«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

23 ene. 2011

Los orígenes históricos del Dinero: (II) Del Conflicto al Trueque




«Cuando los bosques del África austral se transforman en sabana, cuando las sabanas del Sahara se convierten en estepa, los animales herbívoros se trasladan hacia el norte; les siguen pueblos negroides, que acaban estableciéndose en las orillas del Mediterráneo. Sin duda por razones similares, las tribus de Asia se dirigen hacia Europa y hacia América; avanzan poco a poco, en lentas etapas, siguiendo los puentes naturales que forman los istmos y rosarios de islas. La humanidad se desparrama por los continentes» (René Sédillot: Historia de las colonizaciones)

Este sistema socio-económico nuestro que hoy nos disfruta comenzó lentamente hace diez mil años con la desaparición de la caza-recolección y la división de la humanidad en agricultores y ganaderos ―simbolizados en la Biblia por Caín y Abel, respectivamente― según la climatología de cada zona. Parece ser que la agricultura precedió a la ganadería, según quiere corroborar la etimología del nombre de Caín, pues es, precisamente, lo que significa el hebreo 'qayin', literalmente, "creado el primero".

A su vez, Caín también significa "herrero", no en vano la metalurgia surgió en el seno de los primeros aperos agrícolas del cobre y el bronce (el hierro recibiría su nombre en relación a las herramientas previas forjadas con esos metales ―ferramenta deriva de aferrar― y no a la inversa), herrero, que se dice "smith" en inglés y es el apellido por excelencia de medio mundo: viene a cuento, porque el apellido Cain de algún conocido actor, o el McCain de algún otro personaje, no derivan de nuestro Caín, sino que resultan de la contracción del irlandés Mac Cathan "hijo de Cathan", del céltico 'cathan', que significa... guerrero, y que nos sirve para acabar de centrar la radiografía del suelo en el que "floreció" el mundo actual.

Por su parte, Abel es nombre formado a partir del sustantivo hebreo 'hbl' que significa efímero o frágil, una constitución física dramáticamente inadecuada para un pastor, por lo que más bien hace referencia a la dificultosa implantación originaria de los primeros rebaños. Pero también, además, significa vanidoso.
Es que, como sabemos por la filmografía western, vanidad y fragilidad también caracterizaron la actividad de los ganaderos prehistóricos: orgullosos notables acompañados por una familia no muy numerosa pero con nervio, debieron estar siempre preparados contra el asalto de los cuatreros…, o para la invasión y recuperación de los pastizales tradicionalmente de su dominio, o para la conquista del dominio ajeno si no queda otro recurso. Ganadero y guerrero han sido términos equivalentes a lo largo de la Historia, desde "Abel" hasta "John Waine", en la que las armas y los caballos han sido su mejor baluarte, y la persecución y captura del vacuno su forma de conseguir fortuna.


(Bajo estas líneas, cerrando este apartado, La caza del búfalo, de Paul Kane. A izquierda y derecha sendas ilustraciones de Yann Arthus-Bertrand y Harry Benson, respectivamente)


Y es que la ganadería exige una continua trashumancia ('trans-humus', tránsito entre 'humus', mudanza de tierra vegetal, alternancia de pastos) ajena por completo a la fijación perenne del individuo a un mismo recuadro de 'humus' hasta identificarse con él: y no es poesía..., es que, literalmente, ¡humano deriva de humus!
Y fue en la etapa entre el II y el I milenio cuando los pueblos nómadas de las estepas y montañas del norte, que merodeaban (como siguen merodeando) por las costas ucranianas del mar Negro y mar de Azov convertidos en Estados ganaderos primero y llanamente militares después, se lanzaron a colonizar y explotar a los Estados fluviales agrícolas del sur, Mesopotamia, Media (Persia) y el Indostán.

El motivo de tales desplazamientos colonizadores y explotadores fue la frustración individual y social de las gentes de aquellas aristocráticas tribus, una frustración que había ido creciendo a medida que la domesticación del caballo y la mejora paulatina de su raza (el caballo primitivo era poco mayor que un perro grande) les proporcionaban una conciencia de superioridad basada en la ya incontestable potencia bélica equina, y reforzada más tarde por la sustitución del bronce por el hierro y sus armas definitivas.

Tal frustración se debía a que en sus agrestes territorios disponían de las maderas, piedras  de todo tipo (obsidiana, basalto, mármol, lapislázuli, alabastro, jadeíta, turquesa...) y metales (cobre, oro, plata, estaño) de las que carecían completamente las civilizaciones agrícolas fluviales... pero era una riqueza material que entraba en contraste con la carencia de una infraestructura artesanal para su apropiado aprovechamiento, para un adecuado tratamiento con vistas a su comercialización, mientras que...


Mientras que, en las civilizaciones fluviales, gracias a la cultura surgida a la sombra de los templos (ver De palacios y Templos), pululaban enjambres de magníficos artesanos de todo tipo y condición (talladores, caldereros, tejedoras, orfebres, alfareros...), que sabían dar un importante valor añadido, tanto a los materiales en bruto de que disponían en territorio propio (lino, lana, aceites, betunes, cereales), como a aquellas maderas, piedras y metales periféricas que el trueque y la guerra (sobre todo al principio, cuando ganaban por número de combatientes en liza) les proporcionaban.


(Izquierda, complejo palacial construido por el rey asirio Sargón II hacia el -710 en su nueva capital Dur-Sharrukkin y comenzado a excavar en 1848 en la antigua Khorsabad (a unos 40 kilómetros al norte de Mosul, la antigua Nínive, en Irak), según un plano diseñado en 1936. Estaba construido sobre una terraza de 10 hectáreas que se elevaba 10 metros sobre la ciudad, y albergaba además no menos de siete templos y un zigurat)


Cuenta Carlos G. Wagner que «la discontinuidad ecológica explica la falta de homogeneidad que caracteriza la distribución de los recursos naturales en el Cercano Oriente»... así como los conflictos de todo tipo que hicieron padecer a sus poblaciones, añadimos nosotros de acuerdo con lo recién comentado.
Como remata Wagner (Historia del Cercano Oriente), «La periferia -Anatolia, Siria, Irán o Armenia- que proporcionaba todas aquellas materias primas a las gentes de la llanura aluvial, recibía a cambio productos manufacturados y excedentes de alimentos con una clara desventaja en el intercambio. Por esta razón el comercio era muchas veces reemplazado por la guerra».


Una situación equivalente a la de Mesopotamia se daba en todas las civilizaciones nacidas y desarrolladas a orillas de los grandes ríos que mencionábamos al inicio del capítulo anterior, las más potentes de ellas en los valles fluviales del Nilo (Egipto), del Dniéper-Dniéster-Don-Volga-Ural (Pueblos arios), del Amu y Sir-Daria (Turquestán), del Indo-Ganges (Indostán) y del Río Amarillo (China), ya afianzadas hacia el quinto o cuarto milenio antes de esta Era.



«Los indoeuropeos forman un conglomerado de pueblos con un origen étnico y una lengua originaria comunes. En su vagabundeo por las llanuras han aprendido a domesticar el caballo y a uncirlo al carro. Sus hachas, primitivamente de piedra, son más tarde de bronce y, entre los celtas, de hierro. Se dedican al pastoreo y miden la riqueza por el número de cabezas de ganado o por el de monturas, pero cuando la ocasión se presenta también saben trabajar la tierra y moler el grano» (René Sédillot: Historia de las colonizaciones)





1 Los peligros del Trueque

«La guerra es, pues, un modo natural de adquirir bienes que forman parte de la administración patrimonial o doméstica, y que comprende la caza de animales bravíos y la de aquellos hombres que, nacidos para obedecer, se niegan a someterse; es una guerra que la naturaleza misma ha hecho legítima. He aquí, pues, un modo de adquisición natural que forma parte de la economía doméstica, la cual debe encontrárselo formado o procurárselo, so pena de no poder reunir los medios indispensables de subsistencia, sin los cuales no se formarían ni la asociación del Estado (la 'polis') ni la de la familia (la 'oikia')» (Aristóteles: Política)

De todo lo dicho, ahondando en nuestra referencia a la inexistencia prehistórica del "trueque natural" explicitada en la anterior entrega, nos interesa ahora centrarnos en dos características básicas de aquellos intercambios materiales:

1. durante casi cinco mil años a raíz de la extensión de la agricultura, la forma básica de intercambio de bienes entre poblaciones era la guerra en sus diversas variantes (migración en masa, invasión y razzia, en este orden temporal).
2. el producto estrella del saqueo era el ganado, fundamentalmente vacuno, aspecto en el que nos centraremos luego.



Respecto a la primera cuestión, la mayoría de los expertos están de acuerdo con los antropólogos Carol y Melvin Ember en que «en la mayoría de las sociedades antropológicamente documentadas se han dado guerras, esto es, combates entre unidades territoriales (bandas, aldeas y agregados de éstas). Y probablemente la guerra era un fenómeno mucho más frecuente de lo que estamos acostumbrados en el mundo contemporáneo: entre las sociedades objeto de examen que fueron descritas antes de su pacificación, cerca del 75 por ciento tenían guerra cada dos años» (Antropología cultural).


(Sobre estas líneas, Buitre maligno, de Morkel Erasmus, autor que también cierra esta entrada con su Soledad. Derecha, procesión sacrificial babilónica. Bajo estas líneas, soldado y portaestandarte, de un relieve procedente de la ciudad de Mari, -III milenio)


Pero incluso esta paradójica normalidad de vivir en guerra constante es bastante tardía. Tengamos en cuenta que empieza al final del período que transcurre entre el año -10000 (en que acaba la última glaciación) y el año -2600, época en la que ya todas las poblaciones importantes se han amurallado pues pueden ser atacadas en cualquier momento. Es decir, habían pasado nada menos que 7.000 años, uno tras otro, en los que la escasísima población mundial había estado deambulando de aquí para allá sin apenas contactos, es decir, sin intercambio alguno (y, por supuesto, sin reconocer al otro como un semejante en las contadas ocasiones en que tales contactos se dieron).

A partir del año -3000 van surgiendo ciudades, cada vez más próximas y cada vez más enfrentadas en su intento de ampliar fronteras dentro de las cuales desarrollar cultivos y apacentar ganados. Así que la aparición del trueque debió llevar un larguísimo y arduo camino, pues debió ser precedida de una relativa estabilización de los límites territoriales generales que garantizasen al menos la existencia de vías de comunicación, primero permanentes y después seguras.

Hasta que llegó un momento en que el vulgar intercambio pacífico (sin las sangrientas demostraciones del despojo heroico) era preferible a la rapiña… por más que ello fuera en menoscabo del prestigio de las élites gobernantes, ya que tal operación suponía un irritante reconocimiento de la igualdad militar de la otra "parte contratante": «La guerra es el padre de todas las cosas», aún sentenciaría Heráclito mucho después. «La guerra es la forma natural de adquirir», remacharía Aristóteles, lo cual relativiza bastante la vocación comercial griega, nada diferente en esto de sus contemporáneos (Melkart-Hermes-Mercurio es patrón de ladrones y mercaderes, al alimón): sólo se comercia cuando no hay más remedio.

Para acabar de complicar la situación general, y la del comercio en particular, hay que señalar que las ciudades no estaban sólo enfangadas en sus querellas mutuas. También existían (dicen Joaquín Sanmartín y J. M. Serrano en su excelente Historia antigua del Próximo Oriente) «sectores sociales desplazados o marginales situados por debajo y al margen de lo descrito, cuando no enfrentados a todo ello. Constituyen grupos y subgrupos de elementos que vagan por las sierras y las estepas con un solo punto en común: el rechazo, y luego el desprecio, del modelo urbano específico que se les ofrece, y con que les tienta la recién nacida civilización. De ahí el recurso a una subsistencia basada en el pastoreo más o menos incontrolado, el pillaje ocasional y, sobre todo, una fortísima organización familiar (clanes)»… que tanto trabajo había costado quebrantar a la hora de montar el nuevo invento urbano, añadimos nosotros.


Otra característica a tener en cuenta es que las operaciones de trueque nunca se efectúan entre particulares (tal concepto es plenamente moderno), sino por los grupos sociales, clanes, tribus o gens, como un todo:
 «En las poco desarrolladas comunidades antiguas la individualidad se siente estrechamente ligada al marco de la colectividad. El marco de la humanidad termina, de manera difusa, donde acaba el sentimiento de colectividad. Hay unos hombres, los nuestros, nosotros, que lo somos de verdad, plenamente hombres, y otros que no lo son porque están fuera de nuestro grupo, porque son bárbaros» (Genaro Chic García: El comercio y el Mediterráneo en la Antigüedad).

Tales sentimientos tribales explican no sólo el carácter colectivo del trueque sino el clima explosivo del mismo y su peligrosidad. Y si los intercambios se efectúan entre grupos no relacionados entre sí por lazos de parentesco, es porque en el interior del grupo, si bien existe una elemental división del trabajo, los bienes no se intercambian sino que se comparten.
Hoy día, suponiendo que el trabajo, como dicen, sea el núcleo de la economía de las naciones (aun cuando no sea el honrado trabajo sino la tramposa productividad quien realmente desempeñe ese papel), habría que poner en evidencia tal hipótesis si atendemos a las raíces de nuestra civilización, puesto que los Estados embrionarios se constituyeron alrededor de los guerreros:

«Los héroes de los antiguos poemas épicos se nos presentan como laboriosos, y la imagen que tienen de los propios dioses refleja esa realidad, atribuyendo funciones laborales específicas a determinadas divinidades. Y sin embargo, los guerreros no construyen su mundo en torno al trabajo, sino que procuran ir más allá de la cultura creativa y acercarse al orden natural de las cosas, donde el más fuerte domina al más débil. Como entre los leones, a los que suelen tomar como ejemplo...
El trabajo, como un valor cultural, es asumido e interiorizado como una actividad necesaria pero inferior. Por ello, el que es considerado superior por los demás, defiende e inspira las virtudes laborales de las que él procura evadirse, sin embargo, para reintegrarse en el ámbito sagrado de la naturaleza» (Genaro Chic García). No es extraño, pues, que el parto del Comercio fuese tal largo y sangriento, ni las precauciones tomadas en los intercambios tan prolijas y detalladas como veremos ahora. 

Como operación sustitutiva, que al fin y al cabo es, del mutuo asalto a mano armada, el trueque en su "edad oscura" es practicado dentro de una vigilada atmósfera preventiva donde se toman una serie de precauciones, llevándose a cabo:
―al amparo de un altar o un santuario,
―en los límites territoriales de los pueblos o grupos,
―en el exterior de los pueblos,
―en lugares aislados,
―en religioso silencio y sin armas.



El amparo del santuario era entendido en su sentido más universal: desde la burocracia religiosa fenicia, que montaba un santuario ''prefabricado'' al dios Melkart (antecedente del dios romano Mercurio), al pie del cual se depositaban las mercancías, al lírico Japón, donde los primeros mercados de trueque se organizan allí donde alguna vez apareció un arco iris.

 Todavía en el s.XIII tenemos el ejemplo de la poderosa Liga Hanseática la cual, al establecer su primer enclave exterior, en la isla sueca de Gotland, construyó para almacén una fortaleza a modo de iglesia, en la ciudad de Visbi (a izquierda y derecha, dicho templo-almacén en su situación museística actual), cuyo nombre proviene del nórdico antiguo 'Vi', que significa "lugar de sacrificios". Es difícil encontrar un ejemplo más sólido de continuidad en la tradición comercial.
Hasta el último momento de la vida de las ferias se ha seguido esta costumbre, y siempre se celebraron en la explanada de una ermita o iglesia cuyo patrón o patrona da nombre a la feria y a la fiesta, que en un principio servía para desdramatizarla (ver entrada De Ferias y Fiestas).

La delicada ceremonia, en todas partes seguía el mismo patrón, y los ''mercaderes'' de ambas partes, previamente desarmados, se alejaban sucesivamente en solitario tras depositar o retirar sus ''mercancías'' según un ritual universal:
Alrededor del altar o santuario se dibujaba un círculo, o cualquier otra figura geométrica, en cuyo interior el que quiere cambiar un ''bien'' viene a depositarlo en total silencio, retirándose luego a observar desde lejos. La otra parte, deposita lo que para ella es la justa contrapartida, allí a su lado dentro de la figura del trueque… que está bastante vigilada por ambas partes para que nadie pueda atrapar lo allí depositado sin la correspondiente contrapartida.
La propuesta y retirada de bienes puede ser total o parcial, en cuyo caso se repiten las idas y venidas hasta que el círculo quede vacío, bien porque ha habido intercambio o bien porque se hayan retirado las ofertas por desacuerdo.




«En su origen, el cambio no se extendía más allá de las primeras necesidades, y es ciertamente inútil en la primera asociación, la de la familia. Para que nazca es preciso que el círculo de la asociación sea más extenso. En el seno de la familia todo era común; separados algunos miembros se crearon nuevas sociedades para fines no menos numerosos pero diferentes de los de las primeras, y esto debió necesariamente dar origen al cambio. Este es el único cambio que conocen muchas naciones bárbaras, el cual no se extiende más que al trueque de las cosas indispensables; como por ejemplo el vino que se da a cambio de trigo» (Aristóteles: Política)



2 Trueque y Prestigio
«Dueño ya único y absoluto del Estado, concluyó Polícrates un tratado público de amistad y confederación con Amasis, rey de Egipto, a quien hizo presentes y de quien asimismo los recibió» (Herodoto: Historias, III)

Los trueques, según hemos insinuado más arriba, solían representar una seria amenaza para el prestigio y la autoridad de los gobernantes: si el pueblo toleraba todas las exigencias y extravagancias de un rey es porque le suponía con el poder y la sacralidad necesaria para obtener directamente de los dioses todo lo que fuera menester, natural o milagrosamente (si nos fijamos bien, queda un residuo de tal superstición incluso en las democracias mejor asentadas). Es por esto que los gobernantes de hace tres o cuatro milenios, según zonas, que aún seguían recurriendo al trueque a pelo en sus importaciones y exportaciones, tuvieron que aguzar el ingenio para justificar sus intercambios sin que su aura, y con ella su trono, peligrase.
La Historia recoge múltiples operaciones de trueque disfrazadas a conveniencia de quien las registra. Los faraones en particular eran unos artistas en la materia. En los relatos egipcios el intercambio mercantil se disfrazaba como pago de un tributo al faraón, tributo que era correspondido con suntuosos regalos a los embajadores de los presuntos sometidos. Igualmente, los tratados comerciales entre pueblos eran disfrazados de intercambio de presentes entre sus soberanos cuya expresión típica responde al fragmento de Herodoto que antecede. 
Los relieves, las pinturas y los textos representan a los extranjeros, egeos y asiáticos llevando a Egipto los productos de sus países; las inscripciones los presentan como gente sometida rindiendo homenaje al faraón, (lámina derecha).


«En los relatos egipcios el cambio de mercancías se presentaba como pago de un tributo seguido de regalos a los presuntos sometidos. En el puerto fenicio de Biblos se compraban vigas de cedro para la construcción de palacios y templos e incluso se hacían construir las embarcaciones que transportarían tales encargos, lo cual simplificaba la operación. A cambio, el faraón entregaba objetos de arte, metales preciosos y productos muy variados que los fenicios a su vez intercambiaban por todo el Mediterráneo.
Estas relaciones, que se remontaban a los principios de la Historia, con frecuencia ofrecieron el aspecto de las que se mantienen con un principado vasallo, aun cuando la independencia fenicia era efectiva» (André Aymar y Jeannine Auboyer: La civilización egipcia)


Los relieves de su templo nos cuentan que la reina Hatshepsut, a fin de hacerse perdonar su anómala condición no ya de mujer regente sino de toda un faraón con toda la barba, organizó una expedición al mítico Punt a fin de importar un contingente de mirra y otras materias imprescindibles para el culto religioso, como el oro (cuyo pan recubría la mayor parte de lo preservado para el Más Allá en las tumbas, al modo que empleamos el "papel de plata" en las neveras y los bocatas del cole de los niños de hoy), y tranquilizar, de paso, los enemistados ánimos sacerdotales de cuyas buenas relaciones dependía el éxito de su reinado.
Embarcó a tal efecto una estatua suya junto al dios Amón en una flota de cinco naves (que irían repletas de mercancías a modo de lastre, repletas y más que repletas, pues eran de quilla plana ―es decir, una especie de bañeras bamboleantes― pero navegarían por el Mar Rojo, un mar que en aquellos tiempos tenía su malicia, como bien sabía Moisés, que le había pillado el truco), imagen alrededor de la cual se organizaría en destino el correspondiente cambalache de la mirra por el lastre…, por más que las inscripciones manifiesten que los dioses habían enviado un oráculo previo: «…Te daremos Punt en toda su extensión, la tierra sagrada del país divino»; un tanto exagerado, era lo mínimo que podía publicar el ego y la seguridad de un faraón:

«Los barcos egipcios se cargaron de oro, plata, piedras preciosas, ébano y otras maderas, marfil y pieles de leopardo y pantera. Y sobre todo, de monos. Pero el producto más notable del país era la resina, empleada como incienso. Se llevaron treinta árboles de mirra con la tierra que envolvía sus raíces, que Hatsepsut mandó plantar en las terrazas del maravilloso templo de Deir-el-Bahari... Se lo llamó «el tributo del rey de Punt», y se escribió que «los jefes del pueblo prestaron sumisión con la cabeza baja y besaron el suelo a los pies de la reina implorándole paz». En contraste, Hatsepsut nunca salió a campaña, y al cabo de veinte años había perdido prácticamente las posesiones de Siria...». (Carl Grimberg: El alba de la civilización).

Y si la guerra era la forma natural de adquirir, era también bastante lógico que «todos los rituales de paso de intercambio entre propietarios, antepasados de los mercados, las ferias y las bolsas, tengan puntos comunes para evitar que la transacción tienda al conflicto. Y en cada sitio se han inventado procedimientos para separar los intercambios de las actividades cotidianas y hacerlos menos peligrosos», nos cuenta Jacques Attali (Historia de la propiedad).

(Sobre estas líneas, reconstrucción de una de las naves enviadas por Hatshepsut según maquetas y relieves de la época; derecha, reproducción de la citada imagen-altar)


Los fenicios, que eran más listos que el hambre, adoptan la misma tónica. Así consignan, por ejemplo, que el príncipe fenicio Unamon, intercambia con un príncipe egipcio, siete piezas de madera de cedro (único bien natural de las montañas del actual Líbano en la Antigüedad, aparte del murex con el que obtienen el tinte purpúreo) por valor de «4 cántaros y 1 jarrón de oro, 5 cántaros de plata, 10 piezas de lino real, 10 paquetes de buen lino del Alto Egipto, 500 maromas de cáñamo, 20 sacos de lentejas y 30 serones de pescado en salazón». (Izquierda, estatera de oro de la ciudad-estado de Tiro, en Fenicia)
Eso sí, esto no es un trueque ni un tributo, sino un acto piadoso, porque: «Esta madera la he cortado yo, Unamon, la he cargado yo, la he proporcionado a mis barcos y a mis tripulaciones, y la he hecho llegar a Egipto para solicitar a Amón 50 años de vida más de lo que está fijado en mi destino».



Costaría mucha sangre y destrucción mantener la ilusión de poderío autosuficiente en gobernantes y gobernados antes de que el mundo antiguo se rindiera a la inevitabilidad de la mutua transacción, una palabra derivada de transigir, que conlleva el reconocimiento de imposibilidad del equilibrio entre el valor de las cosas y la necesidad de las personas que intentan acceder a ellas, así como la constatación del perjuicio que la rapiña supone también para el vencedor a largo plazo (a pesar de todo, la anécdota narrada por Herodoto que a continuación reproducimos, no fue cosa del otro mundo… ni tan siquiera superada la Edad Media). Y más aún pasar de la conveniencia a la exigencia de cerrar tratos (de traer, propiamente arrastrar), que certifiquen la resignación ante la desigualdad de éste, mediante contratos (arrastrar conjuntamente, es decir, contraer, acercar posturas, estrechar el campo) que pueden ir desde la aceptación verbal y pública ante testigos (un enlace matrimonial es pura y simplemente eso), hasta la escritura ante notario (un sacerdote o sacerdotisa), pasando por ''documentos'' como las toscas tablillas sumerias (que se guardaban en el templo) o los objetos ''siameses'' de los que ya hablaremos.




«Los negociantes fenicios, desembarcando sus mercaderías, las expusieron con orden a pública venta. Entre las mujeres que en gran número concurrieron a la playa, fue una la joven Io, hija de Inacho, rey de Argos, a la cual dan los Persas el mismo nombre que los Griegos. Al quinto o sexto día de la llegada de los extranjeros, despachada la mayor parte de sus géneros y hallándose las mujeres cercanas a la popa, después de haber comprado cada una lo que más excitaba sus deseos, concibieron y ejecutaron los Fenicios el pensamiento de robarlas. En efecto, exhortándose unos a otros, arremetieron contra todas ellas, y si bien la mayor parte se les pudo escapar, no cupo esta suerte a la princesa, que arrebatada con otras, fue metida en la nave y llevada después al Egipto, para donde se hicieron luego a la vela» (Herodoto: Historias, I)

(Sobre estas líneas, Rapto de Helena, de Tintoretto)


3 Del Trueque y el Ganado

«El amor a las vacas parece absurdo, incluso suicida, a los observadores occidentales… Y sin embargo, descubrimos ciertas incoherencias en la condena del amor a las vacas… Un curioso informe del gobierno decía que la India tenía demasiadas vacas pero muy pocos bueyes… Los bueyes y el macho del búfalo de agua son la fuente principal de tracción para arar los campos de la India… la cual tiene 60 millones de granjas, pero sólo 80 millones de animales de tiro.
Por cada granja de 10 acres o menos se considera adecuado un par de animales. Un poco de aritmética muestra que en lo que atañe a la arada debería haber 120 millones de animales de tracción, es decir, 40 millones más de los que hay» (Marvin Harris: Vacas, cerdos, guerras y brujas)

El primer objeto de trueque es el ganado. Primero con los dioses, a cambio de la abundancia de caza y de la fertilidad de las hembras (la mortalidad infantil era aterradora), después con otras tribus, pues sus productos y subproductos cubrían todo el campo que hoy abarca el petróleo, como veremos con algo más de detalle próximamente.
Y es que el ganado ha sido el producto más codiciado hasta la Era de los combustibles fósiles. Para hacerse una idea de su importancia, particularmente del ganado vacuno, habría que darse cuenta de lo que significan las vacas para la India aún hoy... y extrapolar esa constatación a todo el planeta en los tiempos prehistóricos, de cuyo seno el subcontinente indio se resiste a salir por muy buenos motivos, algunos de los cuales reseñaremos aquí en párrafos de alguno de los nunca suficientemente recomendados títulos de Marvin Harris.

La vaca posee el imaginario mitológico más antiguo. En la mitología hindú, Aditi, diosa del cielo ilimitado, consorte de Brahma y madre de Indra, es tan sagrada que no tiene imagen, pero las pocas veces que la tiene es la de una vaca. Con el jeroglífico 'ht', que significa 'vaca', se conoció un amuleto egipcio con forma de vaca que se solía colocar sobre el cuello de los difuntos y debía fabricarse de oro fino.
Era práctica común dibujar la figura de una vaca en un trozo de papiro y depositarlo bajo la cabeza de los difuntos para que el inhumado retuviera el calor vital que le transmitía dicho amuleto, rememorándose así un antiquísimo mito: existe un lugar llamado Isla del Fuego, lugar ubicado en las cercanías de la ciudad santa de Hermópolis, lugar de nacimiento y crecimiento del Sol, Re, donde la Vaca Celeste, Meheturet, le amamanta cada día (debajo izquierda; derecha, fresco de Lascaux).

Y es que las vacas en particular fueron domesticadas, hace casi 14.000, a partir de subespecies de ganado salvajes indias y euroasiáticas occidentales que habían divergido, hace cientos de miles de años, en especies muy diferenciadas como el cebú indio, mientras que las primeras imágenes de culto del toro se remontan al año 8000.
Los artistas de la prehistoria lo representaron con menos frecuencia que al bisonte, seguramente porque les era menos familiar y accesible a causa de su fiereza. Sus representaciones y el propio toro puede decirse que son manifestaciones de algo sagrado o divino, siendo domesticado hacia el 6500 a partir del uro en Europa y Oriente Próximo, aunque puede que en otros lugares, como la India y el este asiático, se domesticaran también a partir de especies diferentes.
Cuando el hombre primitivo se asentó y pasó a ser agricultor, comenzó a tener problemas con los herbívoros que pastaban en sus cultivos. Estos contactos del hombre con el uro, como visitante indeseable, fueron seguramente la base de la domesticación.



Las implicaciones del comercio bovino son tan importantes en cultura y civilización que no nos queda más remedio que continuar el tema en el siguiente capítulo a fin de no excedernos en la extensión del actual.


Sed buenos si podéis...

……………………. Pero seremos mejores si no olvidamos que «La ignorancia es el infierno» (Amalric de Bène)




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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).