«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

19 sept. 2009

De los Diluvios Universales

Aviso a mis lectores
Ante todo, gracias por su visita. Les comunico que forzado por la nueva política de Google he dejado caducar el dominio www. A partir de este 20 de octubre de 2013 se accedera a estas páginas a través del dominio Blogger, es decir: http://sobre-historias-y-leyendas.blogspot.com He procurado ponerme en comunicación directa con todos aquellos seguidores del blog de los que dispongo contacto. Seguimos en ruta. Un cordial saludo a todo el mundo
«Hazte un arca de madera de árbol conífero. Haz compartimentos al arca, y cúbrela con brea por dentro y por fuera. Hazla de esta manera: de 300 codos de largo, 50 codos de ancho y 30 codos de alto. Hazle una claraboya y termínala a un codo de la parte alta. La puerta del arca estará a uno de sus lados. Construye también un piso bajo, uno intermedio y uno superior. Porque he aquí que Yo voy a traer un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en la cual hay aliento de vida debajo del cielo. Todo lo que hay en la tierra morirá» (Génesis, 6,14) 
La escasez de contactos entre las poblaciones tribales de los albores de la civilización hizo que nuestros dispersos antecesores, habitaran donde habitaran, se considerasen los primeros pobladores de su territorio, y no fue hasta hace unos cuatro o cinco mil años cuando se llegó en ciertas áreas clave por su fertilidad, como fueron los grandes valles fluviales del Indo-Ganges y del Éufrates-Tigris sobre todo, a alcanzar una densidad de población tan insostenible como para incitar, a falta de tierras vírgenes, a la invasión de otros territorios ocupados. Acadios, sumerios, egipcios, hititas, fenicios, hebreos, arameos, griegos, romanos… todos se pensaban a sí mismos como autóctonos, del latín ‘autochtonis’, creados de la tierra misma, o aborígenes, de ‘ab-origines’, los que están desde el origen, porque se consideraban pertenecientes a los grupos étnicos primigenios de la humanidad, según vimos con más detalle en la entrada anterior.

Pero la antigüedad de aborígenes y autóctonos tiene una legendaria e infranqueable barrera: El Diluvio Universal. Si bien su existencia local ha sido arqueológicamente constatada, y datada hacia el tercer milenio en el valle del Éufrates-Tigris (actual Irak), las investigaciones geológicas rechazan confirmar tanto su universalidad como su simultaneidad en todas las zonas donde se produjo, incluso dentro de la relativamente reducida zona del Asia Menor.
El mito del Diluvio suele aparecer en culturas o civilizaciones que crecieron fertilizadas por grandes corrientes fluviales principalmente, pero también en las fecundadas por la proximidad de mares y océanos, conectando, sociológica y antropológicamente, al agua a una parte esencial de su propia identidad cultural. Por citar dos ejemplos, a uno y otro lado del subcontinente indio, es el caso de la religión persa, cuyo diluvio se contiene en la principal obra de poesía épica, el Yima, que toma su nombre del héroe protagonista; y de las narraciones del héroe chino Yu, aproximadamente tres milenios anterior a nuestra Era, que ilustran su mito diluviano.

También entre los aborígenes australianos pervive la creencia de que su isla eraanteriormente mucho más grande, pero que la Gran Lluvia sumergió a más de la mitad de las tierras. O Teocopactli, dentro de la cultura azteca de Méjico, también denominado en algunas narraciones con los nombres de Texpi o de Coxcox, quien fue el único que se salvó, junto a su familia, del diluvio enviado por la furia del dios Tescatlipoca, al construir un barco de ciprés en el que iban sus hijos, algunos animales y provisiones.

«En el año 1923, el investigador Wolley, que estaba explorando el zigurat mandado construir por Ur-namun en Ur, descubre en la tumba real una capa de lodo, de unos tres metros de espesor, que separa restos arqueológicos diferentes: el inferior con cerámica a mano y el superior a torno, lo que permitió datar el acontecimiento sobre el año 3000. Al norte de Babilonia el espesor quedaba reducido a 0,5 metros. Para depositar una capa de lodos de tres metros es necesario un nivel de inundación en el valle de entre 15 y 30 metros, con unos sólidos entre el 15% y el 20% del caudal» (Diluvios, mitos y abundancias, Manuel Novoa Rodríguez, Rev. COL. ING. CAMINOS CANALES Y PUERTOS, nº 47)



CONTENIDO:

1 Los Diluvios Clásicos
2 Los Diluvios europeos
3 Ciencia y Diluvio
4 Y una despedida tierna




1 Los Diluvios Clásicos

(Miguel Ángel el Genial, patentizó en este Universal Diluvio de la Capilla Sixtina un pensamiento muy crítico con las decisiones divinas, muy influido por sus contactos con el humanismo de su época, y bastante distante de la ortodoxia cristiana. En el despiece que ilustra esta entrada intentamos destacar cómo las expresiones que Miguel Ángel imprime a los desesperados náufragos hacen dudar al espectador de esa supuesta tremenda malignidad que les ha hecho acreedores a tan espantoso destino. Sobre todo teniendo presente que en los momentos crueles es cuando afloran en toda su crudeza los peores instintos humanos. No será esta la última vez que llamemos la atención acerca de la racional independencia de aquel increible artista y su valiente plasmación plástica)

La mitología griega narra dos acontecimientos que pueden ser presentados como diluvios: la fábula de Deucalión y Pirra, y la inundación del Ática en tiempos del rey Ogiges. En esta, Ogiges y sus soldados son avisados en sueños por los dioses y tienen tiempo de agarrar los barcos y salir pitando de la zona continental y llegar a la isla de Chíos, donde estuvieron nueve días ―y nueve noches, obviedad que se añade siempre en estos casos― hasta que bajaron las aguas y pudieron regresar y repoblar de nuevo Grecia.

La primera inundación tiene como protagonistas a Deucalión, hijo de Prometeo, y a su esposa Pirra, los cuales fueron avisados por el propio Prometeo de que Zeus, indignado por el comportamiento del mundo, iba a destruirlo. El dios Zeus desencadenó un gran diluvio en la tierra con el propósito de exterminar a toda la raza humana, pero Deucalión, rey de Pitia, prevenido por su padre Prometeo, construyó un arca. Luego, el mundo entero quedó inundado, pero el arca flotó durante nueve días, hasta que se posó en el Monte Parnaso, o en el Monte Etna, o en el Monte Atos, o en el Monte Otris (en Tesalia), según de donde sea quien te cuenta las cosas.
Cuando desembarcaron ofrecieron un sacrificio a Zeus y oraron en el templo de la diosa Temis (“el Orden”). Esta les ordenó: “¡Cubríos la cabeza y arrojad los huesos de vuestra madre a vuestra espalda!”. Ante esta macabra admonición la escamada pareja prefirió atenerse a una traducción libre suponiendo que la diosa hacía referencia a la Madre Tierra, cuyos huesos eran las piedras que había a orillas del río. Bien porque hubo suerte, o porque Temis mirase para otro lado, esas piedras se convirtieron en hombres o mujeres según las arrojara Deucalión o su esposa Pirra.

Así fue como la humanidad griega se renovó, y desde entonces “un pueblo” (‘laos’) y “una piedra” (‘laas’) han sido casi la misma palabra en muchos idiomas. Helenoel que brilla, como previene su raíz, helio, solar―, hijo de Deucalión, era el supuesto antepasado de todos los griegos, y “Deucalión” significa “Marinero de vino nuevo”, ‘deuco-halieus’, lo que establece una relación más con Noé, inventor bíblico del vino. Heleno era hermano de la Ariadna de Creta, que se casó con Dioniso, el dios del vino. Y también Dioniso viajó en una nave en forma de luna nueva llena de animales, según una maraña de versiones, que forman un bosque de leyendas que no nos dejan ver el monte Olimpo.

Noé y Deucalión, en el puente de mando de sus respectivos arcas, son los primitivos padres de todos nosotros los occidentales, dado que todos nuestros antecesores ―los hijos de Adán y Eva por parte de la rama hebrea y los de Prometeo por parte de la griega― existentes en ambas zonas mitológicas antes del Diluvio, habían quedado bajo las aguas de éste. Por cierto, ni de la mujer de Noé ni de las de sus hijos, Sem, Cam y Jafet, se molesta en darnos nombres el Génesis, a diferencia de lo que hace con sus hijos, nietos, bisnietos y exhaustinietos varones.

Tampoco los griegos dan mucha seña femenina de identidad, aunque ganan a los hebreos por uno a cero al citar a Pirra. De Heleno, padre de las principales naciones de Grecia, nacieron Eolo y Doro, de éstos surgieron los eolios y los dorios, y de su hijo Juto los aqueos y los jonios. En definitiva vemos que, además del asunto del vino, hay otro importante punto de concordancia entre griegos y hebreos: las mujeres. La mujer, al igual que reptiles y pájaros, debe de pertenecer a un reino distinto al del hombre ―es bella, atractiva, seductora, pero inferior―, y es el origen de todos los males sobre la tierra.
El islam también considera a Noé como uno de sus profetas, al que llama Nuj. Según la religión musulmana, el Arca de Noé, tras el diluvio universal, no se posó en el monte Ararat, como dice la Biblia, sino en los montes Cudí, muy cerca de la ciudad kurda de Cizre. Algunos especialistas consideran esta hipótesis más lógica que la señalada en la Biblia, pues, al contrario de lo que curre con el Ararat, situado a 450 kilómetros en línea recta, los montes Zagros, y concretamente la cordillera Cudí, están situados justo en el lugar donde el cauce del Tigris irrumpe en las llanuras mesopotámicas. Cizre, capital de la Yazira (isla entre dos ríos), conserva, incluso, una tumba dedicada al patriarca bíblico.
En esta versión, el diluvio universal se habría debido al desbordamiento simultáneo de los caudalosos Tigris y Eufrates, lo que, a su vez, habría provocado la inundación de toda Mesopotamia.

La inspiración de ambas leyendas ―de ambas tres se podría decir si nos dejaran― se encuentra en el poema épico babilónico denominado Gilgamesh (o Izdubar), cuyos vestigios se remontan a la época en la que Sumer era el centro del mundo conocido. Y que registra un diluvio mesopotámico del tercer milenio, pero también evoca la fiesta del Año Nuevo otoñal, celebrada en conmemoración de la entrega por parte de Utnapishtim, el Noé babilónico, de vino nuevo dulce a los constructores de su arca. Un detalle.

Esta narración se contiene en doce tablas ―curiosa es la reiteración de tal número de unidades en las mitologías― con inserciones cuneiformes de la lengua de Acad, descubiertas en Nínive por el arqueólogo británico George Smith en el año 1872, dentro de la excavación que posteriormente halló la que fue biblioteca del monarca babilónico Asurbanipal. El protagonista principal del poema épico es el héroe Gilgamesh, en uno de cuyos viajes recorre la costa mediterránea para visitar a su bisabuelo, el no menos legendario Ut-Napisthim o Sitnahpisti, al que cede todo el protagonismo en lo que al diluvio se refiere. Y parece que los dioses babilonios no eran tan remilgados a la hora de juzgar a los mortales, pues Ut-Napisthim cuenta que:
«Mandé embarcar en la nave a toda mi familia y a mis amigos,
las bestias del campo, los rebaños del campo, los artesanos, a todos les hice embarcar.
Yo entré en la nave y cerré la puerta.
Desde el origen del cielo se elevó una
nube negra… ».



Aunque estos dioses parecen bastante razonables, eran más severos que los dioses persas, los cuales permitieron a Yima, el Noé iraní, invitar a mil parejas a su refugio. Éste no era flotante, sino subterráneo y se llamaba ‘vara’ y estaba hecho con arcilla y tenía tres sótanos y espaciosos pasillos centrales, algo así como el parking del Corte Inglés de Felipe II. Como siempre ocurre en estos casos y en las discotecas caras, se seleccionó rigurosamente al personal, negando el acceso al local incluso a aquellos que tuvieran los dientes desiguales o la gripe A. Y allí se quedaron tan ricamente hasta que arriba cesó la guerra del Golfo y la tormenta de arena.

Pero, a su vez, los antecedentes de todos estos relatos están en la India, en las narraciones ancestrales de cuentos religiosos y morales recogidos en la Satapatha Brahmana. En ellos, Manu guiado por un pez al que había salvado, construye un arca en el que se puede conservar la semilla de todas las cosas, método mucho más higiénico y funcional que el posteriormente adoptado para estas emergencias.

De fecha más reciente que la mesopotámica, los egipcios conservan dos tradiciones sobre una gran inundación, al margen de los anuales desbordamientos del Nilo, una es popular y divertida, y la otra queda reseñada con el típico espíritu concienzudo y muermo de los escribas. En la versión “nacional”, las diosas-felinas Bast y Sekmet, comisionadas por los dioses para destruir a la humanidad, desencadenaron una serie de catástrofes y matanzas que a punto estuvieron de conseguirlo… hasta que los dioses cayeron en la cuenta de que estaban a punto de quedarse sin fieles ni ofrendas ni mano de obra barata. Entonces provocaron una inundación de cerveza en las aguas, emborrachando a las diosas, y enviándolas a dormir la mona y multándolas por el botellón; con lo cual olvidaron su misión y cómo se llamaban.
En cuanto a la versión jeroglífica, bastante más sosa, se remite a Surid, uno de los reyes predinásticos y predilúvicos, el cual soñó con una gran inundación seguida de un gran incendio durante el apogeo de Leo. Entonces Surid ordenó la construcción de las dos grandes pirámides de Khufú, Keops en griego, y Kefrén; y que además se grabaran en sus paredes las ciencias secretas ―que son todas, como siempre lo han sido mientras no han sido “popularizadas” por el espía enemigo o la competencia desleal― de modo que se salvaran para beneficio de los supervivientes. Majetes los egipcios.





2 Los Diluvios Europeos
Los romanos también tienen su diluvio particular, aunque a escala más rural y más mediterránea, y que trasladaron cautamente a las tierras griegas antiguamente situadas en Turquía: Filemón y Baucis, en la mitología romana, era una pareja campesina de Frigia que, pese a su lugar natalicio, destacaba por su amor recíproco y esas cosas. Cuando Júpiter, padre de los dioses, y su mensajero, Mercurio, recorrieron Frigia bajo apariencia humana buscando alimento y albergue, nadie los acogió excepto el anciano Filemón y su mujer, Baucis, quienes les brindaron hospitalidad.
Como recompensa por su amabilidad, Júpiter los salvó de un diluvio que había enviado para castigar a los frigios y además sustituyó la humilde morada de la pareja por un templo, en un gesto de generosidad bien entendida. También les prometió otorgarles todo lo que desearan, pero ellos, en vista de cómo se las gastaba Zeus y de su olímpica tacañería, sólo pidieron ser sacerdotes de su templo ―con lo cual evitaban el desahucio y aseguraban la pensión― y morir al mismo tiempo. Por si acaso.

En la Irlanda precatólica y prerromana, tan alejada de Dios y de Noé por entonces, pero tan cerca de Inglaterra como siempre, fue un súbito flujo oceánico el que obligó a la reina Ceseair acompañada de su corte a emigrar ―todo un augurio para el futuro―, recogiéndose en un barco en el que estuvieron dando vueltas por ahí durante los siete años y medio que duró la marejada.
La islandesa y remota saga de los Edda antiqua, es el mismísimo dios Odín quien entretiene a su gente de manera muy hermosa, describiendo como “diluvio” lo que no es más que un normal paisaje islandés:
«Las montañas se precipitan unas contra otras
y el cielo se parte en dos,
el sol nace muerto,
la tierra se hunde en los mares,
las rutilantes estrellas se desvanecen,
el fuego ruge enfurecido y proyecta sus llamas
hasta los cielos».

Escandinavos y germanos se representan los terremotos y maremotos característicos de su particular catástrofe, que tampoco responden al típico diluvio de toda la vida, como resultante de un pulso entre el dios Thor y el Rey de los Gigantes Glaciales, en desafio cósmico para ver quien era más burro. Una tradición inveterada de los mozos de pura cepa de los climas fríos.

Los antiguos galos aseguraban a los romanos que condescendían a hacerles caso, que sus antecesores eran supervivientes de una isla desaparecida en el Atlántico. Con esto enlazamos con Platón y su Atlántida, que es la nuestra, y cerramos, aunque me temo que incompleta, la turné de las purgas celestiales.
De todas formas, la cultura occidental, que es la única que queda, ha eliminado a todos los competidores diluviales de la Biblia, y estas y otras bellas elucubraciones se han borrado de nuestra memoria en beneficio del áspero y sarmentoso Noé. Con él la tormenta se nos vino encima sin avisar, y sin más ni más se nos cuenta (Génesis, 6-2) que «viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron».

Deberemos deducir, por lo que sigue a continuación, que las hijas de Dios eran espantosas o eran estériles, ya que «dijo Jehová: “No permanecerá por siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne. Ciento veinte años serán sus días”».
Algunos piensan que “los hijos de Dios” fueron de la familia de Set, y “las hijas de los hombres” de la familia de Caín, y con razón, puesto que aquellos otros hijos e hijas que engendró Adán después de Set no vuelven a dar señales de vida.
De su reposada lectura cabe deducir que antes del Diluvio no había ni una mujer casada buena ni una hija de Dios que mereciera salvarse. ¿Y, la innominada mujer de Noé? ¿De dónde la sacó? ¿Y de dónde salieron sus tres anónimas nueras? Al final (Génesis, 6-7) Jehová se avergonzó de la alocada humanidad hasta tal punto que se dijo:
«Voy a exterminar al hombre que hice sobre la faz de la tierra; al hombre, a los animales, a los reptiles y hasta a las aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho».

No parece que la criba haya servido de mucho.



3 Ciencia y Diluvio
«Debió ser por esta época [la de la visita del Beagle a las costas sudamericanas] cuando Darwin comenzó a discutir con el capitán FitzRoy sobre la autenticidad de la historia del Diluvio. ¿Cómo se habían acomodado bestias tan enormes a bordo del Arca? FitzRoy tenía una respuesta. No todos los animales consiguieron embarcar, explicaba; por alguna razón divina éstos [refiriéndose a los restos fósiles esparcidos de dinosaurios que vieron por la pampa] habían sido dejados fuera y se ahogaron. Pero, protestaba Darwin, ¿se ahogaron realmente…?» (Alan Moorehead: Darwin. La expedición en el Beagle (1831-1836)).

Antes del desarrollo de la geología científica y de la aparición de las teorías de la evolución, en el siglo XIX, solía pensarse que el Diluvio bíblico fue un acontecimiento histórico ―existen abundantes fragmentos del arca amorosamente guardados como reliquia―, pues, aparte de los arriba mencionados existen más de 270 ejemplos de diluvios pertenecientes a 60 tradiciones y procedentes de los países y culturas más distantes.
Se sabe que en torno al décimo milenio se produjeron en todo el planeta tremendas inundaciones que dejaron su impronta en los estratos geológicos, probablemente ocasionadas por el impacto de los restos de un cometa, según el profesor del Instituto de Geología de la Universidad de Viena, Alexander Tollman. Aunque también se ha defendido que se trató de un lento fenómeno geológico consistente en la última descongelación de la Era Glacial, que, con sus períodos de subida y bajada del termostato climático, ha abarcado más de un millón de años.

De hecho, al Pleistoceno, “primera época del período Cuaternario, caracterizado por el desarrollo de un período preglacial, cuatro glaciaciones y tres períodos interglaciales”, se le ha llamado “tradicionalistamente” Período Diluvial. Así ocurría con los continuos descubrimientos de restos fósiles con que tropezaba cualquier explotación minera: los hombres de ciencia no sabían qué pensar «ante tal cúmulo de figuras monstruosas, un caos que producía el efecto de un recuerdo de aquella mítica catástrofe mundial de la que se dice en el capítulo séptimo del Génesis bíblico: “... y ese es el día en que se abrieron todas las fuentes del gran abismo y alcanzaron las ventanas del cielo”. Los fósiles parecían confirmar la leyenda del diluvio universal, y todavía se acostumbra hoy llamar “antediluvianas” a las criaturas de las pasadas épocas de la tierra». (Herbert Wendt)
También se nos ofrece una tercera conjetura, digamos mixta, en el sentido que une el deshielo geológico al cataclismo puntual. Según geólogos Pitman y Ryan de la Universidad de Columbia, no hubo diluvio sino una gran inundación resultado del deshielo de una de las cuatro grandes glaciaciones ocurridas en los últimos mil millones de años. En los alrededores del año 6000 el Mar Mediterráneo inundó en tromba, “con un ruido que se podía oír el a cientos de kilómetros”, las aguas del Mar Negro cuyo nivel creció entre 15 y 30 centímetros diarios.

Realmente el término diluvio no está relacionado con la lluvia, en contra de lo que su similitud acústica lleva a esperar, sino con el lavado. Diluvio deriva del verbo latino ‘diluere’, diluir, desleir, disolver, el cual a su vez deriva de ‘lavare’, lavar; mientras que lluvia deviene de ‘pluere’ ―’plovere’, en latín del populacho―, de donde sale la lluvia y todo lo pluvial. Y aunque un diluvio venga a ser algo más que una tormenta, sus efectos vienen a ser similares para la gente de mar por cuanto, en latín, ‘tormenta’ es el plural de ‘tormentum’, es decir, de ‘torq-mentum’ o retorcimiento del mentón, o sea, del pescuezotorturar deriva de "torcer y torcer y retorcer"―, el tormento propiamente dicho que pirriaba a los romanos. En cuanto a temporal, y tambén tempestad, son dos derivados de ‘tempus’, tiempo, que si bien en un principio hacían, simplemente, referencia al tiempo atmosférico para diferenciarlo del tiempo cronológico, después han permanecido como indicación del mal tiempo atmosférico.

Los griegos, como de costumbre, tenían la palabra correcta para un diluvio como Dios manda: ‘kataklismós’, inundación, diluvio, el verdadero cataclismo que los antiguos ―también está en latín― reservaban para los efectos devastadores del agua, de “las aguas” ―a diferencia de la catástrofe, para ellos, devastación intencionada, del griego ‘katastrépho’, subvertir, destruir―, y que hoy, incultos de nosotros, hacemos sinónimo de hecatombe, término con que los griegos designaban un tipo especial de ritual religioso: el “sacrificio de cien reses vacunas”, ‘hekatómbe’, compuesto por ‘hekatón’, cien, y ‘bus’, buey. El ganado mayor era el recurso más preciado entonces, así que una ofrenda de tal magnitud verdaderamente tenía que estar destinada a conjurar una tremenda desgracia, una auténtica hecatombe.

Una cierta relación con los fenómenos naturales tiene la palabra desastre, por hacer referencia al apagón de la estrella de quien lo sufre: “des-astro”, sinónimo de mala estrella o infelicidad que apareció a mediados del s.XV. Como podemos leer en el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Covarrubias:
«Desastre. Desgracia lamentable, atribuida a los astros. Desastroso. Astroso. Según el rigor del vocablo avía de sinificar el hombre que en su nacimiento no tuvo estrella bien puesta que le favoreciese, y assí sería de poco valor y consideración».



4 Y una despedida tierna…
«… Las nubes se levantan del monte Ararat formando un inmenso embudo. Es hacia esa hora temprana, bajo los cielos muy claros, cuando todo visitante a lo largo de los siglos cree ver la forma de un arca en lo alto de la montaña… Ciertamente, el Ararat es uno de los montes más impresionantes y bellos del mundo; impresionante porque se eleva abrupto hasta una altura de 4.620 metros desde una meseta que está ya a 990 metros de altitud; bello porque se laza solitario, lejos de otras montañas, y cuando las nubes se retiran de su cumbre, casi siempre a primeras horas de la mañana y del crepúsculo, su gigantesca masa y cumbre nevada te inducen a alzar la cabeza en una especie de saludo involuntario ante su tamaño, su misterio y su conexión con la leyenda más famosa de la raza humana».(Charles Berlitz: En busca del arca perdida de Noé).


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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).