«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

26 sept. 2009

De las Marcas Registradas (Actualiz. 2: 16-oct-09. Ver [**])

(Ilustración procedente del exquisito blog Colección miniaturas Martínez Lanzas-de las Heras: http://colecciondeminiaturas.blogspot.com/)
Generalmente se acepta que "la historia de la humanidad" empezó cuando a alguien se le ocurrió marcar sobre un hueso o una corteza una señal con la que hacía patente la apropiación de algo, o de alguien, a la vista del resto de la tribu. Tales marcas son desconocidas en el hombre neandertal hasta que las copia del hombre cromañón, de nosotros.
Los primeros testimonios arqueológicos conocidos de esta práctica datan del período al que los prehistoriadores designan habitualmente con el nombre de Auriñaciense (hace entre 35.000 y 20.000 años). Son más o menos contemporáneos y atribuibles a la diáspora que sacó al sapiens de África y le convirtió en el hombre de Cromañón. Se trata de una gran cantidad de huesos que llevan cada uno varias series de muescas regularmente espaciadas y hallados en su mayoría en la Europa Occidental. (Georges Ifrah: Las cifras. Historia de una gran invención).

Las marcas son nuestras señas de identidad animal, una frase esta que también podría leerse como una ironía acerca de la moda contemporánea y su adhesión al logotipo, en el sentido literal de la palabra adhesión. Pero todos los animales “jalonan”, más que “marcan”, su territorio de una forma u otra, así que aquí nos referimos, más bien, a la marca gráfica, o más apropiadamente, a la ideográfica


De los indicios históricos



El convenio arriba referido es una prudente enmienda del principio imperante hasta el siglo pasado (y, ay, hablo del s.XX) que dictaminaba que "la Historia comienza con la escritura". Era una norma tremendamente restrictiva e inexacta por cuanto en la raíz de toda escritura se encuentra la pintura. Todos los grandes sistemas orientales, como el sumerio, el egipcio, el hitita o el chino fueron originariamente auténticas escrituras pictóricas. Y los signos más famosos, con mucho, son los plasmados por los antiguos egipcios.

La caracterización de jeroglifo para los símbolos gráficos egipcios es más bien tardía, pues procede de Clemente de Alejandría, muerto hacia el año 210. La expresión es de origen griego y está compuesta por 'hierós', sagrado, y 'glýpto', cincelar, entallar, con lo que traducción más apropiada de jeroglifo sería "cinceladura sagrada". Pero si bien es cierto que no servía exclusivamente para fines religiosos, la jeroglífica es de hecho una escritura ceremonial, con utilización restringida al ámbito del templo y el palacio.

Es evidente que esta escritura jeroglífica era un medio de comunicación exclusivo entre los sacerdotes y los dioses. Pero la propia dinámica funcionarial llevó a todas estas escrituras a desarrollar a través del tiempo una forma cursiva y lineal generalmente tan distante de las pinturas originarias que sin tener conocimiento de los estadios intermedios resultaría imposible afirmar que la forma lineal es un descendiente directo de la pictórica.

'Scribere', latín de donde proviene escribir, significó originariamente hacer marcas significativas, es decir, dibujos o señales no meramente decorativas. Por lo cual la convención de la posesión de una escritura para situar a un pueblo dentro de la "Historia", además de restrictivo e inexacto resulta sumamente artificial si nos atenemos al significado de la palabra historia, del griego 'historía', cuyo significado es búsqueda, averiguación, por derivar de 'hístor', el que sabe, el que conoce, y que debía hacer referencia al memorizador de crónicas, en su acepción original griega de 'khrónos', tiempo, es decir, de cosas y casos pasados.

Como se ve, nada hay en la etimología de "historia" que implique la existencia en ella de la técnica de la escritura, aunque sí del conocimiento.
Tengamos en cuenta al respecto que, en principio y al principio, gramática viene de 'gramma', letra o conjunto de letras, barco cubano, como derivado del simple verbo 'grápho', grabar, marcar, más o menos "garrapatear el alfabeto", y sin el cual no puede existir la gramática como tal.

Los antiquísimos jeroglíficos están relacionados con los actuales pasatiempos por su sistema expresivo, el cual respondía a la necesidad de re-presentar elementos que no podían simbolizarse apropiadamente con dibujos o combinaciones de dibujos, pero que se asemejan a determinadas palabras en sonido y que son fáciles de dibujar. Tomemos dos palabras independientes, "sol" y "dado". Con ellas podemos formar un elemento, "soldado", que, aunque no guarda ninguna relación con las dos palabras constituyentes, al pronunciarlas juntas pueden ser comprendidas por un oyente que no tiene a la vista ni el sol ni el dado. Aunque no sea un buen ejemplo, ya que soldado puede ser dibujado directamente, nos orienta acerca de lo que se entiende por transferencia fonética. Una transferencia fonética parcial se contiene en la representación de un oso ('Bär') en el escudo de Berlín, de un monje en el de Munich ('Monacus'), o la de un MADRoño en el de Madrid… verdadero motivo, por otra parte, de la presencia de este árbol, no demasiado característico de la capital, en su emblema ―un territorio famoso en cambio por sus “bayas” (los de Pisa seguro entienden el chiste, y hasta puede que les haga gracia).



Realmente la historia, en su sentido más rudimentario, pero no por ello menos lícito, dependió en sus albores sobre todo del conocimiento del calendario. De la observación del firmamento, y de la anotación de las idas y venidas lunares y solares, imprescindible para organizar el tiempo ―agrícola, o trashumante, o guerrero― y sus estaciones.
Una observación celeste que fue derivando imperceptible pero férreamente hacia la elucubración celestial, dando origen a todas las profesiones y confesiones religiosas humanas.
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Muescas y Cálculos


Desde la Edad de Piedra, y sin tener conciencia de ello, el pastor que se sienta a la puerta de la empalizada ha tenido que hacer aritmética, y mientras va entrando el rebaño, el cuchillo de sílex va haciendo muescas en su cayado o sobre alguna de las ramas de la empalizada: una, dos, tres, cuatro, tachado, una, dos, tres, cuatro, tachado... Se ha verificado que la gran mayoría de las "colecciones" de marcas observadas tanto por los arqueólogos como por los etnólogos estudiosos de las ya escasas culturas indígenas contemporáneas siguen esta pauta.



(Unas muescas congénitas muy bien aprovechadas)


Ya se trate de tribus ganaderas, de poblados agrícolas o asentamientos comerciantes, los encargados del rebaño de ovejas o cabras han tenido que apañárselas, durante varios milenios pre-históricos, para asegurarse de que al final de cada apacentamiento la cantidad de animales que volvía al redil era, por lo menos, la misma que había salido.
Muchas de esas muescas encontradas en las paredes rocosas de las cuevas prehistóricas junto a las siluetas de animales no dejan duda alguna sobre su función contable. No suelen pasar de cuatro, máximo cinco, los trazos marcas o muescas que componen los grupos.
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Con la consolidación de la civilización, y por igual motivo, los custodios de las armerías o las despensas comunales, debían comprobar que las existencias no habían sufrido mermas ni distracciones. En el momento de organizar una empresa de interés general, sea una razzia sea la ejecución de un foso o un vallado, era fundamental cuantificar la contribución y la distribución de esfuerzo entre los miembros de la comunidad. Y naturalmente, en cada expedición militar era vital verificar la suficiencia de los avituallamientos de armas, así como contabilizar las posibles bajas, o la cuantía del botín y el número de prisioneros. Por no hablar de los ineludibles y constantes intercambios comerciales, en los cuales era indispensable evaluar la equidad de cada trueque.

Entre las mujeres Massai de Kenia, llevar anillos alrededor del cuello y los brazos es un signo de distinción y de riqueza (al igual que las plumas de los indios americanos, por ejemplo). En ninguna cultura ningún adorno es superfluo, y aquí cada anillo simboliza la posesión de un buey o de una vaca.
No hace mucho, en algunos pueblos africanos todavía se contabilizan así las jóvenes casaderas y los jóvenes aptos para llevar armas. En cuanto cumplían la edad requerida, las jóvenes daban un anillo a la "casamentera" del pueblo, que lo ensartaba en una tira con otros semejantes. Luego, un poco antes de la ceremonia, cada futura esposa recuperaba su anillo. En Abisinia, los guerreros hacían lo mismo cuando salían de expedición: cada guerrero dejaba un guijarro en un montón, y a la vuelta cada superviviente se llevaba uno.

Hay antropólogos que adjudican a estas ingeniosas prácticas el origen del uso del anillo en los enlaces matrimoniales. La hoy en desuso “puesta de largo”, o la romana “toga viril” eran distinciones sociales obviamente desconocidas cuando no impracticables en las primitivas tribus. Y en la mayoría de ellas no se consideraba “adultos” más que a los casados (el verbo latino ‘adolescere’, crecer, tiene dos participios: uno activo, ‘adolescens’, adolescente, en crecimiento, y otro pasivo, ‘adultus’, adulto, crecido. Qué cosas tiene el latín, dios mío.


Notas y estigmas

El término muesca es un sustantivo, pero también un participio del dialectal moscar, que significa “hacer un corte en las castañas para que no estallen”, de acuerdo a un derivado del vulgar latín ‘mossicare’. No obstante su sentido universalmente perdurable es el de “señal que en la culata de un colt, 45 por supuesto, graban los caza-recompensas para contabilizar el número de trofeos humanos en el haber”.

Menos rural y más truculenta es la palabra estigma que, según el griego 'stígma', significa algo parecido a picadura, mordedura, pero se ha consolidado con el sentido específico de marcar con hierro candente. Así era y así se llamaba la marca estampada en los esclavos con el logotipo de su propietario. Sangrante, que no sangrienta, es su acepción mística, cuyo exponente más conocido es el de Teresa de Ávila, marcada por hierros de otra dimensión.
Parece que es en este apartado orillo donde puede encajar el controvertido estigma de Caín. Controvertido por cuanto las imprecisas circunstancias del incidente fratricida ―que no describiré por creerlo suficientemente conocido, aunque según Pisa nunca se sabe― es desconcertante. Si consideramos que el supuesto asesino, aunque desterrado en primera instancia "al Este del Edén" ―frase que inmortalizó a James Dean―, recibe por parte de Jehová lo que si bien en teoría debiera ser un estigma, acaba resultando como un blindaje de lo más parecido a la actual protección de testigos:
«... "Si alguien matara a Caín, sería éste siete veces vengado". Puso, pues, Jehová a Caín una señal, para que nadie que le encontrase le matara. Caín, alejándose de la presencia de Jehová, habitó la región de Nod, al este del Edén» (Génesis, 4-15)
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La cara de esta cruz viene representada por la positiva idea de la notoriedad, una escala social parecida a la de Jacob o a las salas Vip’s, de uso exclusivo para seres estratosféricos, que nos viene heredada de nuestros antecesores los jinetes-pastores indoeuropeos, pero que es de suponer tampoco inventaran ellos.

Desde aquellos aguerridos gañanes hasta la muerte súbita del far-west a manos de la maquinaria hiladora algodonera y los ingenios azucareros, la nobleza personal se ha medido por el número de cabezas de ganado marcado por el hierro en los o.k. corrales: Noble, notorio y notable derivan del latín ‘notus’, conocido, famoso, célèbre, sin connotaciones, ni para bien ni para mal. Y del mismo tronco sale 'nota', marca, señal, anotación, la misma marca que hoy sigue cifrando las ganaderías.
También notario, “el que toma nota” de las propiedades. Y ambos términos derivan de la misma raiz, el verbo 'noscere', conocer, o más exactamente, aprender a conocer.

Entre los cheyennes y los comanches de los grandes llanos de Oklahoma o de Colorado, observados desde el s.XVII ―pero que sin duda era cierto desde mucho tiempo antes―, cada cazador es propietario de los búfalos que mata y de los caballos que atrapa, de los cuales se sirve como bestias de carga o para pagar los honorarios de médicos o los litigios… El prestigio de un guerrero se mide por el número de caballos que posee. Dura gracias a sus propiedades: algunos guerreros siguen en la memoria de la tribu por haber poseído más de mil caballos. Ahora bien, para guardarlos, necesitan tener unos esclavos, mexicanos o shashars, capturados o comprados. Cosas de la civilización y el progreso. (V. Gordon Childe: La evolución social)
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Marcas y Territorios


La marcación amplía su sentido cuando se convierte en demarcación, entonces las primitivas incisiones desbordan los pequeños materiales y se extienden al terreno para delimitar las marcas territoriales ―cuyo guardián recibiría con los siglos el título de marqués como vigilante de las "marcas naturales", ríos sierras valles bosques o costas, que delimitan los reinos―, y las co-marcas como fusión de varias marcas.
El marquesado ("marca registrada" nobiliaria) tiene en sus orígenes un carácter militar diferente al del condado, pues al corresponder a la titularidad de un conde podía estar situado en cualquier sitio, ya que era un obsequio del favoritismo real, mientras que el marqués solía conquistar su propio territorio, ampliando con él las fronteras del reino.

Marca tiene un origen germánico: el longobardo 'markan', anotar, similar al alemán 'merken' y al anglosajón 'mearcian'. Los romanos no utilizaron estos barbarismos de carácter tribal, y sus territorios, de propiedad estatal, es decir del “pueblo de Roma” como fusión y representación de las primitivas tribus latinas, siempre estuvieron enmarcados por el 'limes' o franja fronteriza.
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Pero conde deriva del latín 'comes/comitis', compañero, apelativo que en el Bajo Imperio, con el Medioevo feudal a las puertas, se aplicó a los nobles que vivían en el palacio imperial y acompañaban al soberano en sus expediciones y salidas: de ahí, comitiva, y condestable, 'comes stabuli', o noble encargado de los establos reales, pero también con-comitancia, acompañamiento.

En el extremo opuesto del escalafón, el título de duque aparece en el s.XIII, y es derivado de 'dux', conductor, jefe, guía, una nominación que en el Bajo Imperio romano se aplicó a los altos cargos provinciales. Tenía el carácter de estatus político con categoría similar al de “vice-rey” o virrey a causa de la considerable importancia del territorio controlado, y siempre que pudo acabó adquiriendo la plena realeza.

Naturalmente todo título lleva aparejado su territorio, pues éste, el territorio, era el sueldo de la nobleza con el que tenía también que mantener al rey y sus empresas (los reyes siempre se han caracterizado por ser gente emprendedora y dinámica). En este mundo, que se sepa, no hay nada gratis. Y los favores, son los más caros de su especie.


Pero existe un título sin territorio: el de barón. Sorprendentemente, y como reafirmación del significado elitista de nuestras denominaciones genéricas masculinas, nuestro actual término varón deriva de barón título nobiliario ― y no a la inversa―, y no conecta con el 'vir' romano sino por redescubrimiento renacentista, cuando a la gente ociosa le da por leer a los clásicos a imitación de la moda del Islam. Para no desvirtuar ―otro derivado del 'vir' latino― la trayectoria varonil por descuido o ignorancia, me limitaré a transcribir la glosa correspondiente del Diccionario Etimológico de Joan Corominas:
«BARÓN. (Del germánico 'baro' hombre libre, apto para la lucha, emparentado con el escandinavo antiguo 'beriask' pelear.) Hacia el fin del s.XI significaba 'hombre noble', después (1605, acepción importada del francés) 'título nobiliario'. La palabra varón 'persona de sexo masculino', que arranca del s.XIII, no es más que una generalización semántica del mismo vocablo: con una y otra acepciones se encuentran desde los orígenes así varón como barón, y sólo desde el s.XVI tiende a generalizarse la artificial distinción ortográfica de la actualidad, debida al influjo del latín 'vir', varón, entre los humanistas, voz que nada tuvo que ver primitivamente con varón».

Sin embargo, viril como varonil, sí que deriva del latín 'vǐrīlis', masculino, vigoroso, ¡macizo!. Y, también, virago: del latín 'virāgo -ǐnīs', mujer robusta, guerrera… es decir, lo que hasta la reciente apertura indiscriminada de armarios se denominaba "un marimacho".
"Varón, pa'quererte mucho, varón, pa'quererte bien". Imploraba con rabia ―pero, eso sí, desde la impotencia― Carlos Gardel.

[**] Finalizamos con la calderilla nobiliaria, sin querer ofender a nadie, de los caballeros. Quiero decir, que éstos componen otra marca nobiliaria más sin territorio pero con un instrumento que podría proporcionárselo con el tiempo y una caña: el caballo.

Aunque el caballo nunca ha dejado de ser un animal sumamente caro de mantener, sobre todo a medida que iban desapareciendo bosques y pastos, la guerra pertinaz primaba su cría y proliferación..., así como la mano de obra ―la carne de cañón― especializada en su manejo, llegando al punto de que hubo de acuñarse en el siglo XIII una diferenciación entre caballeros ―un término que hoy queda relegado a algunas puertas de los lavabos públicos― y jinetes: no todo el que monta a caballo es un caballero, faltaría plus.
El correlato moderno femenino de caballero es dama, que a través del francés dame deriva del latín ‘domina’, dueña, y ésta de ‘domus’, casa.
(Famosos caballeros de su graciosa majestad sobre un paso de cebra)

El término caballo, del latín 'caballus', era reservado por los romanos para los jamelgos destinados al trabajo ―jamelgo deriva de 'famelicus', famélico, y viene de 'fames', hambre. Pero el nombre emblemático del caballo es corcel, etimológicamente, "caballo de carreras", específicamente, "caballo de batalla", creado a partir de variantes, aparecidas en el s.XV, del francés 'coursier' como derivado de 'cours', carrera, aunque más bien, correría.
Y, aunque cueste creerlo, del griego 'hippos' deriva el latín 'equus' con el mismo sentido: los pertenecientes a la clase de los caballeros romanos eran conocidos como 'equites', y el cuerpo de caballería legionaria, 'equites militum'. Derivados suyos: equitación, ecuestre, equino y yegua, de 'equa', femenino de 'equus'.

Toda la especie de las caballas recibe su nombre a causa de su variedad "voladora", por la manía de ésta de saltar sobre las olas, la muy insensata. Tal denominación no apareció hasta el s.XVI, por lo que el nutritivo pececito está técnicamente clasificado en plan clásico como 'scomber colias' que dicen los entendidos, es decir, escombro de mar, pues los marineros griegos llamaban así, 'skómbros', a este animalito al que apreciaban mucho.

Esta clase ecuestre, u orden ecuestre, tuvo su origen cuando los primitivos reyes de Roma alistaron a los ciudadanos más distinguidos ―distinguidos por su riqueza― en un cuerpo al que dotó de la última moda bélica ―estamos hablando del s.−VII―, es decir, un cuerpo de caballería.
En tiempos de Augusto, ascender a la clase ecuestre y adquirir el grado de caballero salía por 400.000 sextercios del ala; era un buen pico. Casualmente, el sextercio de esa época equivaldría más o menos al euro actual, pero permitía una serie de privilegios, entre los cuales no el menos apreciado, como hoy, era el poder ocupar unos asientos bastante aceptables en el circo:
«Espíritu, gusto, maneras, raza, lo tienes todo para ser caballero, lo reconozco; pero por lo demás, perteneces a la plebe. Un lugar en las catorce gradas reservadas a los caballeros no valdría tanto a tus ojos como el exponerte a palidecer en tu silla a la vista de Oceanus, el acomodador» (Marcial: Epigramas, Libro V)

Esta "Orden de la Caballería" se prolongaría, o más bien renacería, en la Edad Media, a principios de la cual el papa Gregorio III, en el año 732, incluso llegó a publicar una bula prohibiendo el consumo de la carne de caballo ―costumbre dietética de muchas tribus nor-europeas― con el fin de evitar su sacrificio y ayudar así a contrarrestar el empuje de la caballería musulmana. Así ayudaba Dios a los caballeros buenos a ser más que los malos.

Una celebrada coplilla de la Reconquista española decía algo así: «Vinieron los sarracenos / Y nos molieron a palos / Que Dios ayuda a los malos / Cuando son más que los buenos»

Y es que había demasiado rufián en los ejércitos que montaba a caballo sin ser hidalgo ―así progresa la democracia, por necesidades bélicas―, es decir, sin ser "hijo-de-algo", de algo importante, se sobrentiende, por favor oiga que no sabe usted con quién está hablando. La culpa, como siempre, la tenían los de enfrente: Jinete deriva del árabe vulgar 'zenêti', "individuo zeneta" ―tribu bereber famosa por su caballería ligera tras acudir en defensa de Granada en aquél s.XIII―, y significó primeramente "soldado montado que peleaba con lanza y estribos ambos cortos". (La definición correcta y amplia sería: "soldado de a caballo que peleaba con lanza y adarga y llevaba las piernas encogidas, con estribos cortos"; así de largo, por lo que también deriva de ahí el estilo de cabalgadura llamado "montar a la jineta", aunque primitivamente la jineta sólo era la lanza del zeneta, una lanza corta para ser arrojada más certeramente).

Pero volvamos grupas antes de que los caballos nos lleven demasiado lejos
... .
[*] Y ya nos olvidábamos de otro título, sin territorio pero con mucho espacio propio; mejor dicho, dos títulos, femenino y masculino, plenamente vigentes en el mundo anglosajón y absolutamente familiares para el resto de los mortales: lord y lady. Estos tratamientos están directamente vinculados con las despensas reales, que tampoco es mal territorio, y en sus mútiples variantes han gozado de gran prestigio desde el principio de esta civilización.

Hay que tener presente que el cereal descascarillado, tostado e incluso abrasado, se convirtió en el gran alimento desde la Antigüedad hasta la aparición del Bimbo y la Litoral, dos venerados títulos en el chatarroso reino de la despensa unipersonal. El principal cargo babilónico, por ejemplo, lo desempeñaba lo que nosotros entendemos por el Canciller imperial, pero que ellos denominaban como Rab Nukhatimnu, o Gran Panadero. Puntualizaremos que pese a su bombo, canciller, término acuñado en el s.XIII, es un derivado de 'cancellus', verja, cancela, a través de 'cancel-larius', portero, ujier.
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En sus orígenes, el universal término ‘lady’ significaba... “panadera”, de igual manera que ‘lord’ quería decir “el que guarda el pan”. Ambos términos están relacionados en su raíz con la palabra ‘loaf’, pieza de pan… pero que también significa “pasar el tiempo ociosamente” y holgazanear. Aunque no queramos vincular ambas acepciones a los lores, y mucho menos a las ladies, ambos términos surgieron en el transcurso de la Edad Media; en las grandes ceremonias el cocinero, pero sobre todo, el panadero, debido a las connotaciones políticas y militares de su cargo ―junto con el copero mayor, responsable del vino real, y uno de los principales cortesanos― formaban parte del cortejo y entraban en el salón del banquete junto con el resto de la nobleza comensal.
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Firmas y Estados


Los romanos denominaban al acto de firmar, bien como ‘subscribere’, subscribir, o bien como ‘signare’, señalar, "poner una cruz, un signo, una marca", alusión al muy antiguo uso de las cruces o signos autógrafos análogos... además de la utilización por los potentados de los sellos personales, con los cuales, sellar ha adquirido la connotación agregada de cerrar herméticamente, es decir, "colocar bajo la protección de Hermes".

El español firmar tiene un sentido más rotundo, que toma del concepto de ‘firmus’, firme y que empieza a generalizarse entre el s.X y el s.XII. Firmar, afirmar y confirmar, firma, firme y firmamento pertenecen a esta numerosa familia.


Y mucho más solemne es la rúbrica, que si bien hoy se entiende como el garabato con el que intentamos disimular la mala letra de la firma, tiene un origen mucho más pomposo sin ninguna conexión con eso. Y ‘rubrica’ (de ‘ruber’, rubio, colorado, encendido, ruboroso) hace referencia a la tierra roja con la cual se confeccionaban las tintas con las que se rotulaba el título de los documentos legislativos en la Roma de nuestros pecados, y que acabó por servir como denominación para el documento en sí. Y que el Vaticano, como celoso guardián de las esencias imperiales sigue conservando para denominar sus documentos más excelsos.


Rubricatus, “Enrojecido”, es el nombre latino del río Llobregat. Y tanto la barcelonesa Rubí, como la coruñesa Rubial, como todos los topónimos similares, derivan del ‘rubeum’, del rojizo color de sus tierras o sus ríos. Un anecdótico derivado rojizo más indirecto es el caso de Rubió, en Igualada, por derivar de un tal Rubione, “rojazo” o “rubiazo” o “pelirojazo”, un aumentativo de Rufus, o Rufo es decir rojo, latifundista romano dueño de la ‘villa’ origen de la villa. Ustedes ya me entienden.

También manan de esa colorida fuente Rufino y Rufina, que no significarían rubito/rojito ni rubita/rojita (los cuales se dirían rubeolus y rubeola) sino que son genitivo del gentilicio Rufus (Rufinus, o sea, "De Rufo"). Y asimismo deriva rufián, a causa, «o bien de la prevención vulgar que existe contra la gente con el pelo de ese color ―a los pelirojos se les suponía hijos del diablo―, o bien por la costumbre de las meretrices romanas de adornarse con pelucas rubias…». (Joan Corominas)

Existe un signo con que el Estado se afirma, confirma y reafirma públicamente. Un elemento, tan íntimamente ligado con el Estado, que fue su símbolo antes de la aparición de las banderas: el estandarte, que se generaliza, como de costumbre, hacia 1450 y que es la “insignia clavada en el suelo como símbolo representativo de un ejército”. Aparece, en el francés antiguo, 200 años antes, y está sacado del verbo germánico 'standan', que significa “estar en pie, estar enhiesto”, algo parecido al inglés 'to stand'. Así que la idea desarrollada por los verbos sinónimos 'stare', de los romanos, 'histemi', de los griegos, y 'standan', de los germanos, nos lleva al famoso tronco común indo-ario de las lenguas europeas y al antiquísimo origen beligerante de nuestro cándido verbo estar y de nuestro benefactor Estado del bien-estar.


El estandarte, como símbolo de la Casa o Dinastía titular de un Estado, empezó a ser sustituido por la bandera en el s.XVIII. Surge, con la forma y estilo hoy característicos, primeramente en la marina debido a la necesidad de distinguir con claridad en la distancia unos barcos de otros. Es por ello que se recurre a la combinación de colores, a la manera de sus banderas de señales.
Resultó ser una práctica simplificación que sustituyó definitivamente a los símbolos heráldicos en todos los terrenos, sobre todo a partir del s.XIX, con la aparición de los Estados nacionales como consecuencia de las revoluciones antimonárquicas europeas, por un lado, y las progresivas descolonizaciones, por otro.

No obstante, parece ser que fueron los egipcios los primeros en usar una bandera, no como una franja de tela, sino como seña, señal o signo, del latín 'signum' ―'In hoc signum vinces', dicen que soñó Constantino la noche antes de afiliar a los cristianos a la batalla decisiva―, una imagen que se elevaba y servía para señalar el lugar de reunión a las tropas.
Frecuentemente este 'signum' era una efigie de animal (cabezas de caballo en los cartagineses, gallos en los galos o águilas en los romanos). Eran ya entonces objetos de especial veneración, se les tributaba ciertos honores y se juraba en ellos. Los “bárbaros”, por el contrario, parece que no los usaron. En la alta Edad Media, hacia 1200, el 'signum' empezó a confeccionarse en tela y a recibir el nombre de bandera, existiendo una gran variedad de acuerdo al uso especifico: pendón, bandera real, estandarte, guión, palón, grímpola, confalón, y etc. y etc. y etc.

A su vez, la palabra bandera debe su etimología a la banda, porción de gente armada, como se les caracterizó a lo largo de la Edad Media, cuando los señores feudales disputaban entre sí organizando sus huestes ―hueste viene de 'hostis', grupo hostil― y mesnadas en bandos o “banderas”'. Por su parte, mesnada, como menaje, deriva de 'mansio, -onis', casa señorial, a través de 'mansionata'. "Bandera" pasó luego a designar las compañías que formaban los tercios de Flandes y mucho más tarde las de la actual Legión, la de la cabra.
Pero con la formación del Estado monárquico se consiguió meter en cintura a la traviesa nobleza, y de ahí en adelante, la palabra “banda” sirvió para señalar a los grupos de bandidos, es decir, «gente dedicada a atentar contra la seguridad del Estado o alterar el orden público». Serán llamadas pandas, e incluso pandillas, cuando no merezcan excesivo respeto, pero su raíz y origen es el mismo: la bandera y el uso de la fuerza en propio beneficio.


Ahí donde los vemos, hostil y hostal tienen el mismo origen. 'Hostis' lo mismo significa “enemigo”, que “extranjero”, que “huesped”, ya que en la Antigüedad ―y en la Modernidad también, según de qué parte del extranjero se trate― ambos son una misma cosa: el extranjero es un “bárbaro” por definición.
Lo era en principio. Con la penetración y asentamiento, de germánicos y francos sobre todo, los bárbaros se convierten en huéspedes aunque conservando su connotación de “extraños”, sinónimo de “extranjeros”. Para el huésped latino, el de confianza de la casa, había otro término más apropiado, del que desciende aquel: 'hospes', de donde derivan hospital, por vía directa, y hotel, vía Roma-París-Hendaya.



También se llaman bandos o banderías a las facciones (de 'factio, -onis', manera de hacer, son grupos organizados rivales entre sí, aunque de la misma tendencia) y a las partidas (conjuntos irregulares poco numerosos de gente armada o guerrilla, no considerada parte integrante del ejército aunque obre en combinación con él.) Y abandonar, significa “desertar de un bando”.

Como este no es un tratado militar no viene al caso entrar en la descripción de cada tipo de enseña, ya que las diferencias estriban en su tamaño forma o sujeción. Pero hay uno de ellos, el guión, que merece un aparte como muestra de hasta qué punto la violencia forma parte de nuestra cultura, conformando expresiones y términos que se han generalizado… y han escondido con el uso su sentido primitivo.

El guión, en este contexto, alude al "estandarte del rey o de cualquier otro jefe de hueste", o a la "cruz que va delante del prelado o de la comunidad como insignia propia", o alguna que otra alusión más, pero queremos mencionar su etimología porque pertenece al verbo guiar, ('guión', el que guía), que aparece h. 1150 ―época en que se empieza a intentar dominar la turbulencia feudal― y deriva del gótico 'gawidan', acompañar, escoltar. Y no es que andemos aquí retorciendo el brazo a los significados para que digan lo nosotros queramos, sino que en el derecho feudal y consuetudinario ―o sea, el que rige según las costumbres― “guiar” significaba escoltar a alguien garantizando su seguridad.


Cifras y Percepciones

Los cada vez más afinados experimentos neurológicos han podido comprobar que, a partir de cuatro unidades contiguas, la ojeada humana pierde agudeza y capacidad de discernimiento, teniendo que recurrir a contar uno a uno el número de entidades que forman el grupo. Es por eso que seguimos utilizando la puntuación que subdivide las cifras en grupos de tres números como máximo.
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Éste viene a ser el origen básico de la numeración romana, ésa que seguimos empleando para el diseño pomposo de relojería, y en la capitulación de proyectos y presupuestos, y con siglos y dinastías. Todo arranca del palote y su complicación: el cierre de grupos de cuatro es a lo que debe su forma de "V" el número 5, o la de "X" para el 10 ―al estilo de como seguimos haciendo cuando rubricamos un "visto bueno" u "Ok"―, y que incluso se evite correr riesgos con el 4, usando el "IV", aunque lo frecuente en el uso clásico sean los cuatro palotes IIII.
...
Si la más fácil operatividad del numeral arábigo atizó una puñalada trapera, mortal de necesidad, al sufrido palote, la digitalización le asestó la puntilla por culpa de su incapacidad para ser reconocido y ordenado correctamente por la informática.

Parece, a tenor de lo recién expuesto, y no se sabe si com0 causa o como efecto del comentario que abre este punto, que a la memoria humana le cuesta almacenar más de cuatro nombres consecutivos. Los romanos sólo ponían nombres, digamos, propios a los cuatro primeros hijos, unos nombres, por otra parte, de los que tampoco había mucha variedad donde elegir en el conservador conjunto de la población.
También es significativo al respecto, que los cuatro primeros meses del año romano primitivo ―el llamado "año de Rómulo", que constaba sólo de diez meses, con 304 días― eran los únicos que tenían nombres particulares ―Martius, Aprilis, Maius, Junius―, porque a partir del quinto los nombres de los meses no eran sino números de orden: Quintilis, Sextilis, September, October, November, December.

«A lo sumo, nuestro lejano antepasado debía de poder establecer una diferencia muy clara entre la unidad, el par y la pluralidad. Uno y dos, es verdad, son los primeros conceptos numéricos inteligibles para el ser humano y con significado propio. Del griego 'oinós/oiné', a través del latín 'unus', el uno es el hombre que se observa en el seno de un grupo social, y asimilable a la imagen hombre erguido... El dos, del sánscrito 'dvau' al latín 'duo', corresponde a la evidente dualidad de lo masculino y lo femenino, o a la simetría aparente del cuerpo humano...

El tres, en cambio, es la "multitud" ―que dicen los enamorados―, como "dos es compañía": nada menos que tribu, del latín 'tribus', es algo más que un derivado de tres: es el dativo en su declinación latina: 'tres/tria/trium/tribus'

Pero de mucho antes conocemos una "ortografía" para el plural, atestiguada en las inscripciones pictóricas del Egipto de los faraones, que consistía en repetir tres veces el mismo jeroglífico, o en añadirle tres pequeños trazos verticales a la imagen correspondiente: No sólo lo hacían para representar tres ejemplares del ser o del objeto así figurado sino también para indicar el plural.

En la lengua de los sumerios, el '1' significaba igualmente "el hombre, el macho, el miembro viril"; el sentido del '2' ―suplementario del '1'― era el de "la mujer"; en cuanto al término 'esh' (tres), también poseía el sentido de "muchos" y servía normalmente como sufijo verbal para marcar el plural, un poco como nuestra “s”…

Desde la noche de los tiempos, el número tres ha sido sinónimo de pluralidad, de multitud, de acumulación, de más allá, y ha constituido, por consiguiente, una especie de límite imposible de concebir ni precisar». (Georges Ifrah: Las cifras. Historia de una gran invención)
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Patentes y Marcas

Aunque ya en 1450 Enrique VIII de Inglaterra concedió a determinado súbdito flamenco un monopolio de 20 años sobre su invento, las patentes ―de 'patens/patentis', abierto, manifiesto, aclarado para todo el mundo―, sin embargo, existieron antes que cualquier ley al respecto. La primera patente europea, que se sepa, fue concedida por la república de Florencia en 1421, pero hay evidencias de que algo parecido a las patentes fue utilizado en algunas de las ciudades de la Antigua Grecia.

Ninguna corona europea era inocente, pero durante el reinado de Isabel I la piratería creció esplendorosamente. Bastaba otorgar la correspondiente patente, para lo cual lo más seguro era hacer partícipes de sus beneficios a personalidades influyentes. Está en la naturaleza de la Naturaleza.

La famosa "patente de corso" o "carta de marca", correspondía a una cédula o documento de autorización otorgado a esta modalidad de mercenarios marítimos a comisión. El corso, o corsario, en este contexto, no es un pirata de Córcega, sino un "marinero que hace la carrera", una modalidad salitre de "hacer la calle". Y es que su denominación de origen deviene de 'cursus', carrera, acción de correr, una forma del verbo 'currere'. Particularmente, se trata de un pirata que cuenta con la protección de algún Estado y su licencia para abordar. También tiene este sentido, y este origen, correría.

«Pero un día de 1700, el capitán del Poole, balandra de la Arrmada Real inglesa, avistó en aguas de Santiago de Cuba un sloop que iba comandado por el pirata francés Wynne quien, al divisar al barco inglés, izó un pabellón negro sobre el que se recortaba una calavera con dos tibias cruzadas y un reloj de arena. Después de intercambiarse unos disparos de cañón, sin consecuencias para ninguno de los dos, el oficial del Poole, a su llegada a puerto, hizo un reporte en el que quedó constancia, por vez primera, de la existencia de la bandera pirata». (Rafael Abella: Piratas del Nuevo Mundo).



Sed buenos, si podéis

2 comentarios:

Isabel Romana dijo...

¡Vaya un trabajazo inmenso que has hecho con esta entrada! Ademas de estar contado todo con mucha amenidad, no has puesto paja... Te felicito. Saludos cordiales.

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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).