«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

30 oct. 2009

Entre Cibeles y Neptuno


«En los holocaustos a los dioses quemad madera de cedro, hojas de laurel y de ciprés, roble y mirto. Pero jamás os lavéis los dientes con esas hojas. Tened muy en cuenta que la hoja de laurel fue lo primero que brotó en el elemento húmedo, y sirvió de alimento a la primera y más común forma de materia» (Pitágoras, Discurso sagrado)

Para los griegos, Gea, o Gaia, la Madre Tierra, nacida de sí misma para oponerse al caos primordial, era la personificación olímpica de 'ge', el pisoteado elemento Tierra.
Es así como de 'ge' sale el prefijo 'geo-' aplicado a todo aquello que tiene que ver con la tierra o con la Tierra: geografía, gráfico de la Tierra, geometría, medida de la tierra, geología lógica de la Tierra, apogeo, "punto de una órbita en torno a la Tierra más separado del centro de esta" ―'apo-' es una partícula que indica alejamiento―, y un largo etcétera que incluye a Georgia, Tierra de agricultores, o a George, Agricultor, a partir de 'georgós', agricultor, formado como 'geo-ergon', trabajo de la tierra.
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Hay que tener presente que de Gaia surge el cielo estrellado, es decir, Urano, con el cual luego, mediante Eros, el Amor, creará todo lo demás, no sólo la Tierra, sino todos los dioses inmortales. De hecho, Gaia es el seno primordial, por lo tanto, es el Huevo Cósmico, es decir, es la primera manifestación del dios creador que vemos por fuera, con todas sus potencialidades antes de su manifestación y a punto de su dispersión, ese purusa que se divide y se fracciona en múltiples formas.
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El hindú Purusha se describe como un gigante con mil cabezas y mil pies, que es sacrificado por los dioses y de cuyo cuerpo se construyeron el mundo y las castas. En este sacrificio, el canto védico fue lo primero que se creó. También se crearon los caballos y las vacas. Los brahmanes (sacerdotes) fueron hechos de la boca del Purusha, los chatrias (militares) de sus brazos, los vaishias (artesanos) de sus muslos, y los shudras (esclavos) de sus pies. Los cielos emergieron de su cráneo, Indra y Agní de su boca. Se consideraba que los dalits (parias), no habían nacido del Purusha.

A lo largo del tercer milenio se produjeron una serie de movimientos migratorios a partir de las consolidadas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto ―el conjunto de territorios llamado Creciente Fértil― que sacaron de golpe y porrazo de la Edad de Piedra a los pueblos helénicos y les metieron de cabeza en la Edad del Bronce. La ciudad de Troya fue un punto muy importante del tráfico marítimo originado por estos desplazamientos, una notoriedad que le iba a costar su destrucción más famosa no tardando mucho.
Otro punto fundamental fue la isla de Creta, a la cual su insularidad no bastó para protegerse de las envidias causadas por su éxito comercial, siendo destruida más o menos por las mismas razones y por las mismas gentes que la malhadada Troya.

Como consecuencia de este importante trajín de pueblos y guerras quedo una amalgama de cultos que los invadidos adoptaron y adaptaron, y de los cuales Creta conserva abundantes restos arqueológicos. En ellos vemos como la Gran Diosa Madre mesopotámica ―la Nammu sumeria o la Astarté semítica― le tomó gusto al marisco y a los chiringuitos playeros, siendo venerada en Creta, como principal foco al principio y en todo el Mediterráneo después, bajo diversas acepciones propias de una divinidad protectora y dadora de vida, una Diosa de la Fecundidad.
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Se la adoraba bajo la advocación de Señora de las fieras y los árboles, o como Protectora del Palacio de la Ciudad (Knosos), y también como Guardiana del hogar doméstico o Diosa del mundo subterráneo. Pero el mar era para Creta la base de su vida, actividad y fuente de riqueza, así pues, como decíamos, la Diosa Madre se convirtió gustosamente en eterno faro de los hombres del mar.
En este sentido, y ya con un Olimpo de bote en bote, Afrodita, divinidad celeste y marina, debió de ser muy similar a Díctina, la Señora de la Montaña minoica o Dama de Dicte, que también era la Señora de los Pescadores cretenses.
De este modo, la Afrodita Urania imaginada por Platón vino a ser la heredera de estas divinidades prehelénicas, la cual aún sobrevive con otros pasaportes y es paseada a mediados de julio por toda la costa mediterránea, aunque en su día el Poseidón indoeuropeo tratara de desplazarla del timón de los atuneros.

«Admete es otro nombre de Atenea, quien sin duda aparecía en las ilustraciones aguardando y armada, observando las hazañas de Heracles y ayudándole cuando se hallaba en dificultades. Atenea era Neith, la diosa del Amor y la Batalla de los libios; su equivalente en el Asia Menor era la gran diosa Luna Marian, Mirina, Ay-Mari, Mariamne o Marienna, que dio su nombre a Mariandina —«Duna de Marian»— y a Mirian, la ciudad de los lemnios ginocráticos y a quien adoraban los troyanos como «Mirina Saltadora» (Homero: Ilíada ii.814). «Esmirna» es también «Mirina» precedida por el artículo definido, Ma rienna, la forma sumeria, significa «Madre muy fértil», y la Artemis efesía era una diosa de la fertilidad» (Robert Graves: Los Mitos Griegos, 132-3). El patriarcal cielo egipcio la adoptó como Mrym, "Amada de Amón", que el pueblo hebreo de los cautiverios acabaría transformando en Miryam, "la Tenaz", y que la Vulgata de san Jerónimo transformaría en María, no popularizándose su uso hasta bien entrada la Edad Media por tabúes religiosos análogos a los que rodeaban los nombres de Cristo o Jesús.

«Nunca derraméis sangre en el templo. El líquido que se debe llevar a los dioses es el agua de mar, porque en el mar comenzó la existencia de todo lo vivo y lo inerte. También portad oro, por algo es el metal más hermoso y el patrón de medida del valor de todas las cosas» (Pitágoras, Discurso sagrado)


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En la mitología griega Rhea es la madre de los dioses. Aquí aparece representada dando gato por liebre a su marido, Cronos (Tiempo, padre de toda verdad, Saturno para los romanos), con una piedra envuelta en pañales en lugar de su hijo, Zeus / Júpiter. Relieve en la base de una estatua del Museo Capitolino de Roma, s.II.

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En contraste, los romanos, a diferencia de lo que acontecía con Marte, Venus y el resto de los astros, carecían de una personificación mitológica similar a la griega para la Tierra globalmente considerada ―tampoco ellos podían imaginarse a sí mismos haciendo equilibrios sobre una bola rodante―, y en su lugar adoraron a deidades especializadas en diferentes manifestaciones agrarias:

......Ceres, la diosa de los cereales ―una "denominación de origen" relacionada con ella― a la que veneraron una vez sentados sus reales en el Lacio italiano.
......―La Tellus Mater ―de donde deriva un adjetivo acuñado en el s.XIX, telúrico, "perteneciente o relativo a la Tierra como planeta"―, "la que saca a la luz los dones de la vida", señora de fuentes y ríos, la más oscura y antigua de sus advocaciones: la nutricia raíz de 'tellus' está en el griego 'thele', pezón del pecho.
......Rhea, primitiva diosa griega de la fecundidad que compartía con Cronos, dios del Tiempo, el manejo de los períodos reproductivos; también era adorada en Roma como Ops o como Rea hasta que perdió su empleo por culpa de Cibeles, la cual ocupó su puesto.
Tampoco se la echó mucho de menos porque había otra Rea muy celebrada, y era Rea Silvia, madre de Rómulo y Remo, los mamoncetes de la loba del Capitolio: reina de Alba Longa, antigua capital del Lacio, e hija de Numitor, y amada por Marte, de cuya unión nacieron los gemelitos; de tal palo y tal nodriza no es de extrañar que nacieran los creadores de la capital clásica del mundo moderno, desbancando a Atenas, que tampoco era manca.
Aunque la escultura de los lactantes fue añadida a la loba, original y etrusca, ya casi en el siglo XV, como fundadores de Roma también tenían su público.
......Cibeles, potencia vegetativa asociada sobre todo a los pastos, había inmigrado desde Turquía. Oriunda de la región de Frigia, en el Asia Menor, era la Afrodita del monte Ida frigio, adorada como la "Diosa de la Muerte-en-Vida" en forma de abeja reina castradora de zánganos encandilados y exhaustos tras la cópula. No es de extrañar, por tanto, que su nombre esté relacionado con el latino 'cibus', que tiene los significados de alimento y de cebo, ambos dos. Sin embargo, todo el mundo sabe que andando el tiempo terminaría en una esquina del Banco de España, tirada en medio del arroyo que fluye bajo el paseo de Recoletos, tirando de Atalanta y Melanión, su sufrida pareja de leones (y ajusticiada pareja humana), y sorteando el endiablado tráfico que trenzan Alcalá y la Castellana.
Allí pierde un brazo de cuando en cuando mientras remoja los triunfos del Real Madrid, y organiza las pasarelas de escuchimizadas modistillas, las cabalgatas de los Reyes Magos (sus antiguos vecinos) y las manifestaciones de todos los colores, mirada desde arriba y de soslayo por el Neptuno que un poco más allá chapotea su óxido en un charco frente al Palace, haciendo como que viene del Ritz.
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«Dios es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, hartura y hambre; pero adopta diversas formas, al igual que el fuego, cuando se mezcla con especias, que toman el nombre de acuerdo a la fragancia de cada una de ellas» (Heráclito)

El mar ya no es lo que era, pero la vida, al igual que los manifestantes españoles con su pancarta, se concentró y desarrolló en el mar, alrededor de Neptuno, para deslizarse hacia Cibeles, hacia la tierra firme. (Ignoramos si urbanistas y arquitectos lo tuvieron en cuenta en el Paseo del Prado, pero Neptuno es hijo de Cibeles).

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Como ya dijimos en alguna parte (en La Chispa de la Historia, creo), para los griegos la vida era un concepto, un adjetivo, una propiedad de la materia, de la naturaleza, era el ‘bíos’, y por eso lo adhirieron a percepciones a las que solemnizaron y humanizaron, mientras que para los romanos la vida era una sensación global, un instinto, era ‘vita’, era la vida, un derivado, una consecuencia de ‘vivere’, de estar vivo.




Los Seres y las Eras

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La evolución de la vida animal en la Tierra se produce a un ritmo pavorosamente lento. Incluso desde la emergencia de los primeros organismos pluricelulares hasta la aparición del ser humano han pasado solamente unos 600 millones de años. La sustitución de unas especies por otras, las extinciones masivas o la conquista de la tierra firme se dieron en ese periodo de tiempo, pero nos cuesta imaginar la escala de tiempo implicada.Si un humano tiene una esperanza de vida de 75 años y asumimos que en un año se corresponde a un centímetro, entonces 20 cm serían recorridos por cada generación, 0,75 metros en una vida humana y para recorrer esos 600 millones de años habría que recorrer 6000 km, que es casi el radio terrestre.
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El ser humano, mediante el proceso de civilización, no sólo ha trastocado para bien y para mal su propia evolución biológica, sino que interfiere, normalmente para mal, en la evolución de las demás especies; no obstante, todavía hoy han resistido sin sucumbir a nuestra influencia múltiples agrupamientos de individuos microscópicos que, dentro del agua, se mueven se realizan y pasan toda su existencia como si fueran un solo animal: algunos son seres unicelulares, pero otros son pluricelulares, y con tal división de funciones entre sus subgrupos, que los elementos que componen éstos han evolucionado de una forma diferenciada.

Aunque los subgrupos de organismos particulares que componen estas estructuras vivas se desarrollan siempre en el agua y no se separan ni se desorganizan nunca, hay un cierto paralelismo con los enjambres, con las tribus y con los ejércitos, si bien aquéllas fueron los embriones de éstos. Se supone que los primeros organismos que pudieron recibir con propiedad el nombre de “seres vivos” procedían de la consolidación de ‘formaciones’ ―en el sentido militar de la palabra― de este tipo: los primeros microorganismos que luego acabaron convirtiéndose en animales fueron bacterias que se juntaron formando diversos organismos, y uno acabó siendo la cola, otro los cabellos...

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Y como nos encantan las anécdotas etimológicas: hablando de los "agrupamientos de individuos microscópicos que se mueven se realizan y pasan toda su existencia como si fueran un solo animal", traemos a colación el término club: el verbo 'to club' tiene el pintoresco significado de "reunir en una masa espesa en forma de garrote grueso", y deriva del germánico 'klub', garrote de cabeza gruesa. Es difícil realizar una declaración de intenciones más escueta y contundente a la hora de formular una declaración de los principios fundacionales de una asociación.
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Los seres que nacimos a mediados del pasado siglo XX ―¡Ay, cómo suena eso...!― nos vemos obligados, unas veces a causa de la represión política de entonces y otras por la evolución científica de ahora, a aprender de nuevo todo lo memorizado, más que estudiado, en los años mozos. En aquellos tiempos, por ejemplo, sólo existían tres reinos en la naturaleza: animal, vegetal y mineral (como suena, aunque había desaparecido el "reino fósil" todavía quedaba un "reino" mineral). Hoy por hoy, se clasifican los seres vivos en cinco reinos: animales, vegetales, moneras, protistas y hongos.
Dejando a un lado batallitas personales, mencionaremos que las bacterias (del griego 'bakteria', palo, bastón, vara) pertenecen a las moneras, (del griego 'moneros', solitario) junto a otro conjunto de animales unicelulares y microscópicos caracterizados por la ausencia de núcleo diferenciado.
Se conocen, hoy por hoy, unas 1.600 especies, que suelen clasificarse según su forma: bacilo (del latín 'bacillus', diminutivo de 'baculus', bastón); e spirilo (latín 'spira', del griego 'speira', espiral); espiroqueta (de 'speira' y 'kháite', cabellera y coco (esférica).

Coco es una voz infantil expresiva surgida en nuestra ibérica península en el s.XV para asustar niños. Cuando los compañeros de Vasco de Gama llegaron a la India adjudicaron el divertido nombre al fruto del cocotero, árbol que también acabó pagando el pato.

El proceso de evolución de la vida, cuyo vestigio más antiguo hallado hasta el momento consiste en una bacteria fosilizada hace 3.800 millones de años, se tomó nada menos que 1.300 millones de años para conseguir organizar una célula compuesta a partir de una bacteria. A partir de ahí, aunque parece que las cosas fueron más fáciles, todavía tuvieron que pasar otros 2.000 millones de años para que la masa pululante por el reino de Neptuno empezara a sentirse lo bastante agobiada como para arriesgarse a tomar el aire fuera del agua.
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….........……........……….......«El tiempo es un niño que juega con los dados; el reino es de un niño» (Heráclito)
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Entre la devoción, el miedo y la intuición, más de dos milenios antes de que la ciencia elaborase el árbol genético de la Naturaleza, los helenos dibujaron ya la genealogía paralela de los espíritus que habitaban y movían esa misma Naturaleza. Mejor aún: mientras los modernos esquemas científicos sólo clasifican tipos fisiológicos, el universo olímpico es un retrato de familia que auna la diversidad natural con los fenómenos cósmicos.
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Bacterias Madre
«Transformaciones del fuego: primeramente la mar, pero del mar una mitad tierra, la otra mitad soplo ardiente» (Heráclito)
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La vida significa cooperación, colaboración, simbiosis, y si bien es cierto que también incluye a la muerte según infinitas variantes, luego veremos que tiene un par de buenas razones para existir, pues gracias a ella, gracias también a la muerte, hace seiscientos millones de años unos organismos primitivos incrementaron progresivamente la eficacia de su reproducción y empezaron a diversificarse: una rama, a la que llamamos vegetales, consiguió alimentarse de la luz solar. Otra rama a la que llamamos animales, consiguió utilizar las propiedades bioquímicas de los vegetales, bien alimentándose de ellos, bien alimentándose de otros animales vegetarianos... hasta llegar al superpredador.
Un ser humano adulto llega a tener 50 trillones de células, y tal conglomerado es una novedad que el planeta todavía no ha llegado a digerir del todo, dado que durante la mayor parte del tiempo la vida ha estado formada por células sueltas brujuleando a su aire en el seno de las aguas de un único macro-océano global, del cual emergía un único supercontinente, el llamado Pangea, del griego 'pan-Gaia', toda la Tierra.

Aquellas primitivas células elementales eran simples bolsas cerradas formadas por un tejido de proteínas (luego nos meteremos con ellas) creadas a partir de los minerales bombardeados por los diferentes tipos de “rayos” desatados en el Big-Bang. Células fritas y refritas bajo las subsiguientes descargas de energía nuclear, entre la escoria de los rescoldos del magma que cubría el núcleo de la Tierra hace 4.000 millones de años.
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La idea del "caldo" o "sopa" ―va en gustos― prebióticos ha estado en boga durante muchos años. Hoy no queda especialista de renombre ―es decir, publicado en la revista Nature― que sustente la teoría de un potaje de sustancias químicas que aguante cocinándose bajo la mortífera actividad de las radiaciones solares y sobre el fuego volcánico.
Entre otras evidencias en su contra tenemos las muestras de un meteorito, el Murchison, estrellado sobre Australia en 1970, de las cuales se extrajeron grasas cuya tensión superficial les hace adoptar de forma espontánea la forma de gotas, las cuales, irradiadas con luz solar colapsaron dando materiales orgánicos.
A juicio de aquellos expertos de última hora, desde el principio el ADN evolucionó dentro de membranas cerradas pero permeables, igual que ahora sabemos sucedió con la clorofila, habiendo evolucionado la vida dentro de esos sistemas con membranas flexibles.
También en 2005, el análisis de la colisión del proyectil de cobre de la NASA, Deep Impact, contra el cometa 'Tempel 1' ha detectado allí moléculas de agua y una gran cantidad de sustancias orgánicas, es decir, los elementos a partir de los cuales se desarrolló la vida en nuestro planeta.

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Por el momento se sabe que el primer paso en la formación de una célula compuesta se dio cuando una célula simple, es decir, una bacteria, especializada en transformar proteínas en energía, se introdujo en otra bacteria, especializada en transformar minerales en proteínas, convirtiéndose aquélla en el núcleo de ésta.
Y así, unas veces incorporando y otras incorporándose, a lo largo de mil millones de años de prueba y error, surgió hace tres mil millones de años lo que la comunidad científica denomina LUCA. ―'Last Universal Common Ancestor'―, el Antecesor Común Universal, la madre de todas las células actuales, la mínima unidad vital capaz de alimentarse moverse y reproducirse.
Bajo la misma tensión asociativa evolucionaron las células, agrupándose en tejidos, y los tejidos en órganos, y estos en individuos, surgidos, por fin, hace seiscientos millones de años.
En los experimentos de laboratorio se ha conseguido obtener proteínas a partir de minerales, pero nunca se ha logrado pasar de ahí. Aunque no es poco: tal obtención de compuestos orgánicos demuestra que la vida, con todos sus goces y desdichas, es pura química: y sin más elementos que carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, fósforo y azufre. Encima.

En 1953 Stanley Miller llevó a cabo un legendario experimento: diseñó un aparato de vidrio que contenía un condensador para producir lluvia, una atmósfera de agua, metano, hidrógeno y amoniaco y un océano modelo. Esta atmósfera fue “cocinada” con una corriente de 60.000 voltios durante una semana, al cabo de la cual se obtuvo una disolución que contenía algunos de los aminoácidos esenciales y otras moléculas necesarias para la vida. Este experimento capturó la imaginación del público, que ya sentía fascinación por los efectos de las descargas eléctricas sobre sistemas biológicos desde la publicación de Frankenstein en 1818. Sin embargo, el propio Stanley Miller ya señaló que la energía por sí sola no podía mantener una biogénesis: lo crucial no es tanto aquello de lo que estamos hechos, sino el modo específico en el que están dispuestas nuestras moléculas.
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Cuando, empujados por la curiosidad, leemos en un diccionario que "las proteínas son sustancias constituidas por aminoácidos que forman parte fundamental de las células vegetales y animales", solemos cerrar el libro con un gesto de fastidio antes de que se nos caiga de las manos: seguimos como estábamos. Y con razón. Pero si insistimos en llegar al fondo, entonces nos encontramos con que los aminoácidos son "compuestos orgánicos formados por grupos amino y grupos carboxilos"... Apaga y vámonos!
Y es que cualquier texto sobre el tema no puede sino enredarse en largos y complicados tecnicismos químicos que sólo sirven para ocultar lo más elemental ―que es lo más difícil de explicar―: que los "aminoácidos", esos componentes del origen de la vida, son simples mezclas de carbono ("C"), oxígeno ("O")―los dos componentes del palabro "carbo-oxilo"―, hidrógeno ("H") y nitrógeno ("N")... que nadie sabe con certeza ni cómo ni dónde se formaron... pero que siempre han estado presentes y evidentes en el final de la cadena de la vida: en los excrementos y en los detritus de todo tipo. No por nada, humano deriva de 'humus'.

A mediados del siglo XIX en Alemania se encontró que la urea ―CO(NH2), los cuatro elementos básicos vitales― cuando trataban la orina para fabricar una especie de detergente―, el producto de excremento de los animales, era una solución en agua bastante simple: una solución acuosa de moléculas de carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno muy relacionada con el amoniaco. Así se dio inicio a la química orgánica. De ahí se paso al material hereditario, y a comprender la complementariedad de la doble hélice de Watson-Crick, que nos permite entender inmediatamente la reproducción a partir de la estructura cristalina del ADN.

Orina, del griego 'uron', a través del latín ‘urina’, era para nuestros ancestros uno más de los líquidos que dotaban de humedad al cuerpo; es por ello que a los buzos en Roma se los llamaba ‘urinatores’ y al semen ‘urina genitalis’ (al parecer, y según el gramático latino Varrón, el sánscrito 'Ur' ―también nombre de uno de los antiguos Estados mesopotámicos― significa agua, y sería por tanto la raíz del nombre del líquido elemento).
Buzo aparece en el s.XVI procedente del portugués ‘búzio’, una especie de caracol que vive bajo el agua; como los hispanos somos bastante de secarral, lo más parecido que se nos ocurrió fue el búzano, como llamaban al cuerno que los boyeros usaban como bocina. Vericuetos de la etimología.
Los urinatores romanos (buzos o buceadores) fueron la primera unidad anfibia de carácter permanente de que se tiene noticia. Anteriormente se sabe de grupos de buceadores formados por varios pueblos, como los griegos o los asirios; pero fueron los romanos los primeros en crear un cuerpo ligeramente diferente del resto para misiones que requería expertos nadadores y buceadores. Lo cual sorprende en una potencia eminentemente terrestre. (Wikipedia)
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A pesar de las inconexas ideas técnicas, desde antiguo ya se obtenía "fruto" de los pises y las cacas (las aguas mayores y menores, decían al modo clásico nuestros pudorosos abuelos), y dieron un curioso nombre a su principal componente, el amoniaco, NH3 para los amigos, y de donde surge "lo" de las aminas que tanta guerra nos dieron en las clases de química orgánica, ese rollo. Ellos, los antiguos, lo obtenían a partir de la destilación del estiércol de camello y lo usaban como expectorante. Lo llamaban 'ammoniakós', para entendernos, “made in Ammón”, puesto que significa "hecho por Ammón", ya que su principal centro de producción estaba en un famoso templo ―que por tanto también disponía, para el mismo fin, de los residuos de los animales sacrificados en sus altares― dedicado a este dios egipcio que estaba situado en la actual Libia.
También, aunque ellos no lo sabían, fabricaban urea los romanos. Hoy la urea se sigue utilizando no sólo en la fabricación de fertilizantes, piensos, plásticos, o como diurético, sino también en la elaboración de productos farmacéuticos, cosméticos o dentífricos. Cualquiera que haya visitado la India actual puede dar fe de su persistente eficacia popular.
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Células y Células
E
l médico y alquimista flamenco Jan Baptist van Helmont (1577-1644) fue el primer científico que distinguió entre aire y gas, y fue quien bautizó a este nuevo elemento: «He llamado gas a este espíritu porque no es más que el caos de los antiguos», escribió. Y lo hizo a partir del término griego 'kháos', que tenía los sentidos de abismo, confusión y estado primordial del Universo, o sea, el caos.
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En la más primitiva mitología griega Caos era el abismo primordial de donde surgieron la Noche y el Erebo, la región insondable que cobija a la Muerte, y de cuya unión surgió ―Ay...!― el Amor, del cual surgieron a su vez la Luz y el Día. Y es que la poesía también surgió de la religión. O más bien a la inversa.
En el cambio de inicial, de 'k' a 'g', que von Helmont le dio a la nueva palabra cabe suponerse la influencia del neerlandés 'geest', espíritu, similar al 'ghost' inglés, sobre todo si tenemos en cuenta que Helmont solía referirse al gas como 'spiritus silvestris', o como su sinónimo 'halitum', nuestro hálito, hoy, soplo.

Y aunque las bacterias son las culpables de la animada vida terrestre, los primeros ejemplares observados lo fueron en el s.XVII, por Anton van Leeuwenhoek, en 1683 concretamente, usando un microscopio de lente simple diseñado por él mismo. Inicialmente las denominó “animáculos” ―animalillos, en latín macarrónico―, no siendo adaptado el mucho más “científico” apelativo de bastoncillo hasta 1828 según una culta ocurrencia de Cristian Godofredo Ehrenberg, naturalista alemán que acompañó a Alejandro de Humboldt en su viaje al Asia.
Y es que ‘baktería’, que es como los griegos llamaban al bastón, está directamente emparentado con el más apropiado latín ‘baculus’, báculo, apelativo que, para variar un poco con tan desbordante imaginación, es el origen del término bacilo. Así que para hacer una frase ingeniosísima podíamos decir que las bacterias y los bacilos son los bastones en los que se apoya la vida. Menos mal que no nos atrevemos a decirlo.
Y como vemos que el bastón se nos queda mirando con cara de pobrecín, diremos que deriva del vulgar latín ‘bastum’, del griego vulgar ‘bastázo’, sostener un peso, origen tanto de bastante, como de basto, en el sentido de grosero, y en el sentido que pinta en la brisca cuando pinta (juego cuyo nombre deriva de un tal Bruscanville, un oscuro comediante francés del s.XVII que, al estilo de Strauss y Perlo con el estraperlo, se inmortalizó de la manera más tonta), por ejemplo y para no alargarnos más con el asunto.






(Dibujo de van Leeuwenhoek sobre los “animaculos” de la boca. La verdad es que la forma de los bichitos, en cuanto a su bautizo, es como para dejar tiritando a la imaginación más calenturienta)



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La existencia de microorganismos ya fue teorizada a finales de la Edad Media. En el Canon de medicina (1020), Abū Alī ibn Sīnā (Avicena) planteaba que las secreciones corporales estaban contaminadas por multitud de cuerpos extraños infecciosos antes de que una persona cayera enferma, pero no llegó a identificar a estos cuerpos como la primera causa de las enfermedades, materia que no se aclaró hasta 1859 cuando Louis Pasteur demostró que los procesos de fermentación eran causados por el crecimiento de microorganismos, y que dicho crecimiento no era debido a la generación espontánea, como se suponía hasta entonces.

No confundir nos animáculos con los homúnculos: (del latín ‘homunculus’, hombrecillo, a veces escrito ‘homonculus’) es el diminutivo de hombre (a menudo despectivo) y se usa frecuentemente para ilustrar el funcionamiento de un sistema. El término parece haber sido usado por primera vez por el alquimista Paracelso, quien una vez afirmó haber creado un falso ser humano al que se refería como “el homúnculo”.
La criatura no habría medido más de 30 centímetros de alto y hacía el trabajo normalmente asociado con el golem. Sin embargo, tras poco tiempo, el homúnculo se volvía contra su creador y huía. La receta para crearlo consistía en una bolsa de huesos, esperma, fragmentos de piel y pelo de cualquier animal del que el homúnculo sería un híbrido. Todo esto había de enterrarse rodeado de estiércol de caballo durante cuarenta días, tiempo en el cual el embrión estaría formado.

El golem era un ser fabricado a partir de materia inanimada. En hebreo moderno, la palabra ‘golem’ significa “estúpido”. El nombre parece derivar de ‘gelem’, que significa “materia en bruto”) (Wikipedia: Homúnculo)

Hay también variantes citadas por otros alquimistas. Una de ellas implicaba usar mandrágora. Las creencias populares sostenían que esta planta crecía donde el semen a veces eyaculado por los ahorcados (durante las últimas convulsiones antes de la muerte) caía al suelo, y sus raíces tiene una forma vagamente parecida hasta cierto punto a un ser humano. La raíz había de ser recogida antes del amanecer de una mañana de viernes por un perro negro, siendo entonces lavada y «alimentada» con leche y miel y, en algunas recetas, sangre, con lo cual se terminaría de desarrollarse en un humano en miniatura que guardaría y protegería a su dueño.
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De la Célula al Orgánulo
A pesar de conllevar el sentido de marcha, de progresión ―que no de avance o progreso, que tiene otras connotaciones claramente positivas―, evolución deriva de un verbo, ‘evolvere’, cuyo significado no avala ese proceso, pues es un compuesto de ‘volvere’, girar, dar vueltas ―también “darse la vuelta”, que es a lo que se ha reducido su normal traducción―, es decir, un movimiento que no avanza sino es rodando.
‘Volvere’ es un verbo muy exuberante pues no sólo nos ha brindado el volteo y la voltereta, sino también la involución y la volubilidad, el volumen, tanto en sentido de bultovoluminoso, algo “con muchas vueltas”―, como en el de “libro” ―los libros de la antigüedad eran unos rollos ―en el sentido de papiro o pergamino enrollado, aunque también hoy conserve el sentido de aburrimiento y latazo que se deriva de su lectura―; circunvolución, o envuelto alrededor de; devolver, que etimológicamente significa desenrollar, y envolver, que es todo lo contrario, y también involucrar; la desenvoltura y el revoltijo; el revolver y el revólver, que hace referencia al manoseado cilindro giratorio de la pistola; y la revuelta y la revolución, un término que acaba teniendo el mismo sentido para los planetas que para los movimientos sociales: un eterno retorno a los mismos propósitos con mejores tecnologías.
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«Y puesto que todo cambio es desde algo hacia algo ―como muestra la palabra ‘metabolé’, que indica algo “después de” (‘metá’) otro algo, esto es algo anterior y algo posterior―, lo que cambia tiene que cambiar en alguna… manera: el cambio por contradicción que va de un no sujeto a un sujeto es una generación…» (Aristóteles, Física)

No obstante, cualquier aficionado a la lectura que se interese por temas básicos como los que estamos tratando, se ve bloqueado, si no repelido, por las series de encadenamientos de palabras con que los técnicos blindan ―ellos suponen que aclaran― los conceptos (como ocurre, sin ir más lejos con el juego dialéctico que acabamos de contemplar con el mismísimo Aristóteles, que encima presumía de clarificador, vocablo metabolismo).
Y sin embargo, un griego o un romano de los de antes, de los de las películas de romanos, que hubieran sido transportado a nuestros tiempos, se quedarían perplejos ante el contraste entre lo urbanizado y tecnificado de nuestro mundo, en el cual el campo y lo campestre brilla por su ausencia, y la sencillez y rusticidad de nuestro lenguaje científico, plagado de términos propios de la muy antigua vida rural cotidiana.
Esta circunstancia, que es una ley general para las palabras eruditas de nuestro vocabulario, resulta también patente en el tema biológico: célula significa habitacioncita, celdilla, por derivar del latín 'celula', diminutivo de 'cella', celda, propiamente santuario, por el carácter de apartamentito (loft, me parece que se dice ahora)
que tenían las moradas de sus dioses.

Aunque el biólogo italiano Marcello Malpighi (1628-1694) y el naturalista inglés Nehemias Grew (1628-1711), sin emplear el término célula, habían comprendido que determinadas partes de la planta estaban formadas de pequeñísimos "organismos" elementales, fue en 1665 cuando el inglés Robert Hooke, uno de los primeros en utilizar el microscopio compuesto, empleó por vez primera la palabra ‘cellula’ (en su obra Micrographia), para referirse a las celdillas microscópicas del corcho, por el gran parecido que éstas presentaban con las celdas de un panal. Dado que el sensacional descubrimiento lo realizó sobre materia muerta, creyó que se trataba de cavidades vacías, totalmente desprovistas de contenido. Hasta 1812 no se consiguió aislar las células vegetales a partir de los tejidos, y a asegurar que éstos estaban formados por un gran número de piezas microscópicas, las células.

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Cuando explicamos a nuestro turista greco-romano la forma de una célula comprobamos que nos comprende mejor que el vecino de al lado, porque para estas cosas seguimos usando terminología extraída de la que fue la lengua internacional europea hasta el Renacimiento, un latín bastante clásico y bastante literal: Toda célula se compone básicamente de una masa plasmática, de una membrana que rodea al plasma, y de un núcleo que encierra el material genético. Plasma es cualquier materia modelable, como la arcilla, la cera o la "plastilina", pues viene del griego ‘plásso’, amasar, modelar, de donde salen también las cataplasmas, y el plástico y lo plástico.

Los diccionarios dicen textualmente que "Toda célula se compone básicamente de una masa citoplasmática...", lo cual en este contexto resulta redundante, ya que "cito-" equivale a celular, por derivar del griego 'kytos', que significa... célula. Son ganas de complicar las cosas para revestirlas de solemnidad. Un truco que atemoriza al personal, como conocen muy bien los que viven de las leyes.
'Nucleus' es el diminutivo de 'nux', nuez; núcleo significa, por tanto, nuececita, y designa al "hueso de fruta" en general. Y 'membrum', miembro, es como aquellos romanos se referían a la "parte de un todo", de cualquier todo. Nosotros lo seguimos utilizando de igual forma, aidoteces feministas aparte: decimos miembro de un cuerpo, de una familia, de una comunidad, de un club... y su derivado 'membrana', membrana viene a ser algo así como un miembro amorfo o desdibujado. Hallazgos del lenguaje. En cuanto a miembra… se trata de una aidotez o de un aidotismo sobre el que corremos un tupido velo. Avanzando un poco ya nos ocuparemos del sentidolinguístico del material genético.
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Para redondearle el presente asunto al televisitante clásico: Las células se clasifican en dos grandes grupos, según su complejidad. Así se distinguen células procariotas ―de 'pro', antes de, y 'káryon', nuez― que poseen una membrana única rodeada habitualmente de una pared celular rígida (es el caso de las bacterias y de las algas verdiazules), y células eucariotas, de 'eu', bien, ―por ejemplo, Eulogio, de 'eu-logos', significa Buen orador, similar al 'eu-lalos' de Eulalio― por contar con membranas que engloban en paquetes diferenciados a sus componentes; éstas constituyen las células características en animales y vegetales.

Se ha comprobado que las propiedades físicas de la célula están más próximas a las de una gota de vidrio fundido que a las de un globo relleno de agua. No obstante, el citoplasma, una mezcla enormemente compleja de moléculas grandes y pequeñas, está constituida aproximadamente por un 70% de agua y un 15 ó 20% de proteínas. Una célula animal típica contiene unos 10 mil millones de moléculas proteicas de, más o menos, 10.000 tipos diferentes. Molécula, 'moléculæ', es diminutivo del latín 'moles', mole, masa, con moler como derivado ayudante. Y el verbo molar, coloquial voz caló, que con un poco de manga ancha puede aceptarse como animal de compañía por sus resonancias de calidad-cantidad. Mola mazo, colega.

El amigo romano también se enteraría, simplemente al escuchar los variados nombres científicos, de muchas otras curiosidades, muy prácticas, que nosotros ignoramos: Uno de los innumerables hijos de Neptuno ―todos lo somos―, el dios marino Proteo tenía entre sus facultades la de adivinar el futuro, así que cambiaba frecuentemente de aspecto y función para amoldarse a las variadas circunstancias en las que se veía o preveía que iba a encontrarse, procurando evitar quedarse en el paro en un Olimpo sin Inem.
Proteo se dedicaba a cuidar y alimentar los rebaños de focas y becerros marinos propiedad de Neptuno, lo cual significa que los griegos le asociaban con el conjunto de plantitas y camaroncillos que están en la base alimenticia universal. De ahí esa capacidad para transformarse en cualquier bicho viviente. Proteico empezó a ser sinónimo, hoy desaparecido, de versátil en el español culto del 1900, acuñándose por esas fechas los términos científicos proteína y protón como hibridación de dos conceptos: el mencionado Proteo símbolo de las múltiples variaciones permutaciones y combinaciones de las albúminas ―no se inquieten, que no es más que una variante del latín 'albumen', clara del huevo― y el también griego 'protos', primero ―de ahí protagonista, prototipo o protomártir, por ejemplo―, por ser las proteínas los primeros componentes de la vida.

Plancton, aquél conjunto de plantitas y camaroncillos que están en la base alimenticia que acabamos de mencionar, deriva del griego 'plankton', lo que va errante, (voz próxima a 'planetés', vagabundo) pues es un conjunto de seres microscópicos que se desplaza a merced de corrientes y mareas submarinas. El zooplancton (los camaroncillos) se alimenta del fitoplancton (los minúsculos vegetales), y es engullido por el resto de los peces. Trófico, a su vez, deriva del griego 'trépho', alimentar; es, por tanto una manera elegante de decir alimenticio (igual que “cadena trófica” es una manera apabullante de decir que el pez grande se come al chico, y no a la inversa). Por eso, atrofia e hipertrofia significan desnutrición y sobredesarrollo, y distrofia, ―compuesto con 'dys', malamentemalformación.
Si bien el prefijo “zoo-“ que aquí acompaña a plancton, es lo bastante conocido, pero lo bastante complejo como para no detenernos en él, ya habrá lugar, de “fito-“ sí merece que mencionemos que su raíz griega, ‘phýo’, nacer, brotar, crecer, en el más rústico sentido botánico del término, es el origen del inabarcable vocablo física y de todas la consecuencias idiomáticas de él derivadas.

No obstante, nuestros predecesores eran muy conscientes del origen y el fin de la energía vital, y procedieron en consecuencia a la hora de llamar a las cosas por un nombre; así vemos cómo 'vegere', origen latino de vegetal y procedente a su vez del mucho más antiguo hindú sánscrito 'vajah', significa animar, en reconocimiento comprobado de que son los vegetales los que mueven la vida. Vegetal vendría a ser "lo que anima", en contraste con animal, término para designar a "lo animado".

«Es difícil luchar contra el propio ánimo. Lo que anhela, lo compra a cuenta del alma» (Heráclito)


Hace unos años se descubrió un ser que en sí mismo reúne las características del plancton: «Un organismo que trae de cabeza a la comunidad científica internacional ha sido encontrado en una playa nipona del Departamento de Wakayama por un equipo de investigadores de la universidad japonesa de Tsukuba. 'Hatena' ("misterio", en japonés) es mitad vegetal ―hace fotosíntesis, como las plantas― y mitad depredador ―come algas, como otros animales―. Al observarla con un microscopio pudieron ver que el microorganismo era capaz de dividirse en dos células, una de ellas carnívora y otra herbívora» (Diario El MUNDO, 18 de octubre de 2005)


Amores celulares

«Este mundo, que es el mismo para todos, no lo hizo ningún dios o ningún hombre; sino que fue siempre, es ahora y será. Fuego siempre viviente, que se prende y apaga medidamente» (Heráclito)

Pero antes de empezar a complicarse y ramificarse, la vida realizó el invento más divertido del universo: el sexo. Parece que mientras el mundo estaba formado por células, simples, compuestas o arracimadas, el mar se poblaba de la manera más eficaz y aburrida posible: por simple clonación: cuando una célula engordaba demasiado y resultaba excesivamente vulnerable... ¡plaf! se partía por la mitad y salían pitando dos igualitas llevándose la mitad del plasma cada una (clon es otro tecnicismo de origen vegetal, deriva del griego 'klon', brote, botón o yema vegetal).
Con el tiempo, racimos de células se fueron agrupando según el azar o la necesidad para formar organismos. Y cuando esa combinación de "la fuerza de las cosas" con "las cosas de la fuerza" que llamamos evolución dio origen a los múltiples "seres" viables en el salino ambiente marítimo, entonces y solamente entonces, apareció el sexo. Estamos hablando de un proceso que ocupó en su conjunto nada menos que 4.000 de los 4.600 millones de años que dura ya la existencia de nuestro planeta: Más del 85 % de su existencia total.

Los cromosomas ―del griego 'kromos', color, y 'soma', cuerpo, una de esas frecuentes denominaciones que no tienen nada que ver con el objeto al que designan, sino con su proceso de investigación― son corpúsculos en forma de hilo o filamento que forman parte del núcleo de la célula y llevan material hereditario y genético cuya función es conservar y transmitir este material. En el Universo existen innumerables tipos de moléculas, ¿por qué precisamente el ADN ―iniciales de ácido desoxirribonucleico― ha hecho y hace posible la vida? La respuesta se debe a que esta molécula cuenta con una característica fundamental: su capacidad de auto-reproducción. Con ella puede transmitir su peculiar conformación a los descendientes del organismo del que forma parte.
Tal estructura fue descubierta por James Watson y Francis Crick en 1953, aunque la "genial intuición" vino tras observar una imagen del ADN obtenida, mediante su bombardeo con rayos X, por su colega Rosalind Franklin. Sin tal imagen hubiera sido imposible la inspirada idea. Los dos colegas varones obtuvieron en 1962 el Nobel de Fisiología y Medicina por su descubrimiento.

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También compartieron el galardón con un colega de Rosalind. Pero ella había muerto cuatro años antes, en 1958, a los 38 años de edad. Aunque fue ella quien, a sabiendas de su importancia, les mostró las placas en las que se adivinaba la hoy vulgar "doble hélice de Watson-Crick", su nombre aparece mencionado muy rara y anecdóticamente.


El sexo, esa operación tan complicada, tan plagada de equívocos y de errores, tan imperfecta y tan amena, posibilitó la transformación de aquel mundo de células transparentes simples y solitarias en esta civilización superpoblada de bichos raros complejos y solitarios: Gracias al sexo tiene lugar la copia y recopia y requetecopia del ADN por la cual el código genético se calca y se transmite de ambos padres a los hijos, combinándose en estos.
Pero como la perfección no es una de las características más estimadas por la naturaleza ―pese a todo lo que digan sus fervientes adoradores―, ocurre con frecuencia, que se producen errores en el plagio del ADN. Estos errores reciben el conocido nombre de mutaciones, y son, en su gran mayoría, perjudiciales para la vida. Sin embargo, también a veces acontecen mutaciones positivas y ventajosas para la especie en cuestión―asociadas a la producción de nuevas proteínas útiles, o a la aparición de nuevas funciones―, con lo que los genes mutantes se propagan a mayor velocidad que los otros, dejan mayor descendencia, y acaban predominando sobre el resto y eliminándolo.

Sin embargo, como consecuencia de tal evolución a partir de tal selección ―y formando parte natural de tal proceso― los elegidos también deben morir, pues la autodestrucción de las células forma parte del mecanismo de su variabilidad. Es decir, el sexo lleva implícita la muerte. Su alternativa, la duplicación sin más, que era el sistema reproductivo anterior al sexo, evitaba la muerte, pero también la evolución. Sin sexo no moriríamos, pero tampoco hubiéramos llegado a aparecer en escena. Somos producto del amor y la muerte, al mismo tiempo y en la misma medida. Pura poesía.

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La R.A.E. dice: «amor. (Del lat. 'amor/ amoris'). m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. 2. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear. 3. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo. 4. Tendencia a la unión sexual. 5. Blandura, suavidad. y etc.»

«Todas las cosas están alternativamente en movimiento y en reposo: en movimiento cuando el Amor hace que lo múltiple sea uno o cuando el Odio dispersa la unidad en multiplicidad, y en reposo en los estados intermedios…» (Empédocles)

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Y se nos acaba de colar la palabra amor cuando ―al igual que en el cine― sólo queríamos decir sexo: como vemos, la Real Academia, que cautamente no se define en este campo, también recoge amorecer, algo así como cubrir, en su sentido más ferviente posible, y que es raíz etimológica de morueco, variante reproductiva del carnero. Sin embargo los romanos nunca relacionaron amor y sexo hasta que no fueron contagiados por la elaborada cultura griega. El verbo 'amo/ amare' estaba más cercano a su derivada, la 'amicitia', la amistad en sus diversos grados de ternura, mientras 'sexus' tenía el crudo significado elemental que conserva y que no tiene absolutamente nada que ver etimológicamente con el sexto Mandamiento, en contra de lo que hemos oído por ahí, pues sólo casualmente en ese puesto ordinal se alude al "asunto", como también se le denomina.
Tratando sobre este tema del amor de manera abstracta y objetiva, como sólo ellos saben distanciarse de las miserias humanas al referirse sólo a bichos, los biólogos describen dos tipos fundamentales de pareja en la naturaleza: una es la simbiótica, palabra griega compuesta por ‘syn’, junto con, y ‘bíos’, vida. Otra, la parasitaria, de acuerdo al término formado por ‘sitos’, comida, propiamente trigo, y ‘para’, junto a, al lado de.

«La yegua sabe que pare con el potrillo hechizos amorosos. Justo por eso, nada más nacer el potro, come la yegua la excrecencia carnosa que le sale en la frente, que la gente llama frenesí de yegua. Los hechiceros aseguran que tal excrecencia infunde y enciende apetencias e impulsos sexuales que arrastran a uno a relaciones amorosas incontenibles y que, por eso, la yegua no quiere que los hombres se hagan con este encantamiento, como celosa de bien tan grande. ¿No da esta impresión?» (Claudio Eliano: Historia de los animales, III-17)

En Grecia todo este asunto pasional había dado mucho que hablar: ya vimos al principio cómo la unión entre la Noche de los tiempos y el Erebo de la Muerte daba lugar al nacimiento del Amor: el erotismo (el Eros desciende del Erebo, qué bonito), faena en que estaba especializado Eros, el ciego hijo de Afrodita, personificación de ese amor, abarcaba un continuo que no excluía ningún matiz en las pulsiones que ruedan desde la incipiente simpatía hasta la libido furibunda: 'libido', el hoy técnico término libido, era para los romanos el apetito sexual desordenado, deriva de 'libere', gustar, en su significación sensual, es decir, propio de los sentidos ―derivados ambos del primario verbo 'sentire', notar, percibir, sentir―, y es una muestra de la elemental concepción latina de este complicado mundo.

Simpatía, del griego 'sympátheia', acto de sentir igual que otro, significa más apropiadamente sufrir igual que otro, pues es un compuesto a base de 'pathos', padecimiento, enfermedad, igual que apatía, sin sentimiento, o antipatía, rechazo hacia otro, y propiamente, sentir lo contrario que otro. De ahí que derive también patología o conjunto de síntomas de una enfermedad. Como patético, capaz de mover y agitar el ánimo. Y homeopatía ―al anteponerle 'hómoios', semejante―, que alude a los tratamientos análogos al mal padecido.


Sin embargo, la venda que cubre los ojos del tierno chavalín griego, su filiación como hijo de Venus y las flechas que utiliza en su aparentemente alocada labor, son una preciosa alegoría de la espontaneidad con que la genética, a través del subconsciente guiado por el sistema hormonal ―del griego 'hormáo', mover, excitar―, aborda la selección del emparejamiento cromosómico entre seres racionalmente incoherentes... siempre y cuando, naturalmente, no entre en juego la presión social, es decir, el habitual factor económico. Aunque, claro está, "nosotros somos nosotros y nuestra circunstacia", y también el dinero forma parte de ella, con su penetrante olor corporal, tan excitante como las ostras.

«¿Por qué en los demás animales la descendencia es por naturaleza más afín que en los hombres? ¿Es porque el hombre durante el coito tiene diferentes disposiciones anímicas, y según la disposición que presenten el padre y la madre, así de variados resultan los niños engendrados; sin embargo, los demás animales, la mayoría, tienen como finalidad el acto en cuestión? Además, por lo general no hay fecundación por causa de este deseo» (Aristóteles: Problemata, 891b10)

Como en la mitología grecorromana no existe un dios de la maldad propiamente dicho, se achacan los males de la vida a diversas personificaciones de los aspectos de la naturaleza nocivos para el ser humano. Así, Nix, la Noche, concibe a Moros, la Fatalidad, a Ker, la diosa de la Muerte, a Tánatos, el dios de la Muerte, a Hipnos, personificación del Letargo y su traviesa tribu de Sueños y demás fenómenos hipnóticos. También la Burla, el Lamento y las Hespérides, ninfas del atardecer.
Y de la sensatez de la filosofía helénica, tan opuesta al radical maniqueísmo cristiano, da fe la psicología freudiana, que hace de 'eros' y 'tanatos', el amor y la muerte, el eje de la vida interior del alma humana al igual que, como acabamos de comentar, amor y muerte forman los extremos de la línea vital de todos los cuerpos animados, hasta tal punto, que en la mayoría de las especies inferiores el uno precede inmediatamente a la otra.

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Tánatos personificaba a los impulsos de muerte y cuya reminiscencia más cercana y, desgraciadamente, frecuente es el término tanatorio, y, menos conocida, tanatofobia, miedo obsesivo a la muerte. Desde el punto de vista freudiano, en el inconsciente actúan ciertas fuerzas a las que él denominó instintos ―de 'instigare', estimular, incitar, instigar―, que finalmente se reducen a dos: el instinto de conservación de la especie (Eros) y el instinto de conservación del individuo (Tánatos). El primero nos induce a la sexualidad, y el segundo a la agresión, aunque jamás se presenta uno sin que exista una fuerte presencia del otro. El total de la energía o intensidad con que operan estos instintos fue llamada la libido Las múltiples relaciones entre muerte, cultura y civilización irán surgiendo aquí y allá a lo largo de los diferentes artículos del blog. Son tan diversas e insospechadas que no haremos ahora más referencias a fin de no dispersar más, aún, las ideas recogidas en estos apartados.

«Según la escuela de los que no comprenden nada pero simplemente repiten lo que les viene a la boca, ni hay en el alma una idea innata original, ni de coherencia ni de contradicción, ni de división ni de síntesis, ni de justo ni de injusto, ni de hermoso ni de feo sino que sostienen que todas estas cosas derivan en nosotros de la sensación y a través de la sensación, y que los animales son guiados por ciertas imágenes y recuerdos» (Galeno: Sobre las facultades naturales, I12-28)

Género y Sexo
«En general, los dioses son superiores a los daimones, los daimones a los semidioses, los héroes a la raza humana. Todos tenemos una deuda de gratitud con nuestros padres, que es comparable a la que un muerto debe a quien le devuelve a la vida» (Pitágoras, Discurso del Gimnasio)
Demonio, por cierto, es un apelativo muy representativo de la transición al cristianismo por el significativo respeto que supone con el paganismo, ya que significa genio o divinidad inferior por derivarse de 'daimonion', diminutivo de 'daimon', dios o divinidad en toda regla, como nos informa Pitágoras.


Hugo de Vries había propuesto en el siglo XIX el término pangene para designar los factores hereditarios mucho antes de que se conociera su verdadero significado. Por entonces dominaba la teoría de la pangénesis, según la cual, los caracteres hereditarios de los organismos estaban contenidos en pequeñas partículas de materia, llamadas gémulas o pangenes, que se expandían por todo ―en griego, 'pan'― el organismo y llevaban los caracteres a todas las células.
Pero el origen de tal vocablo, como de la ciencia, en particular, y de la cultura en general se halla en la religión y sus mitologías. Pues de los espíritus, de los diosecillos, de los genios ―de ‘genius’, “deidad que velaba por cada persona y se identificaba con su suerte”― desciende el término gen y la ciencia de la genética, rama de la biología que estudia la incidencia de los factores hereditarios en la formación de las características de la especie.
Por increíble que pueda parecernos, tal concepto no fue introducido hasta el año 1906 por el biólogo británico William Bateson para denominar la teoría de la herencia, no siendo acuñado científicamente el término de gen hasta 1909 por el danés Wilhelm Johannsen.

Y es que la genética no nació sino en el año 1900, cuando a varios investigadores les dio por estudiar el trabajo que el monje austriaco Gregor Mendel había publicado en 1866 sin que nadie se diera por enterado, es decir, durante la convulsión provocada en el mundo científico por las elucubraciones de un tal Charles Darwin.
Mucho más directamente aún que la genética, de los genios de la naturaleza deriva el sentido de la gens, título latino de la forma de organización del género humano que sucedió a la horda y precedió a la familia. Por los genios, que hacían crecer, que daban el ser a los seres ―«Todo está lleno de dioses», dicen que decía Tales de Mileto― se sentían engendrados los humanos inmemoriales. Cada hombre tenía su genio o espíritu protector, y con el apelativo de genio se sigue mitificando al individuo intelectual o artísticamente superdotado ―también al carácter de la gente conocida como “muy suya”―, aunque a algunos lo llevan implícito en el nombre, como Eugenio, de ‘eu-genos’, que significa Bien nacido, es decir, de buena raza.


Un sentido similar pero con origen bárbaro tiene Genoveva ―variante de la castellanizada Ginebra de Lancelot y Arturo―, compuesto por ‘genos’ y el germánico ‘wifa’, mujer, es decir, “nacida de mujer”, más bien de una “esposa” ―raíz del inglés ‘wife’―, pues de una esposa sólo nace el que puede: la mayoría, de una parienta. Buen trabajo, e ingenio, le costó al cristianismo llenar el Santoral de ángeles guardianes sustitutivos con nombres distintos ―a veces ni eso, como en el caso del más bien sexista Valentino, genio romano que se transformó en el cursi de san Valentín― e idéntica función, algo más ñoño que Afrodisio, “amoroso”, la adaptación santera de Afrodita Venus. Y es que un santo no es más que un genio en lo suyo.

También es genético el origen del nombre de la capital suiza (en francés, 'Genève'; en alemán, 'Genf'), pero no de la bebida llamada ginebra, ya que ésta deriva del neerlandés 'junever', enebro, planta cuyas bayas sirven para aromatizar característicamente el alcohol fermentado a partir de una mezcla de cebada, maíz y centeno.
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En su implicación sociológica podemos definir al derivado gen (de ‘genus’, procedencia, linaje), como la semilla biológica de las ‘gens’, y cuya función primordial consiste en la "transmisión de los patrimonios por medio de los matrimonios". La gens formó la base del orden social de la mayoría, si no de todos los pueblos prehistóricos de la Tierra, y de ella pasamos en Grecia y en Roma, sin transiciones, generación tras generación, a la civilización.
Gentiles llamaban los cristianos a los que, rechazando ser considerados hijos de la Iglesia, se obstinaban en su orgullo de pertenecer a una gens... aunque los cristianos no pudieron evitar ―sólo lo intentaron en la teoría― que tal pertenencia siga hoy muy bien vista, como denota la gentileza, una exclusiva de la gente de buena familia, aunque no sea el único autopiropo, pues también está lo de generoso, de ‘generosus’, linajudo, noble, gentilhombre, así como genuino, auténtico, fetén, chachi.

«La guerra es el padre y el rey de todas las cosas. A algunas ha convertido en dioses, a otras en hombres; a algunas ha esclavizado y a otras ha liberado» (Heráclito)


En la práctica, el grado de general, fue adoptado en primer lugar por las órdenes monásticas medievales ―los jesuitas continúan en ello―, no utilizándose militarmente hasta el s.XVI, fecha en que recibió esa denominación el comandante en jefe del ejército. Más tarde el rango de mariscal de campo se instituyó por encima de él. General deriva de 'generalis', cuya raíz es 'genus', clase, categoría, y significa, por tanto "de clase alta" o simplemente "con clase", lo demás se sobreentiende: los pobres no tienen clase, sino, como mucho, casta. Cada cosa a su tiempo: cuando más adelante divaguemos ―el tono de estas páginas no da para más― acerca de la etimología y el concepto de ambos términos, "clase", "casta", se verá que la frase que antecede se puede tildar de cualquier cosa menos de maledicente o tendenciosa. Ni tan siquiera de irónica.



«Debemos saber que la guerra es común a todos y que la discordia es justicia y que todas las cosas se engendran de discordia y necesidad» (Heráclito)

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Y a quien desdice de su genealogía, de su alta cuna, degenerado le llamamos los pobres (los cuales, al que desdice de nuestra baja cama, a esa gentuza, le denominamos engendro). Originariamente la gens era el “círculo cerrado de parientes consanguíneos por línea femenina”, pero con el patriarcado se convirtió en la organización propia de los pueblos nómadas, los cuales se agrupan por clanes y estos en tribus bajo el dominio de un patriarca o progenitor. Las gens fueron las primitivas unidades bélicas naturales, por oposición a ‘plebs’, la plebe, amorfa y desarmada, y cuyo derivado gente nos sirve hoy, paradójicamente, para designar al grupo de personas que nos son más ajenos. La Historia acabó arrumbando a la gens en favor de la familia según un proceso que vamos tratando desde distintos ángulos, pero que todos tienen bastante que ver con una cuestión de ‘genitalis’, que dijimos al hablar de la urea.


No podemos dejar de mencionar al ingenuo, derivado de ‘ingenuus’, compuesto de ‘in-genuus’, nacido dentro, es decir, nacido en el país, sinónimo de nacido libre, ya que por lo general los esclavos procedían del extranjero, sea por compra o por captura y botín de guerra. Se le aplicaba al esclavo manumitido y venía a significar algo así como “borrón y cuenta nueva”, aunque realmente, y legalmente, nunca dejaba de estar bajo la patria potestad de su antiguo amo, a quien seguía rindiendo cuentas durante toda la vida. Quizá esté ahí evidente el ingenio epigramático de Marcial cuando dice a sus compatriotas romanos del s.I:
«Prefiero una mujer libre, pero si no la puedo alcanzar, miro a una liberta como segundo lote; coloco a la esclava en el último lugar, pero será primero que las otras si es ingenua.»


Sin embargo, ingenuo ha perdurado como tierna referencia a alguien que “nunca ha salido del cascarón”. Y lo del cascarón nos es más propio a los humanos de lo que suponemos los analfabetos hispanos del latín, puesto que óvulo, esa palabra tan solemne, tan fonogénica, no significa más que huevico o huevín por ser un diminutivo ―como casi todas las esdrújulas castellanas terminadas en ‘-ulo’, ‘-ula’― de ‘ovus’, huevo, el huevo, la célula más grande y visible de la naturaleza: con su núcleo que es la yema ―de ‘gemma’, botón vegetal y piedra preciosa o gema y también Gemma, el nombre propio―; su citoplasma, que es la claraClara ese precioso nombre exclusivamente femenino que viene de ‘clarus’, limpio transparente y terso― o albúmina, de ‘albus’, blanco, el blanco del alba; y su membrana exterior o cáscara, que deriva de cascar, “porque hay que cascarla para com er el contenido” ―idéntico sentido y origen tiene el casco de la armadura, y también de la moto, ojo―, y cascar viene de ‘quassicare’, latín que chapurreábamos el populacho de las colonias, que significa sacudir, golpear. Por lo tanto, ovario viene a ser algo así como cesta de huevos.

Los esdrújulos en ‘-ulo’ como diminutivo tienen divertidas excepciones, como por ejemplo báscula: deriva del francés ‘bascule’, aparato que se balancea, y que antiguamente se decía ‘bacule’; los ingenuos pensamos enseguida que ese balanceo debería, por consiguiente, tener alguna sencilla relación con el báculo. Pues no señor. Resulta que en ‘bacule’ se coló la “s” de ‘basse’, bajo, y con sus buenas razones: ese ‘bacule’ era la contracción de ‘battre’, golpear, y ‘cul’, culo. Así que, por una vez y donde menos podía esperarse, la terminación “–culo” significa lo que a bote pronto parece significar.


Los testículos, faltaba plus, son otra cosa: Este otro esdrújulo diminutivo lo es de testigo, en latín ‘testis’, y tiene el sentido de “testigo de virilidad”, nada menos: de ahí que casi todo en este mundo que vivimos sea una cuestión de testículos o, como también se dice, de ver quien mea más lejos. En cuanto al espermatozoide resulta un compuesto griego de ‘spérma/ spérmatos’, semilla o simiente, que, a su vez deriva de ‘spéiro’, sembrar ―de ahí, claro, esperma, y también espora, y esporádico, hoy con la acepción de ocasional, aunque para los griegos ‘sporadikós’ significara disperso, como de siembra a voleo―, y ‘zoide’, un derivado de ‘zoon’, animal, como el resto del zoo pero con un cierto grado de indefinición en la forma, como todo lo que termina en ‘-oide’, “al estilo de”. En definitiva, espermatozoo o espermatozoide: “especie de, algo así como, parecido a, una semilla animal”. No somos nada. Pura apariencia.


«¿Por qué los hombres peludos y las aves de plumaje espeso son lascivos? ¿Es porque son calientes y húmedos por naturaleza, y para la cópula son necesarias las dos cosas? Pues el calor provoca la secreción y lo húmedo se segrega. Por la misma razón también les pasa a los hombres cojos: pues el alimento les llega en poca cantidad a la zona inferior debido a la invalidez de sus piernas, pero va en abundancia a la zona superior, y se convierte en esperma» (Aristóteles: Problemata, 893b10)

«En un experimento realizado por Martin Boraas de University of Wisconsin en Milwaukee, tomaron un alga (Chlorella vulgaris), que vive casi siempre como ser unicelular, y lo cultivaron aisladamente en el laboratorio durante 1.000 generaciones. Después introdujeron un depredador unicelular flagelado (Ochromonas vallescia) que se alimentaba de ellas englobándolas de manera similar a como lo hacen las amebas. Al cabo de menos de 200 generaciones las algas evolucionaron formando agregados de muchas células para así evitar ser comidas. Con el paso del tiempo el número de células que formaban el agregado de algas se estabilizó en ocho células, número que parece ser óptimo a la hora de evitar ser comidas. Una vez fue retirado el depredador, las algas continuaron viviendo como agregados (¿seres pluricelulares?) de ocho células.
Quizás la aparición de seres de pluricelulares se debió a un mecanismo similar. En este tipo de estudios ocurre lo mismo que en otros campos de la ciencia: responden a ciertas preguntas, pero hacen aparecer otras nuevas»
(http://neofronteras.com: Evolución en 40000 generaciones, 19 de Octubre de 2009)



Sed buenos, si podéis
……………….«. . . porque el pensar y el ser son una y la misma cosa» (Parménides)

22 oct. 2009

De Tesoros, Duendes y Espadas


«Por lo demás, el oro, cobre y hierro, y la plata y el plomo, se encontraron cuando devoró el fuego vastas selvas en las montañas, bien cayendo rayos, o bien los hombres peleando en bosques fuego arrojasen contra el enemigo para atemorizarle; … pues se usaron primero en cacerías los hoyos y los fuegos que las redes para cercar un bosque, y las jaurías que levantan la caza.
Cualquier causa que haya dado principio a aquel incendio, cuando hubo viva llama devorado con un horrible estrépito las selvas hasta la raíz misma, y recocido la tierra con su fuego, arroyos de oro y de plata, además de cobre y plomo, después de haber corrido por las venas encendidas del globo, se juntaron en cavidades; … »
(Lucrecio: De la Naturaleza de las Cosas. Libro V, Los primeros metales: oro, plata, bronce, plomo)

La literatura de Lucrecio es uno más de los ejemplos de la salud mental de los antiguos romanos. Hemos de decir en su honor que pasaron ampliamente de las especulaciones geofísicas de los griegos en particular, y de todas las demás filosofías en general. Les bastaba con suponer, como los sumerios, que el mundo era redondo, un 'orbis', un círculo, el orbe. A ellos de esta tierra lo único que les interesaba era su presente material: las cosechas, los pastos, los bosques y todo aquello que de la tierra se podía aprovechar. Redondo deriva de 'rotundus': rotundo-redondo. Una idea simple del mundo.

Hace casi exactamente dos milenios el filósofo-poeta Tito Lucrecio Caro, al que hoy tenemos el honor de utilizar en la cabecera, suponía que los metales se habían formado a causa de los fuegos provocados “bien cayendo rayos, bien los hombres peleando en bosques”, al quemar “las selvas hasta la raíz misma y recocido la tierra”. Hace dos milenios los romanos en particular y casi todo el mundo en general, incluidos bárbaros, ya creaban maravillas metalúrgicas, y sabían que cociendo determinadas rocas mezcladas con madera como combustible en los ya bastante potentes hornos existentes, era como surgían las diversas clases de metales. Así que, a gran escala, este mismo fue el proceso que supuso Lucrecio que la Naturaleza emplearía en la creación metalúrgica.
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No hace falta darle muchas vueltas al hecho de que muchos de los minerales poseen llamativos colores o formas que despertarían necesariamente la curiosidad y el interés por su posesión en nuestra más antigua parentela. Al fin y al cabo tampoco es una característica humana como para caerse de culo de asombro y admiración, porque ahí tenemos a la urraca, pero no sólo a ella, con su afición a coleccionar cristales, piedras y chucherías de diversos colores, sobre todo azules.
Esta curiosidad hizo que no sólo se escarbara en los yacimientos de sílex, sino también en los de minerales como las malaquitas, de color verde, las azuritas, azul, hematites, rojo, limonitas, amarillo, o cinabrios, rojo-bermellón. Se da la circunstancia de que muchos de esos minerales metálicos, especialmente los que contienen cobre ―malaquita, azurita―, son de vivos colores y su utilización como pigmentos ya era habitual entre nuestros abuelos cromañones.

Aunque el color por excelencia ―como atestiguará entusiásticamente cualquier niño de hoy, al igual que los pintores de las cavernas― siempre ha sido el rojo, quizá por ser así nuestro fluido vital y el de las presas que hemos cazado y consumido hasta hace bien poquito. Es por eso que colorado, que no es más que un derivado del latín 'color' que significa "que tiene color", haya sido sobreentendido durante milenios como "que por naturaleza o arte tiene color más o menos rojo", color este último, el rojo, que deriva del latín 'rufus' y era aplicado básicamente a esa tonalidad de pelo que tantos disgustos ha causado intemporalmente a sus poseedores, hasta el punto de haberse acuñado el despectivo adjetivo rufián para el "hombre sin honor, perverso, despreciable" como derivado de 'rufus' por suponer que en el nacimiento de tales personas ha metido la cuchara el diablo, el cual, como todo el mundo sabe, es rojo rojo colorado aunque no se llame Rufo, es decir, rojo, u otros patronímicos que son astillas de tal palo.
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De Duendes y Dragones
L
a existencia en la naturaleza de oro, plata y cobre en estado nativo y en forma metálica apunta hacia esos elementos como los primeros metales usados. Su color, brillo y tonalidad harían que los relacionáramos con el sol ―como ocurría con el fuego― y la luna, es decir, con los dioses, sin que se desarrollaran teorías coherentes que explicaran los fenómenos observados ni falta que les hizo: Aurora, por ejemplo, era una diosa romana directamente relacionada con 'aurum', con el oro. Los datos que se poseen de las primeras técnicas químicas corresponden a la obtención de metales y vidriados en Egipto, Mesopotamia y China.

Junto con la herencia griega, meramente especulativa (es decir, limitada lo que a los sabios se les ocurría, sentaditos delante del espejo, y sin acercarse al taller a verificar sus ocurrencias), se desarrolló en Alejandría una escuela mecanicista que trabajaba en estrecha colaboración con los metalúrgicos prácticos. En esa ciudad se puede situar el inicio de la alquimia, una especie de ciencia mágica que estuvo en marcha franca hasta que la prohibición eclesiástica y civil cayó sobre los experimentos alquímicos durante los s.XIV y XV, y se recluyó en la clandestinidad de los sótanos de casi todos los potentados, que se negaron a prescindir de aquella I+D+i secreta.

En el s.IV, Nemesio, obispo de Emesa, uno de los representantes más destacados del sincretismo alejandrino, es decir, influido por el mundillo en ebullición que burbujeaba en Alejandría –hoy de primera actualidad por la cinta de Amenabar–, todavía intentaba desesperadamente salvar los muebles paganos del incendio cristiano, y procuraba combinar como dios le daba a entender las ideas cristianas con las platónicas y con las ensoñaciones mágicas extraídas de los antiguos y herméticos misterios:
«A fin de evitar la destrucción de los elementos, el Creador sabiamente ha ordenado que dichos elementos tengan la capacidad de transmutarse unos en otros o en sus partes componentes, y que las partes componentes se descompongan a su vez en sus elementos originales. Así, la perpetuidad de las cosas queda asegurada por la sucesión continua de estas generaciones recíprocas» (Naturaleza del hombre)

Así pues, la alquimia estaba servida en su propia salsa. De hecho, la química, en su larga fase como alquimia, ha seguido conectando hasta casi la Edad Contemporánea el color con la materia coloreada, intentando obtener oro y plata ―a la que llamaban "metal Luna" o "Diana"― a base de aditamentos de plomo, de mercurio, cobre e incluso azufre.

«El oro, verdadero hijo del sol por cuanto es el que más se parece al sol de entre todas las cosas» ―decía Leonardo da Vinci en sus apuntes― «Si lo que mueve a los alquimistas al erróneo intento de producir oro es una grosera avaricia, ¿por qué no van a las minas donde la naturaleza produce ese oro y se convierten en sus discípulos? Allí en la mina no hay mercurio, ninguna clase de azufre, no hay fuego ni ninguna otra clase de calor que el de la naturaleza. Ella le mostrará los filones de oro que se expanden a través del azul lapislázuli, a cuyo color no le afecta el poder del fuego»

Y casi rozando el s.XX, en 1891, Albert Poison, en un curioso trabajo titulado Teoría y símbolos de los alquimistas concluye su estudio sobre los “cuatro elementos” descolgándose con la siguiente tabla:
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AZUFRE…………………………..Tierra (visible, estado sólido)
Principio fijo…………………….Fuego (oculto, estado sutil)

SAL…………………………………..Quintaesencia, estado comparable
…………………………………………al éter de los físicos

MERCURIO………………………Agua (visible estado líquido)
Principio volátil………….……Aire (oculto, estado gaseoso)


«Pan es el hijo de Mercurio; su cabeza y su cuerpo componen el jeroglífico del mercurio de los filósofos, solar y lunar a la vez. La estrella de la derecha es el símbolo de la sal armónica [no será, amónica? Claro que en estos ambientes puede ocurrir cualquier cosa], el tercer componente del Arte (que a menudo es llamado Arte de la Música)»
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:::Que estas cosas se publicaran casi un siglo después de la muerte de su paisano Lavoisier, uno de los padres fundadores de la química, da mucho que pensar acerca de la tozudez de las ensoñaciones humanas.
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También hay que decir, en descargo de buscadores y alquimistas, que la madre naturaleza se muestra a veces especialmente juguetona y se divierte suministrando pistas desorientadoras; por ejemplo, en esta relación entre colores y metales se da la circunstancia de que uno de los sistemas más antiguos de obtención de plata se lleva a cabo a partir del mineral de plomo, la galena, la cual ostenta un intenso brillo gris metálico, y además tiene la manía de ir naturalmente acompañada de algunos kilos de contenido argentífero por tonelada de mineral.
Esta coloración hacía que el plomo fuera confundido también con el estaño, hasta que los romanos, gracias a las investigaciones del viejo Plinio comenzaron a distinguirlos, llamando entonces al estaño 'plumbus album', plomo blanco, siendo 'plumbus nigrum' el auténtico plomo, que se dice vulgarmente.


En el suroeste y sureste de Hispania se localizaron las minas más importantes de plomo del Imperio Romano. Su explotación rudimentaria provocó tales nubes de plomo y tan contaminantes que, a finales de la década de 1990, los análisis isotópicos de los depósitos de polvo en los sedimentos de los hielos polares han determinado que el plomo en ellos depositado procedía de estas minas.


También el plateado mercurio ―llamado así por su peso, su líquida movilidad y su brillo, comparable al de Hermes/Mercurio, dios mensajero de Zeus/Júpiter, y celoso guardián de sus misivas― se halla amalgamado con el amarillento azufre en el rojizo mineral de cinabrio, de 'kinnábari', rojo vivo; también se creía que este mineral, utilizado como colorante, era formado por la sangre derramada sobre el suelo, lo que equivale a dar la sangre la categoría de combustible venoso, lo cual no es una tontería demasiado gorda, al fin y al cabo la sangre trajina con el muy inflamable oxígeno.

Claro que, el hecho de que se “supiera” que la combustión de la madera y la tierra había producido los metales, no significaba que éstos fueran a andar tirados por ahí, al alcance de cualquier piernas. Existían unos diminutos seres subterráneos que, patrullando incesantemente su red de cuevas y galerías, vigilaban para engañar a quien quisiera desentrañar las riquezas subterráneas. Así que todo el núcleo argumental de productos tales como El Señor de los Anillos y similares ni es original ni ha sido ideado ayer por la tarde.

Todavía en la Edad Media ―y en plena era cristiana, no lo olvidemos― se llamaba gnomo a una especie de duende enano, no siempre son sinónimos, que guardaba los tesoros naturales, especialmente los mineros.
Tal palabra ―al parecer acuñada por Paracelso― significa "el que vive bajo la tierra", y está formada por 'ge', tierra, y 'nemonai', habitar. Otro patronímico relacionado sería Gaspar, de 'ge/ga', tierra, y 'para', procedente de, y vendría a significar algo así como "procedente de alguna parte", con el sentido de mensajero o enviado, que por eso se le adjudicó a uno de los tres reyes magos, tan famosos y tan fantásticos como sus traviesos y encogidos familiares.

Relacionado con estos duendes, tan cinematográficos, se halla otro elemento que ha acarreado a los mineros sus buenos berrinches a causa de su aspecto: se trata del cobalto. Conocido prehistóricamente, y utilizado por todo el mundo antiguo para colorear de azul vidrio y cerámica, su color blanco brillante hizo trabajar mucho y en vano a los buscadores de plata centroeuropeos, que lo llamaron 'Kobolt', nombre de un nomo o duende subterráneo al que atribuían el robo de la plata que se veía perfectamente brillando en el suelo entre las rocas... justo hasta el momento en que ellos hincaban el pico. Aquella preciosa "plata", azulada además, se oscurecía de inmediato al contacto del aire y dejaba a los pobres buscadores con un palmo de narices.
Emparentado con Kobolt, pero con otra especialidad, estaba el duende 'Nikolaus', o, 'Nickel', como era familiarmente maldecido por los mineros que iban en busca de cobre y se encontraban, de idéntica frustrante manera, con el cambiazo amañado por este astuto diablillo, un niquel que hasta tiempos recientes sólo ha servido para rebajar la ley de las monedas y timar al contribuyente.

Duende significó antiguamente, hacia el s.XII, "dueño de una casa", y es contracción de "duen-de casa". No adquirió hasta 1500 el significado de "espíritu travieso que se aparece fugazmente", y más comunmente, "el espíritu que se cree habita en una casa", que es similar a la significación de trasgo, del antiguo verbo 'trasgreer', derivado del latino 'transgredi', excederse, cruzar, “pasarse”, que se dice ahora, transgredir.

Los metales ya extraídos y trabajados, en cambio, son guardados por los dragones los cuales, como todo el mundo sabe, matan con el aliento y con el fuego que exhalan por ojos narices y fauces. Parece ser que tras la defunción de Roma se dio el caso de ladinos ahorradores que, jugándose el pellejo, ocultaron sus pertenencias “en metálico” en el interior de cuevas de las que procedían emanaciones sulfurosas capaces de provocar de todo y de todos los colores, y de acabar con cualquier bicho viviente despistado que se aproximase. Y los pobres dragones cargaron con el mochuelo.
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«Al presente diré qué cosas sean aquellos sitios y funestos lagos que se llaman avernos; este nombre al principio les dieron con motivo del efecto que causan, porque matan en general las aves; cuando vienen volando por encima de estos sitios directamente, de volar se olvidan y, perdiendo sus alas y resortes, torciendo la cabeza caen sin fuerzas precipitadas en la tierra, o agua, quizá conforme a la naturaleza de aquel averno que les da muerte…» (Lucrecio: De la Naturaleza de las Cosas. Libro VI, Los Avernos)
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Situado en las cercanías de Roma, el lago Averno ocupa un cráter volcánico de 1 kilómetro de diámetro; se le atribuía una profundidad insondable y se sabía de buena tinta que en él estaba la puerta de acceso utilizada por Ulises y Eneas cuando sus visitas a los infiernos. Abonada por la etimología popular del nombre (el ‘avernum’ latino, del ‘aornos’ griego, sin pájaros), esta sabiduría popular se mantuvo incluso después de que Agripa abriera un túnel entre el Averno y el Lucrino, una zona que se llenó de inmediato de villas de recreo (la especulación urbanística no la han inventado el señor Banús ni el señor Gil), con lo que la vía Apia se ponía imposible los fines de semana.



Una vez que, con el rutilante triunfo del cristianismo, la entrada directa a los infiernos fue clausurada, se jubiló al Cancerbero, cerrándole la boca con un buen retiro en plan constelación celeste, y la jurisdicción de aquéllos pasó a depender del diablo y su basca. Los dragones pasaron entonces a ocuparse de las faenas de superficie. Que es a lo que íbamos.
Pero sigamos avanzando, aunque sea a costa de retroceder un poco, para tomar impulso y saltar al siguiente apartado.

«Conoció Caín a su mujer, que concibió y parió a Enoc. Púsose aquél a edificar una ciudad, a la que dio el nombre de Enoc, su hijo»
«A Enoc le nació Irad, Irad engendró a Maviael; Maviael a Matusael y Matusael a Lamec. Lamec tomó dos mujeres, una de nombre Ada, otra de nombre Sela. Ada parió a Jabel, que es el padre de los que habitan tiendas y pastorean. El nombre de su hermano fue Tubal, el padre de cuantos tocan la cítara y la flauta. También Sela tuvo un hijo, Tubalcain, forjador de instrumentos cortantes de bronce y de hierro»

Así presenta la Biblia a Caín, como el primer constructor de ciudades. Y de la estirpe de Caín nos viene la civilización militante en manos de la metalurgia, y la música que exalta los sentidos y envía el alma de patitas al infierno. También son sus hijos los pastores perversos, todas aquellas tribus ganaderas que rivalizarán con el Pueblo de Dios.
De hecho, Caín no tuvo otro remedio que darse de alta en el ramo de la construcción, modalidad autónomos, puesto que de acuerdo a las textuales palabras que le dedicó Jehová (Génesis 4:11):
«... Maldito serás de la tierra, que abrió su boca para recibir de mano tuya la sangre de tu hermano. Cuando la labres, te negará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante»

Hay que reconocer que, tal como estaba la vida de achuchada por aquellos génesis, Caín no salió mal librado en el lance, pues fue obligado a adoptar una profesión de brillante porvenir (hasta la Crisis y sus burbujas); una profesión, por otra parte, cuyas características ambientales de movilidad geográfica dejó aquí descritas Jehová escueta pero elocuentemente. Damos fe.


Batiendo el cobre Hacia el año 3000, los sumerios habían alcanzado ya el culmen de la metalurgia de la Edad del Bronce. Sabían que el cobre se podía obtener tostando ciertos minerales, que se podía fundir y moldear, así como que se podía alear con estaño para producir el bronce, más duro y fusible. El equipamiento de los egipcios era similar, si bien no emplearon el bronce o los vehículos de ruedas hasta ser invadidos por los hicsos hacia el año -1750. Y el producto de estas artes técnicas era controlado y distribuido por una organización gobernada por los escribas sacerdotales.
Diríase que los escribas sacerdotales de Mesopotamia y Egipto registraban básicamente aquellas disciplinas que habían desarrollado ellos mismos en el ejercicio de sus obligaciones: las matemáticas a fin de llevar la contabilidad y realizar mediciones de los campos, la astronomía para la confección de calendarios y pronósticos astrológicos, la medicina para curar las enfermedades y expulsar espíritus malignos. Hasta épocas posteriores rara vez registraban algún conocimiento relativo a artes químicas, metalurgia o teñido, por ejemplo. Éstas pertenecían a otra tradición, la de los artesanos, que transmitían al oído y en voz baja sus experiencias a los aprendices a su cargo.
La brecha existente entre las tradiciones funcionarial y artesanal, la incomunicación entre sacerdotes y capataces de taller, ya era clara en aquella época, en la que los primeros miraban ya ―y seguirían haciéndolo por milenios hasta la aparición del fontanero, rey de la creación artesana― clara y despectivamente por encima del hombro a los segundos.

Pero los primeros tratamientos metalúrgicos sólo comienzan hacia el quinto milenio, y estarían relacionados con la obtención de armamento a base de ensayos con nuevos y exóticos pedruscos: De hecho cobre, 'kypros', significaba originariamente "piedra de Kypros", es decir, "piedra de Chipre". Por otro lado, el fuego era un sistema frecuente de manipulación y tratamiento tanto de la madera, como de la piedra, como en la disgregación de la roca matriz en cantera.
Así que, bien por este camino ―las primeras trincheras abiertas en busca de piedras adecuadas fueron abiertas por neandertales y cromañones hace 80.000 años―, o bien por la inclusión de trozos de mineral en la formación de los hogares donde se mantenía constantemente encendido el fuego comunal, de una u otra manera el oro, la plata y el cobre acabarían derritiéndose y brillando con luz propia ante los encantados ojos de nuestros remotos progenitores.

La palabra plata tiene el mismo sentido y raíz que plato, ambos derivan del griego 'plátos', a través del latín 'platus' plano, ancho, y hace referencia a la placa redonda, forma en que los habitantes de la península veían el 'argentum', que es como llamaban los romanos al preciado metal, quizá una forma primitiva del dinero argentífero, como el oro lo era en barras o en lingotes.

(Crisol para la fundición de bronce hallado en La Lora palentina. (Revista de Arqueología, enero-1988)

Parece que el primer metal obtenido por tratamiento metalúrgico fue el cobre. Sus afiladas formas hicieron las delicias de todos los guerreros de hace cinco o seis mil años y supusieron una verdadera revolución en todos los aspectos de la vida, dando nombre, incluso a esa época, el Calcolítico o Edad del Cobre.
En todo caso, el bronce ―que recibe su nombre de la ciudad de Brindisi, 'æs Brundusi', metal de Brindisi, sede de las más famosas fundiciones―, fruto de la fusión de cobre y estaño, y de obtención más fácil aún que la del cobre metálico, por fluir a temperatura aún más baja, agudizaría y aceleraría toda la conmoción social levantada por la aparición del cobre mil años atrás.
La introducción del estaño en el proceso del cobre surgiría de forma casual, a partir de algunos minerales que contienen cobre y estaño de forma natural, como la estannina. Aunque también pudo deberse a la introducción, también inintencionada, de trozos de casiterita, el principal mineral de estaño, entre el combustible del horno a causa de su color y textura: 'stagnum' significa pantano, tierra pantanosa, por lo que estancamiento y estanque son también derivados suyos.

(Horno ibérico de Alcalá del Júcar, Albacete. Aunque se trata de un horno cerámico, los requerimientos en cuanto a temperatura son bastante similares a los del bronce. (Revista de Arqueología, diciembre-1987)

Hammurabi, rey de Babilonia (-1728, -1686), se digna a describir en una carta el trabajo de los metales, lo cual indica la extraordinaria atención dedicada a la metalurgia. Y no trata de grandes operaciones militares para conquistar yacimientos, sino que entra en los pequeños detalles como, por ejemplo, que en las horneadas «hay que cortar 7.200 trozos de madera con un volumen de 1/3 a 1 litro y una longitud de 1 a 2 metros. No deberá cogerse madera seca sino verde. Además, hay que preocuparse de que los ‘qurqurru’ (obreros, palabra que vete a saber cómo se pronunciaba, pues las vocales gráficas fueron una invención bastante tardía) no estén ociosos»

Por el mismo motivo, causa cierta ternura ver a todo un rey asirio, que se dice pronto, a Samshi-Adad I, ocuparse personalmente de recordar desde Mari (Mesopotamia) en una carta enviada expresamente al efecto, "aquel pedido" de «10.000 clavos gruesos de 48 g de peso cada uno». Una carta que constituye la primera mención escrita de la existencia de clavos de metal (bronce o cobre), aunque se sepa de su uso desde mucho tiempo atrás.

Y es que, por primera vez armas, herramientas y utensilios no tenían que ser tallados en los trozos de los cortes buenamente utilizables de rocas, árboles o esqueletos, con un gran porcentaje de desperdicio. Ahora las piezas podían ser moldeadas a voluntad en forma y tamaño.
Pero, sobre todo y ante todo, ocasionó un trastorno que transformó la vida humana en mayor medida aún que la aparición de la agricultura: el metal podía ser guardado, sin deterioro ni putrefacción, en lingotes de tamaño bastante reducido, fácilmente apilables, totalmente aprovechables y reutilizables, operaciones inviables con el ganado o con los cereales. Y constituía, sobre todo, un cómodo y práctico objeto de trueque para la obtención de éstos, o de lo que fuera.

Todo ello dio paso a una situación que se suele omitir caballerosamente a la hora de elogiar y nunca acabar el progreso técnico y cultural: el metal podía ser atesorado, monopolizado y guardado celosamente por unos pocos, naturalmente, por los más fuertes. Nacían así las primeras civilizaciones y los primeros imperios:
"Erario" tiene una larga historia, la misma que la de los metales, pues ‘aerarium’ deriva de 'as', “unidad monetaria fundamental de los romanos”, que a su vez deriva de ‘æs, æris’, metal, propiamente cobre o bronce, y específicamente dinero (puesto que ‘metallum’, nuestro metal, era el nombre reservado por los latinos para la mina en bruto). Es el mismo as de nuestras barajas, que a su vez desciende del as de los prehistóricos dados. Como “Era”, “época larga”, también deriva de 'as'. Y es que, lo de que el tiempo es oro no es precisamente un descubrimiento del capitalismo.
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Este nuevo terremoto fue origen de gran parte de las desaforadas exploraciones en busca del escaso estaño, desde los peligrosos Balcanes hasta las remotas costas gallegas e inglesas, a partir de las fenicias. Tal seísmo recibiría el nombre de Edad del Bronce, siendo el señuelo de un enorme progreso en las técnicas de la navegación y en la popularización del alfabeto, así como de un importante avance en el “progreso” de la esclavitud, tanto para todas aquellas tribus que habían tenido la suerte de habitar en los lejanos territorios mineros, como para la forzosa mano de obra que, para custodiar tanta riqueza concentrada, levantaría todas aquellas urbes imperiales cuyas famosas ruinas hoy contemplamos maravillados.
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Como muestra de un poder del metal que hoy nos resulta inimaginable, se sabe que sobre el primer templo cristiano de "las Américas", en La Isabela, Colón hizo colocar, traída desde Castilla, una descomunal campana que hacía tocar con toda la frecuencia que le era posible. Esta campana y sus tañidos, que se extendían muchas leguas a la redonda hacia el interior de la jungla, provocaron la fascinada inmovilización, tan inesperada como sorprendente, de los indios rebeldes.
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No obstante, el apelativo "Edad del Bronce" no deja de ser más bien simbólico, algo así como cuando se habla de los “países ricos” refiriéndose a nosotros. En el muy civilizado y boyante Egipto, como ejemplo extrapolable, el uso del bronce fue introducido por mercenarios del Norte, y los faraones y los jefes militares egipcios protegieron su aristocrático torso en la guerra mediante cotas hechas con escamas de bronce o cobre. Sin embargo, los guerreros siempre lucharon casi desnudos. El cobre y el bronce eran tan caros y escasos que se dedicaban en exclusiva a la fabricación de armas y ornamentos. Y las herramientas de uso normal continuaron siendo de madera combinada con piedra hasta muchos siglos después del conocimiento del hierro.
Tampoco se acuñó dinero hasta el s. −V, en la Dinastía XXVI, con la llegada de moneda griega, y ello fue debido a la exigencia por parte de las tropas mercenarias de esa procedencia, contratadas por los faraones, en recibir su paga en efectivo contante y sonante. De hecho en Egipto prácticamente nunca se acuñó más dinero que el necesario para efectuar esas liquidaciones.


Pero veamos la cara positiva del Bronce, que es la otra cara de la moneda del trabajo: la libertad, la siempre relativa, condicionada y acorralada libertad. Y en este aspecto, los forjadores prehistóricos del bronce son los primeros especialistas de que se tiene noticia en la historia de la humanidad. Al igual que más tarde los herreros, aunque con mucha menor categoría social que éstos, son especialistas de plena y exclusiva dedicación; son los primeros autónomos a tiempo completo; no cultivan ni recogen alimentos, sino que los obtienen a cambio de los productos de su propio trabajo.

Aunque anteriormente habían existido, y seguirían existiendo después, mineros del pedernal, probablemente combinaban la minería con la agricultura y el pastoreo; son especialistas pero no tienen una dedicación ni plena ni exclusiva.




Pero el empleo regular del cobre o del bronce sólo fue posible en la medida en que se organizó un comercio regular. Existen bastantes pruebas de la existencia de comercio, es decir, de intercambios o trueques entre un grupo y otro, en la Edad de la Piedra. Pero eran siempre artículos de lujo: si no únicamente conchas o "adornos" parecidos, al menos eran cosas sin las que los hombres podían pasar fácilmente. Una comunidad de la Edad de la Piedra solía ser autosuficiente: En cuanto una sociedad necesita del cobre o del bronce para las armas y las herramientas, ya ha sacrificado su autosuficiencia y se encuentra obligada a depender del comercio para sus necesidades. (Gordon Childe, La evolución social)
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La Edad de los Hierros
H
acia el año -800, en Europa central y septentrional el hierro empieza a sustituir al bronce. Estas regiones estaban habitadas por celtas y germanos, pueblos que se organizaban en tribus y familias, para estructurarse luego en estirpes. Durante el paleolítico superior los miembros de las diferentes familias poseían aún idénticos derechos, pero ahora empieza a generarse una clase aristocrática, cuyo liderazgo ejerce el caudillo. Son los frutos de los metales.

Los celtas se asientan durante la primera edad de hierro en Alemania central y meridional, Baviera, Württemberg, Baden, Turingia y el Alto Palatinado. La cultura que desarrollan recibe posteriormente el nombre de La Tène. A ésta le había precedido la época de Hallstatt, en la alta Austria. El surgimiento de esta cultura giró en torno a la fabricación del hierro.

Otros mil años después, hacia el año −1000, entraríamos en una plena "Edad del Hierro" de la que básicamente aún no hemos salido. Conocido en estado meteorítico desde la más remota antigüedad, era considerado como un regalo de los dioses ―los egipcios lo llamaban "cobre del cielo"―, y si bien es cierto que los primeros objetos de hierro fundido, hallados en Anatolia, en la actual Turquía, están datados entre los años 2500-2300, su técnica fue un celoso secreto militar ―una de las características básicas de la tecnología y el progreso― durante otro largo milenio.

El hierro se emplea por primera vez en el Indostán, Mesopotamia y mesetas del Asia Menor en el s.–XXIII, en progresiva sustitución del cobre en la fabricación de aquellos utensilios en los que importa más la dureza que la forma, como en cuchillos y armas. Hasta el s.–XVI los hititas no descubren en Anatolia la fundición del hierro, y el poderío de este pueblo, una comunidad marginal en todas las demás actividades, estuvo fundado en él, utilizándolo en sus conquistas y vendiéndolo a peso de oro en mercados, mercadillos y grandes superficies.
Pero decir "a peso de oro" es decir poco. Para hacernos una idea: los hititas poseían una unidad de peso para los minerales, llamada ‘mina’ ―y origen de la denominación de las minas o yacimientos minerales―, equivalente a 505 gramos; y en sus transacciones el valor atribuido a los metales era el siguiente: 1 mina de hierro = 5 minas de oro = 40 minas de plata = 2.400 minas de cobre.

La elevada temperatura que debe alcanzar el mineral de hematites antes de liberar el ansiado metal, así como el complejo proceso subsiguiente hasta llegar a la espada final, hizo que hasta el s.−XIII su técnica no empezara a difundirse. Su uso y producción siempre ha estado muy controlado por todos los poderes del mundo.
Los hebreos, por ejemplo, padecieron de muy mala gana tal control, que en su zona era ejercida por los hábiles y adelantados filisteos. Éstos dominaban Canaan a base de prohibir la tenencia de cualquier objeto de hierro en la zona. No es de extrañar, pues, que la Biblia atribuyese la invención de la metalurgia a la descendencia maldita de Adán. Ya hemos visto como Tubalcain, "forjador de instrumentos cortantes de bronce y de hierro" era uno de los séptimos tataranietos de Caín.

El del hierro y su forja era un mundo aparte, incluso entre los mismos metalúrgicos. Los meteoritos representaban una de las evidencias (aparte de los sueños o la locura) de que los seres celestes o dioses existían, y moraban allá arriba: eran otra demostración del mensaje o semilla divinos. La ciudad de Galación poseía un famoso aerolito o piedra negra del templo del Sol, sobre el que Heliogábalo había sidoproclamado emperador de Roma. Y la piedra negra de La Meca ―y estamos hablando ya del siglo VII, casi en la Edad Media― es un aerolito ovalado que está empotrado en el muro del santuario de la Kaaba, procede del Paraíso y fue un regalo del arcángel Gabriel a Adán; un recuerdo de algún viaje de visita a los recién desterrados.
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La modernísima palabra siderurgia, sin ir más lejos, está formada por los términos griegos 'sideros' y 'ergon'; 'ergon' es significante de obra y origen de la ergonomía, ciencia, o así, que se preocupa de la relación entre la fisiología del trabajador y las herramientas que maneja, y que proporciona muy buenos ratos en las reuniones de los sindicatos con la patronal. En cuanto a 'sideros', se refirió durante muchos siglos al único hierro conocido, el meteorítico, que servía para producir joyas y armas a base de talla, más caras y preciadas que el oro mientras no se descubrieron las vetas del mineral terrestre.
Éste es tan distinto en apariencia a aquél, que no sabemos cuanto se hubiese retrasado la aparición de la metalurgia ferroso-férrica de no haber mediado la natural curiosidad que despertaban esas chocantes rocas tan similares a las existentes en la región de Magnesia, y cuyo toponímico dio origen a la palabra magnetismo y sus derivados. Por eso los latinos llamaban 'sidus, sideris' a las estrellas, patria de los meteoritos, y ese es el motivo del estrecho parentesco lingüístico entre el espacio sideral y la industria siderúrgica.

La palabra imán llegó al español en los tiempos del descubrimiento de América copiado del francés 'aimant', que significa diamante por deriva del latín 'adamantis' y por comparación con la dureza de las piedras magnéticas. Prueba de nuestra honda raíz agropecuaria, diamante significa propiamente indomable, pues 'adamantis' se copió a su vez del griego 'adámantos' que era un derivado negativo de 'damáo', domar, domesticar… adaptado, a su vez del sánscrito 'damayati'. En contra de las apariencias, el título musulmán de Imán de los Creyentes, el que dirige la oración entre los mahometanos, tiene una raíz totalmente ajena, pues deriva del árabe 'imâm', jefe.


Porque hierro deriva más propiamente de las herramientas que se fabrican a base del terrícola material. Hierros, en realidad se llamaban a las armas fabricadas con un determinado mineral y una determinada técnica muy secreta: no olvidemos la gran autoridad de los druidas, los herreros célticos, intérpretes del derecho divino y custodios de la sabiduría popular, además de augures y adivinos. Ni a los cíclopes pre-helenos, descendientes de Brontes (trueno), Estéropes (relámpago) y Arges (rayo), y famosos forjadores de metal cuya cultura se había extendido desde los Balcanes hasta la Sicilia prehelénica, y llamados así porque ostentaban un ojo tatuado en el centro de la frente como una marca de clan; y también en el sentido de que los herreros se cubren con frecuencia un ojo con un parche para evitar las voladoras chispas. (Robert Graves: Los mitos griegos)

Así pues, el "utensilio" dio el nombre a la materia originaria, y no a la inversa: hierros, para las armas, herramientas y herraduras, para los instrumentos complementarios. Aferrar o aferrarse, primeramente fue término náutico, procedente del castellano 'fierro', con el muy "marinero" significado de agarrar, sujetar con hierros o anclas en el abordaje.
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También el acero, cuando la industria férrica se perfeccionó lo bastante para su obtención, recibió su designación de la propiedad fundamental para el uso al que se destinaba: 'acies', filo. El que griegos y romanos hubieran relacionado a los meteoritos con los dioses y no con los puntos de luz que veían brillar a lo lejos, hace que éstos recibieran otros nombres, de independiente significación: 'aster', según los griegos, y 'stella', por los romanos ―nuestros astro y estrella―, mientras que echaban mano del adjetivo sideral para relacionar el influjo de los astros-dioses con la vida humana. Claro que no todos los astros, por el mero hecho de serlo, tenían derecho a pertenecer al Olimpo de los Inmortales, la gran mayoría de ellos son denominados planetas, del griego 'planétes', vagabundo, errante.


El acero se diferencia del hierro convencional por contener aquél menos de un 1,5% de carbono, aspecto que le hace forjable, aunque es preciso que tenga como mínimo un 3% para poder darle temple. En los hornos estudiados de la Palestina del primer milenio se enterraban las barras de hierro en lechos de carbonilla durante una semana sometiendo al conjunto a temperaturas de unos 1000ºC. Se comprende que no abundaran precisamente las herramientas de acero. Su fabricación estaba pensada para el armamento, y el precio de éste tampoco estaba al alcance de cualquiera. Sargón II de Asiria (muerto en el -705) poseía lo que entonces era un famoso tesoro, el depósito de unas 175 toneladas de hierro en barras y cadenas. La soldadura no sería inventada hasta el -692 por el escultor griego Glauco, de Quíos.
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Estos son mis poderes
«Nunca derraméis sangre en el templo. El líquido que se debe llevar a los dioses es el agua de mar, porque en el mar comenzó la existencia de todo lo vivo y lo inerte. También portad oro, por algo es el metal más hermoso y el patrón de medida del valor de todas las cosas» (Pitágoras: Discurso sagrado)
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A pesar de su enorme antigüedad, la palabra tesoro, del griego ‘thesauros’, para desencanto de los cazadores de etimologías entre los cuales me cuento, no deriva de Teseo ni de Minotauro –aunque parezca un lúbrico cruce de ambos– ni de ningún otro personaje similar estupendo, sino que el imponente thesaurós resulta ser un griego sosito que significa, caudal, montón, pila, acumulación, colección, y cosas así de prosaicas, y cuya humilde raíz significaba algo así como poner, colocar.

Y es que desde el descubrimiento de los metales preciosos (todos lo son en un momento u otro: precioso, aparte de un piropo maternal, significa de mucho precio) hasta la acuñación de monedas, el atesoramiento pasó por una fase de "lingoteo". En Asia Menor y Egipto el metal circulaba bajo la forma de lingotes, de placas y de anillos, a todos los cuales se acabó poniendo una estampilla que garantizaba su pureza. Pero nunca se llegó a la acuñación de monedas, invención reservada a las civilizaciones más occidentales.
No obstante, la gente rica prefería dejar sus lingotes a buen recaudo en los templos. Los sacerdotes, como ocurre hoy con los bancos, no dejaban quieta la preciosa chatarra, y sus préstamos a los navieros y al Estado (estamos refiriéndonos a Grecia), que en Atenas sobre todo venían a ser la misma cosa, forjaron la magnificencia que sigue deslumbrándonos.

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El así llamado Tesoro de Delos (caja de ahorros y monte de piedad, en el pleno sentido del lema, de la muy marchosa Confederación ateniense) y la Bolsa de Wall Street conservan el aspecto familiar de quienes comparten casi todo su ADN. El que los griegos fundieran sus estatuas en oro, plata y marfil –las famosas crisoelefantinas– explica el desmedido amor por sus dioses, más que a la inversa: esas estatuas constituían el equivalente de las reservas de oro de los actuales bancos nacionales, y el templo su caja fuerte.
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«Todas las cosas se cambian en fuego y el fuego en todas las cosas, así como las mercancías por oro y el oro por mercancías»
(Fragmento de Heráclito, como botón de muestra de la influencia de la pedestre vida cotidiana en la aparentemente abstracta y divina inspiración filosófica)
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Hay que comprender que un robo a semejantes bancos no era un delito civil, era un sacrilegio que las Furias al servicio de los dioses no estaban dispuestas a dejar impune ni tras la muerte. Por otro lado no olvidemos que, desde el big-bang hasta el reinado de Napoleón, todas las funciones de los Gobiernos en relación con sus súbditos, siempre y cuando no estuvieran relacionadas con la guerra (educación, sanidad, orden… ), estaban a cargo de las iglesias y sus sacerdotes.



Moneda, o mejor dicho, en latín, 'Monēta', era uno de los sobrenombres que los romanos daban a la diosa Juno, Juno Moneta, anteriormente conocida como Hera, o Hestia, dueña y señora del sexto mes del calendario y esposa de Júpiter.
Bien, pues a pesar de lo dicho acerca de la actividad financiera de los templos y los dioses, resulta que esta buena matrona nunca tuvo en absoluto nada que ver con la pasta gansa del Capitolio, ni en su templo capitolino se acuñó ni guardó jamás de los jamases moneda alguna.
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La pobre diosa tuvo la mala suerte de que junto a su casa se instalase una fábrica de moneda, la primera de Roma, la que acuñó su más antiguo numerario. Pero como no se podía esperar hasta el año mil quinientos y pico, a que los hispano-árabes universalizaran la palabra ceca, o 'dâr as-sékka', como ellos se empeñaban en nombrar a la "casa de la moneda", el edificio acuñador romano hubo que conocerse como la casa donde la Moneta, un sistema bastante habitual en la toponomía. Y encima, los golpetazos de las prensas de acuñación tuvieron que representar una molestia de tres pares de sextercios, por decirlo finamente, para su divina divinidad que siempre se caracterizó por una mala uva bastante agria.
Moneta es como se conocía a la diosa en su advocación de "hacer pensar" ( 'moneo' es un verbo que tiene entre sus muchos derivados, vocablos tales como monitor, mostrar o amonestar). "Juno Monitora" era una deidad orientadora cuyo equivalente cristiano sería Nuestra Señora del Buen Consejo, quien no parece que ejerza sus competencias mucho más allá del barrio de Madrid donde reside, aunque allí tenga toda la calle en propiedad. ¿Habrá alguna relación entre las amonestaciones que la Iglesia exige realizar a la previa celebración de los esponsales, y el edificio colindante con la morada de la diosa Juno? No puede ser. Imposible.
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No obstante, los romanos nunca contabilizaron sus caudales con este término, moneta o monetario, y preferieron utilizar 'pecunia', derivada de 'pecus' (cabeza de ganado), demostrando etimológicamente que las reses sirvieron de circulante en el período anterior a la moneda metálica, y de donde deriva, evidentemente, nuestro pecuniario pecunio. En castellano no se empezó a usar hasta que las Cruzadas, allá por el 1200, hicieron fluir el vil metal por las arterias occidentales, que para eso se montaron.
'Pecunia' que no hay que confundir con 'peculium', nuestro peculio, término que, si bien es otro derivado de 'pecus', los romanos se tomaban el cuidado de distinguir muy claramente el uno del otro, cosa que nosotros no hacemos: peculium era la cantidad de dinero que se pagaba como salario, o regularmente, a una persona que no podía poseerlo legalmente; los pagos a un esclavo, por ejemplo, o el patrimonio de un niño que percibiese intereses o dividendos, suponía su disfrute pero no su propiedad.
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Giges, rey de Lidia (en la Grecia "turca"), o Ardis, su sucesor, pasan por ser los creadores de la moneda metálica acuñada, a principios del s.-VI, al ocurrírseles estampar figuras de cabezas de animales afrontadas en uno de los lados del circulante almendroide en uso, que aquí era de electro, una aleación variable de plata y oro, y origen del eléctrico término electrón. En -550 el rey Creso los emitió de oro puro, las creseidas; no le quedaba otro remedio, pues a este pobre monarca, inversamente a lo que vimos que ocurría con las faenas de los duendes, se le volvía oro todo cuanto caía en sus manos.
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Casi inmediatamente a continuación del invento lidio, se emprende la acuñación en la Grecia europea, siempre en moneda de plata y conservando al principio la forma almendroide. La unidad metálica primitiva de Grecia, anterior a la instauración de la moneda acuñada, era el 'obolós', el óbolo, término que, a causa de la íntima relación mencionada del oro con la religión, quedaría por siempre como aportación en metálico de los fieles al sostenimiento del culto. Una aportación pequeña, porque la inflación es una rémora insaciable que se adhirió a la moneda, sangrándola desde el mismo momento del nacimiento de ésta en forma dracma (6 óbolos).
Pequeño caudal residuo de pagos efectuados con monedas más respetables, las vueltas (la frase más repetida a un niño, y la más temida: "¡y no te olvides de las vueltas...!!!", pues el niño es un ente que, por definición, siempre tiene la cabeza en otro continente), las monedas pequeñas que se acumulan en vasos, o frascos o, como en el siglo XVII, en alguna sonora calderilla que acabaría siendo la denominación de cualquier perra chica, o perra gorda, como llamaba la guasa popular al borroso león que figuraba, poco, en las dos últimas monedillas de la fila. Calderilla que, siguiendo la tradición griega del óbolo, reservamos para el cepillo de la misa o el pobre de la esquina... aunque ahora los "pobres" ya no dicen que les des una limosna por amor de Dios, sino que les dejes un euro para el autobús.
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Una anécdota simpática: en farmacia se utiliza una unidad de peso denominada escrúpulo, diminutivo de 'scrupus', guijarro pequeño y puntiagudo, y que pesa dos óbolos. Las filosofías para luego, en el bar. Y si se acaba este tema, ahí va otro: Hasta Filipo de Macedonia, padre del Alejandrote, el oro y el electrón solamente se utilizaron para el pago de mercenarios.

La segunda etapa del florecimiento monetario corresponde a Roma, cuya moneda se fue extendiendo entre los s.-II y V. El primitivo circulante romano consistió en un lingote informe de bronce con peso de una libra, 237 gramos, de nombre 'æs rude', el "as" en bruto mencionado atrás. Hacia el año -450 ciertas multas todavía se consignaban en cabezas de ganado (de ahí la persistencia del pecunio y el peculio mencionados), y se sabe que un buey se evaluaba en 100 ases , o sea 27,3 kilos, o sea un 'talentum'; dicha equivalencia recibía el nombre de 'centupondium'..., y ahora a continuación pasaremos a regodearnos, aunque sea sólo un poco, con el tema. Que no es para menos.
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Y Talentos y Talantes
Duraba aún la Edad del Bronce, sería como hacia el s.-XVII, cuando en algún lugar del entorno de la impía Babilonia, como no podía ser por menos, a algún pecador irrecuperable se le ocurrió equiparar el valor de un buey a un peso determinado, bien de oro o bien de cobre. El ingenioso invento, en forma de circulante constituido por esos lingotes de cobre o bronce, adquirió en seguida un desarrollo insospechado entre los pueblos ganaderos. Tenía la forma de la piel de dicho rumiante sin las engorrosas extremidades (es el aspecto atribuido a la Península Ibérica, y ello puede que sea el motivo de su culo inquieto), y medía 60x35 cm, con peso de 25 a 30 kilos, según las regiones. El lingote de oro, también con el pecuniario valor de un buey, adoptaba la forma almendroide y su peso era de 8,3 a 8,5 gramos. Ejemplares de ambas especies se han encontrado desde Cerdeña hasta Asia Menor. Y su nombre era, entre los pueblos griegos, 'tálanton'.
Hecha la presentación, se puede decir seria y técnicamente que los tesoros tenían una unidad de medida específica, se llamaba… talento. Voluntaria o no, qué soberbia ironía.
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«Los hombres poseedores de dinero, como los antaño favorecidos por una noble cuna y un título importante, se imaginan indefectiblemente que el respeto y la admiración que inspira su dinero son realmente debidos a su sabiduría o personalidad» (John Kenneth Galbraith, El dinero)






Ocurre que el único talento que contaba en la antigüedad era el 'tálanton' griego; heredado de los babilonios y antecesor del 'talentum' romano, es un término que primitivamente significaba “balanza”, luego “cierto peso de oro o plata” y más tarde una moneda. Por cierto, tampoco durante la Edad Media, ni hasta bien avanzado el año 1500 en nuestro cristiano mundo, había otros talentos conocidos que los de aquella parábola en la que, en plan chocante y curiosamente especulativo, Jesucristo aconseja a sus seguidores mover productivamente la pasta. De hecho, el actual sentido de “capacidad, dotes naturales”, del talento, deriva de las metáforas inspiradas en la mencionada parábola, y no se empieza a utilizar corrientemente hasta el s. XVI, a la vez que otro sublimado, más que derivado, del talentum: el “talante” (el dichoso talante, por dios y la pata del buey). ...
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Unidad ponderal de Grecia, tomada de Babilonia, con peso de 25,5 Kg. El talento se dividía en 60 minas de 425 g. En Atenas, el dracma equivalía, al principio, a 1/70 de la mina (6,07 g) y más tarde a 1/100 (4,25 g). Aunque no tenía el sentido de exclusividad, prácticamente sólo se usaba en la medida de metales preciosos o amonedables (oro, plata y cobre).

Como la mayoría de las unidades (palmo, pie, codo, braza, paso…) el talento se dimensiona en función del cuerpo humano, y viene a ser una medida de su fuerza: el “talento” era el peso en oro o plata que podía cargar un hombre; por eso era variable en cada territorio, oscilando entre nuestros 25 y 30 kilogramos. Lo dicho: Toda una imagen filosófica. Casi una alegoría.

Los talentos nos llevan directamente a los tesoros en que se amontonaban, ellos a las minas de donde procedían, desde aquí al trabajo que los arrancaba, y de él al esclavo que les dio la vida.
Mientras no existió la esclavitud no fue posible la riqueza desmedida de unos pocos sobre los demás: no es posible atesorar ganado, ni grano, ni aceite. Su naturaleza perecedera y necesitada de múltiples atenciones y espacio, así como su desmedido volumen, lo impiden.
Ganado y grano, aceite y vino, tienen en común con el oro o la plata su escasez. Sin embargo, el oro y la plata tienen la inmensa ventaja de su mayor consistencia y durabilidad, pero sobre todo la complicada accesibilidad de su extracción natural, lo que aumenta progresivamente su rareza. Esta es una condición esencial para que cualquier cosa se vuelva deseable, ya que la belleza es un factor subjetivo que viene propiciado por la escasez.
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El oro y la plata. El talento que ellos acuñan hizo posible el atesoramiento indefinido y manejable por una minoría que, explotando el trabajo de la inmensa mayoría, tuvo tiempo para dedicarse a pensar, a observar el firmamento, y el flujo de los ríos, y el ciclo de las cosechas y los nacimientos, y a elaborar signos y operaciones: a la Civilización y la Cultura, en dos palabras.
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«Siempre se consideró denigrante que Judas entregase a Jesús por 30 monedas de plata. El hecho de que fuesen de plata sólo indica que fue una transacción comercial normal; si hubiesen sido 3 piezas de oro, proporción plausible en la antigüedad, el trato habría sido algo excepcional» (John Kenneth Galbraith, El dinero)
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Sed buenos, si podéis.

Mis amables compañías:

Presentación

Mi foto
Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).