«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

23 ene. 2011

Los orígenes históricos del Dinero: (II) Del Conflicto al Trueque




«Cuando los bosques del África austral se transforman en sabana, cuando las sabanas del Sahara se convierten en estepa, los animales herbívoros se trasladan hacia el norte; les siguen pueblos negroides, que acaban estableciéndose en las orillas del Mediterráneo. Sin duda por razones similares, las tribus de Asia se dirigen hacia Europa y hacia América; avanzan poco a poco, en lentas etapas, siguiendo los puentes naturales que forman los istmos y rosarios de islas. La humanidad se desparrama por los continentes» (René Sédillot: Historia de las colonizaciones)

Este sistema socio-económico nuestro que hoy nos disfruta comenzó lentamente hace diez mil años con la desaparición de la caza-recolección y la división de la humanidad en agricultores y ganaderos ―simbolizados en la Biblia por Caín y Abel, respectivamente― según la climatología de cada zona. Parece ser que la agricultura precedió a la ganadería, según quiere corroborar la etimología del nombre de Caín, pues es, precisamente, lo que significa el hebreo 'qayin', literalmente, "creado el primero".

A su vez, Caín también significa "herrero", no en vano la metalurgia surgió en el seno de los primeros aperos agrícolas del cobre y el bronce (el hierro recibiría su nombre en relación a las herramientas previas forjadas con esos metales ―ferramenta deriva de aferrar― y no a la inversa), herrero, que se dice "smith" en inglés y es el apellido por excelencia de medio mundo: viene a cuento, porque el apellido Cain de algún conocido actor, o el McCain de algún otro personaje, no derivan de nuestro Caín, sino que resultan de la contracción del irlandés Mac Cathan "hijo de Cathan", del céltico 'cathan', que significa... guerrero, y que nos sirve para acabar de centrar la radiografía del suelo en el que "floreció" el mundo actual.

Por su parte, Abel es nombre formado a partir del sustantivo hebreo 'hbl' que significa efímero o frágil, una constitución física dramáticamente inadecuada para un pastor, por lo que más bien hace referencia a la dificultosa implantación originaria de los primeros rebaños. Pero también, además, significa vanidoso.
Es que, como sabemos por la filmografía western, vanidad y fragilidad también caracterizaron la actividad de los ganaderos prehistóricos: orgullosos notables acompañados por una familia no muy numerosa pero con nervio, debieron estar siempre preparados contra el asalto de los cuatreros…, o para la invasión y recuperación de los pastizales tradicionalmente de su dominio, o para la conquista del dominio ajeno si no queda otro recurso. Ganadero y guerrero han sido términos equivalentes a lo largo de la Historia, desde "Abel" hasta "John Waine", en la que las armas y los caballos han sido su mejor baluarte, y la persecución y captura del vacuno su forma de conseguir fortuna.


(Bajo estas líneas, cerrando este apartado, La caza del búfalo, de Paul Kane. A izquierda y derecha sendas ilustraciones de Yann Arthus-Bertrand y Harry Benson, respectivamente)


Y es que la ganadería exige una continua trashumancia ('trans-humus', tránsito entre 'humus', mudanza de tierra vegetal, alternancia de pastos) ajena por completo a la fijación perenne del individuo a un mismo recuadro de 'humus' hasta identificarse con él: y no es poesía..., es que, literalmente, ¡humano deriva de humus!
Y fue en la etapa entre el II y el I milenio cuando los pueblos nómadas de las estepas y montañas del norte, que merodeaban (como siguen merodeando) por las costas ucranianas del mar Negro y mar de Azov convertidos en Estados ganaderos primero y llanamente militares después, se lanzaron a colonizar y explotar a los Estados fluviales agrícolas del sur, Mesopotamia, Media (Persia) y el Indostán.

El motivo de tales desplazamientos colonizadores y explotadores fue la frustración individual y social de las gentes de aquellas aristocráticas tribus, una frustración que había ido creciendo a medida que la domesticación del caballo y la mejora paulatina de su raza (el caballo primitivo era poco mayor que un perro grande) les proporcionaban una conciencia de superioridad basada en la ya incontestable potencia bélica equina, y reforzada más tarde por la sustitución del bronce por el hierro y sus armas definitivas.

Tal frustración se debía a que en sus agrestes territorios disponían de las maderas, piedras  de todo tipo (obsidiana, basalto, mármol, lapislázuli, alabastro, jadeíta, turquesa...) y metales (cobre, oro, plata, estaño) de las que carecían completamente las civilizaciones agrícolas fluviales... pero era una riqueza material que entraba en contraste con la carencia de una infraestructura artesanal para su apropiado aprovechamiento, para un adecuado tratamiento con vistas a su comercialización, mientras que...


Mientras que, en las civilizaciones fluviales, gracias a la cultura surgida a la sombra de los templos (ver De palacios y Templos), pululaban enjambres de magníficos artesanos de todo tipo y condición (talladores, caldereros, tejedoras, orfebres, alfareros...), que sabían dar un importante valor añadido, tanto a los materiales en bruto de que disponían en territorio propio (lino, lana, aceites, betunes, cereales), como a aquellas maderas, piedras y metales periféricas que el trueque y la guerra (sobre todo al principio, cuando ganaban por número de combatientes en liza) les proporcionaban.


(Izquierda, complejo palacial construido por el rey asirio Sargón II hacia el -710 en su nueva capital Dur-Sharrukkin y comenzado a excavar en 1848 en la antigua Khorsabad (a unos 40 kilómetros al norte de Mosul, la antigua Nínive, en Irak), según un plano diseñado en 1936. Estaba construido sobre una terraza de 10 hectáreas que se elevaba 10 metros sobre la ciudad, y albergaba además no menos de siete templos y un zigurat)


Cuenta Carlos G. Wagner que «la discontinuidad ecológica explica la falta de homogeneidad que caracteriza la distribución de los recursos naturales en el Cercano Oriente»... así como los conflictos de todo tipo que hicieron padecer a sus poblaciones, añadimos nosotros de acuerdo con lo recién comentado.
Como remata Wagner (Historia del Cercano Oriente), «La periferia -Anatolia, Siria, Irán o Armenia- que proporcionaba todas aquellas materias primas a las gentes de la llanura aluvial, recibía a cambio productos manufacturados y excedentes de alimentos con una clara desventaja en el intercambio. Por esta razón el comercio era muchas veces reemplazado por la guerra».


Una situación equivalente a la de Mesopotamia se daba en todas las civilizaciones nacidas y desarrolladas a orillas de los grandes ríos que mencionábamos al inicio del capítulo anterior, las más potentes de ellas en los valles fluviales del Nilo (Egipto), del Dniéper-Dniéster-Don-Volga-Ural (Pueblos arios), del Amu y Sir-Daria (Turquestán), del Indo-Ganges (Indostán) y del Río Amarillo (China), ya afianzadas hacia el quinto o cuarto milenio antes de esta Era.



«Los indoeuropeos forman un conglomerado de pueblos con un origen étnico y una lengua originaria comunes. En su vagabundeo por las llanuras han aprendido a domesticar el caballo y a uncirlo al carro. Sus hachas, primitivamente de piedra, son más tarde de bronce y, entre los celtas, de hierro. Se dedican al pastoreo y miden la riqueza por el número de cabezas de ganado o por el de monturas, pero cuando la ocasión se presenta también saben trabajar la tierra y moler el grano» (René Sédillot: Historia de las colonizaciones)





1 Los peligros del Trueque

«La guerra es, pues, un modo natural de adquirir bienes que forman parte de la administración patrimonial o doméstica, y que comprende la caza de animales bravíos y la de aquellos hombres que, nacidos para obedecer, se niegan a someterse; es una guerra que la naturaleza misma ha hecho legítima. He aquí, pues, un modo de adquisición natural que forma parte de la economía doméstica, la cual debe encontrárselo formado o procurárselo, so pena de no poder reunir los medios indispensables de subsistencia, sin los cuales no se formarían ni la asociación del Estado (la 'polis') ni la de la familia (la 'oikia')» (Aristóteles: Política)

De todo lo dicho, ahondando en nuestra referencia a la inexistencia prehistórica del "trueque natural" explicitada en la anterior entrega, nos interesa ahora centrarnos en dos características básicas de aquellos intercambios materiales:

1. durante casi cinco mil años a raíz de la extensión de la agricultura, la forma básica de intercambio de bienes entre poblaciones era la guerra en sus diversas variantes (migración en masa, invasión y razzia, en este orden temporal).
2. el producto estrella del saqueo era el ganado, fundamentalmente vacuno, aspecto en el que nos centraremos luego.



Respecto a la primera cuestión, la mayoría de los expertos están de acuerdo con los antropólogos Carol y Melvin Ember en que «en la mayoría de las sociedades antropológicamente documentadas se han dado guerras, esto es, combates entre unidades territoriales (bandas, aldeas y agregados de éstas). Y probablemente la guerra era un fenómeno mucho más frecuente de lo que estamos acostumbrados en el mundo contemporáneo: entre las sociedades objeto de examen que fueron descritas antes de su pacificación, cerca del 75 por ciento tenían guerra cada dos años» (Antropología cultural).


(Sobre estas líneas, Buitre maligno, de Morkel Erasmus, autor que también cierra esta entrada con su Soledad. Derecha, procesión sacrificial babilónica. Bajo estas líneas, soldado y portaestandarte, de un relieve procedente de la ciudad de Mari, -III milenio)


Pero incluso esta paradójica normalidad de vivir en guerra constante es bastante tardía. Tengamos en cuenta que empieza al final del período que transcurre entre el año -10000 (en que acaba la última glaciación) y el año -2600, época en la que ya todas las poblaciones importantes se han amurallado pues pueden ser atacadas en cualquier momento. Es decir, habían pasado nada menos que 7.000 años, uno tras otro, en los que la escasísima población mundial había estado deambulando de aquí para allá sin apenas contactos, es decir, sin intercambio alguno (y, por supuesto, sin reconocer al otro como un semejante en las contadas ocasiones en que tales contactos se dieron).

A partir del año -3000 van surgiendo ciudades, cada vez más próximas y cada vez más enfrentadas en su intento de ampliar fronteras dentro de las cuales desarrollar cultivos y apacentar ganados. Así que la aparición del trueque debió llevar un larguísimo y arduo camino, pues debió ser precedida de una relativa estabilización de los límites territoriales generales que garantizasen al menos la existencia de vías de comunicación, primero permanentes y después seguras.

Hasta que llegó un momento en que el vulgar intercambio pacífico (sin las sangrientas demostraciones del despojo heroico) era preferible a la rapiña… por más que ello fuera en menoscabo del prestigio de las élites gobernantes, ya que tal operación suponía un irritante reconocimiento de la igualdad militar de la otra "parte contratante": «La guerra es el padre de todas las cosas», aún sentenciaría Heráclito mucho después. «La guerra es la forma natural de adquirir», remacharía Aristóteles, lo cual relativiza bastante la vocación comercial griega, nada diferente en esto de sus contemporáneos (Melkart-Hermes-Mercurio es patrón de ladrones y mercaderes, al alimón): sólo se comercia cuando no hay más remedio.

Para acabar de complicar la situación general, y la del comercio en particular, hay que señalar que las ciudades no estaban sólo enfangadas en sus querellas mutuas. También existían (dicen Joaquín Sanmartín y J. M. Serrano en su excelente Historia antigua del Próximo Oriente) «sectores sociales desplazados o marginales situados por debajo y al margen de lo descrito, cuando no enfrentados a todo ello. Constituyen grupos y subgrupos de elementos que vagan por las sierras y las estepas con un solo punto en común: el rechazo, y luego el desprecio, del modelo urbano específico que se les ofrece, y con que les tienta la recién nacida civilización. De ahí el recurso a una subsistencia basada en el pastoreo más o menos incontrolado, el pillaje ocasional y, sobre todo, una fortísima organización familiar (clanes)»… que tanto trabajo había costado quebrantar a la hora de montar el nuevo invento urbano, añadimos nosotros.


Otra característica a tener en cuenta es que las operaciones de trueque nunca se efectúan entre particulares (tal concepto es plenamente moderno), sino por los grupos sociales, clanes, tribus o gens, como un todo:
 «En las poco desarrolladas comunidades antiguas la individualidad se siente estrechamente ligada al marco de la colectividad. El marco de la humanidad termina, de manera difusa, donde acaba el sentimiento de colectividad. Hay unos hombres, los nuestros, nosotros, que lo somos de verdad, plenamente hombres, y otros que no lo son porque están fuera de nuestro grupo, porque son bárbaros» (Genaro Chic García: El comercio y el Mediterráneo en la Antigüedad).

Tales sentimientos tribales explican no sólo el carácter colectivo del trueque sino el clima explosivo del mismo y su peligrosidad. Y si los intercambios se efectúan entre grupos no relacionados entre sí por lazos de parentesco, es porque en el interior del grupo, si bien existe una elemental división del trabajo, los bienes no se intercambian sino que se comparten.
Hoy día, suponiendo que el trabajo, como dicen, sea el núcleo de la economía de las naciones (aun cuando no sea el honrado trabajo sino la tramposa productividad quien realmente desempeñe ese papel), habría que poner en evidencia tal hipótesis si atendemos a las raíces de nuestra civilización, puesto que los Estados embrionarios se constituyeron alrededor de los guerreros:

«Los héroes de los antiguos poemas épicos se nos presentan como laboriosos, y la imagen que tienen de los propios dioses refleja esa realidad, atribuyendo funciones laborales específicas a determinadas divinidades. Y sin embargo, los guerreros no construyen su mundo en torno al trabajo, sino que procuran ir más allá de la cultura creativa y acercarse al orden natural de las cosas, donde el más fuerte domina al más débil. Como entre los leones, a los que suelen tomar como ejemplo...
El trabajo, como un valor cultural, es asumido e interiorizado como una actividad necesaria pero inferior. Por ello, el que es considerado superior por los demás, defiende e inspira las virtudes laborales de las que él procura evadirse, sin embargo, para reintegrarse en el ámbito sagrado de la naturaleza» (Genaro Chic García). No es extraño, pues, que el parto del Comercio fuese tal largo y sangriento, ni las precauciones tomadas en los intercambios tan prolijas y detalladas como veremos ahora. 

Como operación sustitutiva, que al fin y al cabo es, del mutuo asalto a mano armada, el trueque en su "edad oscura" es practicado dentro de una vigilada atmósfera preventiva donde se toman una serie de precauciones, llevándose a cabo:
―al amparo de un altar o un santuario,
―en los límites territoriales de los pueblos o grupos,
―en el exterior de los pueblos,
―en lugares aislados,
―en religioso silencio y sin armas.



El amparo del santuario era entendido en su sentido más universal: desde la burocracia religiosa fenicia, que montaba un santuario ''prefabricado'' al dios Melkart (antecedente del dios romano Mercurio), al pie del cual se depositaban las mercancías, al lírico Japón, donde los primeros mercados de trueque se organizan allí donde alguna vez apareció un arco iris.

 Todavía en el s.XIII tenemos el ejemplo de la poderosa Liga Hanseática la cual, al establecer su primer enclave exterior, en la isla sueca de Gotland, construyó para almacén una fortaleza a modo de iglesia, en la ciudad de Visbi (a izquierda y derecha, dicho templo-almacén en su situación museística actual), cuyo nombre proviene del nórdico antiguo 'Vi', que significa "lugar de sacrificios". Es difícil encontrar un ejemplo más sólido de continuidad en la tradición comercial.
Hasta el último momento de la vida de las ferias se ha seguido esta costumbre, y siempre se celebraron en la explanada de una ermita o iglesia cuyo patrón o patrona da nombre a la feria y a la fiesta, que en un principio servía para desdramatizarla (ver entrada De Ferias y Fiestas).

La delicada ceremonia, en todas partes seguía el mismo patrón, y los ''mercaderes'' de ambas partes, previamente desarmados, se alejaban sucesivamente en solitario tras depositar o retirar sus ''mercancías'' según un ritual universal:
Alrededor del altar o santuario se dibujaba un círculo, o cualquier otra figura geométrica, en cuyo interior el que quiere cambiar un ''bien'' viene a depositarlo en total silencio, retirándose luego a observar desde lejos. La otra parte, deposita lo que para ella es la justa contrapartida, allí a su lado dentro de la figura del trueque… que está bastante vigilada por ambas partes para que nadie pueda atrapar lo allí depositado sin la correspondiente contrapartida.
La propuesta y retirada de bienes puede ser total o parcial, en cuyo caso se repiten las idas y venidas hasta que el círculo quede vacío, bien porque ha habido intercambio o bien porque se hayan retirado las ofertas por desacuerdo.




«En su origen, el cambio no se extendía más allá de las primeras necesidades, y es ciertamente inútil en la primera asociación, la de la familia. Para que nazca es preciso que el círculo de la asociación sea más extenso. En el seno de la familia todo era común; separados algunos miembros se crearon nuevas sociedades para fines no menos numerosos pero diferentes de los de las primeras, y esto debió necesariamente dar origen al cambio. Este es el único cambio que conocen muchas naciones bárbaras, el cual no se extiende más que al trueque de las cosas indispensables; como por ejemplo el vino que se da a cambio de trigo» (Aristóteles: Política)



2 Trueque y Prestigio
«Dueño ya único y absoluto del Estado, concluyó Polícrates un tratado público de amistad y confederación con Amasis, rey de Egipto, a quien hizo presentes y de quien asimismo los recibió» (Herodoto: Historias, III)

Los trueques, según hemos insinuado más arriba, solían representar una seria amenaza para el prestigio y la autoridad de los gobernantes: si el pueblo toleraba todas las exigencias y extravagancias de un rey es porque le suponía con el poder y la sacralidad necesaria para obtener directamente de los dioses todo lo que fuera menester, natural o milagrosamente (si nos fijamos bien, queda un residuo de tal superstición incluso en las democracias mejor asentadas). Es por esto que los gobernantes de hace tres o cuatro milenios, según zonas, que aún seguían recurriendo al trueque a pelo en sus importaciones y exportaciones, tuvieron que aguzar el ingenio para justificar sus intercambios sin que su aura, y con ella su trono, peligrase.
La Historia recoge múltiples operaciones de trueque disfrazadas a conveniencia de quien las registra. Los faraones en particular eran unos artistas en la materia. En los relatos egipcios el intercambio mercantil se disfrazaba como pago de un tributo al faraón, tributo que era correspondido con suntuosos regalos a los embajadores de los presuntos sometidos. Igualmente, los tratados comerciales entre pueblos eran disfrazados de intercambio de presentes entre sus soberanos cuya expresión típica responde al fragmento de Herodoto que antecede. 
Los relieves, las pinturas y los textos representan a los extranjeros, egeos y asiáticos llevando a Egipto los productos de sus países; las inscripciones los presentan como gente sometida rindiendo homenaje al faraón, (lámina derecha).


«En los relatos egipcios el cambio de mercancías se presentaba como pago de un tributo seguido de regalos a los presuntos sometidos. En el puerto fenicio de Biblos se compraban vigas de cedro para la construcción de palacios y templos e incluso se hacían construir las embarcaciones que transportarían tales encargos, lo cual simplificaba la operación. A cambio, el faraón entregaba objetos de arte, metales preciosos y productos muy variados que los fenicios a su vez intercambiaban por todo el Mediterráneo.
Estas relaciones, que se remontaban a los principios de la Historia, con frecuencia ofrecieron el aspecto de las que se mantienen con un principado vasallo, aun cuando la independencia fenicia era efectiva» (André Aymar y Jeannine Auboyer: La civilización egipcia)


Los relieves de su templo nos cuentan que la reina Hatshepsut, a fin de hacerse perdonar su anómala condición no ya de mujer regente sino de toda un faraón con toda la barba, organizó una expedición al mítico Punt a fin de importar un contingente de mirra y otras materias imprescindibles para el culto religioso, como el oro (cuyo pan recubría la mayor parte de lo preservado para el Más Allá en las tumbas, al modo que empleamos el "papel de plata" en las neveras y los bocatas del cole de los niños de hoy), y tranquilizar, de paso, los enemistados ánimos sacerdotales de cuyas buenas relaciones dependía el éxito de su reinado.
Embarcó a tal efecto una estatua suya junto al dios Amón en una flota de cinco naves (que irían repletas de mercancías a modo de lastre, repletas y más que repletas, pues eran de quilla plana ―es decir, una especie de bañeras bamboleantes― pero navegarían por el Mar Rojo, un mar que en aquellos tiempos tenía su malicia, como bien sabía Moisés, que le había pillado el truco), imagen alrededor de la cual se organizaría en destino el correspondiente cambalache de la mirra por el lastre…, por más que las inscripciones manifiesten que los dioses habían enviado un oráculo previo: «…Te daremos Punt en toda su extensión, la tierra sagrada del país divino»; un tanto exagerado, era lo mínimo que podía publicar el ego y la seguridad de un faraón:

«Los barcos egipcios se cargaron de oro, plata, piedras preciosas, ébano y otras maderas, marfil y pieles de leopardo y pantera. Y sobre todo, de monos. Pero el producto más notable del país era la resina, empleada como incienso. Se llevaron treinta árboles de mirra con la tierra que envolvía sus raíces, que Hatsepsut mandó plantar en las terrazas del maravilloso templo de Deir-el-Bahari... Se lo llamó «el tributo del rey de Punt», y se escribió que «los jefes del pueblo prestaron sumisión con la cabeza baja y besaron el suelo a los pies de la reina implorándole paz». En contraste, Hatsepsut nunca salió a campaña, y al cabo de veinte años había perdido prácticamente las posesiones de Siria...». (Carl Grimberg: El alba de la civilización).

Y si la guerra era la forma natural de adquirir, era también bastante lógico que «todos los rituales de paso de intercambio entre propietarios, antepasados de los mercados, las ferias y las bolsas, tengan puntos comunes para evitar que la transacción tienda al conflicto. Y en cada sitio se han inventado procedimientos para separar los intercambios de las actividades cotidianas y hacerlos menos peligrosos», nos cuenta Jacques Attali (Historia de la propiedad).

(Sobre estas líneas, reconstrucción de una de las naves enviadas por Hatshepsut según maquetas y relieves de la época; derecha, reproducción de la citada imagen-altar)


Los fenicios, que eran más listos que el hambre, adoptan la misma tónica. Así consignan, por ejemplo, que el príncipe fenicio Unamon, intercambia con un príncipe egipcio, siete piezas de madera de cedro (único bien natural de las montañas del actual Líbano en la Antigüedad, aparte del murex con el que obtienen el tinte purpúreo) por valor de «4 cántaros y 1 jarrón de oro, 5 cántaros de plata, 10 piezas de lino real, 10 paquetes de buen lino del Alto Egipto, 500 maromas de cáñamo, 20 sacos de lentejas y 30 serones de pescado en salazón». (Izquierda, estatera de oro de la ciudad-estado de Tiro, en Fenicia)
Eso sí, esto no es un trueque ni un tributo, sino un acto piadoso, porque: «Esta madera la he cortado yo, Unamon, la he cargado yo, la he proporcionado a mis barcos y a mis tripulaciones, y la he hecho llegar a Egipto para solicitar a Amón 50 años de vida más de lo que está fijado en mi destino».



Costaría mucha sangre y destrucción mantener la ilusión de poderío autosuficiente en gobernantes y gobernados antes de que el mundo antiguo se rindiera a la inevitabilidad de la mutua transacción, una palabra derivada de transigir, que conlleva el reconocimiento de imposibilidad del equilibrio entre el valor de las cosas y la necesidad de las personas que intentan acceder a ellas, así como la constatación del perjuicio que la rapiña supone también para el vencedor a largo plazo (a pesar de todo, la anécdota narrada por Herodoto que a continuación reproducimos, no fue cosa del otro mundo… ni tan siquiera superada la Edad Media). Y más aún pasar de la conveniencia a la exigencia de cerrar tratos (de traer, propiamente arrastrar), que certifiquen la resignación ante la desigualdad de éste, mediante contratos (arrastrar conjuntamente, es decir, contraer, acercar posturas, estrechar el campo) que pueden ir desde la aceptación verbal y pública ante testigos (un enlace matrimonial es pura y simplemente eso), hasta la escritura ante notario (un sacerdote o sacerdotisa), pasando por ''documentos'' como las toscas tablillas sumerias (que se guardaban en el templo) o los objetos ''siameses'' de los que ya hablaremos.




«Los negociantes fenicios, desembarcando sus mercaderías, las expusieron con orden a pública venta. Entre las mujeres que en gran número concurrieron a la playa, fue una la joven Io, hija de Inacho, rey de Argos, a la cual dan los Persas el mismo nombre que los Griegos. Al quinto o sexto día de la llegada de los extranjeros, despachada la mayor parte de sus géneros y hallándose las mujeres cercanas a la popa, después de haber comprado cada una lo que más excitaba sus deseos, concibieron y ejecutaron los Fenicios el pensamiento de robarlas. En efecto, exhortándose unos a otros, arremetieron contra todas ellas, y si bien la mayor parte se les pudo escapar, no cupo esta suerte a la princesa, que arrebatada con otras, fue metida en la nave y llevada después al Egipto, para donde se hicieron luego a la vela» (Herodoto: Historias, I)

(Sobre estas líneas, Rapto de Helena, de Tintoretto)


3 Del Trueque y el Ganado

«El amor a las vacas parece absurdo, incluso suicida, a los observadores occidentales… Y sin embargo, descubrimos ciertas incoherencias en la condena del amor a las vacas… Un curioso informe del gobierno decía que la India tenía demasiadas vacas pero muy pocos bueyes… Los bueyes y el macho del búfalo de agua son la fuente principal de tracción para arar los campos de la India… la cual tiene 60 millones de granjas, pero sólo 80 millones de animales de tiro.
Por cada granja de 10 acres o menos se considera adecuado un par de animales. Un poco de aritmética muestra que en lo que atañe a la arada debería haber 120 millones de animales de tracción, es decir, 40 millones más de los que hay» (Marvin Harris: Vacas, cerdos, guerras y brujas)

El primer objeto de trueque es el ganado. Primero con los dioses, a cambio de la abundancia de caza y de la fertilidad de las hembras (la mortalidad infantil era aterradora), después con otras tribus, pues sus productos y subproductos cubrían todo el campo que hoy abarca el petróleo, como veremos con algo más de detalle próximamente.
Y es que el ganado ha sido el producto más codiciado hasta la Era de los combustibles fósiles. Para hacerse una idea de su importancia, particularmente del ganado vacuno, habría que darse cuenta de lo que significan las vacas para la India aún hoy... y extrapolar esa constatación a todo el planeta en los tiempos prehistóricos, de cuyo seno el subcontinente indio se resiste a salir por muy buenos motivos, algunos de los cuales reseñaremos aquí en párrafos de alguno de los nunca suficientemente recomendados títulos de Marvin Harris.

La vaca posee el imaginario mitológico más antiguo. En la mitología hindú, Aditi, diosa del cielo ilimitado, consorte de Brahma y madre de Indra, es tan sagrada que no tiene imagen, pero las pocas veces que la tiene es la de una vaca. Con el jeroglífico 'ht', que significa 'vaca', se conoció un amuleto egipcio con forma de vaca que se solía colocar sobre el cuello de los difuntos y debía fabricarse de oro fino.
Era práctica común dibujar la figura de una vaca en un trozo de papiro y depositarlo bajo la cabeza de los difuntos para que el inhumado retuviera el calor vital que le transmitía dicho amuleto, rememorándose así un antiquísimo mito: existe un lugar llamado Isla del Fuego, lugar ubicado en las cercanías de la ciudad santa de Hermópolis, lugar de nacimiento y crecimiento del Sol, Re, donde la Vaca Celeste, Meheturet, le amamanta cada día (debajo izquierda; derecha, fresco de Lascaux).

Y es que las vacas en particular fueron domesticadas, hace casi 14.000, a partir de subespecies de ganado salvajes indias y euroasiáticas occidentales que habían divergido, hace cientos de miles de años, en especies muy diferenciadas como el cebú indio, mientras que las primeras imágenes de culto del toro se remontan al año 8000.
Los artistas de la prehistoria lo representaron con menos frecuencia que al bisonte, seguramente porque les era menos familiar y accesible a causa de su fiereza. Sus representaciones y el propio toro puede decirse que son manifestaciones de algo sagrado o divino, siendo domesticado hacia el 6500 a partir del uro en Europa y Oriente Próximo, aunque puede que en otros lugares, como la India y el este asiático, se domesticaran también a partir de especies diferentes.
Cuando el hombre primitivo se asentó y pasó a ser agricultor, comenzó a tener problemas con los herbívoros que pastaban en sus cultivos. Estos contactos del hombre con el uro, como visitante indeseable, fueron seguramente la base de la domesticación.



Las implicaciones del comercio bovino son tan importantes en cultura y civilización que no nos queda más remedio que continuar el tema en el siguiente capítulo a fin de no excedernos en la extensión del actual.


Sed buenos si podéis...

……………………. Pero seremos mejores si no olvidamos que «La ignorancia es el infierno» (Amalric de Bène)




9 ene. 2011

Los orígenes históricos del Dinero: (I) El Trueque con los Dioses


«La vida es poco más que búsqueda de energía, para comer, movernos, construir, ..., sazonada por deseos sexuales e ilusiones intelectuales» (Antonio Ruiz de Elvira)


Parece a simple vista que el comercio en su forma más primitiva, el trueque, es un acto tan elemental y espontáneo como la vida misma: las gentes en cuyas tierras no se da algún producto, van a buscarlo a otras tierras donde sí se da, ofreciendo a cambio cualquier cosa de la que allí carecen. Craso error.

Para empezar: la cuantía de la población mundial ha oscilado entre el medio millón de individuos de hace doscientos o trescientos mil años a los seis o siete millones esparcidos al comienzo de la extensión agrícola y ganadera de hace siete u ocho mil años. Incluso al comienzo de ésta, el contacto entre tribus era un fenómeno casi casual: ni demasiado frecuente ni demasiado buscado , salvo para el puntual intercambio de mujeres, o de hombres, que solía realizarse mediante encuentros anuales en lugares como Stonehenge, y cuya huella se puede rastrear en nuestras romerías  (y por ello, no obstante, la hospitalidad era entonces, y es hoy entre los pueblos más tribalizados, la virtud más respetada y más practicada: era fundamental la utilidad de conceder asilo para poder disfrutar de él a su vez en caso de necesidad).
Para continuar: durante la mayor parte de la existencia de la humanidad, ésta siempre ha procurado establecerse de manera autosuficiente, es decir, en lugares donde hubiera de todo: caza, pesca y vegetación, o sea, con abundante agua sobre todo y ante todo; y a ser posible no demasiado lejos de afloramientos de piedra transformable en herramienta sin excesiva dificultad. En lugares donde, además de protección natural (como vemos, son condiciones bastante restrictivas) hubiera de todo… de todo menos competencia. Un territorio propio a defender y donde resguardarse, como hace cualquier animal, y del cual obtener la energía necesaria para vivir y reproducirse.

Y para concluir: ninguna especie del  orden primate, el nuestro, soporta la proximidad, cuanto menos la presencia, de individuos de otra tribu o familia que no sea la propia. Dicha intransigencia fluctúa entre la espantada y el exterminio violento sin matices. En nuestro caso, la simple tolerancia de la visión de un congénere debió consumir muchos milenios de vagabundeo entre el azar y la necesidad, y supuso un paso necesario y crucial hacia la hominización. Así pues, del trueque natural ni hablamos.

En resumidas cuentas, se puede afirmar que la economía original humana previa a la Revolución Agrícola correspondía a una autarquía generalizada en la cual el trueque (la acción de trocar) era un fenómeno excepcional, una emergencia que se practicaba rodeada de grandes recelos y extremadas precauciones, como veremos en la próxima entrega.
Trocar no significó en sus orígenes cambiar, que es su sentido actual: trocar es palabra onomatopéyica de origen incierto, como corresponde a su ancestralidad, que significa golpearchocar, y responde al choque de manos que cierra un trato. A tener en cuenta a este respecto, es que un derivado de trocar, surgido casi de inmediato, es... truco, trucar: mejor dicho, la palabra raíz es "truecar", la cual se dividió enseguida, empujada por la experiencia, que es la madre de la ciencia, en dos conceptos, trocar y trucar. Ambos derivados, trueque y truco, han condicionado siempre cualquier intercambio (y no sólo los de tipo económico) ante la gran duda: ¿...truco o trato?).




(Sobre estas líneas, derecha, Venado bramando al amanecer, de David Garnier, tremenda soledad animal, el tipo de soledad que envolvería a nuestros más antiguos progenitores. A la derecha, un rival, contraluz de Shazeen Samad)



Por otro lado, aunque una cifra mundial inferior a siete millones de habitantes no parece demasiado agobiante (hoy somos siete... mil millones), hay que tener muy en cuenta la circunstancia que acabamos de citar, la necesidad de agua corriente y abundante, la cual reduce en gran manera el territorio aprovechable: no en vano la etimología nos recuerda que rival deriva de ‘rivus’, río, y designa simplemente a los "vecinos de un mismo río", o mejor, "de la misma rivera", con lo que abarcaríamos también las costas, siempre a la greña por definición, por lo que se ve.

Este es el motivo por el que las grandes civilizaciones de la Antigüedad siempre han florecido alrededor de los grandes ríos:
El Egipto unificado surgió de aunar la rivalidad de tres reinos preexistentes asentados previamente a lo largo del curso final del Nilo. Caldeos, acadios, sumerios y babilonios, por orden de aparición en el escenario histórico, tuvieron las ganas y el valor de rivalizar en la enfangada desangelada y expuesta cuenca del Tigris y el Éufrates, bautizada por los griegos como Mesopotamia ―'mésos-potamós', ''entre-ríos'', hoy Irak―, siempre a merced de los pueblos que eligieron civilizarse enrocándose como águilas y buitres en las alturas y desiertos circundantes: los actuales Turquía al Norte, Arabia y Kuwait al Sur, Siria y Jordania al Oeste, Irán al Este… Tela marinera de pueblos que no eran rivales sino lisa y llanamente enemigos ('inimicus' es un compuesto de 'in-amicus', o sea, no-amigos ―una prueba de que lo atávico es la amistad, y su contrario apareció muy posteriormente―, siendo amigo uno de los numerosos derivados del amor).

Para ser algo más explícitos deberíamos haber añadido las rivalidades mantenidas en la cuenca del Indo-Ganges en la India, y en la del conjunto de ríos con nombres de diferentes colores en China. Así como en otras culturas fluviales que también dejaron huella, tales como la hitita, forjadora a lo largo del segundo milenio del imperio más importante de Oriente Medio junto a Babilonia y Egipto; estuvo radicado en la cuenca del río más caudaloso de Turquía, el Kizil Irmak o Río Rojo, llamado Halys por los griegos... o el protectorado hitita más famoso, la inolvidable Troya, entre los ríos Escamandro y Simois (ver entrada sobre Los Caballos de Troya).
Y sin olvidar, ya en Europa, las intensas rivalidades de Tartessos en la cuenca media del Guadalquivir, Dordoña en la cuenca del VèzéreEtruria en el valle del Po, Cabrerets en la cuenca del Lot, Stonehenge en la del Avon, la cultura Vinça en la del Danubio, la Neandertal en el Düsel, Satani-Dar en la del Dnieper, Krasnaya-Glinka en la del Volga, o como Los Millares y El Argar sobre los ríos almerienses Andarax y Antas, Archidona sobre el Guadalhorce...


«El desarrollo de las formas de vida neolíticas no fue un proceso lineal ni irreversible. La crisis de los asentamientos pioneros de Palestina (Jericó, Sheik Alí o Munhata), en zonas donde la vida nómada experimentó un nuevo auge durante el Neolítico pleno (entre los años -6000 y -4500), el abandono final de Çatal Hüyük, tras un período en que parece haber sido la comunidad aldeana más próspera y mejor constituida del Cercano Oriente, el repentino despoblamiento de Umm Dabaghiyah, así como la posterior aparición de las aldeas neolíticas  en la hasta entonces deshabitada Mesopotamia meridional (El Obeid), revelan que el surgimiento de lo que llamamos civilización no fue el resultado de un crecimiento acumulativo y unidireccional» (Carlos G. Wagner: Historia del Cercano Oriente)

 

1 Del Trueque con los dioses

«Un día se produjo en Sición una disputa sobre qué partes de un toro sacrificado se debían ofrecer a los dioses y cuáles se debían reservar a los hombres, y se invitó a Prometeo a actuar como árbitro. Él desolló y descuartizó un toro y luego cosió su piel y formó con ella dos sacos de boca ancha que llenó con lo que había cortado. Un saco contenía toda la carne, pero ésta la ocultó bajo el estómago, que es la parte menos apetecible de cualquier animal; el otro contenía los huesos, ocultos bajo una espesa capa de grasa. Cuando ofreció a Zeus los dos sacos para que eligiera, Zeus, fácilmente engañado, eligió el que contenía los huesos y la grasa (que siguen siendo la porción divina), pero castigó a Prometeo, que se reía de él a sus espaldas, privando a los hombres del fuego. "¡Que coman las carne cruda!", exclamó» (Síntesis de textos de Hesíodo y Luciano realizada por Robert Graves)

No obstante, sin necesidad de retroceder más allá de la Edad humana en la que ya se conocía la domesticación del fuego (que se podría), y en la que los grupos humanos deambulaban sin establecer prácticamente contacto con otros grupos de congéneres (es decir a cerca del medio millón de años), es cierto que ya se puede documentar la existencia del trueque.
Pero no se trataría del trueque de un hombre con otro, sino del denominado aparché por los griegos, es decir, la ofrenda de las primicias de todos los productos obtenidos por cualquier método, aunque también se emplee el término blot que parece indicar un concepto más general de adoración sacrificial . En definitiva se trata de una operación de trueque entre la tribu y los dioses: a cambio de fertilidad vegetal animal y humana, los humanos les sacrifican en el altar los primeros retoños de cada especie, primogénitos humanos incluidos.

Y la mayoría de los pueblos sacrifican y queman las primicias precisamente en el altar porque en el fuego transforma, limpiamente acompañadas por los rituales apropiados, las ofrendas en humo, el cual se eleva hasta el cielo donde están los dioses, quienes aspirándolo se alimentan. También existen pueblos que tienen una idea menos sutil de sus divinidades, y abandonan las ofrendas en las proximidades de las nidadas de buitres. Estos serán quienes se encarguen de elevar hasta las alturas celestiales las víctimas expiatorias, dotadas así de algo más de materia digerible.




(Presidiendo esta entrada, una famosa instantánea periodística del chileno Campamento Esperanza durante la espera angustiosa. Sobre estas líneas sacrificio de ganado en Nepal, foto AP. Derecha, Sacrificio de Isaac, de Alonso de Berruguete)



Con el tiempo y la caña de la costumbre agrícola y ganadera, los humanos se fueron volviendo más cicateros en sus ofrendas, hasta llegar a un punto en que «los conceptos de regalo a los dioses y sacrificio se superponen en buena medida pero no eran sinónimos. El ritual central del sacrificio antiguo es la matanza sagrada que precede a un banquete común, en el que la porción de los dioses es sorprendentemente escasa. Al final, en el sacrificio se celebra la comensalidad de los hombres en presencia de lo sagrado, mientras que los dioses reciben sobre todo las partes incomibles, los huesos y la vesícula». (Walter Burkert: La creación de lo sagrado)

La cita que abre este punto recoge la parte alusiva del mito de Prometeo elaborada con el fin de explicar la anomalía de ofrecer a los dioses solamente los fémures y la grasa del animal sacrificado. En el Génesis se explica la santidad de los fémures con la cojera de Jacob, que le infligió un ángel durante una lucha a brazo partido, según cuenta Graves en Los mitos griegos.


Para empezar a ahorrar, se decidió ir eliminando, hacia la mitad del segundo milenio, el sacrificio de los primogénitos humanos con la excusa de que tal ofrenda era un exceso que ya había dejado de gustar a los dioses (por más que la leyenda registre que en la Austria de 1715 ―sí, el país y la época de la maravillosa música de la Escuela de Viena, sí― un niño fue enterrado vivo para evitar una peste).
La muestra de desagrado divino más popular a este respecto es la conocida frase de Yahvé «Detente Abraham, no mates a tu hijo Isaac…», pero la tendencia era general:
«Parecería, ciertamente, que el sacrificio de un príncipe real en agradecimiento por una campaña afortunada era en un tiempo una práctica común —Jonatán habría sido muerto por su padre, el rey Saúl, después de la victoria en las cercanías de Michmash, si el pueblo no hubiera protestado— y que la interrupción del sacrificio de Idomeneo, como la del de Abrahám en el monte Moriah, o la del Ataníante en el monte Lafistio era una advertencia de que esta costumbre ya no agradaba al Cielo». (Robert Graves: Los mitos griegos).

Los griegos cortaron de raíz el tema pergeñando el mito de Tántalo, según nos narra Indro Montanelli con su característico gracejo:

«Tántalo era un gran pillastre que tras haberse aprovechado de su parentesco con los dioses (era hijo de Zeus) para divulgar sus secretos y robar el néctar y la ambrosía de sus despensas, creyó aplacarles ofreciéndoles en sacrificio su propio vástago, Pélope, tras haberle cortado en lonchas y hervido. Zeus, afectado en su sentimiento de abuelo, juntó de nuevo a su nietecito y precipitó en el infierno al hijo parricida, condenándole a babear de hambre y de sed ante inapresables fuentes de mantequilla y copas de vino». (Historia de los griegos).



(Izquierda, El deseo de Tántalo, de Jon Jacobsen (una penetrante mirada a la realidad virtual de nuestras vidas). Encima, fresco del Sacrificio de Ifigenia. Derecha, negativo parcial de la Sábana Santa de Turín, otro tipo de representación virtual del Sacrificio del Primogénito)



A pesar de todo lo dicho, el misterio central del cristianismo descansa, precisamente, en el sacrificio ritual de un Primogénito permitido esta vez por Dios para propiciarse a sí mismo, pues no es posible ninguna otra ofrenda ni ningún otro oferente más importantes. Siguiendo a Frazer, este sería un supremo ejemplo de totemismo en el que el tótem es la Humanidad:
«En muchas tribus primitivas, especialmente entre las que se sabe que practican el totemismo, se acostumbra a que los mancebos púberes se sometan a ciertos ritos iniciáticos de entre los cuales uno de los más comunes es la ficción de matar al mancebo y resucitarle después.
Estos ritos se hacen inteligibles si suponemos que en esencia consisten en extraer el alma del joven con objeto de transferirla a su tótem, pues la extracción de su alma naturalmente presupone matar al joven o por lo menos sumergirle en un trance semejante a la muerte y que el salvaje distingue con dificultad de ella. Su restablecimiento sería entonces atribuido ya a la gradual recuperación de su sistema de la violenta emoción recibida o, más probablemente, a la infusión de una vida nueva que recibe de su tótem.

Así, la esencia de estos ritos de iniciación, en lo que tienen de simulacro de muerte y resurrección, sería un intercambio de vidas o almas entre el hombre y su tótem». (James G. Frazer: La rama dorada).
(…No sé porqué, pero mucho me temo que me he metido en un jardín de lo más sembrao, y será mejor irse de puntillas. Que no se entere nadie, pero que conste que lo dicho es una explicación captada a los pies de algún púlpito, aunque sin totemismos de por medio, naturalmente).

También hay que tener presente que en los orígenes, los dioses no eran más que la personificación de las fuerzas de la indómita naturaleza que el hombre deseaba propiciarse. No obstante, al final, en muchos casos el hombre ha quedado tan imbuido de su semejanza con Dios que se ha pensado a sí mismo dueño de la convicción divina:
«El día de Nochebuena, muchos campesinos eslavos del sur y búlgaros blanden terroríficamente un hacha contra el árbol frutal estéril, mientras otros hombres colocados ante él interceden por el amenazado diciendo: "No le cortes; él querrá dar fruto". Por tres veces el hacha corta el aire y por tres veces el golpe que amaga es evitado por la súplica de los intercesores. Después de esto, el atemorizado árbol seguramente dará fruto el año próximo…». (James G. Frazer: La rama dorada).

(Bajo estas líneas, detalle sacrificial de una de las piedras de Stora Hammars, Suecia)




«De los pelasgos oí decir en Dodona que antiguamente invocaban en común a los dioses en todos sus sacrificios, sin dar a ninguno de ellos nombre o dictado particular, pues ignoraban todavía cómo se llamasen. A todos designaban con el nombre de 'Theoi' (dioses), derivado de la palabra 'Thentes' (en latín ''potentes''), significando que todo lo podían los dioses en el mundo, y todo lo colocaban en buen orden y distribución. Pero habiendo oído con el tiempo el nombre de los dioses venidos del Egipto, y consultado el oráculo de Dodona sobre si sería conveniente adoptar los nombres tomados de los bárbaros, desde aquella época los pelasgos (véase la entrada De las Creaciones del hombre) empezaron a usar en sus sacrificios de los nombres propios de los dioses, uso que posteriormente comunicaron a los griegos» (Herodoto: Los nueve libros de la Historia)



2 Del Altar como el primer centro económico

La referencia al altar en nuestro contexto no es ociosa ni anecdótica: a causa de los citados antecedentes sacrificiales, el trueque primero y el dinero después (en metales preciosos o en monedas) permanecerán en seno sagrado como el refugio más seguro ya que su robo conlleva sacrilegio.
Como veremos en su lugar, hasta prácticamente la llegada del Imperio Romano, es decir hasta principios de nuestra Era, el Banco Central y la Casa de la Moneda de cada Estado se concentraban en el "trastero" de los templos (en el caso griego), o donde los dioses daban buenamente a entender como sitio más seguro del recinto sacro, en el resto de los pueblos; unos templos que en cualquier caso eran exclusivamente morada de la divinidad y oráculo de consulta, pero nunca jamás un lugar de reunión de fieles ni oratorio:

«La llamada Casa del Cielo, templo de Anu y de su hija Isthar, situado en Uruk, se denominaba realmente Eanna. Fechado por el C14 hacia el 2185, 'E-an-na' equivale a "almacén", "depósito". Es un hecho comprobado que los templos mesopotámicos guardaban en su recinto las riquezas y provisiones de los Estados». (Federico Lara Peinado: Notas al Poema de Gilgamesh).

 
En el caso griego, el mejor conocido, gran parte de los materiales nobles del Tesoro (oro, plata, marfil, perlas, gemas…) se fundían o engastaban para conformar las diferentes partes del cuerpo de las imágenes de cada divinidad, partes que los sacerdotes cambiaban por maderas policromadas cuando las necesidades estatales apretaban, y que volvían a ocupar su lugar correspondiente cuando buenamente se podía (los enjoyados y amonedados camarines de las imágenes católicas siguen permaneciendo como resto atávico de aquellas otras circunstancias en que los amores sacros se compaginaban con las buenas razones políticas).
Incluso en el terreno jurídico: el término sacramento, 'sacramentum', significa "depósito que los litigantes dejaban en garantía en manos del sacerdote y que satisfacía como multa el perdedor del pleito". Lo cierto y verdad es que durante milenios el tejido económico se fue hilando alrededor de las necesidades del altar y el templo, y esta característica ha dejado en la cultura un sello indeleble.






(Izquierda, la Expulsión de El Greco. Derecha, camarín de la Virgen de Guadalupe, Cáceres)



Cada visita de un particular a un templo era motivada, bien por una consulta sobre un negocio o actividad, bien como petición de ayuda ante una emergencia, bien como agradecimiento por una súplica escuchada, o bien por obligación impuesta cada cierto número de años. En todos y cada uno de los casos, era conveniente granjearse las simpatías de la divinidad mediante el sacrificio del animal adecuado… animal amablemente facilitado por el personal del templo a cambio de "la voluntad", normalmente esforzada por si acaso, del visitante. Además, una vez inventada la moneda, allá por el s.-VI (como veremos), cada territorio tenía la suya propia… y los funcionarios del templo también ejercían de agentes de "cambio / change / exchange / wechsel" (las primeras palabras extranjeras grabadas en mi memoria infantil tras su alfabetización), operación imprescindible ―comisión mediante― para acceder a los animales sacrificiales (los cirios y velas que seguimos alineando a los pies de Santos y Vírgenes no son más que las reliquias de aquellas prácticas):

«Otra forma de robo general era el cambio de dinero. En todo Oriente tenían curso los dracmas griegos, los denarios y los sextercios romanos, así como las monedas asiáticas, acuñadas por las autoridades locales con la autorización de Roma. Pero la contribución para el templo de Jerusalén, que ascendía a dos dracmas, solamente podía pagarse con moneda judía o tiria. Los agentes de cambio se encontraban en el recinto del templo y pertenecían a la familia sacerdotal; además, también se encontraban en la ciudad, aunque sin ninguna diferencia, por cuanto en un sitio y en otro estafaban a los peregrinos» (Henryk Panas: El Evangelio según Judas): (Un curioso libro de asombrosa erudición, de un admirable autor polaco totalmente ignorado).

El episodio de Jesucristo expulsando a los mercaderes de los alrededores del templo (su espacio natural y ancestral) es bastante descriptivo acerca de la resistencia a la separación del ámbito físico entre mercado y templo, una separación que había empezado a producirse tres siglos antes con la consolidación del Foro y la fundación de la primera fábrica de moneda del Imperio romano, que luego mencionaremos. En las provincias tales reformas serían aún bastante relativas a pesar de la construcción por Herodes de un impresionante foro, olímpicamente ignorado por el conjunto de los judíos.
No obstante, esta es una separación de tipo digamos técnico, pues no es debida a la incompatibilidad entre una y otra esferas culturales, sino al progresivo aumento de la complejidad administrativa de ambas (de hecho las mismas familias, y a menudo las mismas personas, han desempeñado simultánea o sucesivamente cargos políticos y religiosos a lo largo de la Historia ininterrumpidamente).




Si piensan ustedes que la docena de estrellas que campean en la bandera de la Unión Europea simbolizan, al estilo de la enseña estadounidense, el número de países miembros en el momento de su fundación, se equivocan de medio a medio: El doce simboliza aquí "la perfección" con un énfasis casi esotérico: los doce signos del Zodíaco (origen de la sacralidad del doce), los meses del año (racionalidad astronómica del zodíaco), los Apóstoles, los hijos de Jacob, y todas esas historietas numerológicas redondeadas en doce para su rotunda totalidad. Pero su diseñador, el estrasburgués Arsène Heitz, ganador por unanimidad del concurso de ideas en 1955, tomó su inspiración del Apocalipsis (12-1). Según una de las visiones de san Juan de Patmos...:

«Un símbolo grandioso apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando preñada, clamaba con dolores de parto, y sufría tormento por parir».


He aquí, aunque de manera sibilina, una de las muestras más gráficas de cofesionalidad política, junto con el esotérico (masónico?) dólar USA (IN GOD WE TRUST, En Dios confiamos, ...por más que la pirámide coronada por el ojo masónico dé que pensar); patentes de perennidad de la fusión de la Economía (economía política, valga la redundancia) con la Religión.

Pero como del origen del dinero estamos tratando, ...: "el símbolo del euro (), desarrollado por la Comisión Europea, se inspira en la letra épsilon (ε) del alfabeto griego. Se escogió este símbolo como referencia a la inicial de Europa, E. Las dos líneas paralelas hacen referencia a la estabilidad dentro del área euro", o eso afirma Wikipedia
...Y demos al César lo que es del César y a los Padres de la Patria estadounidense lo que es de los Padres de la Patria estadounidense: 
Es evidente el mimetismo del  con el $, del cual hay que admirar, por contraste, la elegancia esquemática respecto a su fuente de origen, así como su discreción y estilo... y su curioso distanciamiento de la madre Britania en tan serio simbolismo: El emblema resulta ser, según la más plausible de las hipótesis, una estilización de las Columnas de Hércules, es decir de Heracles, es decir el sucesor griego del Melkart fenicio en paralelismo con Hermes, su alter ego. Las mismas columnas que hoy figuran en el escudo del Reino de España, las mismas que aparecían en las monedas acuñadas en la Ceca de México: los "reales de a 8" llamados columnarios
Las barras verticales serían las columnas y la S seria la banda con la leyenda «Plus Ultra» que las envolvía. Un sello con esta forma se estampaba sobre los lingotes de oro y plata que viajaban en las Flotas de Indias con destino al Tesoro Real

En cuanto al nombre que lleva la emperatriz de las monedas, dólar, deriva de thaler, es decir del muy hispano tálero, y también resulta estar relacionado con el santoral, en concreto con san Joaquín, patrón de la localidad bohemia de Sankt Joachimsthal, es decir, del "Valle de san Joaquín" (el hoy Jachymov de la República Checa), famosa antaño por sus productivas minas de plata.
Fue allí donde en 1484 el archiduque Segismundo hizo acuñar por vez primera una gruesa moneda de plata por valor de 60 kreutzer, llamada Joachimsthaler por mostrar la efigie de san Joaquín (nuevamente la Virgen representada por su padre).
Joachimsthaler se abrevió de inmediato en Thaler, dejando al santo en la cuneta, y pasando de thaler a tálero, para los hispanos, y a daler para el vulgo alemán que tuvo que bregar con él (Alemania y Austria -imagen derecha- acuñaron diversas monedas de plata de gran tamaño, siguiendo su modelo, que circularon hasta 1871, año de la creación del marco; el único superviviente fue el thaler, con valor de 3 marcos, pero sólo duraría hasta 1901).
Una vez creadas las colonias inglesas de Norteamérica, tuvo allí una importante circulación el tálero español o Spanish Silver Pillar Dollar ("dólar pilar de plata español"), el cual daría lugar al dólar estadounidense, moneda oficial a partir de abril de 1792 sobre el tipo del peso español colonial (ya veremos la relación materno-filial entre las unidades de masa y las monetarias, y cómo se pasó de unas a otras)



 
A pesar de que todos sabemos que los reyes siempre han sido Reyes por la Gracia de Dios, resulta hasta divertido comprobar cómo esta íntima relación entre Economía y Religión ha sido sistemáticamente silenciada, cuando no negada abiertamente, en nuestra cultura occidental a partir del citado episodio de la violenta expulsión de los comerciantes del templo jerosolimitano. Tal renuencia se ve reforzada por la norma fiscal de Jesús de dar al César lo del César y a Dios lo de Dios… una habilidosa fórmula que en la práctica no es mucho más que otra manera de escurrir el bulto ante la venenosa cuestión planteada, ya que es una sentencia emitida como si ambos poderes no hubiesen estado inextricablemente enlazados hasta poco antes de la Edad Contemporánea en Occidente (y como lo continua estando en Oriente). A no ser que...
...A no ser que prefiramos la visión de Marvin Harris, quien toma literalmente la advertencia de Jesús ("No os traigo la paz, sino la guerra"), y opina que el Mesías realmente intentaba crear un Reino de Dios terrenal, más o menos como el que actualmente existe en aquella zona. Según esta interpretación, se debía dar al César y a Dios lo suyo, es decir: caña al César y gloria a Dios. De ahí que, fracasada la intentona, se disimulase el primitivo significado con esta cuadratura del círculo (tema desarrollado por Harris en El secreto del Príncipe de la Paz, uno de los capítulos de Vacas, cerdos, guerras y brujas).

El mismo Jesucristo se preocupó de añadir oscuridad a sus ideas monetarias (aunque según Marvin Harris, todas las oscuridades evangélicas se deben a las circunstancias que acabamos de esbozar), y de dar de paso que hablar sobre sus incursiones en este terreno, al intervenir personalmente en la elección de, nada menos, un recaudador de impuestos, de un publicano, para ampliar su elenco discipular: el apóstol llamado Mateo, patrón de los aduaneros, y cuyo nombre (variante helenizada de Matías o Macías) significa... "fiel a Dios"... Y eso por no alargarnos fuera de tema con las peculiares y contradictorias formas de administrar fortunas expuestas en las parábolas conocidas como Los trabajadores de la viña y la de Los talentos.

«Lo que no encontramos ni encontraremos en los textos escolares es una compenetración de ambos órdenes, el orden laico y el orden clerical de las cosas, pues junto a su noble y esforzada función ―desbravar al adolescente― la enseñanza secundaria ha asumido tradicionalmente el compromiso de interponer un abismo entre religión y política», dice Antonio Escohotado en Los enemigos del comercio, un grueso e interesante volumen dedicado precisamente a colmatar de material histórico tal abismo.




3 Una Sociedad sin Dinero


Teniendo en cuenta las elementales condiciones descritas en los puntos anteriores, hasta hace tres mil años, en lo que afecta a la producción y el comercio, todo el mundo era capaz de fabricar sus propios utensilios (tejerse su propia ropa, endurecer su propia estaca, chascar su propio puñal de sílex o de obsidiana, enlazar su propio hacha…), objetos que, al compartir mágicamente el espíritu de su propietario, son sagrados, por lo tanto, para el resto de la tribu y enterrados con él.
El resto del utillaje es propiedad comunal: las redes de pescar o cazar, los espinos que protegen el abrigo o cueva, la gran choza tribal que cuando existe suele tener carácter estacional como corresponde al semi-nomadeo (25 personas mínimo viable)… y el fuego-altar central.
Éste estaría al cuidado, en exclusiva y a tiempo completo, de una especialista con el oficio remunerado más antiguo, que no es el de prostituta, sino el de sacerdotisa:
El oficio (contracción de 'opificium', palabra formada por 'opus', obra, y el participio de 'facere', hacer) surge como dedicación profesional dentro del templo, ejercida lo mismo como oficial de la administración que tasa una cosecha, que encabeza una tropa, o que oficia un rito, también el de tipo sexual, propiciatorio de fecundidad vegetal, animal y humana. Y que oficializa un grabado en piedra, o una rotulación en papiro o pergamino, haciendo oficial su contenido. Este elástico deslizamiento de lo sagrado a lo profano lo hemos tratado anteriormente en De Palacios y Templos.


Antes de seguir, evitemos malentendidos (aunque estos detalles se desarrollarán más adelante): Aunque en el mundo supuestamente civilizado hoy no tenemos otro dinero que el monetario, es decir, el que se mide en monedas y según la moneda, resulta que dinero y moneda no son la misma cosa: La moneda sólo es una de las muchas formas que ha adoptado el dinero a lo largo de la Historia:
Tecnicismos aparte, dinero es cualquier cosa ―cromos, cigarrillos, dólares, oro, trabajo, sexo, dignidad, amor…― que nos acepten a cambio de cualquier cosa (cromos, cigarrillos, dólares, oro, trabajo, sexo, dignidad, amor… ).

Por ejemplo, en la cita del párrafo de más abajo, cuando Montanelli cuenta que "el dinero...de que se sirven... es el acostumbrado pollo...", no significa que la gente llevase pollos en la faltriquera cuando iba al mercado para ir pagando sus compras, no. Quiere decir que el pollo era una unidad de valor contable, entre otras, para facilitar el trueque: por ejemplo, si una vaca valía, digamos, 20 pollos, y una oveja valía 5 pollos, esto ya servía para comprender que una vaca podía ser cambiada por 4 ovejas (así como un esclavo que valiese 47 pollos, podía cambiarse por 2 vacas, 1 oveja y 2 pollos..., por ejemplo).

De todas formas, la unidad contable más corriente era el saco de cereales (el "barril de crudo" de la Antigüedad), variable según la plaza, es decir "el mercado", de que se tratase, lo cual evitaba los efectos perniciosos que tiene el barril de crudo hoy. Los milenios de duración de este sistema demuestran su eficacia y flexibilidad, pues el valor del cereal a su vez dependía del resultado de las cosechas, es decir del clima de cada zona (así como el estado y valor del ganado también dependían a su vez del grano disponible, lo cual tendía a equilibrar los precios). 

Y dependía también de las plagas y las guerras que arrasaban sus campos y animales, mucho más frecuentes de lo que hoy suponemos al idealizar "cualquier tiempo pasado", hasta el punto de que Aristóteles afirmaba que "la guerra es la forma natural de adquirir"... (naturalmente, siempre que podamos olvidar el hecho de que hoy, cuando al menos la mitad de la humanidad aún no ha salido de entre la Antigüedad y la Edad Media, el peor Aristóteles sigue vigente).
Es también por todo ello, pero no sólo, que la aparición de la moneda, que hoy nos parece elemental, ha sido tan problemática como para dar lugar a miles de tratados gordísimos y a millones de divulgaciones como la presente. 


Y es que, prácticamente hasta el primer milenio anterior a nuestra Era «el dinero es solamente un medio de cambio, no un índice de riqueza, que se mide únicamente en bienes naturales, hectáreas de tierra y ganado. La única moneda que se conoce es, por lo demás, el lingote de oro, pero al que se recurre sólo en las transacciones importantes. De lo contrario se sirven del acostumbrado pollo, o la medida de trigo, o el cerdo…
Nadie es propietario de tierras a título personal. La propiedad es de la familia, el clan o la tribu, en cuyo seno rige una especie de régimen comunista… La familia en su amplio sentido se basta a sí misma aun desde un punto de vista artesano y profesional. Siempre hay un hijo albañil, otro carpintero, otro zapatero… La familia, el clan o la tribu es la que vende, compra y distribuye honores y ganancias, asignando a cada cual su tarea». (Indro Montanelli: Historia de los griegos). La descripción de Montanelli de la sociedad aquea que destruyó Troya es objetivamente extrapolable, con los correspondientes matices locales, al resto de las sociedades contemporáneas.

Pero cuando Montanelli afirma que "la familia, el clan o la tribu es la que vende, compra y distribuye", está expresando implícitamente la existencia de una autoridad que en principio sólo puede ser religiosa:
«En aquellos tiempos la divinidad que definía a un rey no era una fórmula de expresión vacua, sino la manifestación de una creencia formal. Los reyes fueron reverenciados en muchos casos no meramente como sacerdotes, es decir, como intercesores entre hombre y dios, sino como dioses mismos capaces de otorgar a sus súbditos y adoradores los beneficios que se creen imposibles de alcanzar por los mortales y que, si se desean, sólo pueden obtenerse por las oraciones y sacrificios que se ofrecen a los seres invisibles y sobrehumanos.

(Izquierda, recreación del estado en que iba quedando Egipto durante las paulatinas crecidas del Nilo. Eran unas inundaciones concedidas a los hombres gracias a la intervención de su faraón: derecha, uno de ellos, Amenofis IV (Akenatón) controlando su obra)

 Así, solía esperarse de los reyes la lluvia y el sol a su debido tiempo para conseguir que los sembrados produjeran abundantes cosechas, e igualmente otras muchas cosas. Aunque nos parezca extraña esta esperanza, está de perfecto acuerdo con los primitivos modos de pensar. El hombre primario concibe con dificultad la distinción entre lo natural y lo sobrenatural, comúnmente aceptada por los pueblos ya más avanzados. Para él, el mundo está funcionando en gran parte merced a ciertos agentes sobrenaturales que son seres personales que actúan por impulsos y motivos semejantes a los suyos propios, y como él, propensos a modificarlos por apelaciones a su piedad, a sus deseos y temores». (James G. Frazer: La rama dorada).






«La tierra misma es una diosa que produce todo y a la que se honra con regalos especiales; el nacimiento y la muerte se convierten en un gran círculo de trueque, de recibir y devolver…
El principio de reciprocidad, tanto en el trato con otros humanos como en el trato con los dioses, no sólo es una estrategia "amable" y ampliamente exitosa, sino un postulado mantenido con el objeto de crear un mundo estable, sensato y aceptable, gratificante tanto intelectual como moralmente, y salvar el riesgo de aniquilación, cosa que todavía se niega a desaparecer por completo del horizonte de ese "animal inteligente y mortal", 'zoón logikón thnetón', como definían los antiguos al "hombre"» (Walter Burkert: La creación de lo sagrado)



En la próxima entrega trataremos de visualizar cómo el ganado y los metales que caracterizaron la economía de la Antigüedad modelaron la cultura de nuestra Modernidad hasta límites insospechados.



Sed buenos si podéis...
……………………. Pero seremos mejores si no olvidamos que «La ignorancia es el infierno» (Amalric de Bène)


Mis amables compañías:

Presentación

Mi foto
Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).