes no sólo tiene sentido sino que opera directamente en un área concreta del cerebro masculino que provoca modificaciones de su comportamiento... Cuando las mujeres contempladas no entraban en la categoría de sexualmente cautivadoras, los caballeros no modificaban su comportamiento... Una decisión “irracional” que contrasta con la racionalidad femenina, inalterable después de visualizar hombres guapos... Con sus cautelas “las mujeres reflejan la gran inversión que para ellas supone la maternidad... ». (María Valerio: Impulsos: El Mundo, 26-12-2003)




«Las experiencias fotográficas de Spencer Tunick, con miles de mujeres y hombres desnudos tienen, entre otros significados y consecuencias, el efecto claro de deserotizar el cuerpo. La conversión del individuo en masa transforma el cuerpo en masa también. Lo mismo pasa en las playas nudistas. La masificación del cuerpo provoca una suerte de suspensión del deseo, que no encuentra su objeto... El cuerpo se hace mera protuberancia» (Manuel Hidalgo, Rev. Yo dona, 19-5-2007)









«Fue el gran Federico Nietzsche quien analizó en su Genealogía de la moral con extraordinaria agudeza la relación entre lo malo con lo feo, lo bajo, lo plebeyo. Ese estereotipo sigue  funcionando en nuestro sistema de valores: una cosa bella tiene que ser necesariamente buena. En cambio, lo repulsivo estéticamente nos parece malo.Pero la vida real no se ajusta  a estos tópicos.
Hace un par de años, la bella y joven Amanda Knox, apodada Cara de ángel, fue condenada por un tribunal italiano a 26 años de cárcel por el asesinato de Meredith Kercher, su compañera de piso. La autopsia reveló que Kercher murió con la tráquea destrozada por estrangulamiento y la garganta parcialmente rebanada. El juicio contra Amanda Knox suscitó un enorme interés en Italia, donde un sector de la opinión pública creía que una mujer como ella no podía haber cometido un crimen tan horrendo.

…La figura de Amanda Knox y el film de Preminger ―Cara de ángel, en la que Jean Simmons induce a Robert Mitchum a cometer un asesinato― me han venido a la cabeza esta semana al ver la fotografía de Laura Gómiz, la ex presidenta de Invercaria. Gómiz es una cordobesa de 32 años, atractiva, muy guapa, con una expresión de dulzura y bondad. Nadie podría identificar esa cara con el lenguaje soez que emplea en las grabaciones que han sido divulgadas por los medios.
La escuchamos cómo ordena sin pestañear la falsificación de documentos para justificar los créditos concedidos por Invercaria, cómo amenaza con despedir a su subordinado y cómo se jacta de no tener el menor sentido de la ética...» (Pedro G. Cuartango: Caras de ángel)

«Laura conmovió al personal con su sonrisa y sus hoyuelos, aunque la grabación de sus conversaciones con Cantos era turbadora, como su expresión en la imagen de abajo. Desaparecida la sonrisa y los hoyuelos, su mirada es inquietante. "Acojona, ¿eh?", habría dicho el gran Luis Escobar, al igual que los antidisturbios en traje de faena. Pero hay en ella algo que da mucho que pensar y que explicita con apabullante sencillez en su testimonio durante el juicio a propósito de las grabaciones: "Es mi voz, pero no mis pensamientos"...» (Santiago González: Hablemos de género sin tapujos)




Tras todo lo visto y lo que nos queda por ver, es de agradecer que algún filósofo moderno nos aclarara que «la Belleza es independiente de la Bondad y de la Verdad, de modo que algo puede ser a la vez malo, falso y bello, no habiendo correlación entre tan trascendentales conceptos», una impresión que los mensajes publicitarios se empeñan en refutar constantemente, queriendo convencernos de que una cara bonita y una frase ingeniosa sólo pueden anunciar un buen producto.

Estamos tan enredados entre el ser y el parecer que tuvieron que transcurrir estos veinticinco siglos antes de que los filósofos posaran su mirada en la tierra discriminando entre lo estético, lo ético, lo pragmático… ; y consideraran que, en lo tocante al pan nuestro de cada día, la estética no es más que una técnica para producir cuerpos, gestos y ademanes (posturitas monas, se llama eso en castellano viejo) capaces de atraer la atención del ''personal'', creando así un mensaje publicitario ambulante como identidad.


Y es que realmente no confiamos en que el mundo haya cambiado tanto, desde la selva hasta hoy, como para sincerarnos en nuestra apariencia social. El ''instinto estético'' ―del que se previno Ulises al encadenar a sus marineros para poder escapar al ''canto de sirenas''― está tan grabado en nuestros genes como en los del resto del mundo animal, y usamos, como dios nos da a entender, del camuflaje para des-aparecer y del adorno para mejor parecer, pero, sobre todo, para aparecer, para hacernos visibles a los demás (a los de-más).
Y esto a pesar de las elucubraciones metafísicas que siempre han proclamado que la atracción por lo hermoso es una cualidad exclusivamente humana, olvidando el hecho de que al fin y al cabo, los pavos reales, los guacamayos y los jilgueros no están en el mundo para adorno de parques y jardines. Los pavos reales a quienes única y exclusivamente intentan encandilar mostrando su cola desplegada, es a las pavas reales, dicho sea con todos los respetos para las monarquías parlamentarias.



«El Homo sapiens es la única especie animal capaz de pintar una Mona Lisa con la única intención de recrear su belleza y, luego, disfrutar de esa imagen. ¿En qué parte del cerebro se esconde esa capacidad artística? La respuesta nos la ha dado un grupo de investigadores españoles encabezados por el profesor Cela-Conde, hijo del fallecido Premio Nobel de Literatura, que han descubierto que es la zona izquierda del córtex prefrontal del cerebro (en la parte delantera de la cabeza) la que se activa cuando una persona considera que una imagen es estéticamente bella.
La idea surgió hace cuatro años por iniciativa de la catedrática Gizelle Marty, que planteó la necesidad de saber qué zonas del cerebro son las que valoran la estética.
Para ello, en primer lugar, tuvieron que definir qué era la estética con cuatro conceptos: bello, original, interesante y agradable. Tras realizar un estudio con 400 individuos, determinaron que cuando algo es bello también cumple las otras tres condiciones» (Rosa Mª. Tristan: Las neuronas de la belleza: elmundo.es/ ciencia, 13-4-2004).




En la siguiente cita clásica, observamos de qué tipo son "todas" las cualidades de una matrona romana ejemplar. También es de notar que los ojos de color azul no eran nada del gusto romano (a pesar de que los ojos de Salvia eran azules, les salvaba el que fueran vivarachos y brillantes); ello era debido a que su abundancia entre los bárbaros, celtas galos y germanos, hacía sospechosos a sus, entonces, desdichados poseedores; algo similar a lo que ocurría con la pelirrojez, no sólo entonces sino hasta no hace mucho (rufián deriva del latín 'rufus', pelirrojo):

« ―He aquí presentes todas las cualidades de la virtuosísima Salvia, tu madre: su generosa probidad, su estatura moderada, su esbeltez deliciosa, el color delicado de su tez, una cabellera rubia y arreglada sin afectación, unos ojos ciertamente azules pero vivarachos y brillantes en la mirada, como de águila, una cara fresca totalmente y un andar elegante y ágil» (Lucio Apuleyo: El asno de oro)





(Izquierda, Wilma, la primera  recreación de una mujer neandertal, nativa de El Sidrón casualmente (... por más que parezca de la familia de Gérard Depardieu). Hecha en 2008, por primera vez se tenía en cuenta un detalle conocido gracias a un estudio de ADN: Wilma es pelirroja. Sin embargo, aún no se había descubierto que la mutación del gen que da ojos azules data del -IV milenio solamente, mientras que los neandertales se extiguieron hace unos 25.000 años, así que los ojos de Wilma no podían tener ese color)




«Durante mucho tiempo, el azul fue un color marginado. Está ausente de las pinturas rupestres neolíticas. En la antigüedad ni siquiera era considerado como un color. Sólo el rojo, el blanco y el negro tenían ese estatus. Una de las razones principales es que el azul es muy difícil de fabricar. Para los romanos era el color de los bárbaros, del extranjero. Los pueblos del Norte, como los germánicos, usaban el azul. Por entonces, los ojos azules en una mujer eran signo de mala vida. Para los hombres era una marca de ridículo. Cuando las lenguas románicas forjaron sus lenguajes sobre los colores, tuvieron que ir a buscarlos al germánico (blau) y al árabe (azraq). En griego antiguo, las palabras que lo designan son imprecisas: hay confusión entre el gris, el azul y el verde. En la Biblia tampoco existe el azul» (Michel Pastoureau)


Y es que posiblemente tales recelos tengan algo de fundamento pues, como decía un olvidado clásico (Marx, hablando sobre órgano y función), «las modificaciones experimentadas por ciertas formas provocan cambios en la forma de otras partes del organismo, sin que estemos en condiciones de explicar tal conexión. Los gatos totalmente blancos y de ojos azules son siempre o casi siempre sordos».
No obstante, para aquellos que nos resistimos a desuncir la belleza de la inteligencia y demás aburridas trivialidades, se hizo una película como Insignificancia, en la que Marilyn Monroe logra explicarle a Albert Einstein la teoría de la Relatividad de una manera más sencilla de lo que él había sido capaz de imaginar (debajo, Norma y Albert en plena faena pedagógico-forense).




  
4. Me gustas mucho, le dijo él (o ella)

«Entonces dijeron los jóvenes que servían al rey: "Búsquense para el rey jóvenes vírgenes de hermosa apariencia. Nombre el rey oficiales en todas las provincias de su reino, para que reúnan en Susa, la capital, a todas las jóvenes vírgenes de hermosa apariencia, en el harén que está bajo el cuidado de Hegai, eunuco del rey y Guardián de las mujeres; y provéase su tratamiento cosmético» (Libro de Esther, 2)
Quizá la impotencia de Platón en particular y de la filosofía en general para aislar el misterio de la belleza y explicar el seguimiento masivo y cotidiano, como hipnotizados, de las piruetas (más bien, pingoletas) de las bellezas televisivas, a pesar de las esencias de ellas mismas, resida en que la atracción por las simetrías y proporciones de la belleza es algo innato, como el vértigo o la náusea; algo inscrito en la naturaleza humana aunque no sólo humana, según lo dicho. Según explica Alan Slater, psicólogo del desarrollo de la Universidad de Exeter, otro más que nos confirma que los humanos nacen con una preferencia innata por la belleza:

«Puedes mostrar varios pares de rostros que coinciden en todo excepto en el atractivo, y los niños siempre mirarán a la más atractiva de las dos caras. Lo cual lleva a la conclusión de que los bebés nacen con una representación bastante detallada del rostro humano que les permite detectar y reconocer caras. El atractivo está ya en el cerebro de un niño recién nacido desde el mismo momento del nacimiento y probablemente antes de él»
(Este extasiado bebé en concreto se llama, o lo llamarán, Hayek, Salma Hayek)

La belleza y la bioquímica hormonal, y su sublimación en un cóctel conocido como amor, se agitan en un combinado de sensaciones que se desparraman en una pulsión ciega de posesión física y mental que no retrocede ante el asesinato, el suicidio, ni siquiera ante el infanticidio de los propios hijos, esa locura antigenética (en el próximo capítulo, Acerca del buscarse y el encontrarse, ya hablamos del amor como enfermedad mental).
Quizá la apreciación de la belleza tenga el mismo sentido instintivo que la estimación de los sabores y los olores y por eso es que nos ciega y embriaga. Quizá la sensación de belleza y fealdad para el sentido de la vista, y de armonía y disonancia para el oído, respondan a los mismos reflejos defensivos que la sensación de dulce y amargo para el paladar, o de fragante y fétido para el olfato, y a la hora de emparejarnos elijamos la apariencia física y el aroma hormonal, obviando enamorarnos de las demás cualidades interiores.


Y es que en este aspecto nos dejamos de idealismos ―querámoslo o no, comprendámoslo o no― atendiendo al sentimiento entrañable (de las entrañas, derivado del latín 'interanea', intestinos), de que la hermosura se hereda pero la inteligencia, no. Lo cual sería un indicio, entre muchos, de que estamos bastante más cerca de la entrañable animalidad de lo que nos encanta imaginar, por más que los telediarios y la sangrantemente sangrienta oferta cultural cinematográfica se obstinen en desengañarnos piadosamente.
Porque lo cierto es que ―váyase lo uno por lo otro―, si bien tampoco la estupidez de los padres tiene consecuencias de tipo genético en los hijos, sí que tiene indudables y lógicas repercusiones de tipo social por cuanto afecta al tono familiar del hogar en el que los tiernos vástagos maduran, o se pudren, y desarrollan o atrofian su personalidad.

Pero tampoco la correspondencia entre atracciones físicas y hormonas químicas es algo fijo y simple. La relación entre los rasgos que resultan atractivos y la testosterona, por ejemplo, ha sido analizada por un equipo del Laboratorio de Investigación de caras de la Universidad de Aberdeen (Reino Unido), ―hay investigaciones pa'tó― que por primera vez ha estudiado este papel concreto de la famosa hormona:

«"Dependiendo del nivel de testosterona, los participantes cobaya prefieren una u otra cara. Cuando los niveles de la hormona eran altos, los hombres se sentían atraídos por las mujeres muy femeninas y las chicas por los hombres muy varoniles. Pero cuando estos niveles descendían, los gustos cambiaban", ha declarado a la BBC el doctor Ben Jones, uno de los autores de la investigación y psicólogo del centro.
Cuando los niveles de testosterona andan elevados, las mujeres encuentran irresistibles a los hombres muy masculinos, del estilo de los actores Russel Crowe o el nuevo James Bond, Daniel Craig. Ellos, por el contrario, se decantan por las caras femeninas como las de Natalie Portman, Scarlett Johansson o Evangeline Lilly, la protagonista de la serie 'Perdidos'». (Isabel F. Lantigua: elmundo.es/ ciencia, 17-9-2008)

No en vano, el gusto (latín 'gustus', acción de catar) puede ser entendido, bien como uno de los cinco sentidos fisiológicos, o bien como la ''facultad de formular juicios estéticos''. Quizá por ello, desde los primeros análisis filosóficos del ''problema del gusto'' se han suscitado las cuestiones principales que dominarán luego todas las investigaciones al respecto: acerca de si el gusto es racional o es sensible, si es universal o individual, si seguro o arbitrario, facultad o mera apreciación.

Los antiguos afirmaban tajantemente, siguiendo a Platón, que la belleza depende exclusivamente de la apreciación de la vista y el oído; pero hoy los juicios sobre la belleza son usualmente llamados ''juicios de gusto'', una facultad ésta radicada en boca y nariz, y en muchas ocasiones en el tacto, o mejor en el con-tacto del objeto, o del sujeto, con determinadas zonas de nuestra piel.




Aunque en otras muchas otras ocasiones más bien no: a los mayas les encantaba el estrabismo, al punto de que disponían colgantes entre los ojos de sus bebés para forzar sus ejes visuales. Un estilo que de vez en cuando utilizaba, por cierto, y le quedaba muy tierno a Audrey Hepburn. Es curiosa la coquetería con que Marilyn utilizaba su ligero estrabismo de ojo vago; o que el único ojo del busto de Nefertiti no sea fruto de accidente personal o artesanal, sino un detalle aplicado ex profeso por el escultor. Luces y sombras para un equilibrio perfecto, que recomendaba Tomás de Aquino, y al que nosotros volveremos en la próxima entrada al hablar del ''hechizo'' del mirar femenino (del embrujo, como se decía antes) con algo más de rigor.




En la antigua caligrafía china el ideograma 'hermosura' se escribía superponiendo los pictogramas 'oveja' y 'corpulencia'. Sin irnos tan lejos, un bebé hermoso es sinónimo de bebé grande y sano: la consabida terneza ''qué niño tan rico'' más que un cumplido es toda una constatación socio-económica (la ''ricura'' como variedad de la ''riqueza'', rico procede del gótico 'reiks', poderoso; la preciosidad, como precio-sidad, o preciosa como variante de apreciada, o de alto precio, y como antítesis del desprecio). Recordaremos también unos pocos gráficos giros callejeros (algunos los denominan piropos): Maciza / macizo…! Tía güena / tío bueno…! (algo hemos hablado antes de la equivalencia belleza-bondad). Estás jamón…! Bombón (unidad de medida de la ricura con submúltiplos volumétricos: bomboncito, bomboncete y bombonazo)…! Estás pa'comerte…! Cosa rica…!

En fin, como botón de muestra ya está bien..., o estará bien siempre que, recurriendo a la etimología, acabemos remarcando que cruel, crudo y cruento, la crueldad mental, la crudeza de los alimentos (y de la guerra, amorosa o descarnada), son aspectos del mismo vocablo, 'crudelis', ''que se complace en la sangre''; que 'crudus' significa sangrante; y que en amor y en alimentación (esa ''carne'' con la que se ensañan nuestra religión y nuestro supermercado) 'cruor', latinajo raíz de nuestros pesares espirituales y estomacales, significa sangre (si bien esta palabra también latina, 'sanguis', tenía para los romanos el sentido de ''factor de descendencia y parentesco'' con que diferenciaban la sangre derramada violentamente de aquella otra directamente relacionada con la menstruación femenina en particular y con la existencia animal en general; era un ingrediente vital del carácter ―sanguíneo― y del combatiente ―sanguinario―; en fin, que no tenían muy claro el asunto, algo que no es de extrañar: hasta el s.XVI no llegó a descubrirse que la sangre circula por el cuerpo, así que mientras tanto venía a ser como la salsa viva de la carne, el ketchup de la vida).
Una última pregunta al aire de la noche: ¿Por qué será será, que los apetitosos labios femeninos resultan más apetitosos cuanto más rojos? (Ver Sobre historias del Beso).



Por cierto, piropo es uno de los innumerables derivados del fuego en su origen griego, 'pyrós', ese fuego que hace digerible la carne en su doble aspecto erótico-proteínico; 'pyropos' significa semejante al fuego, de color encendido; para los romanos, 'pyropus' era una aleación cobre-oro de color rojo brillante; para los hispanos del s.XV, ''cierta piedra preciosa'' sin identificar; para los hispanos modernos, la primera grosería admirativa chusca que se les viene a la boca desde los intestinos, una especie de regüeldo verbal, pero que suele tener secreto y negado éxito: un admirador siempre es un admirador.

Como vemos, el consabido axioma ''sobre gustos no hay nada escrito'' no parece excesivamente acertado, acerca de lo cual podrían asesorarnos, como hicieron con nuestra madre Eva, las serpientes, las cuales utilizan su bífida lengua como un afilado quimio-sensor que les permite seguir el rastro de las feromonas exhaladas por sus presas y sus congéneres, aromas recogidos por los receptores dispuestos en los extremos de ambas ramificaciones de la lengua, lo que posibilita al animal la localización exacta e instantánea de su objetivo, de manera similar a la localización visual binocular frontal de los restantes depredadores. Y no hay que olvidar que en ese aspecto descendemos de un antepasado común.


¿Y la amargura? Espontáneamente relacionada con la decepción, está directamente emparentada con el amargor de los alimentos en mal estado o de las substancias venenosas: Así, del brazo del gusto-facultad y del gusto-sentido aparece en escena el gusto-instinto, es decir, el amor. De hecho, nos gustan o nos dis-gustan determinados sabores, olores, colores, sonidos y texturas: feo ('foedus') y fétido ('foetidus') tienen la misma raíz etimológica.

Pero también ocurre que en la otra cara de la moneda amorosa, allí donde reinan las dulzuras de Escajolia, cuando confesamos que “nos gusta” determinada persona estamos reconociendo hallarnos atraídos por ella y próximos al enamoramiento... si es que no estamos ya tontos de remate; comportamiento éste que siempre ha suscitado en el público un sentimiento entre lástima y sospecha; debe ser por ello que al seductor masculino se le calificase con la palabra guapo, que procedente del latín 'vappa' significa…, granuja, bribón, chulo, rufián, holgazán…, propiamente ''vino insípido''. Es por ello que a los guapos se nos suele rebajar a guaperas (envidia cochina). Claro que las féminas seductoras tampoco salen mucho mejor paradas (por ejemplo, el término vampiresa como chupasangre).



Y si en el caso del gusto podíamos escurrirnos por dos vertientes opuestas pero unidas por el vértice, en el tema del amor el asunto se complica y las vertientes por las que resbalamos se multiplican como en el tejado de una torre gótica. Stendhal distingue entre el amor-gusto, el amor-pasión, el amor físico y el amor de vanidad o amor a sí mismo; no deja de ser una clasificación algo redundante y un tanto confusa, pero no hay que olvidar que Stendhal fue un gran escritor y un entusiasta experimentador en amores y amoríos, aunque no un gran filósofo: opinaba que ''la belleza es promesa de felicidad'', fíjate tú..., el probe Miguel, que hace mucho tiempo que no sale!
Para otros autores menos fogosos los amores son el afecto, la amistad, el eros y la caridad, aparte de un “amor hacia lo subhumano” ―del que son ejemplos el amor a la naturaleza, al paisaje, al arte, a la patria... ― que no sería propiamente amor sino un ''gusto por'', o 'liking', en la más eficazmente flexible lengua inglesa.


Dentro de este sosegado panorama afectivo, los científicos llaman empatía a nuestra afectuosidad más básicamente animal. Estudios recientes confirman la aparición de rasgos afines a la empatía hasta en los mismísimos roedores: ratones que han presenciado molestias o dolores en otros ratones son más sensibles al dolor propio. Se refuerza así el argumento de que la empatía se origina en mecanismos neuronales básicos elaborados en el curso de la evolución. En los primates, el interés suele centrarse en las neuronas espejo como mediadores de las respuestas empáticas.
Pero ya en los roedores se da la circunstancia de que los ratones investigados suelen aparentar una mayor empatía hacia compañeros de jaula que les resultan familiares; los machos (no así las hembras) tienden a no mostrar empatía hacia otros machos que les son extraños (Frans B. M. De Waal: La empatía en los animales).

Las filosofías y doctrinas acerca de la hermandad universal y el racismo deberían estar más atentas a descubrimientos de este estilo en aras a un enfoque más realista y menos mágico en sus dogmas y programas.




«Y es preciso dividir en dos el arte de adquirir por la fuerza: o se emplea la fuerza abiertamente y es un verdadero combate; o se emplea también la fuerza, pero ocultándose, y entonces es la caza ... La caza en tierra comprende dos grandes partes. La caza de los animales domesticados y la de los animales bravíos ...
El hombre es un animal domesticado ... Digamos, pues, que la caza de animales domesticados es doble: Con la piratería, la esclavitud, la tiranía, las artes de la guerra formaremos una sola especie y la llamaremos caza por la violencia. Pero la caza por la persuasión se divide en dos géneros; la una es privada, la otra pública.

En la caza privada hay la que reclama un salario y la que hace presentes, como es la caza de los amantes, que tienen costumbre de hacer presentes a los que persiguen por amor; esta especie de caza privada será el arte de amar.
En cuanto a la caza privada que aspira a un salario, hay una especie en la que el cazador se atrae a las gentes por medio de caricias, o emplean el placer como cebo, sin exigir otro salario que el propio alimento; a esto lo llamaremos el arte de la adulación o el arte de producir placeres»
(Platón: Diálogos: El Sofista o Del Ser)



Sed buenos si podéis...
……………………….«...Porque no hay que burlarse ni irritarse, ni tampoco entristecerse; tan sólo intentemos comprender»


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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).