«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

23 nov. 2009

Los Caballos de Troya


«Dijo Héctor. Y exhortó a sus caballos con estas palabras:
¡Janto, Podargo, Etón, divino Lampo! Ahora debéis pagarme el exquisito cuidado con que Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, os ofrecía el regalado trigo y os mezclaba vinos para que pudieseis, bebiendo, satisfacer vuestro apetito antes que a mí, que me glorío de ser su floreciente esposo» (Homero: Ilíada)

 
Estaba ya entrado el año -1000, según la opinión de los técnicos más exigentes, o sea hace unos tres milenios, cuando Tindáreo, padre de Helena y rey de Esparta (la ciudad-estado más belicosa del Peloponeso, que es la mayor región insular del sur de Grecia), obligó a todos los pretendientes de su hija a jurar que lucharían contra cualquiera que se negara a aceptar su veredicto acerca de la concesión de la mano de la tierna princesa.

Para solemnizar el juramento al máximo hasta hacerlo inviolable, sacrificó un caballo a Poseidón, lo cortó en pedazos y obligó a que los pretendientes se situaran sobre cada uno de ellos y repitieran el juramento.


(derecha, El triunfo de la muerte, anónimo del s.XV, fresco del palacio Abbatellis, Palermo; abriendo entrada, el Caballo de Troya de Arcimboldo) 


Tras enterrar los ensangrentados trozos en un montículo, el llamado " Tumba del Caballo", y dado que el negocio de la elección marital era de incumbencia exclusiva de los padres varones, Tindáreo eligió a Menelao como esposo de Helena. Casualmente, Menelao era el príncipe más rico de Grecia y hermano del rey Agamenón de Micenas, otro de los escasos Estados importantes del Peloponeso. Casualidades demasiado reiterativas de la suerte, esa huevona.
 
Luego ocurrió lo que ocurrió: que un tal Paris  de Troya que andaba por allí en viaje de negocios, aprovechando una urgencia de Menelao, raptó a Helena, ahora esposa de este, según el culebrón más viejo y conocido del mundo. El juramento del pobre caballo obligó entonces a actuar en consecuencia, no sólo al esposo mantecoso  sino al resto de la tropa de antiguos pretendientes helenísticos.
Las malas lenguas dicen que el viaje por el que Menelao se ausentó de improviso fue una artimaña a fin de facilitar la fuga de los tortolitos con el oculto motivo de poder presentar una excusa para invadir el estratégico reino de Troya .Y digo lo de tortolitos porque todo el mundo estuvo de acuerdo en que lo que aconteció no fue ningún rapto sino un ligue en toda regla, visible a los ojos de todo el mundo, incluidos los de un Menelao que no parecía percatarse del asunto.

(En el mapa se puede comprobar cómo Troya tenía las llaves del riquísimo Mar Negro y, sobre todo, de su entorno, vital para la supervivencia griega)
 

En su aportación al sumamente recomendable número monográfico que la revista de historia Clío dedica a Grecia en tiempos de Troya (el especial Nº3), la periodista Raquel Rebollo expone, entre otras muchas cosas, que los investigadores tienen bastantes razones para suponer que Troya en la Edad de Bronce era un Estado vasallo de los hititas (un imperio surgido a lo largo del s.-XV en pleno corazón de la actual Turquía y del cual no se tenía ni idea hasta hace cincuenta años), y que, entre otros aspectos económicos, se especializó en la crianza de caballos. Además, la ciudad-estado de Troya era un perita estratégica en dulce.
Sin embargo, los mismos técnicos más exigentes que mencionábamos al inicio, niegan tal vasallaje; aducen que no está justificado arqueológicamente, ni existe referencia alguna entre las miles de tablillas que sustentaban la burocracia hitita (ni tampoco entre los papiros y murales de la egipcia, más exhaustiva aún).

En cualquier caso, sí les parece verosímil que hoy Troya se desconozca como Hissarlik, una pelada colina formada por sus restos superpuestos, la cual no sólo existió históricamente en la punta de la actual Turquía, sino que su excelente posición mereció el esfuerzo de ser reconstruida (y de ser vuelta a destruir) una sobre otra hasta en diez ocasiones en el mismo lugar por los motivos apuntados en el mapa:
Nuestra Troya, la Troya de las películas, resultó ser la urbe número siete del apilamiento de Hissarlik. Marítimamente, hacia el oeste, servía de cerrojo al estrecho de los Dardanelos, un pasillo que comunica el Mediterráneo a través del mar de Mármara con el mar Negro y con sus costas llenas de minas y otras riquezas, como esclavos, por ejemplo. Y de allí hacia el este partía el único camino terrestre medianamente practicable en toda la costa que permitía el acceso al Oriente Próximo por el escarpado interior turco (por donde hoy se abre la carretera nacional 238).

El rey de Troya, además de cobrar un buen peaje por el uso de ambos itinerarios, se reservaba un derecho de admisión que irritó sobremanera a los griegos de todas las épocas. Y si tenemos en cuenta que el tal Paris era ni más ni menos que el hijo favorito de Príamo (y que Príamo era nada más y nada menos que el rey de Troya), entenderemos mejor los despistes de Menelao  dejando solos en casa a la monada de su mujercita y al pichabrava troyano, quien, para más inri, también estaba como un queso de bola (hoy, cheesburguer), según decían por el Egeo, verdaderos expertos en quesos y en bellezos. Además, si Menelao, uno de los griegos de todas las épocas, reinaba en Esparta,  era gracias al braguetazo antedicho, una vez muerto Tindáreo, padre de Helena, así que, miel sobre hojuelas.



«Cuando los ojos del animal se clavan en los ojos de una persona del público, ésta entiende por qué se le llama "bestia" al que, en teoría, es una dócil y amable criatura. Estos no lo son y dan bastante miedo. Por eso hay que sacar de allí a los potros, un trabajo que realizan los niños y adolescentes del pueblo, ayudados por sus padres. Es su forma de meterlos en la fiesta. Una rapaza de 15 años rompe el hielo y tumba a un animal para llevárselo a un corral apartado. Le siguen otros hasta que aquello queda limpio de individuos jóvenes. Es entonces cuando bajan los aloitadores, los hombres de Sabucedo que reviven cada año la tradición centenaria luchando contra los caballos.
De la arena del curro sube calor y olor cada vez más fuerte. Y, de repente, alguien salta sobre un caballo, el garañón que más la estaba liando abajo. El público estalla. Llega otro aloitador y se cuelga del cuello. Y otro más le coge de la cola. Al final lo tumban, lo inmovilizan, y le podan las crines y la cola. Cuales sansones, las bestias salen mucho más suaves del tratamiento. Y a por otras» (Darío Prieto: 'A Rapa das bestas', Diario El Mundo, UVE, 7-julio-2008; izquierda, instantánea de la Rapa de Sabucedo, por Carlinhos75)





ÍNDICE:

1. Helena y sus helenos, o la recíproca influencia entre mito y sociedad      2. Sobre las murallas de Troya, de la literatura a la realidad arqueológica
3. El truco del caballo, hipótesis más plausibles      4. Los carros de fuego, antes fue el auriga que el caballero
5. De la Leyenda a la Historia, consecuencias reales de un mito      6. El crepúsculo troyano... o cómo se perdió lo ganado
7. ...Y la crisis del Mundo Antiguo       8. Epílogo troyano, el caballo que sigue vivo y coleando


1. Helena y sus helenos
«También vi a Leda, esposa de Tíndaro, la cual dio a luz dos hijos de poderosos sentimientos, Cástor, domador de caballos, y Polideuces, bueno en el pugilato, a quienes mantiene vivos la tierra nutricia; que incluso bajo tierra son honrados por Zeus y un día viven y otro están muertos, alternativamente, pues tienen por suerte este honor, igual que los dioses» (Homero: Odisea)

Por otro lado, Helena tampoco era una cualquiera, al menos en lo que a relaciones familiares se refiere. Era hija de Leda, como resultas de la ardorosa visita de Zeus, esta vez en forma de cisne; y es que, buen clásico, el rey de los dioses hacía a pelo y pluma como el que más (izquierda, la Leda de Dalí).
Leda, a su vez, era hija del mismísimo Urano, y en su honor hay que decir que hizo lo imposible por evitar la persecución de Zeus: en el leguaje mitológico, descender de dioses indica que se pertenece a estirpes reales de cuyo origen se ha perdido la memoria histórica, y el nombre del dios nos daría la clave geográfica de procedencia... Claro está, que también significa que se desciende de un padre muy importante (contra el que no hay venganza posible o aconsejable), pero que no es el legalmente reconocido: este parece ser el caso de Leda.
 
Como consecuencia de la avícola penetración, Helena de Esparta se desperezó a la vida toda pringosa de entre la clara de un huevo, de forma menos elegante pero mitológicamente paralela a como Venus Afrodita se había estirado entre la salada espuma de una venera, según unos recordamos por el conocido cuadro de Botticelli, y otros por la recreación de Uma Thurman en El Barón de Munchausen, que no está nada mal (si bien Uma misma se jacta de haber triunfado en pantalla y pasarela ''a pesar de'' sus proporciones físicas, los técnicos en arte tampoco se explican la desproporción corporal, tirando a Greco, de la Venus de Botticelli, el único personaje del cuadro que sufre cierto ''desmañamiento'').

Helena también era hermana de Cástor y Pólux, los gemelos evocados por la constelación Géminis. Y hermana de Clitemnestra, esposa y asesina de Agamenón. Y tía de Electra, de Ifigenia y de Orestes. Está incrustada, en fin, en pleno meollo del núcleo central de la cultura occidental, que desde entonces no ha servido otra cosa que refritos a base de los guisados y los desaguisados que allí y entonces se cocinaron.
Y es que los mitógrafos aseguran que "Helena" era una versión rural de de la diosa Afrodita que los "helenos", como devotos fieles, esgrimían a la hora de invocar sus derechos sobre Troya, sobre sus caballos y sobre la navegación a través del Helesponto, que es como ellos llamaban al disputado estrecho de los Dardanelos. Y si alguien se asombra ante tan infantiles pretextos para tales matanzas, debería recordar las razones invocadas a la hora de organizar las Cruzadas medievales, por ejemplo, o en la denominada "guerra de las mezquitas" de hace bien poco.

«"Helena" era el nombre de la diosa Luna espartana, el casamiento con la cual, después del sacrificio de un caballo, hizo rey a Menelao. Esto es sugerir que los 'mnesteres tes Helenes', "pretendientes de Helena", eran realmente 'mnesteres tou Hellespontou', "los que tenían en cuenta el Helesponto", y que el juramento solemne que esos reyes prestaron sobre los pedazos sangrientos del caballo consagrado a Poseidón, el principal patrono de la expedición, fue para apoyar los derechos de cualquier miembro de la confederación a navegar por el Helesponto a pesar de los troyanos y sus aliados asiáticos. Después de todo, el Helesponto llevaba el nombre de su propia diosa Hele» (Robert Graves: Los mitos griegos)

Parece que los habitantes propiamente dichos de lo que hoy denominamos Grecia eran pueblos que vivían en plena Edad de Piedra antes de que las primeras invasiones caucásicas de que se tiene noticia histórica les sometiesen con sus armas de bronce (la primera oleada de los llamados indo-europeos, procedentes de la zona que hoy sería aproximadamente Ucrania). Estos pueblos prehistóricos adoraban a la diosa Luna Hele o Helena, y sostenían una cultura matriarcal como corresponde a gentes que no dominan los secretos de la procreación y desconocen la influencia del macho en tan mágico asunto.
De hecho helena, acorde a su función celeste, significa antorcha (Olga es la forma rusa de Helga, variante sueca de Helena). Sin embargo, en el folclore rural, de acuerdo al resentido populacho real que sufrió los diez años de guerra sin ser mencionado en historias ni leyendas ni películas, se dice que elena (sin h, como más de un milenio más tarde se apelaría la señora madre del emperador Constantino) realmente deriva de 'eliandros', destructora de hombres.

En la muy sabia en cruces caballares ciudad de Troya, todavía las novias troyanas solían bañarse en el río Escamandro (hoy, Menderes Çay), uno de los dos que regaban su llanura (en la cual se realizaba anualmente la feria de Oriente y Occidente), antes de la boda y gritaban: «¡Escamandro, toma mi virginidad!»; costumbre que arrastra de un período arcaico y matriarcal en el que se creía que el agua del río vivificaba sus matrices.
 




(Izquierda, "Helena coronando a Menelao" es el motivo de este relieve espartano. Suponemos que lo que quiere decir es que Menelao obtuvo la corona gracias a su matrimonio con Helena, princesa de Esparta. Aunque con estas cosas nunca se sabe.
De todas formas, la gente siempre simpatizó con el lío de Helena y Paris, hasta el punto de que en Noheda, Cuenca, tenemos un mosaico romano representando las nupcias entre ambos, un evento que nadie narró nunca ~aquí a la derecha, según foto de José Latova, tomada de Representaciones de mujeres en los mosaicos romanos, obra coordinada por Luz Neira~ )




Los denominados jonios y eolios, los primeros por mar, saltando de isla en isla con sus buenas naves, y los segundos por tierra a rueda de ligeros carros, constituyeron esta primera oleada que se abatiría sobre los pobres nativos hacia el s.-XVIII. Los eolios que se quedaron en la ínsula o península del Peloponeso , al igual que los cormoranes que descubrió Darwin en las Galápagos, adquirieron personalidad diferenciada en su aislamiento (la duda entre ínsula y península se debe a que el estrecho de Corinto es demasiado estrecho para decidirse por una denominación); y son conocidos con el nombre de aqueos y por ser los protagonistas de toda la trama de la Ilíada y la Odisea (Ilión es el nombre aqueo de Troya).
Estos invasores, aparejados con armas de bronce, tenían la cultura patriarcal de quienes han hecho de la ganadería y la guerra su forma de vida, y sabían de dónde vienen los niños lo bastante como para haber logrado unos excelentes caballos de combate, de mucha mayor envergadura que los caballitos a los que solían adorar los nativos helenos, y que servían poco más que como ofrenda y alimento.


Sea que los indígenas eran bastante duros de pelar a pesar de sus armas de piedra, sea que los vencedores no podían eliminar a los indígenas si no querían quedarse sin gente que currara por ellos, el caso es que los recién llegados accedieron a adorar a la diosa Luna Hela o Helena (o Helle, o Selene, según la tribu), por lo cual pasaron a ser conocidos como griegos, 'graikoi', "adoradores de la triple Diosa Gris o Vieja" (las diosas lunares siempre eran diosas triples, como Beyoncé, pues representaban las fases de la luna).

De todas formas, y debido al fogoso uso del caballo, el padre común de los eolios (Eolia era una región costera turca al sur de la Tróade, la comarca de Troya), el dios Eolo quedó como patrón de los vientos y de la energía eólica que mueven y producen los diferentes estilos de molino de viento ('ventus', es el origen latino de viento ~los romanos siempre han estado mucho más apegados a la tierra que al cielo~, palabra que tiene una sospechosa cercanía con 'venter, ventris', vientre, de tal modo que es preferible no indagar cuál de ellas es la fuente de la otra, ustedes me entienden; de todas formas, por ahí anda el término ventosidad, tan afín a 'ventus' como a 'venter').

Pero como nuestros aqueos estaban al cabo de la calle en cuanto a técnicas reproductivas, fueron poco a poco transformando la religión, y sus dioses machos seduciendo o violando a las antiguas diosas, también por la buenas o por las malas. Y por las buenas o por las malas consiguieron que unas cuantas generaciones después de su llegada la diosa Helena se transformara en el dios Heleno, al que hicieron hijo de Decaulión, el Noé griego.
Y todos ellos, ya unificados por las buenas o por las malas como hijos suyos, a partir del s.-XV, serían llamados helenos de la misma forma y por razones similares que a nosotros se nos llama cristianos.

« El hijo más joven de Heleno, Doro, emigró al monte Parnaso, donde fundó la primera comunidad doria. El segundo hijo, Juto, había huido ya a Atenas después de ser acusado de robo por sus hermanos, y allí se casó con Creúsa, hija de Erecteo, quien le dio a Ion y Aqueo. Por lo tanto, las cuatro naciones helenas más famosas, a saber los jonios, eolios, aqueos y dorios, descendían de Heleno» (Síntesis de Herodoto y Pausanias por Robert Graves: Los mitos griegos)


Sobre el final de Helena hay que decir que aunque todo el mundo supone que murió en justicia en el incendio de Troya, no queda más remedio que desengañar al personal y a la justicia: como refleja la linda imagen de aquí encima, su esposo Menelao, que ya se había salido con la suya, la acogió de buena gana en su seno, en el que ella se refugió tan aliviada y tan campante. Llenaron sus barcos de todo lo que pillaron y volvieron a su casita de Esparta, en el Peloponeso, donde llegaron enseguida y no como el pendón del Ulises, que siempre se las apañaba para perderse.
Allí se encontrarían con la tragedia de que Agamenón, hermano de Menelao y rey de Micenas, había sido asesinado por su esposa Clitemnestra, hermana de Helena, una chica muy lista y muy preparada para la vida moderna, pues hace que le anuncien la salida de Troya de Agamenón, para ir organizando el crimen con tiempo y sin prisas, mediante un sistema de señales luminosas, una red de hogueras o teas colocadas en alturas visibles entre sí, un sistema telegráfico que era el último grito en telecomunicaciones. Sólo con nueve puestos cubrió la distancia entre Troya y Micenas, entre 500 y 800Km según el recorrido elegido.

Y Helena y Menelao tienen un encontronazo, en consecuencia del crimen, con sus sobrinos Electra y Orestes, hijos de Agamenón y Clitemnestra, los cuales estaban dispuestos a asesinarles a ambos, a él por calzonazos y a ella por pelandusca (los jóvenes de antes no entendían de negocios). Pero justo cuando estaban a punto de conseguirlo, Apolo, por orden de Zeus, la transportó a ella en una nube al Olimpo, donde se convirtió en una de los inmortales y se unió a sus hermanos, los Dioscuros Géminis, como guardiana de los marineros en peligro. Chúpate esa mandarina, que le dijo Apolo a Orestes (en el cole nos decíamos "no te molestes, Orestes" cuando la ocasión lo pedía; y sentaba muy mal, por cierto).


En cualquier caso, este final de los poetas griegos acentúa la sensación de que Helena simplemente había servido de excusa a las ambiciones comerciales helenas sobre la confederación troyana. Otros pueblos que no salieron tan beneficiados con la guerra de Troya urdieron otros finales mitológicos para la muchacha más a su gusto:

«Del final de Helena sobreviven otros tres relatos contradictorios. El primero: que en cumplimiento de la profecía de Proteo volvió a Esparta y vivió allí con Menelao en paz, comodidad y prosperidad, hasta que ambos marcharon, cogidos de la mano, a los Campos Elíseos. El segundo: que hizo con él una visita a los taurios y allí Ifigenia los sacrificó a ambos a Artemis. El tercero: que Polixo, viuda del rey Tlepólemo de Rodas, vengó la muerte de éste enviando a algunas de sus sirvientas, disfrazadas de Erinias, a que ahorcaran a Helena» (Síntesis de Homero, Tolomeo Hefestiono y Pausanias por Robert Graves: Los mitos griegos)




2. Sobre las murallas de Troya
« Los caballos no los llevaré a Ítaca, te los dejaré aquí como ornato, pues tú reinas en una llanura vasta en la que hay mucho loto, juncia, trigo, espelta y blanca cebada que cría el campo. En Ítaca no hay recorridos extensos ni prado; es tierra criadora de cabras y más encantadora que la criadora de caballos. Pues ninguna de las islas que se reclinan sobre el mar es apta para el paso de caballos ni rica en prados, y Ítaca menos que ninguna» (Homero: Odisea)


De todo lo expuesto hasta aquí, hay que apartar a Helena a un lado y subrayar que la importancia de la "industria" ganadera que los troyanos tenían montada a lomos de sus caballos bien podía ser comparable a la de su situación estratégica. Hoy día, rodeados de vehículos que han relegado a las monturas al ámbito romántico y decorativo, somos incapaces de valorar lo que los animales de carga, y sobre todo el caballo, al aunar potencia resistencia y velocidad, han representado para la historia humana.

Y hay que tener presente que si hoy se pueden montar fábricas de carros de combate en cualquier parte y en el número que se desee (para estas cosas siempre hay dinero), los caballos, como el vino o el aceite, necesitan prados y climas adecuados, y toda una técnica secreta de cruces. Quiere decirse, que en este aspecto, Troya era muy difícilmente imitable.
No por casualidad Homero repite incansablemente «Argos, criadora de caballos»: la Argólida, donde reinaba Agamenón, el hermano de Menelao, era una feroz competidora de Troya («troyanos, domadores de caballos», insiste igualmente Homero) en este campo caballar.


Homero denominó a Troya "la de los hermosos corceles". La costa de Turquía (entonces Frigia) donde Troya se asentaba era rica en fértiles llanuras que criaban excelentes caballos. Hasta Salomón, que hacía algo más que cortejar a la reina de Saba o construir el Templo, importó de allí caballos para sus carros de guerra. En esa zona salió a la luz también el blanco Pegaso alado; y de allí eran los dos caballos igualmente blancos (que no volaban de milagro, pues podían correr por encima de la superficie marina sin rozar el agua) que Zeus regaló como compensación al padre de Ganimedes, el rey Tros (fundador, como su nombre indica, de Troya) por quitarle al muchacho, un mancebito sandunguero éste al que había contratado como copero-escanciador a fin de llevárselo de becario oval al huerto del Olimpo. De cualquier forma, la de Zeus era una oferta tipo Corleone, de esas que no pueden rechazarse.




(Este es el "blanco Pegaso alado" (el blanco de la izquierda) de la industria española de posguerra. Aunque esté prohibido decirlo, cuando Franco, aunque pocas, algunas cosas se hicieron bien. El Pegaso fue un buga ''sport de lujo'', como se decía, que tuvo gran éxito por ahí fuera. Se dejó de fabricar porque la idea era que simplemente sirviera de reclamo a la marca de camiones del INI, de los cuales aún queda alguno por ahí. Nuestra industria siempre ha sido muy suya)


Una urbe con tal situación, forzosamente tenía que estar dotada de unas buenas murallas, y la historia de su construcción entraña una divertida leyenda conyugal:

«Llegó un tiempo en que el orgullo y el mal genio de Zeus se hicieron tan intolerables que Hera (su esposa; aquí a la derecha, sorprendidos por Annibale Carracci en uno de sus momentos de cariñito y cheesburghers), Poseidón, Apolo y todos los demás olímpicos, con excepción de Hestia, lo rodearon de pronto cuando dormía en su lecho y lo ataron con correas de cuero crudo, enlazadas en cien nudos, de modo que no pudiera moverse. Él les amenazó con matarlos al instante, pero ellos habían puesto el rayo fuera de su alcance y se rieron de él de modo insultante…

La Nereida Tetis, previendo una guerra civil en el Olimpo, corrió en busca del gigante de cien manos Briareo, quien rápidamente desató las correas empleando todas sus manos al mismo tiempo, y liberó a su señor. Ya que Hera había encabezado la conspiración contra él, Zeus la colgó del firmamento con un brazalete de oro en cada muñeca y un yunque atado a cada tobillo.

Las demás deidades estaban indignadísimas, pero no se atrevieron a liberarla a pesar de sus gritos lastimeros. Al final Zeus se decidió a ponerla en libertad si ellos juraban que no volverían a rebelarse contra él, cosa que hicieron todos ellos por turno y a regañadientes. Zeus castigó a Poseidón y Apolo enviándolos como siervos al rey Tros, para quien construyeron la ciudad de Troya, pero perdonó a los demás por, haber actuado bajo coacción» (Síntesis de Tzetzes y Homero por Robert Graves: Los mitos griegos)



Es decir, Zeus castigó a Apolo y a Poseidón a trabajar de peones en las obras de la muralla de Troya. Se trata de la primera redención de penas por servicios a la comunidad en la historia universal. Este Tros, también llamado Laomedonte (padre del Ganimedes que acabamos de mencionar con motivo de las apetencias homosexuales, más bien plurisexuales, de Zeus), fue quien decidió construir las famosas murallas de Troya y tuvo la buena suerte de conseguir los servicios de los dioses Apolo y Poseidón, que en aquel momento estaban de oferta. Poseidón construyó las murallas mientras Apolo tocaba la lira y daba de comer a los rebaños de Tros; y un vulgar mortal le echó una mano a Poseidón, se trataba de un tal Éaco que habían contratado porque sabían que a menos que un mortal participase en su trabajo la ciudad sería inexpugnable y sus habitantes capaces de desafiar a los dioses.

Pero, como suele pasar incluso en estos casos, Tros no pagó a los dioses lo que les debía según contrato, por lo que mereció su enconado resentimiento, y fue la causa de que él y todos sus hijos —con excepción de Príamo— perecieran cuando Heracles saqueó Troya en la quinta destrucción que sufrió la ciudad, que entonces no se andaban con bromas en cuanto a burbujas inmobiliarias ni a ladrillazos.

La importancia de la participación del mortal Éaco en la construcción de las murallas de Troya no se debe pasar por alto: Apolo había profetizado que sólo se podría abrir una brecha en la parte construida por Éaco. Andrómaca recordó a Héctor que esa parte era la cortina del lado occidental de la muralla, «cerca de la higuera», donde la ciudad podía ser atacada con más facilidad (Homero: Ilíada vi.431-9). Las excavaciones realizadas en Troya por Dorpfeld demostraron que la muralla era, inexplicablemente, más débil en ese punto.

« La situación de Troya en una llanura bien regada a la entrada del Helesponto, aunque la convertía en el principal centro comercial de la Edad de Bronce entre Oriente y Occidente, provocaba frecuentes ataques de todas partes. Las alegaciones griegas, cretenses y frigias de haber fundado la ciudad no eran irreconciliables, puesto que en la época clásica ya había sido destruida y reconstruida con mucha frecuencia. Hubo en total diez Troyas, y la séptima era la homérica. La Troya a la que se refiere Homero parece haber sido poblada por una federación de tres tribus —troyanos, ilianos y dardáneos—, cosa habitual en la Edad de Bronce» (Robert Graves: Los mitos griegos)



«Tenía además de esto Salomón cuarenta mil caballos en sus caballerizas para sus carros, y doce mil jinetes. Y estos gobernadores mantenían al rey Salomón, y á todos los que á la mesa del rey Salomón venían, cada uno un mes; y hacían que nada faltase. Hacían también traer cebada y paja para los caballos y para las bestias de carga, al lugar donde él estaba, cada uno conforme al cargo que tenía» (Libro de los Reyes, 4-26)


Y aquí, justo al pie de las derruidas murallas de Troya y con el caballo como argumento, es el lugar adecuado para sacar a relucir a las amazonas, pues también estas bravas mujeres participaron en esta guerra. Su reina, Pentesilea, había decidido entrar en combate para socorrer a Príamo, para lo que se hizo acompañar de una parte de su ejército. Pero Aquiles dio pronto muerte a dicha reina, cuya última mirada le hizo enamorarse de ella y llorar su desaparición.

(Aquiles dando muerte a Pentesilea en un precioso cacharro de cerámica ática del s-VI. Tomado de La muerte de la belleza)



Históricamente, dice el maestro Graves, Pentesilea era una de las sacerdotisas combatientes de Atenea, derrotadas por los invasores eolios de la Grecia primitiva que antes mencionamos. El episodio ha sido situado en Troya porque, según se dice, la confederación de Príamo comprendía a todas las tribus del Asia Menor. Pentesilea no aparece en la Ilíada, pero el ultraje de su cadáver por Aquiles es característicamente homérico, y como se la menciona en otros muchos textos clásicos, un pasaje acerca de ella pudo muy bien haber sido suprimido por los compiladores clásicos, esos técnicos en lo que sea que deciden cuál de las versiones existentes de cualquier cosa conviene a según quien sea que sea la correcta. ¿Me explico?

«Amazona deriva de 'a' y 'mazon', "sin pechos", porque se creía que se cortaban un pecho para poder disparar mejor las flechas (pero esta idea es fantástica), parece ser una palabra armenia que significa "mujeres-luna". Como las sacerdotisas de la diosa Luna en las costas del sudeste del Mar Negro llevaban armas, como lo hacían también en el golfo de Sirte en Libia, parece que los relatos que de ellas hacían los viajeros a su regreso crearon confusión en la interpretación de ciertas imágenes atenienses antiguas que representaban a mujeres guerreras, y dieron origen a la fábula ática de una invasión amazónica desde el río Termodonte» (Robert Graves: Los mitos griegos)



«La leyenda sobre las amazonas es uno de los primeros referentes escritos que hablan de mujeres en libertad, dueñas de sus propios destinos, sin la intervención de los hombres en su gobierno y con un marcado carácter de igualdad… Durante siglos poblaron el imaginario greco-romano. Mucho después, con Colón, desembarcarían en el Nuevo Mundo. En la Ilíada, Homero las llama 'antineirai', "las que luchan como varones", mientras que a los ojos de Herodoto eran simples 'androktones', "asesinas de varones".

En el s.XXI Pentesilea y sus belicosas amazonas siguen simbolizando el miedo ancestral al poder femenino, anclado durante siglos en el subconsciente masculino. Reales o inventadas, mientras se siga hablando de "guerra de sexos", las míticas señoras de las estepas continuarán cabalgando» (Laura Manzanera: Rev. Clío: Especial Nº3. Grecia en tiempos de Troya)

 


3. El truco del caballo
«Pero, vamos, pasa a otro tema y canta la estratagema del caballo de madera que fabricó Epeo con la ayuda de Atenea; la emboscada que en otro tiempo condujo el divino Odiseo hasta la Acrópolis, llenándola de los hombres que destruyeron Ilión» (Homero: Odisea)


(Aquí vemos a la diosa Atenea sorprendida infraganti con las manos en la masa del caballo)

Hasta los que no hemos visto ninguna de las películas que se han rodado sobre Troya tenemos una idea bastante aproximada del asunto de su caballo. Casi todos hemos tirado cuando niños de un artefacto similar en miniatura, o de un camión, su versión moderna, regalos con los que la gente mayor busca el modo de colarse subrepticiamente en nuestros corazones infantiles (las niñas empujaban un cochecito de bebé que arropaba un muñeco, al que algunas encontraban más divertido sin cabeza, con la cual jugaban al futbol ante la incomprensión horrorizada de sus mayores).

Hoy el caballo ha desaparecido de nuestro universo fantástico a la vez que del real, pues la competencia bélica lo sustituyó por el carro más o menos blindado a lo largo de las dos últimas guerras mundiales. Y por la velocidad a la que discurren los acontecimientos mundiales (ahora todos lo son) que marean y malean nuestro cerebro nos es imposible imaginar lo que este animal ha significado y lo que ha contribuido a moldear el mundo que vivimos. Los pastores asiáticos, que fueron los primeros en domesticarlo, siguieron siendo aficionados a su carne, lo mismo que los pueblos pre-cristianos de la Europa septentrional… hasta el momento en que los caballos empezaron a servir para matar al prójimo, instante a partir del cual su degustación fue considerada un crimen contra la sensibilidad humanitaria y ecológica, y responsablemente considerada tabú.

Hay historiadores que opinan que lo que Homero cuenta en la Ilíada acerca de la estratagema del caballo de Troya pudo ser básicamente cierto. Se basan en el poder mágico y religioso del caballo sobre unas gentes plenamente inmersas en el culto animista (acabamos de ver jurar sobre un caballo como si fuera nuestra Biblia), y en que, como imagen de culto que sus representaciones eran, bastaba con que el artefacto en cuestión "se pareciese" a un caballo (en la religión cristiana pasa lo mismo: "si es con barbas, san Antón, y si no, la Purísima Concepción"), dado que, como puede apreciarse en la decoración de cerámica diversa (aquí mismo, a diestra y siniestra), las imágenes realistas de este animal no aparecerían hasta casi el s.-VI.


Así pues, los modernos y animosos seguidores de Homero se han propuesto demostrar empíricamente, es decir, mediante los hechos, que un caballo de Troya puede ser viable con un poco de maña, una habilidad que hasta el más patoso adquiere de repente cuando las circunstancias se ponen realmente serias.
A derecha e izquierda tenemos el resultado de sus investigaciones. Es un ejemplo bastante convincente entre varios posibles de diferente estética, pero de un tamaño y envergadura, estructural y ergonómicamente hablando, que no pueden ser ni mucho más grandes ni mucho más reducidos: hay que tener en cuenta que dentro del caballo no iría un ejército, sino sólo unos cuantos hombres dispuestos a abrir las puertas de la ciudad.

En este mundo de las obras de ingeniería, y ésta lo es, viene al pelo puntualizar lo que sigue: el genio, el 'genius' latino, era según los más antiguos romanos "la deidad que velaba por cada persona y se identificaba con su suerte", al fin y al cabo deriva de 'gens' (raza, familia, tribu) y, al igual que nuestro gen, viene de 'gignere', engendrar. De ahí, genio pasó a significar "la persona misma, su personalidad"; pero a la vista de lo que daba de sí el común género humano, genio se ha quedado en "persona de grande ingenio", siendo ingenio, el 'ingenium', "las cualidades innatas de alguien".

Pues bien, la gens, las gentes, piensa que ingeniero es alguien que hace de este ingenio su profesión. Pero se equivoca de medio a medio: ingenios se llamaban así mismo en un principio y durante un par de milenios, todas aquellas estructuras que se empleaban en el asedio y defensa de ciudades y fortificaciones; es decir, artefactos tales como torres de asalto, ballistas, catapultas o arietes. Las unidades militares destinadas a su construcción manipulación y mantenimiento tomaron el acorde nombre de ingenieros. Y así desde entonces a nuestros días, en los cuales las primeras, las pioneras, escuelas de ingenieros fueron, naturalmente, las de ingenieros militares.

También cabe decir que tanto la desbocada construcción ingenieril terrestre como la naval se han llevado por delante la mayoría de la masa arbórea de Asia y Europa:
«Solemos imaginar que en los sitios eran desplegadas sólo unas pocas grandes máquinas de asedio, pero no siempre era así:
Cuando Escipión conquistó la ciudad hispana de Cartago Nova (Cartagena) en 209 a.C., en el armamento que capturaron había 120 catapultas grandes y otras 281 pequeñas.
Josefo, testigo ocular de los hechos, dice que Vespasiano y Tito usaron 160 máquinas de asedio cuando atacaron Jerusalén a finales de la década de 60 d.C., para cuya construcción fue preciso talar todos los árboles existentes en un radio de más de 15 kilómetros alrededor de la ciudad» (J.C. McKeown: Gabinete de curiosidades romanas)



No obstante, en lo relativo al caballo-trampa troyano, la mayoría de los historiadores se inclinan por un realismo más escéptico:
«Los comentadores clásicos de Homero no estaban satisfechos con la fábula del caballo de madera. Sugirieron, variadamente que los griegos utilizaron una máquina parecida a un caballo para derribar la muralla (Pausanias: i.23.10); que Antenor hizo entrar a los griegos en Troya por un postigo en el que estaba pintado un caballo; o que la señal de un caballo era utilizada para distinguir a los griegos de sus enemigos en la oscuridad y la confusión; o que cuando Troya fue traicionada los oráculos prohibieron el saqueo de cualquier casa marcada con la señal de un caballo, y así se respetó a las de Antenor y a las de otros; o que Troya cayó a causa de una acción de caballería; o que los griegos, después de incendiar su campamento, se ocultaron detrás del monte Hipio ("del Caballo").

Es muy probable que Troya fuese tomada por medio de una torre de madera con ruedas, cubiertas con cueros de caballo húmedos para protegerla contra las flechas incendiarias, y empujada hacia la parte notoriamente débil de las defensas: la cortina occidental que había construido Éaco. Pero esto difícilmente explicaría la leyenda de que los caudillos griegos se ocultaron en el "vientre" del caballo». (Robert Graves: Los mitos griegos)
Y según la citada Raquel Rebollo: «Diversos autores clásicos han definido el caballo como una embarcación. Apolodoro incluso describe el proceso de entrada de los guerreros como un "embarque". En este sentido, habría de tenerse en cuenta que Homero describe en la Odisea que los barcos son como caballos.

Pero la visión más común es que, en realidad, se trataba de una máquina de asalto, como ya señaló Plinio el Viejo en su Historia Natural. Como recuerda Nic Fields, Pausanias va mucho más allá y señala que cualquiera que no piense que los troyanos eran suficientemente estúpidos, se habría dado cuenta de que, en realidad, el caballo era una maquinaria de ingeniería bélica para derribar las murallas.
Existen evidencias de la utilización de estas máquinas de asedio con ruedas desde períodos tan remotos como el s.XVIII a. de C. y en los anales y representaciones artísticas de asirios, egipcios e hititas…» (Rev. Clío: Especial Nº3. Grecia en tiempos de Troya)

También se ha sugerido que el Caballo de Troya podría ser una referencia a Poseidón, rey de las profundidades marinas y terrestres en la mitología griega, que contaba con el caballo como uno de sus símbolos. Durante la guerra de Troya, uno de los frecuentes terremotos que se producen en la región (atribuidos, por venir de las profundidades de la tierra, a Poseidón) pudo haber dañado parte del perímetro amurallado de la ciudad, facilitando así su toma por los griegos. (Wikipedia)

«Y la nave... como los cuadrúpedos caballos se arrancan todos a la vez en la llanura a los golpes del látigo y elevándose velozmente apresuran su marcha, así se elevaba su proa y un gran oleaje de púrpura rompía en el resonante mar…» (Homero: Odisea)



4. Los Carros de fuego
«El padre Zeus, subiendo al carro de hermosas ruedas, guió los caballos desde el Ida al Olimpo y llegó a la mansión de los dioses; y allí el ínclito dios que sacude la tierra desunció los corceles, puso el carro en el estrado y lo cubrió con un velo de lino» (Homero: Ilíada, VIII-438)

El caballo, era tan esencial y estaba tan asimilado al poder como que los antiguos greco-romanos no podían concebir que un todo un dios pudiese prescindir de él, y mucho menos un dios tan viajero como el Sol (Hermes/Mercurio usaba un casco con alas, como buen motorista mensajero de los dioses que era, pero también era el patrón de comerciantes y ladrones ―ejém―, un dios de segunda, en fin, así que sus alitas craneales venían a ser, en comparación, como el vespino del Olimpo).
Pero en este sentido, el carro de caballos, no el caballo aislado, era el que confería estatus y prestigio. Nuestros clásicos antecesores creyeron que el sol caminaba en un carro por el cielo, y por eso los rodios (los isleños de Rodas), que adoraban al sol como a su principal deidad, le dedicaban anualmente un carro y cuatro caballos, hundiendo la cuadriga en el mar para que lo usase. Indudablemente pensaban, por experiencia, que después de un año entero de trabajo los antiguos caballos y el carro estarían estropeados.

(Izquierda, lienzo de Poussin, de 1640, en el que vemos a Apolo en su carro solar sosteniendo el círculo de la Eternidad, sobrevolando a la Riqueza, la Pobreza, el Trabajo y el Placer bailando al son que toca el padre Tiempo)

Es probable que, por motivo parecido, los reyes de Judá, idólatras, dedicasen carros y caballos al sol: los espartanos, persas y masagetas también sacrificaban caballos al sol. Los espartanos hacían estos sacrificios en la cumbre del monte Taigeto, la bellísima cordillera tras de la que veían ponerse el sol todas las tardes. Es tan natural que los habitantes del valle de Esparta hicieran esto, como el que los isleños de Rodas arrojasen carros y caballos al mar dentro del cual creían se hundía el sol al anochecer, pues así, ya fuera sobre la montaña o en el mar, los caballos de refresco esperarían al cansado dios en el sitio donde con más agrado los recibiría al final de su jornada. (James G. Frazer: La Rama Dorada)

«Josías, rey de Judá, hizo desaparecer de la entrada de la casa de Yahvé los caballos que los reyes de Judá habían dedicado al Sol, cerca de la habitación del camarero Natanmelec en el atrio. Quemó los carros del Sol, demolió los altares que había en la terraza de la cámara alta de Ajaz, que habían alzado los reyes de Judá, y los altares que había hecho Manasés; y después de destrozarlos arrojó el polvo al valle de Cedrón…» (Libro de los Reyes, 23-11)



Esta fijación religiosa en la adoración del caballo, no es tan diferente de la que hoy nos embarga ante sus sucesores, el coche y la moto. También en el santoral cristiano existe un personaje de origen mitológico, Hipólito, con un largo recorrido a partir de los hititas, que pasa por Babilonia y después de ser digerido en Grecia aterriza en la Roma cristiana. Su nombre significa "Estampida de caballos" y fue famoso por la frustrada pasión que despertó en Fedra, su madrastra, y en la diosa Diana a cuyo casto culto se dedicó, con lo que provocó las iras de Venus y su propia desgraciada muerte bajo los cascos de su desbocada cuadriga. Difícilmente podemos dudar de que el san Hipólito del calendario romano, arrastrado y muerto por caballos el 13 de agosto, el mismo día de Diana, sea otro que el héroe griego del mismo nombre, que, después de morir dos veces como pecador pagano, fue resucitado felizmente como santo cristiano. (James G. Frazer: La Rama Dorada)







(Correspondencias zodiacales con el cuerpo del caballo, xilografía del Libro de Albeytería, editado en Zaragoza en el s.XVI)






«La raza equina más antigua de Europa se encuentra en Doñana. Un estudio genético elaborado por investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha desvelado que este título pertenece al llamado caballo de retuertas, del que sólo quedan unos 60 ejemplares. Además, se trata de la última población autóctona de caballos europeos que vive en libertad aislada de otras manadas.
Los autores de la investigación analizaron el árbol filogenético de 12 razas equinas, por un lado las de origen centroeuropeo (asturcón, losino, potaca, mallorquín, menorquín y el de retuertas) y las razas europeas y africanas, como el árabe, el inglés, el trotador español, el pura raza española y el marismeño…
Los resultados del análisis fueron determinantes. Ciro Rico, principal autor del estudio señaló: "Si lo tuviéramos que mostrar en un gráfico, el caballo de retuertas aparecería en la base del árbol genealógico".
El caballo de retuertas, de aspecto tosco y estatura algo menos que la de los caballos de raza española, es castaño y robusto, por lo que es utilizado para realizar tareas ganaderas o como animal de carga» (Olalla Cernuda: Diario El Mundo, Ciencia, 21-mayo-2007)

(Estandarte de Ur (hoy Tell Muqqayar, Irak) fechado hacia el año -2500)



Poco después de la domesticación del caballo se desarrolló una tecnología específica para su enganche al carro (al fin y al cabo ya hacía unos cuantos cientos de años que existían tiros a base de bueyes, asnos y onagros), con lo cual se les consagró a un uso que dominó su destino en lo universal ―que dijo el otro― hasta la época moderna en la cual seguimos valorando la potencia del automóvil en “caballos”: todas las civilizaciones agrícolas de la Antigüedad querían el caballo como máquina bélica. Los guerreros se lanzaban a la batalla en carros tirados por caballos desde los que arrojaban lanzas y disparaban flechas y de los que saltaban para seguir luchando a pie.


En el segundo milenio ya se había generalizado en toda Mesopotamia, en Anatolia (Turquía) y en Egipto, el uso de ruedas de radios en los carros de guerra. Aunque las ruedas existen desde el tercer milenio, estas consistían en un disco de madera maciza tan delgado como la madera lo permitía, estando formadas por dos o tres segmentos unidos entre sí mediante grapas de madera o bronce e incluso con cuerdas.
El avance técnico de las nuevas ruedas ligeras se le atribuye a los hititas; están provistas de seis a ocho radios de bronce que parten, en forma de estrella, de un cubo y están encerrados dentro de una llanta de madera, la cual se fabrica inicialmente de una sola pieza. Más tarde se generaliza la llanta formada por varios segmentos unidos con pestañas.

(Detalle del Estandarte de Ur)


«La gente de Aquiles se solazaba en la playa tirando discos, venablos o flechas; los corceles comían loto y apio palustre cerca de los carros de los capitanes que permanecían enfundados en las tiendas, y los guerreros, echando de menos a su jefe, caro a Ares, discurrían por el campamento y no peleaban» (Homero: Ilíada)

Y es que el carro, el carro ligero, el carro de guerra, apareció casi un milenio antes que el binomio caballo-jinete. Es bastante lógico si bien lo miramos, pues se pensaba que no había forma de sujetarse al trote o al galope, que es para lo que se destinaba al caballo. Para lo demás estaban las mulas. Tan inconcebible para la mente antigua era la idea del guerrero a caballo, que esta figura parecía más mítica que posible: era el centauro.


Robert Graves opina que el vocablo centauro es quizás análogo al latino centuria, «grupo guerrero de cien hombres», un enlace que puede no ser más que etimológicamente casual (cien es 'centum' en latín y 'hekatón' en griego, y 'centaurus' deriva de 'kéntauros'). Pero no tenemos nosotros autoridad alguna para contradecir al grandísimo Graves (del que, por otra parte, hemos obtenido la información para la mayor parte del contenido del presente artículo).

«Los caballos estaban consagrados a la luna, y las danzas de caballicos, destinadas a hacer que cayera la lluvia, dieron origen, al parecer, a la leyenda de que los centauros eran mitad caballos y mitad hombres. La más antigua representación griega de los centauros —dos hombres unidos por la cintura a cuerpos de caballos— se encuentra en una gema micénica del Héroe de Argos; están el uno frente al otro y bailan. Una pareja análoga aparece en un sello cretense, pero como en Creta no existía un culto nativo del caballo, es evidente que el motivo fue importado del continente» (Robert Graves, Los mitos griegos I, 63-3)

Fue precisamente en la época troyana que estamos tratando, cuando, gracias a las innovaciones de los guerreros escitas, rápidamente copiadas por los asirios y los persas, aparecieron los primeros jinetes, los cuales hubieron de aprender a pulir la técnica de combate a horcajadas. A partir de entonces, con la incorporación de la silla de montar, que fue perfeccionándose progresivamente, en combinación con el estribo y el bocado y la adición de la herradura, el arte del exterminio nunca ha dejado de depurarse.


«Cerca, dos jinetes rivalizaban en velocidad. De pie sobre sus carros bien construidos, y aflojando las riendas, impulsaban a los caballos rápidos, y éstos volaban dando saltos, y los carros sólidos y los cubos resonaban con ruido; y los jinetes continuaban su carrera, y la victoria no se decidía, y el combate permanecía dudoso. En medio de la arena, como premio había un gran trípode de oro, obra ilustre del hábil Hefesto» (Hesíodo: El Escudo de Heracles)


Cuando en su paseíllo triunfal tan bien merecido tras un extenuante proceso electoral (suerte que tienen algunos países), el presidente Obama abandonó su flamante limusina para hacer un corto recorrido a pie, creó un precedente insólito en la tradición milenaria de los vencedores (tanto gustó que se dice que en Dallas le han invitado a repetir el gesto allí). Una tradición en la que el carro dorado tirado por cuatro bien adornados caballos en línea, la cuadriga (del latín 'quadriga', contracción de 'quadri-', cuatro, y 'jungere', uncir, unir mediante un yugo), que sigue la tradición equivalente hoy en el 4x4, era el vehículo utilizado por los generales para entrar en Roma cuando el Senado consideraba que sus hazañas militares merecían celebrar públicamente un triunfo, significaba el máximo honor militar, propio de emperadores en campaña. Normalmente el vehículo usado en el ejército era la biga, el carro tirado por dos caballos (derecha, recreación renacentista tirando a barroca del Triunfo de Tito y Vespasiano, de Giulio Romano, pintado hacia 1537).

«Cecina, un caballero de Volterra dueño de cuadrigas, solía llevar consigo a Roma unas golondrinas que había capturado y las soltaba para comunicar a sus amigos la victoria, pues eran capaces de regresar a su antiguo nido pintadas con el color del vencedor» (Plinio: Historia Natural, X-71)

Aunque ya desde tiempos de los reyes, el Senado romano donaba un caballo a los 1.800 ciudadanos romanos de mayor alcurnia (en Italia los caballos seguían siendo escasos y muy costosos, algo que nos sirve para poner de relieve la importancia de enclaves como Micenas y Troya), los cuales conformaban el 'ordo equester', orden ecuestre origen de la clase de los caballeros, nunca se dieron en Roma carreras de caballos.
Sin embargo las carreras de cuadrigas se seguían con una pasión mucho más generalizada e intensa de la que hoy puede suscitar un fórmula-1 del Jarama o un rally de Jerez. Se anunciaban con bastante antelación y se cruzaban pujas incluso en las regiones colindantes a Roma, donde existían casas de apuestas que obtenían los resultados de cada carrera por medio de palomas mensajeras. Competían sólo tres equipos, el blanco el verde y el azul (el rojo era un color reservado a la realeza y al Senado), unos colores sugestivamente similares a los escogidos por Juan de Patmos para tunear los caballos apocalípticos.



Aunque facción es el término que suelen aplicar los eruditos actuales a los grupos políticos de la época republicana de Roma, es decir a la anterior a Augusto, en la lengua española no apareció tal término hasta el s.XIII. Sin embargo facción (de 'factio, -onis', poder o derecho de hacer algo) es  como la gente romana denominaba a cada uno de los equipos de aurigas y auxiliares que participaban en las competiciones de cuadrigas, los boxes de entonces.
Es de allí y de ellos, que "facciones" se haya consolidado en la jerga política con el significado de "grupos rivales entre sí dentro de un mismo partido", aunque con un aire mas bien peyorativo según se comprueba con el término faccioso, "perturbador de la quietud pública", como dice la RAE. Sin embargo, tomándose las cosas más serenamente, facción también tiene el significado de "cada una de las partes del rostro humano", lo cual nos viene a susurrar que, gústele o no a la RAE y al BOE, el rostro de una sociedad está configurado por el conjunto de sus más o menos crispadas facciones. Si ustedes vosotros googlean facciones cuadrigas pueden encontrarse con un fascinante panorama de detalles acerca del mundo antiguo y sus carreras. En verdad que merece la pena.



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También dice san Juan que tras el apocalipsis terrenal la debacle entrará triunfalmente sobre una cuadriga desmadejada y sin carro en la que los cuatro caballos en línea seguirán manteniendo el tipo hasta el final, que los viejos jamelgos nunca mueren: «El primer jinete del Apocalipsis cabalga un caballo alazán que representa la guerra; el caballo del segundo jinete es negro, como el hambre; y el tercero, bayo, anuncia la peste. Este cortejo de calamidades sigue los pasos de un caballo blanco que simboliza precisamente la invasión de una tierra extraña por pueblos bárbaros (encima, el Apocalipsis de Vasnetsov).
Durante siglos los cuatro jinetes del Apocalipsis han hecho la ley e impuesto el orden porque la guerra, la peste y el hambre eran vistos como una fatalidad, una necesidad o sencillamente como un mal menor. Rara ha sido, en Europa, la generación que no ha conocido una guerra, hasta el punto de que Unamuno o Hegel veían en ella la ocasión incomparable para sacar del hombre, además de lo peor, lo mejor de sí mismo. Hemos llegado hasta una cultura de la guerra que la ensalza porque ve en ella una escuela excepcional de virtudes heroicas». (Reyes Mate: Los nuevos jinetes del apocalipsis)


Aunque en cada sucesivo momento histórico a lo largo de los siglos, los vencedores han recogido las ovaciones del público unas veces encaramados sobre el cacharro con ruedas más ostentoso de su tiempo y otras veces encogidos dentro de él, la cuadriga conservó la exclusiva del símbolo victorioso por excelencia (el Oscar queda detrás por poquito). Es por ello que en la cultura occidental, y una vez aparcada en la azotea de arcos de triunfo y sedes bancarias, la cuadriga sigue representando la madre de todas las victorias políticas de los propietarios de los inmuebles que corona. Y resulta aquélla, la azotea o terraza, un emplazamiento idóneo para ella al combinar las características y cualidades del altar y del trastero. Aparte de quedar muy aparente en las postales.



«Y erigido el túmulo, volvieron a su sitio. Aquiles detuvo al pueblo y le hizo sentar, formando un gran círculo… Empezó exponiendo los premios destinados a los veloces aurigas: el que primero llegara se llevaría una mujer diestra en primorosas labores y un trípode con asas, de veintidós medidas; para el segundo ofreció una yegua de seis años, indómita, que llevaba en su vientre un feto de mulo; para el tercero, una hermosa caldera no puesta al fuego y luciente aún, cuya capacidad era de cuatro medidas; para el cuarto, dos talentos de oro; y para el quinto, un vaso con dos asas no puesto al fuego todavía...» (Homero: Ilíada)





5. De la Leyenda a la Historia


«Se ha preguntado por qué Zeus y Temis proyectaron la guerra de Troya. ¿Fue para hacer famosa a Helena por haber embrollado a Europa y Asia? ¿O para exaltar a la raza de los semidioses y al mismo tiempo hacer menos densas las tribus populosas que oprimían la superficie de la Madre Tierra? Sus motivos tienen que seguir siendo oscuros, pero ya habían tomado la decisión cuando Éride arrojó una manzana de oro en la que estaban inscritas estas palabras: «Para la más bella», en la boda de Peleo y Tetis. Zeus Omnipotente no quiso decidir la subsiguiente disputa entre Hera, Atenea y Afrodita y dejó que Hermes llevara a las diosas al monte Ida, donde Paris, el hijo perdido de Príamo, actuaría como árbitro» (Síntesis de Cipria y Apolodoro por Robert Graves: Los mitos griegos)

Los griegos siempre tuvieron mala conciencia por la guerra de Troya, de ahí la enrevesada excusa del rapto-trampa de Helena, sobre todo teniendo en cuenta, que puestos en ese plan, ellos habían empezado primero, raptando a Hesíone, la hermana del rey Príamo de Troya.
Tan mala era su conciencia, que se sacaron de la manga la bonita historia del concurso de misses montado entre las tres diosas (Hera, Atenea y Afrodita) en el cual el juez había sido Paris, y del que Afrodita/Venus había salido vencedora tras sobornar al juez con la promesa de entregarle en bandeja a una tal Helena que, según decía ella vendiendo el artículo, era lo más bonito que había parido madre (izquierda, el expresivo mosaico romano de Casariche, Sevilla, sobre el Juicio de Paris: la posse de Venus y la carita de respuesta de Paris componen todo un poema. Tomado de Representaciones de mujeres en los mosaicos romanos, libro coordinado por Luz Neira).
Es decir, que, según los griegos, ellos no querían la guerra, pero… estaba predestinada por las diosas. Así pues, la venganza de las diosas perdedoras (de Atenea fue la idea y el proyecto de construcción y montaje del Caballo), ampliada por el regalo prometido por Afrodita si era elegida (la propia Helena de Troya) cavaron la tumba de Troya. Se siente.

Aunque Helena puede haber sido bella y haberse fugado con Paris de Troya, no fue su rostro el que hizo hacerse a la mar a un millar de naves, sino los intereses mercantiles, opina Graves. La guerra de Troya es histórica y, cualquiera que pueda haber sido su causa inmediata, fue una guerra comercial. Troya dominaba el valioso comercio del Mar Negro en oro, plata, hierro, cinabrio, madera para la construcción de naves, lino, cáñamo, pescado seco, aceite y jade chino.
Una vez tomada Troya, los griegos pudieron establecer colonias a todo lo largo de la ruta de comercio oriental, que llegó a ser tan rica como las del Asia Menor y Sicilia. Al final, Atenas, como la principal potencia marítima, fue la que más se benefició con el comercio del Mar Negro, especialmente con la baratura del cereal. Quizás, en consecuencia, las constantes negociaciones entre Agamenón y Príamo no se relacionaban con la vuelta de Helena tanto como con la restauración de los derechos griegos a entrar en el Helesponto.

Una confederación troyana era el principal obstáculo para las ambiciones mercantiles griegas, hasta que el rey supremo de Micenas reunió a los aliados, incluyendo a los señores griegos de Creta, para un ataque conjunto a Troya. La guerra naval, y no el sitio de Troya, puede muy bien haber durado nueve o diez años.

Es probable que los griegos se prepararan para el ataque final mediante una serie de incursiones en las costas de Tracia y el Asia Menor, con el propósito de descabalar el poderío naval de la alianza troyana; y que mantuvieran un campamento en la desembocadura del Escamandro para impedir que el comercio del Mediterráneo llegase a Troya, o que se realizase en la Llanura la anual Feria de Oriente y Occidente. Pero la Ilíada deja claramente establecido que Troya no fue sitiada en el sentido de que quedaron cortadas sus líneas de comunicación con el interior…



«Aquiles partió entonces con un grupo de voluntarios para saquear el campo troyano. En el monte Ida aisló al dardánida Eneas de su ganado, lo persiguió por las laderas boscosas y, después de matar a los pastores y a Méstor, el hijo de Príamo, se apoderó del ganado y saqueó la ciudad de Lirneso, donde Eneas se había refugiado» (Homero: Ilíada)



6. El Crepúsculo troyano...

...«Pero el dios que ciñe la tierra
...me dio sereno tiempo ahora,
...después de la tormenta. Cantaré, prendiendo de coronas
.........mi caballo. ¡No impida la envidia de los dioses inmortales
...que, al par que yo persigo la alegría que cada día trae,
...me acerque tranquilo a la vejez y al tiempo de vida
...que señaló el Destino! Pues por igual morimos todos.
...Sólo el Destino es desigual: si en elevadas cosas pone uno
...los ojos, pequeño es para llegar a la morada de suelo broncíneo
.........de los dioses. Que ciertamente arrojó Pegaso alado
...a su dueño Belerofonte, que quiso ir a los palacios
...del cielo, a la asamblea de Zeus. A la dulzura, a costa de justicia,
...espérale amarguísimo final.
...Mas a nosotros, ¡oh tú, pujante en áurea cabellera!, concédenos,
...también en tus certámenes, una corona en flores
.........abundante!»
(Píndaro: Odas Ístmicas)

La Troya de Helena, Paris y Menelao fue la número siete de las diez Troyas destruidas. Asimilando de una vez por todas el hecho de que su proximidad a la apetitosa costa la hacía indefendible, Troya fue definitivamente abandonada como capital del norte del Egeo y bastión hitita en el extremo oeste de Asia. El cerrojo terrestre del Asia Menor que representaba Troya se trasladó a la ciudad de Gordium, mucho más al interior pero interceptando la carretera 238 más eficientemente aún.

Toda aquella región, la Tróade, sufrió un apagón histórico un siglo más tarde, como consecuencia de la invasión de los dorios, del que no salió hasta siete siglos después. De Gordium procede la historia del Nudo Gordiano; se trataba de un nudo sagrado atado por los dioses que protegía el acceso a Asia, y quien no supiera deshacerlo no podía pasar. Fue una leyenda que les funcionó estupendamente a los frigios y a sus sucesores licios, hasta que un día llego por allí Alejandro Magno de paso a la conquista del mundo, y como que no estaba para bobadas fue y lo cortó de un tajo. Corría el año -333, fecha bonita y fácil de recordar.
No obstante, antes de llegar a Gordium, Alejandro había hecho una parada técnica en Troya, la cual había sido reconstruida por octava vez, aunque ya sin pretensiones, casi quinientos años después de lo de Helena, es decir, en tiempos de Homero, por griegos nostálgicos de la costa egea. Allí Alejandro rindió homenaje a la tumba de Aquiles, en donde dejó una armadura suya de recuerdo.

No se vuelve a saber nada de la región hasta la muerte del susodicho Alejandro diez años después del incidente gordiano, en el -323. Uno de sus militares, que debía saber poco de historia, el general Lisímaco, tras causar baja anticipada por disolución del ejército alejandrino, decidió guardar sus tesoros obtenidos en las campañas persas en la acrópolis de Pérgamo, que por entonces era un villorrio desconocido a unos doscientos kilómetros al sur de Troya, y que por no tener no tenía ni una mísera muralla desde donde caerse muerto.

Y un buen día Lisímaco, en demostración definitiva de que efectivamente no tenía ni idea de historia y menos aún de psicología elemental, confió su fortuna a un conocido suyo, un tal Filetario, quien se quedó como gobernante de Misia y Tróade, las regiones circundantes, las cuales tomaron el nombre de reino de Pérgamo.

Como por aquella época, el s.-III, eran ya los romanos y no los griegos quienes partían el bacalao en toda la zona, Filetario pudo brindar tranquilamente a la salud del primo Lisímaco, inaugurando en el año -280 una dinastía que convertiría Pérgamo en todo un emporio, que se decía antes.
Descendiente suyo fue Eumenes II, rey hacia el -200, verdadero artífice de la importancia urbanística, cultural y comercial de Pérgamo (la dotó de unas buenas murallas, es decir la civilizó), la cual competiría en todo con la mismísima Alejandría, también en cuanto a la categoría de bibliotecas se refiere (sin olvidar el Altar de Pérgamo, que está en Berlín, enterito). Eumenes no sólo levantó y dotó dicha biblioteca, sino que fue el inventor del pergamino una verdadera revolución en el ámbito de los materiales de escritura de la Antigüedad.


(Izquierda, yacimiento arqueológico de Aizinoi, Anatolia central, no lejos de Gordium y sus nudos; derecha yacimiento de Myra-Antalya, costa de Anatolia occidental, al sur de Troya y la vecina Pérgamo; fotos tomadas de El Periódico: Especial Turquía)


El nieto de Eumenes II, Atalo III, legó en su testamento el reino de Pérgamo a sus aliados los romanos, hecho que colocó en los finales del s.-II el punto final a la existencia de Pérgamo como estado independiente. Y con la baja de Pérgamo, la Tróade criadora de caballos, con Troya incluida, pasaría de la Historia a la Leyenda cuando todos los romanos se declararon descendientes en línea directa de Eneas (primo segundo de Paris, al cual acompañó en el viaje en el que éste se enredó con Helena de Esparta), que tras la debacle emprendió su propia odisea marítima (que Virgilio fabuló en la Eneida al estilo homérico) hasta, dicen ellos, recalar en Roma para quedarse a vivir allí. Muy prolíficamente, por lo visto.


«El Paladio que las Vírgenes Vestales guardaban en Roma para la buena suerte de la ciudad tenía inmensa importancia para los mitógrafos italianos; alegaban que había sido rescatado de Troya por Eneas (Pausanias: ii.23.5) y llevado a Italia… "Paladio", de 'palladia', significaba "cosas arrojadas desde el cielo"» (Robert Graves: Los mitos griegos)



Para el s.-I, la Troya VIII que los griegos contemporáneos de Homero habían vuelto a levantar, era poco más que un parque temático al que los romanos pudientes iban de turismo mitológico, sin peso estratégico alguno. No obstante, sus habitantes tuvieron la pésima idea de apoyar a su vecino del Ponto (riberas del Mar Negro), el rey Mitrídates VI, el cual había tenido el pronto de enfrentarse a los romanos. Así que, continuando con la tradición, Troya fue arrasada y masacrada de nuevo, esta vez por una Roma que no se anduvo con contemplaciones de Eneas ni eneos.

De nuevo, la mala conciencia, esta vez romana, hizo que Roma se empleara a fondo en la reconstrucción del su patria mitológica. Esta vez fue por iniciativa de Julio César, que decía ser de la misma sangre de Eneas, quien cuarenta años después de la destrucción de Troya VIII consiguió  dejar Troya IX como nueva. Tan nueva, que incluso fue mimada y embellecida por algunos emperadores importantes, como Adriano, por ejemplo.


Inclusive cuentan que Constantino, el primer emperador cristiano, se estuvo pensando si aprovecharse de las mejoras realizadas por sus antecesores y ubicar en Troya la capital del Imperio Romano, nada menos, pues Roma estaba copada por los bárbaros y era indefendible. Pero como este emperador sí que sabía mucho de historia decidió emplazarse en Bizancio (inmediatamente después, Constantinopolis o Constantinopla y hoy Estambul, capital de Turquía), ciudad situada un poco más al norte pero que, sobre todo, estaba ya en la otra desembocadura del Mar de Mármara, la que da al mar Negro, el canal del Bósforo, con el Mármara y los Dardanelos de por medio y preventivamente aislada del pendenciero Egeo.
Todo esto ocurría hacia el año 325. Con los sucesores de Constantino, cuya madre tenía el indescriptible nombre de Elena ,en la moneda de la izquierda, (aunque tuvieron buen cuidado de quitarle la 'H' inicial, era muy evidente que esa teocrática familia sabía muchísima historia), y la partición definitiva del Imperio Romano, Constantinopla se convertiría en su inexpugnable capital oriental.




Cuando en el 550 los hunos pasaron por allí camino de Roma, pues Atila quería devolverle la visita a Alejandro Magno, los últimos habitantes de Troya aprovecharon la carrerilla para no regresar jamás.



Hasta el momento en que el aficionado a la arqueología Heinrich Schliemann se paró allí con la Ilíada de Homero como única guía de prospección y puso todo patas arriba (año 1870), aquel paraje era denominado "colina de Hissarlik".  Y nadie imaginaba que aquella colina pudiera tener nada dentro.

«A los laberintos ingleses hechos en el césped se los llama habitualmente "Ciudad de Troya", y lo mismo a los de Gales: 'Caer-droia'. Probablemente los romanos los llamaban así por su Juego de Troya, una danza laberíntica ejecutada por jóvenes aristócratas en honor del antepasado de Augusto, el troyano Eneas; aunque, según Plinio, la bailaban también los niños en la campiña italiana…
Aunque Eneas había conseguido el rapto de Helena por París, permaneció neutral durante los primeros años de la guerra, pues era hijo de la diosa Afrodita y Anquises, el nieto de Tros, y le tenía resentido el desdén que le mostraba su primo Príamo» (Robert Graves: Los mitos griegos)




7. …Y la crisis del Mundo Antiguo
En rudo contraste con la suerte del superdotado Eneas, padre del Imperio Romano y de todas sus legiones, la mitología nos cuenta que Helena  y Menelao sólo tuvieron una hija, Hermíone, la cual, a juzgar por lo que cuenta Homero, debió ser bastante poquita cosa, como suele ocurrirles a los hijos de padres excesivamente marchosos cuando éstos se empeñan en que sus vástagos se les parezcan; buena chica y bastante desdichada, murió sin descendencia porque pa qué. Históricamente esto se traduce en que ni Menelao ni Agamenón ni Ulises ni ninguno de sus aliados gozaron durante mucho tiempo de los frutos de su victoria en Troya:

Un siglo después, entre -1100 y -1050, la invasión doria antes citada  puso el mundo heleno patas arriba aniquilando la cultura micénica en el Peloponeso (era otra oleada indoeuropea que hizo lo mismo que habían hecho ellos); es decir, los guerreros de la Edad del Hierro aniquilaron a los guerreros de la Edad del Bronce, quienes antes habían aniquilado a los guerreros de la Edad de Piedra, los cuales previamente no habían dejado títere con cabeza. Esta secuencia es lo que se conoce unas veces como Civilización y otras como Progreso, según seas de letras o de ciencias.

«Y sobrevino una Edad del Oscurantismo; pasaron uno o dos siglos antes que los jonios, obligados por los dorios a emigrar al Asia Menor, iniciaran su renacimiento cultural, basado sólidamente en Homero». (Robert Graves: Los mitos griegos).

De igual manera, en una especie de justicia igualitaria, los dorios también arrasarían a los protectores de Troya, los hititas, que verían perecer a su último rey, Shuppliuluma II, antes de adherirse a los nuevos amos.
Porque finalizaba el segundo milenio, y también en el resto del mundo estaban pasando muchas cosas merced a ese inacabable vivero indoeuropeo de hombres, caballos y armas que hoy corresponde al territorio ucraniano, verdadera frontera histórica entre Europa y Asia; hombres, caballos y armas que ahora bajaban machacando con el hierro nuevo sobre el bronce antiguo:

Los fenicios, el Líbano actual, que entonces se reducía básicamente a las ciudades-estado de Biblos, Sidón y Tiro, eran hostigados por todas las fronteras de tierra, viéndose obligados a comenzar su fructífera andadura marítima que les llevaría al final del Mediterráneo hasta dar la vuelta al continente africano. Utilizarían para ello sus famosos y secretísimos barcos, los cuales ostentaban a proa y popa ―indistinguibles entre sí, pues eran de quilla continua, ya que aún no existían la roda ni el codaste, piezas que desarrollan proa y popa de acuerdo a las funciones de cada una― una cabeza de caballo, un doble mascarón que simbolizaba la continuidad en el mar de sus tradicionales actividades, pues las naves fenicias eran significativamente denominadas 'hippos', caballos, ya que así se denominaban los buenos caballos de guerra (de ahí nuestra hípica).

En Egipto moría Ramsés II, el faraón de los ciento y pico hijos, en honor del cual Ramsés III construyó rápidamente el templo de Medinat-Habu en Tebas, en el cual sobresalían del techo unos curiosos mástiles dorados, los primeros pararrayos de que se tiene noticia. 
Sin embargo, su función no era la de proteger el templo de los rayos, sino la de atraerlos con el propósito de ser utilizados por los sacerdotes en diversas formas de efectos especiales, evidenciando así ante el pueblo la íntima comunicación entre el faraón y el Cielo.
Tras Ramsés II daba comienzo una nueva dinastía egipcia, la XX, entre las convulsiones propiciadas por los todavía hoy misteriosos "pueblos del mar", empujados a su vez por los invasores de hierro del norte.

Mientras, los israelitas, que acababan de atravesaban el desierto con Moisés en dirección contraria, llegaban a la Tierra Prometida y se colocaban bajo el mando del rey Saúl, con gran irritación de los adustos profetas, que no querían ni oír hablar de reyes terrenales. Poco después, David sucedería a Saúl.

Pero los tiempos exigían un militar, pues los israelitas tuvieron la mala suerte de que coincidieron tanto en tierra prometida como en tiempo de arribada con los filisteos (palabra derivada del hebreo 'pelisti', que significa emigrante y que dio nombre a Palestina, tierra de filisteos); entre ellos iba un tal Goliat, y tenían como compañeros exterminadores a aquellos enigmáticos y batalladores "pueblos del mar".
Los israelitas, además, tuvieron que hacerse hueco a codazos entre los arameos y los cananeos y los amoritas… y entre los edomitas y los fenicios y los ammonitas… y entre los moabitas los amorreos los jebuseos y los luvitas y otras tribus más que andaban ya por allí muchos siglos antes; con lo cual que se organizó una guerra bíblica que sigue amenizando los telediarios. Parece ser que Yahvé había prometido a Moisés darles una tierra que estaba de bote en bote, y que además no era suya. Así cualquiera.
Claro que, si nos atenemos a las tesis de importantes especialistas, entre los cuales figura destacadamente el académico de la Historia José María Blázquez, resulta que no existen restos documentales ni arqueológicos que avalen tales peripecias israelitas. Con lo cual, toda la historia de Israel relacionada con su estancia y salida de Egipto, y su peregrinación y acceso a la Tierra Prometida (promesa incluida), se vuelve exclusivamente una cuestión de fe en la Biblia.


En la India, los indoeuropeos recién llegados arrasaban la cultura Harappa autóctona y daban comienzo al período védico, y a la discriminación eterna de las castas, de las que continuan disfrutando los jarapeños.
En Mesopotamia, Babilonia, que por entonces cumplía dos mil años de antigüedad, era arrasada para celebrarlo y reedificada por enésima vez bajo el férreo control del Imperio Medio asirio; esta vez la mítica ciudad del dios Marduk cae a manos del rey Tukulti-Ninurta, quien para compensar el estropicio dota a su propia capital, Assur, de las primeras manifestaciones artísticas conocidas de este rudo imperio guerrero organizado sobre el caballo el carro y el arco seiscientos años atrás.

Por esta época, en China los emperadores regalaban a los emisarios extranjeros distinguidos juguetes dotados de agujas magnéticas (los chinos no lo sabían pero acababan de inventar la brújula), y lanzaban la versión definitiva del I-Ching, la que se aún se sigue reeditando.

Mientras tanto, en lo que aún no era siquiera Hispania, las tribus que habían expandido por esta parte de Europa el cobre, desde Los Millares almerienses, emigran a la zona de El Argar murciano para dar comienzo a nuestra Edad del Bronce. En Hispania, ya se sabe, siempre hemos llevado una Era de retraso tecnológico. Cosas de la tradición.


Empezaba el primer milenio occidental con la puntual llegada del hierro a la Historia. El mundo ya nunca sería el mismo.

«… La cuarta raza de hombres era también de bronce, pero más noble y generosa, pues la engendraron los dioses en madres mortales, la estirpe divina de los héroes que se llaman semidioses, raza que nos precedió sobre la tierra sin límites. Pelearon gloriosamente en el sitio de Tebas, la expedición de los argonautas y la guerra de Troya a causa de Helena de hermosos cabellos. Se convirtieron en héroes y habitan en los Campos Elíseos…
…La quinta raza es la actual de hierro, indignos descendientes de la cuarta. Ya no hubiera querido estar yo entre ellos sino haber muerto antes o haber nacido después. Son degenerados, crueles, injustos, maliciosos, libidinosos, malos hijos y traicioneros…» (Hesíodo: Los trabajos y los días, 157-180)



8. Epílogo troyano


«…el Gobierno español detuvo a dos piratas que eran parte del operativo del secuestro y al traerlos a la Península los convirtió en el caballo de Troya que –mediante la presión a través de las familias de los marineros del Alakrana– permitiría transformar la liberación de los tripulantes en una imperiosa necesidad política para un ejecutivo altamente cuestionado por su ineptitud» (Pedro J. Ramírez: César y los piratas, diario El Mundo, 22-noviembre-2009)

Troyan Horse, en inglés Caballo de Troya, o simplemente troyanos, es un término frecuentemente empleado (desconocemos si incorrectamente, como claman airados internautas) para designar a gusanos, virus y demás guarrerías que se cuelan de forma subrepticia en los sistemas para volverlos majaras y hacer fosfatina las fotos de las vacaciones y las facturas y el google y todas las tonterías que vamos acumulando en nuestro cerebro extra. Que muchas veces es el único que funciona.
Al margen de que el concepto de "caballo de Troya" siga vigente en nuestra cultura, como muestra el párrafo periodístico recién reproducido, la gente atea y desalmada (desprovista de alma, queremos decir) aduce desde hace siglos, pocos, que todas las iglesias misioneras son plenos y reales caballos troyanos del colonialismo porque, argumentan, Estado e Iglesia son una y la misma institución bicéfala y biconvexa desde los siglos de los siglos. Allá ellos; al infierno irán.
La misma imputación se hace a la coca-cola y al rock y al parís-dakar y al hollywood..., porque nadie puede ver como enemigo a los paisanos y familiares de quien nos endulza la vida de una manera u otra, arguyen. Nada nuevo por otra parte, pues hasta había romanos maliciosos que eran conscientes de ello:

«Los britanos, quienes poco antes rechazaban la lengua romana se apasionaban ahora por su elocuencia. Después empezó a gustarles nuestra vestimenta y el uso de la toga se extendió. Poco a poco se desviaron hacia los encantos de los vicios, los paseos por el pórtico, los baños y las exquisiteces de los banquetes. Ellos, ingenuos, llamaban civilización a lo que constituía un factor de su esclavitud» (Tácito: Agrícola)

 Sobre todo culpan al cine; afirman, los muy cenizos, que las historias que entran por los ojos rebotan en el cogote y se posan en la amígdala y el hipocampo y los misteriosos archipiélagos neuronales, donde reside el sentimental subconsciente que en realidad nos gobierna, sin pasar por el filtro racional del lóbulo frontal. Cosas de envenenadores de todo lo bueno de la vida.


...Pero aquí no hablamos de política. Como esto no es más que un blog sin pretensiones, eso sí, de entregas larguísimas, trataremos para terminar de una vez con esta, de un caso de caballo troyano, en el más puro sentido de la cosa, que hemos recordado de pronto.

Y es que se ha dado en estos tiempos nuestros una epopeya similar y actualizada a la homérica. Vaya por delante, aprovechando que el Pisuerga y yo paseamos por Valladolid, que epopeya ha cambiado de significado con el tiempo; actualmente se utiliza para designar, ensalzándolas, a las grandes desgracias bélicas, que son todas. Pero, al igual que épico, otra manera de "cantar" las desgracias ajenas, deriva de 'épos', que significa palabra y se aplica a la palabra recitada, (sin más connotaciones), o sea a la versificación, que es como los antiguos se regodeaban con los males de los enemigos, gritándolos en rima.

Bien, pues nos estamos refiriendo a la "epopeya del volkswagen". El democrático y popular "escarabajo" de la Volkswagen ―palabra alemana que significa Coche del Pueblo― le fue encargado al ingeniero Ferdinand Porsche ―un apellido que también nos suena de cuando nos adelanta, aunque no de haberlo visto chateando por Nürenberg― siguiendo las instrucciones directas del mismísimo Hitler: Porsche tenía que desarrollar un prototipo capaz de transportar, a 60Km por hora..., cuatro hombres y una ametralladora de campaña, que como todo el mundo sabe es lo que más se daba en las clases trabajadoras alemanas cuando se iban de picnic los domingos.

El "aqueo" y democrático führer (fue elegido en las urnas, y sin trampa ni cartón), después de proyectar secretamente su bélico utilitario, lo vendió al pueblo "troyano"-alemán como un vehículo destinado al trabajador, con lo que la gente se lanzó de cabeza a pagar por adelantado "su" coche (en España lo hicimos igual con el 600, era lo normal en la época), financiando de esta alegre manera la iniciativa de su emprendedor Ulises particular.

En la Francia ocupada monsieur Renault recibiría el mismo encargo ―aunque sin ametralladora―, de resultas del cual surgió el utilitario y entrañable 4CV (caballos de vapor), conocido como 4-4, que no 4x4, no se sabe muy bien por qué razón. Sin movernos mucho del campo del transporte, las técnicas de pavimentado asfáltico de la más humilde de las carreteras actuales son aplicación de aquellas que la ingeniería militar hitleriana desarrolló ―desde la química de los alquitranes a la dinámica de compactación― con vistas a la ejecución rápida de las pistas de aterrizaje. Así funciona el Progreso.


Y de aquellos CV, caballos de vapor, aquestos CH, caballos del horror. Fin.




«La historia del Cavalino Rampante se remonta a 1923 cuando todavía el señor Ferrari era el dueño y modificaba, pilotaba sus propios autos. Tras vencer en el circuito de Savio (Italia), la condesa Paulina le ofreció a Enzo el escudo que utilizaba su hijo como aviador en la Primera Guerra Mundial. Francesco Baracca y su avión derribaron 34 máquinas alemanas antes de ser abatido. Pero lo curioso es que el propio Baracca cogió de un avión enemigo el escudo que hoy conocemos de la marca Maranello» Pues sí sí, muy curioso. (Pescado en la Red. No sé en donde)




Sed buenos, si podéis
……………….«. . . porque el pensar y el ser son una y la misma cosa» (Parménides)




Y también Canal de Historia, un ejemplo de la televisión que debiera ser obligatoria


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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).