«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

26 ene. 2012

De Tesoros y Duendes




[2ª Edición de Tesoros, Duendes y Espadas (1ª parte), próxima a desaparecer y a la cual sustituye]




«Por lo demás, el oro, cobre y hierro, y la plata y el plomo, se encontraron cuando devoró el fuego vastas selvas en las montañas, bien cayendo rayos, o bien los hombres peleando en bosques fuego arrojasen contra el enemigo para atemorizarle; … pues se usaron primero en cacerías los hoyos y los fuegos que las redes para cercar un bosque, y las jaurías que levantan la caza.
Cualquier causa que haya dado principio a aquel incendio, cuando hubo viva llama devorado con un horrible estrépito las selvas hasta la raíz misma, y recocido la tierra con su fuego, arroyos de oro y de plata, además de cobre y plomo, después de haber corrido por las venas encendidas del globo, se juntaron en cavidades; … » (Lucrecio: De la Naturaleza de las Cosas, Libro V: Los primeros metales: oro, plata, bronce, plomo)

La literatura de Lucrecio es uno más de los ejemplos de la salud mental de los antiguos romanos. Hemos de decir en su honor que pasaron ampliamente de las especulaciones geofísicas de los griegos en particular, y de todas las demás filosofías en general. Les bastaba con suponer, como los sumerios, que el mundo era redondo, plano pero redondo, un 'orbis', un círculo, el orbe. A ellos de esta tierra lo único que les interesaba era su presente material: los metales, las cosechas, los pastos, los bosques y todo aquello que de la tierra se podía aprovechar. Redondo deriva de 'rotundus': rotundo-redondo. Una idea simple del mundo. (Imagen de portada, portal ObservatorioNubes oscuras de la Nebulosa de Carina)

Hace casi exactamente dos milenios el filósofo-poeta Tito Lucrecio Caro, al que hoy tenemos el honor de utilizar en la cabecera, suponía que los metales se habían formado a causa de los fuegos provocados "bien cayendo rayos, bien los hombres peleando en bosques", al quemar "las selvas hasta la raíz misma y recocido la tierra".

Hace dos milenios los romanos en particular y casi todo el mundo en general, incluidos bárbaros, ya creaban maravillas metalúrgicas, y sabían que cociendo determinadas rocas mezcladas con madera como combustible en los ya bastante potentes hornos existentes, era como surgían las diversas clases de metales. Así que, a gran escala, este mismo fue el proceso que supuso Lucrecio que la Naturaleza emplearía en la creación metalúrgica. Un proceso que otorgaría al hombre, o a la mujer, que lo dominase un estatus sagrado:

«Según un mito muy extendido, las Hechiceras poseían naturalmente el fuego en sus órganos genitales y de él se beneficiaban para cocer sus alimentos, si bien lo escondían a los hombres. Estos últimos consiguieron, empero, apoderarse de él mediante una estratagema. Estos mitos reflejan tanto las reminiscencias de una ideología matriarcal como el hecho de que el fuego producido por el frotamiento de dos trozos de madera, o sea de una "unión sexual", se consideraba "contenido" en el trozo que simbolizaba a la hembra: en este nivel cultural la mujer era "naturalmente" hechicera.

(Imagen derecha, fotograma del Satiricón, de Fellini, en el cual acaban de encender un haz de ramas con el fuego de "debajo de las faldas de Enotea", la maga: quizá ahora se entienda mejor el simbolismo de las rutilantes escobas mágicas voladoras de que se sirven las brujas para sus desplazamientos)

Con la Revolución Agrícola, el alfarero, como después que él, el herrero y el alquimista, es un "señor del fuego", pues mediante el fuego es como se opera el paso de una sustancia a otra. Lo que el calor "natural" ~el del sol o el vientre de la tierra~ hacía madurar lentamente, lo hacía el fuego en un tempo insospechado... pero también servía para hacer algo distinto de lo que existía en la Naturaleza, y era, por consiguiente, la manifestación de una fuerza mágico-religiosa que podía modificar el mundo y, por tanto, no pertenecía a éste» (Mircea Eliade: Herreros y alquimistas)

En cuanto a la domesticación del fuego, recordaremos que hace casi 2 millones de años, cuando nuestros antepasados abandonaron África para adentrarse en zonas más fría hasta llegar al este de Asia, aún no lo utilizaban en absoluto, aunque probablemente contemplaban con relativa tranquilidad los espíritus bailones y susurrantes crepitando entre los pequeños incendios fortuitos (un comportamiento observado también entre los chimpancés, por cierto).
Quizá entonces se apreciase por primera vez el mejor sabor y la mejor digestión de los animales "muertos a la parrilla", aunque no fue hasta hace 800.000 años cuando se ejercitaron en manejar el fuego producido por la madre naturaleza. Y tendrían que pasar otros cuantos cientos de miles de años más hasta que aprendieran a obtener chispas y provocar llamas y ascuas de forma intencionada, algo que se cree consiguieron por fin hace unos 200.000 años. (Miriam Noël Haidle, Investigación y Ciencia, feb-2012). 
(Bajo estas líneas, fotograma de En busca del fuego, de Jacques Annaud, recreando la creación de fuego hace 80.000 años)




En lo tocante a la familiaridad primitiva con los minerales, no hace falta darle muchas vueltas al hecho de que bastantes de ellos poseen llamativos colores o formas que despertarían necesariamente la curiosidad y el interés por su posesión en nuestra más antigua parentela. Al fin y al cabo tampoco es una característica humana como para caerse de culo por el asombro (ninguna lo es), porque ahí tenemos a la urraca con su afición a coleccionar cristales, piedras y chucherías de diversos colores, sobre todo azules, pero no sólo a ella, como vimos con la curiosa cultura nupcial de los pájaros capulineros (en De Barrigas, Tetas y Culos), por ejemplo.

Tal continuidad en el interés por el arte de los colores a lo largo y ancho de la jerarquía animal, desde los insectos a los humanos, parece dar la razón a aquellos historiadores que ~rechazando las hipótesis de la existencia de una innata aspiración al arte por el arte~ se inclinan a suponer que "la realización de eso que llamamos arte (y que nunca existió hasta su invención por el Romanticismo) es una actividad social, no puramente individual. Es decir, el arte cumple propósitos sociales, aunque es manipulado por personas individuales (o por animales individuales) en contextos sociales para conseguir determinados fines. En definitiva, el arte no puede entenderse fuera de su contexto social" (Lewis-Williams, La mente en la caverna)

Esta curiosidad primaria hizo que, si bien los primeros en ser escarbados fueran los yacimientos de sílex y obsidiana (la herramienta es la primera prolongación del ser animal, no sólo del humano, pues diversas especies no simias las usan espontáneamente, y hasta las fabrican: urracas, nutrias, castores, pejesapos, tortugas aligátor, caracoles ermitaños…: encima, izquierda, el Neophron keniano en trance de romper un huevo de avestruz, foto de Denis Huot para Mundo Científico), su atención se centrara en las piedras y tierras de colorines como un cualitativo salto adelante en la hominización del sapiens; pues resulta que, ¡oh, felices hallazgos casuales!, de colores no sólo "se visten las flores en la primavera", sino también las menas de los principales minerales, como las malaquitas, de color verde, las azuritas, azul, hematites, rojo, limonitas, amarillo, o cinabrios, rojo-bermellón.






(Izquierda, artículo periodístico [de El Mundo, 9-marzo-2012] que nos ilustra acerca de la afición inmemorial por el colorido de todo bicho viviente: «Las primeras plumas eran para 'gustar', no para volar... El plumaje fosilizado del Microraptor, "pequeño rapaz", que tenía tonos negros y azulados como los cuervos actuales, es la más antigua evidencia conocida de plumas iridiscentes en la evolución... Del género perteneciente al grupo de los conocidos y cinematográficos Velociraptores, su tamaño era poco mayor que el de una paloma actual, según el fósil empleado para el estudio, proveniente de un yacimiento en el noreste de China, y que está datado en 130 millones de años, al comienzo del período Cretácico.
"Hay suficientes registros fósiles de aves y plantas como para saber que el Cretácico era un mundo lleno de color, pero ahora sumamos al Microraptor, el primer dinosaurio que mostró colores iridiscentes", dice Ke Qin Gao, investigador de la Universidad de Pekín y coautor del trabajo, "Lo que hemos conseguido es descubrir de qué color tenía las plumas. Y, más importante aún, comprobar que, como muchas aves modernas, usaba sus plumas ornamentales para emitir señales visuales, que tendrían una función social"»)






Claro que, hablando de flores, también habría mucho que decir de la vital influencia del colorido vegetal ―y no olvidemos a los insectos y sus selectivas polinizaciones― en la elección animal de alimentos: el rojo de los frutos en maduración, por ejemplo, es un importante aviso para los simios, que se libran así de las temibles diarreas, odiosas incluso por motivos de exclusión social: una gran parte de la medicina antigua estaba destinada a controlar el flujo y el reflujo intestinales; nada especialmente humano, pues los chimpancés distinguen y utilizan varias hojas y plantas purgantes y antiparasitarias; y todo propietario curioso de un perro criado en libertad cautelar sabe lo bien que se automedican los inteligentes seres caninos.
(Bajo estas líneas, centrada, Mariposa y figura, de Bruce Rolff)



En el tema de la influencia del color y los colores en la evolución de la vida se puede rizar el rizo hasta el último extremo: las mismas bacterias (la forma más simple de vida de la que todo organismo vivo desciende) son capaces de relacionar el color con la luz (y la oscuridad —en forma de sombra del espécimen fagocitador que se cierne sobre ella— con el frío…), y reaccionar en consecuencia. Facultad elemental de la elemental bacteria, de la cual las plantas heredarían la vida por la fotosíntesis (y la muerte por la oscuridad) y los animales los órganos especializados en captar luces sombras y colores: los ojos:

Unas terribles medusas australianas, las llamadas "avispas de mar", apenas tienen otra estructura nerviosa que la emanada de sus ojos (la única medusa que los tiene): disponen de 24 situados perimetralmente en 4 grupos de 6; están conformadas por agua en un 98% y carecen de atisbos de cerebro (medusas, insistimos); no obstante, su apenas apreciable sistema nervioso central les permite distinguir los peces, dirigirse a ellos y capturarlos: Experimentos realizados por Jamie Seymour, biólogo de la U. James Cork, demuestran que estas avispas tropiezan con los objetos blancos, rodean los objetos negros y se mantienen lo más lejos posible de los objetos rojos... 
Y es que ocurre que, observados al microscopio (imagen derecha), cada uno de estos ojos (que posee párpados, pupilas y cristalino) presenta en su interior una notable acumulación de neuronas y nervios; lo cual hace pensar que, a su vez, cada una de estas cuatro concentraciones oculares funcionan como cuatro cerebros incipientes pero independientes y coordinados, de modo similar al caso del pulpo, que posee un cerebro en cada uno de sus ocho brazos, todos ellos complementarios del cerebro central...

...Aunque quizá resulte más pertinente en este caso traer a colación las vieiras o veneras (a las que oportunamente nos referíamos dentro del Camino de Santiago): estos moluscos están dotados de dos hileras de ojos brillantes situadas respectivamente a lo largo de todo el borde de ambas conchas (izquierda); cada uno de ellos está dotado de dos retinas especializadas en la variación del gradiente lumínico; esto permite a las vieiras detectar con precisión suficiente la intensidad y dirección de sombras sospechosamente repentinas de las cuales escapar.


Son tres ejemplos, entre otros muchos, de fenómenos biológicos observados los cuales inducen a conjeturar que el cerebro tuvo su núcleo original en el interior del ojo: las medusas aparecieron en la primera oleada animal en el seno del océano terrestre, hace 500 millones de años, y apenas han sufrido modificaciones estructurales desde entonces. 

(Bajo estas líneas, centrada, una avispa de mar en plena digestión de un pez, proceso que suele completar en dos horas sin dejar rastro alguno del animal; también encima, a la izquierda, un momento de una captura del más mortífero de los bichos: tres minutos le bastan para matar a un ser humano, con un radio de alcance tentacular de dos metros, y 70 tentáculos siempre en movimiento) 


«Gracias a las complejas reacciones químicas de la fotosíntesis los organismos vivos empezaron a almacenar los abundantes frutos de la luz. Alimentada por ésta, la vida pudo florecer hasta un extremo inimaginable en un mundo sin sol. Buena parte de la historia de la vida en la Tierra está determinada por las diferentes formas de captar, distribuirse y repartirse la luz las especies que han poblado el planeta...
Las semejanzas icónicas capacitan a organismos tan simples como las bacterias para reaccionar de un modo ante todas las manifestaciones de color o de luz y de otro modo ante el frío o la oscuridad» (David Christian: Mapas del tiempo).



Y es que se da la circunstancia de que muchos de los minerales metálicos, especialmente los que contienen cobre ―malaquita, azurita―, son de vivos colores y su utilización como pigmentos ya era habitual entre nuestros abuelos cromañones, como también lo había sido y en primerísimo lugar, por nuestros lejanos parientes neandertales (porque alguno de cuyos genes se han descubierto recientemente entre nuestros cromosomas): además de curioso hasta la impertinencia, el simio humano siempre ha sido un coqueto feroz:

María Josefa Villalba, Minería neolítica en Europa Occidental: Los fosfatos alumínicos son minerales de diversas tonalidades verdes con los que se confeccionaron los adornos durante el Neolítico. Estos minerales verdes tradicionalmente se han venido referenciando en la bibliografía arqueológica con el vocablo calaíta (Plinio, Historia Natural, XXXVI-XXXVII), término que los engloba a todos por igual, incluyendo incluso la turquesa.

(izquierda, collar paleolítico de calaítas variadas; derecha, obra de Patricia Altmark)

A diferencia del sílex, las mineralizaciones de aluminofosfatos son formaciones escasas en la corteza terrestre y son muy pocos estos yacimientos geológicos. Estas mineralizaciones se localizan en contextos de pizarras ricos en variedades silíceas.
Tal vez su escasez, y por tanto la dificultad de obtenerla, y su vistosidad (tonalidades verdes y brillantes, detalle bajo estas líneas) es lo que hicieron de la calaita un material preciado y deseado con un valor intrínseco, constituyendo un bien de prestigio social:


«La calaína procedente del Cáucaso tiene un considerable tamaño, pero está llena de poros e impurezas. Se encuentran en acantilados inaccesibles, por lo que los nativos les disparan con hondas, haciéndolas caer al suelo, y las utilizan para pagar con ellas sus tributos y hacer bellos adornos que lucen en dedos y cuello. La calaína constituye su patrimonio y cifran su gloria en el número de ellas derribadas desde su infancia…» (Plinio: Historia Natural)





 1 La Sangre del Ocre
«Otro enterramiento neandertal, el de un varón adolescente, fue encontrado en Le Moustier, en el sur de Francia. Los restos habían sido rociados con ocre rojo y enterrados en una posición que simulaba que estaba dormido. "Su cabeza descansaba sobre una almohada de sílex y habían sido esparcidos alrededor huesos quemados de ganado salvaje, como en ofrenda"» (Kharlena Maria Ramanan: Neandertales: una ciberperspectiva)

Vemos, en fin, como nuestra megacientífica civilización se originó gracias a la infantil y elemental afición a las piedras de colores. Aunque el color color por excelencia ―como atestiguará entusiásticamente cualquier niño de hoy, al igual que los pintores de las cavernas― siempre ha sido el rojo, quizá por ser así nuestro fluido sanguíneo y el de las presas que hemos cazado y consumido hasta hace bien poquito.

Es por eso que colorado haya entrado en competencia con coloreado, un derivado del latín 'color' que significa "que tiene color", y haya sido sobreentendido durante milenios como "que por naturaleza o arte tiene color más o menos rojo". Este último color, el rojo, deriva del latín 'rufus' y era aplicado básicamente a esa tonalidad de pelo que tantos disgustos ha causado intemporalmente a sus poseedores, hasta el punto de haberse acuñado varios despectivos adjetivos (como rufián para el "hombre sin honor, perverso, despreciable", y 'rufula', rubita, destinado a las prostitutas, que eran obligadas a teñirse rubio el cabello o llevar peluca rubia) como derivado de 'rufus' por suponer que en el nacimiento de tales personas ha metido la cuchara el diablo, el cual, como todo el mundo sabe, es rojo rojo colorado.
Hay que aclarar que en el mundo masculino las cosas pintaban de otra manera. Y Roma, como antes Grecia, era una sociedad masculina. Por ello, llamarse Rufo, es decir, rojo, u otros patronímicos que son astillas de tal palo, no representaba ningún deshonor; de hecho, Rufus era el sobrenombre de una importante familia romana. Y cuenta Plinio que «el minium se utilizó con fines sagrados para colorear de rojo la cara o la estatua entera de Júpiter, así como el cuerpo de los generales triunfadores. Además, también se utilizaba para colorear los ungüentos utilizados en banquetes triunfales».


(Sobre estas líneas, izquierda, cueva de Altamira, soplado de ocre en negativo de manos: «La gran reiteración paleolítica en la plasmación de estas figuras, en negativo o en positivo, puede ser interpretada dentro de la existencia de una especie de "santuarios de manos" en relación con algún tipo de ritual de iniciación-consagración. Imprimir la mano contra la pared implica un contacto con la roca-bóveda celeste que permitiría la recepción de algún tipo de energía cósmica.
Desde siempre la mano ha poseído en todas las culturas un significado astral que se ha identificado con lo sagrado, lo que explicaría la costumbre de representar las estrellas con cinco rayos o de cinco puntas». (Raquel Lacalle: Los símbolos de la Prehistoria). Este es un ritual que pervive en el posamano del peregrino sobre el parteluz del pórtico de Santiago (izquierda), y en tantos otros santuarios, hasta desgastar la piedra; un subconsciente intento de captación de esa energía telúrica que, según dicen, marcó la ubicación de los misteriosos baluartes templarios.
Derecha, fotograma de Satiricón, de Fellini, en la magistral secuencia del garbeo de Encolpio y Gitone por los burdeles romanos)



Las primeras excavaciones mineras de la Humanidad se realizaron hace unos 300.000 años (es decir, por mineros neandertales, pues nuestro cráneo cromañón más antiguo hallado sólo data de hace 160.000 años), en el denominado Paleolítico antiguo, y se debieron a la búsqueda de una tierra roja que nuestros antecesores relacionaron de inmediato con la sangre y que después fue conocida como ocre.
Pero ocre significa amarillo (viene del griego 'okhrós', amarillo), por eso siempre se matiza: lo que nuestros ancestros prehistóricos buscaban era ocre rojo, precisamente: hasta el punto de que, cuando ya en época histórica, los artesanos romanos utilizaban el colorido amarillo específicamente, denominaron sil al ocre amarillo, una mezcla variable de arcilla y peróxido de hierro; sin embargo, lo que nuestros "cavernícolas" abuelos buscaban afanosamente eran materiales terrosos que tuvieran el mayor contenido posible de un óxido de hierro denominado ya por los romanos 'haematites', nuestra hematita o hematites, que significa sanguinolento (un derivado del griego 'hâima', sangre); con esa tierra espolvoreaban los cadáveres de sus difuntos antes de enterrarlos, de "plantarlos" a la espera de una futura germinación.


(Derecha, "los enamorados" del campo de hockey de San Fernando, Cádiz; "es de destacar la presencia de ocre (pigmento rojo) depositado en la mitad inferior de ambos individuos así como la localización de diversas agujas de hueso en la parte posterior del cráneo del individuo masculino probablemente relacionadas con el tocado del peinado")



«…También de la cueva de Blombos proceden dos fragmentos de ocre con motivos geométricos incisos que se consideran indicativos de un comportamiento simbólico plenamente moderno (imagen izquierda, detalle superior, junto con restos de ocre en conchas que sirvieron de paleta, en la misma cueva). Los restos de ocre son frecuentes también en otros yacimientos africanos, en alguno de los cuales (Twin Rivers, Zambia), y procedentes de niveles que podrían ser anteriores a hace 200.000 años, marcan en esta zona el final del período Achelense, los cuales podrían ser reflejo del uso simbólico de pigmentos en el marco de grupos culturales fundados ya lingüísticamente» (Eudald Carbonell: Homínidos)


Y con esos ocres se realizaban los dibujos mágicos (los primeros jeroglifos, 'hierós-glýpto', rasgos sagrados), también "sembrados", en lo más profundo de las cavernas, los animales de cuya caza dependía su existencia, con la fe en que la sangre terrosa les comunicara la vida. Ambos actos de fe encarnan el germen de toda religión (encarnado, hecho carne, otro sinónimo atávico del rojo cruento). Es decir, la aplicación de tinte rojo a un cuerpo sin vida podía deberse, no a ninguna idea instintiva acerca del más allá, sino a un intento de devolver la vida al difunto por asociación del color rojo con la sangre, del mismo modo que los alquimistas usaban azufre en el intento de conseguir oro por asociación del color amarillo de ambos elementos.


Pero también se dice, aguafiestas, que las flores de vivos colores encontradas cubriendo el cuerpo o el lugar de enterramiento, tendrían un propósito algo menos solemne que el supuesto, pues pudieron servir para enmascarar el hedor que se filtraba a través de la tierra y que inundaría la cueva comunal, vivienda permanente bajo cuyo suelo se efectuaban las inhumaciones. Una atractiva teoría para explicar el actual rito que, en forma de plástico coloreado con aspecto vegetal, adorna las lápidas de nuestros cementerios.



(Encima, recreación por TVE, serie Memoria de España, capítulo 1, de la vida paleolítica y del descubrimiento de las pinturas de la cueva de Altamira: «cuando María, la hija de Marcelino Sanz de Sautuola, que por su pequeña estatura, tenía ocho años, pudo entrar antes que su padre, alzó su pequeña lámpara de carburo y gritó a su padre "¡Mira, papá, bueyes!"» (Miguel Ángel García Guinea: Altamira).
Esto ocurrió en 1879. Años después, María (la auténtica, a la derecha, en una foto de la época de su hallazgo) comentaría a Herbert Kühn, catedrático de Prehistoria y Protohistoria en la Universidad de Maguncia, que el descubrimiento del techo pintado había sido «la mayor aventura de mi vida... y también mi más amarga decepción». 
Altamira fue la primera galería subterránea de arte parietal descubierta y la última en ser reconocida como tal. Su autenticidad no fue admitida hasta 1902, una vez que fueron descubriéndose las cuevas francesas, primero La Mouthe, en 1895, y después Les Combarelles, en 1900, ambas en La Dordoña.

Marcelino Sanz de Sautuola murió en 1889, amargado y olvidado, diez años después de su descubrimiento. Hasta su fin fue considerado como un impostor por la ciencia internacional: los expertos juzgaron que había pintado o hecho pintar las figuras de la cueva de Altamira: eran demasiado buenas para ser obra de hombres primitivos...

Pero es de justicia señalar que, en 1906 cuando ya los arrepentidos detractores de don Marcelino (hemos dicho que no fue rehabilitado hasta 1902) se colaban en todo agujero que divisaban en el campo, y se descubrió la monumental cueva francesa de Niaux, en Tarascón, coetánea de Altamira, se pudo comprobar que ya había sido visitada con anterioridad:
Un tal Ruben de la Vialle había entrado allí, de excursión con sus amigos un par de veces, en 1652 y 1660; también un par de veces se asomó y pintarrajeó un M. de Fondeyre, en 1650 y 1661; pero el más madrugador fue un tal M. Cazaubon, que cayó por allí en 1608 y se explayó dejando sus garabatos por todas partes. Ninguno de ellos dio mayor importancia a aquellos graffitis de aficionado, limitándose a añadir el suyo, dejando un "recuerdo" con nombre y fecha, a un metro escaso de las otras pintadas, pasatiempo de los toscos pastores de la comarca (aquí a la izquierda).



Miguel Ángel García Guinea escribe en Altamira acerca de la antigüedad de sus pinturas: «Las excavaciones posteriores en Altamira fueron llevadas a cabo por Hugo Obermaier los años 1924 y 1925, encontrando los mismos niveles magdalenienses que Hermilio Alcalde del Río, e incluso recogiendo también en niveles solutrenses, "lápices de ocre rojo y amarillo de distintos matices, carbón de madera y marga blanca grisácea que representan los materiales utilizados para la confección de los colores", así como restos de pasta roja, amarilla o blanca grisácea en el interior de patellas». Es decir, hablamos de una antigüedad de unos 13 o 14.000 años, una época en la que se seguían utilizando los mismos materiales, los ocres de toda la vida, pero llevándolos a su máxima expresividad.

Para entender lo que Obermaier quiere decir con "lápices de ocre", debemos atender a lo que cuenta Hermilio Alcalde de sus propias excavaciones:
«Tengo recogido en ambos niveles más de tres kilogramos de ocres en diferentes pedazos, de los cuales algunos muestran bien claramente haber sido utilizados, pues que sus caras aparecen desgastadas y bruñidas, de haber sufrido frecuentes restregamientos contra la piedra para producir el tintaje».

Entre todo este tejemaneje con los ocres sanguinolentos las calaítas verdeazuladas las margas blancoparduzcas y las pizarras negrogrisáceas (y su manoseo para convertir todo ello en barras y en barros decorativos), apreciarían sobre todo, como hemos dicho, las arcillas ferruginosas a causa de sus tonos rojizos. Y da la casualidad que este tipo de arcillas tienen una plasticidad que es lo suficientemente grasa como para ser moldeadas dócilmente en forma de curiosas y divertidas figurillas, pero también la suficiente consistencia como para fabricar prácticos platos y cuencos que mantienen su forma al secarse sin desprender polvo.

Al poner tales cacharros sobre el fuego del hogar para calentar su contenido, se comprobaría con alborozo su rígido endurecimiento: habría nacido así la alfarería, aunque condicionada por la economía de guerra, como suele ocurrir:
La cerámica se considera muchas veces como una innovación ligada a la agricultura; sin embargo, en lugares como Siria y Mesopotamia, en los que la agricultura se inicia hacia el 8000, la cerámica no se generaliza hasta el 6500 como resultado de unas necesidades de almacenamiento de excedentes cerealísticos impuesto por las nacientes jerarquías religiosas, embrión de los futuros Estados de la Edad del Cobre.



(Izquierda, arriba, el primitivo torno manual, es decir accionado con una mano: y el torno de rotación rápida, impulsado con el pie, dejando ambas manos libres, ya se utilizaba en el IV milenio. La rueda del alfarero es "la rueda", la madre de todas las ruedas, la más primitiva: la rueda del alfar es anterior a la del carro, la cual es una adaptación volcada de aquélla. Hoy tan directa relación no nos resulta demasiado evidente, pero algo ayuda la observación de las ruedas de uno de los primitivos carros de guerra mesopotámicos representados en el denominado Estandarte de Ur, encima a la derecha )


Y una cosa llevaría a otra:
«El trabajo de los metales en estado nativo, su martilleo en frío, no significa metalurgia en sentido estricto, ya que el proceso metalúrgico lleva implícita la transformación del mineral o metal mediante un foco de calor, y ello solamente pudo suceder en el seno de los hornos de alfarero, que presentaban unos focos calóricos relativamente potentes» (Jorge Juan Eiroa y otros: Nociones de tecnología y tipología en Prehistoria; derecha, horno de cobre)



La llamativa relación cromática entre el ocre y la sangre inspiró también el que fueran empleados como medicamentos casi hasta la Edad Moderna, recomendados como estaban por la autoridad de personalidades como Teofrasto, Celso, Plinio o Dioscórides:

«Del ocre debe escogerse el muy ligero, totalmente amarillo, de color subido, sin piedras y fácil de desmenuzar, de linaje ático. También éste debe quemarse y lavarse como la cadmia.
Tiene virtud estíptica (o sea, astringente, que estriñe), corruptiva, disipante de inflamaciones y de diviesos, reprime las excrecencias carnosas y, con cerato, encarna las cavidades y deshace los nudos de las articulaciones» (Dioscórides: De materia medica, V,93)

La cadmia que aquí cita Dioscórides es un tipo de calamina, óxido de cinc desprendido durante la fundición de este metal, que lleva algo de óxido de cadmio (llamado así por encontrarse por primera vez cerca de Tebas, ciudad fundada por el héroe mitológico Cadmo). ¿No les parece maravilloso que la Humanidad haya sobrevivido a la Medicina humana?



«Si el cultivo de plantas y la domesticación de animales supuso durante el Neolítico una auténtica revolución en las técnicas de explotación de los recursos con repercusiones que habrían de afectar decisiva y radicalmente a todos los ámbitos de la vida, otro tanto cabe decirse de la cerámica y también de la metalurgia, que fue una consecuencia de la primera dentro de un mismo proceso de control de la transformación de la materia por el fuego» (Carlos G. Wagner, Prof. titular. Dpto. de Historia Antigua UCM: La égida de Shamash).

(Derecha, Winter Timber, de David Hockney, para mí una denuncia de la degradación ambiental con la complicidad del arte enmascarador: a la agricultura le estorbaban los bosques y la metalurgia necesitaba talarlos para mantener encendidos los hornos, cada vez más potentes; izquierda, una obra complementaria de Street Art Utopia; encima de ella, otra, realizada por Banksy, un efímero grafitti elevado a arte total)



Pero lo que sí es seguro, es que por encima de los guijarros de colores con que los neandertales engarzaron ya sus collares, las primeras verdaderas joyas (del latín 'jocus', juego, objeto placentero, de donde sale también jocoso) lucidas por los humanos fueron las perlas, a las que los griegos denominaban margaritas, 'margarites'.
Y es que el humano moderno se salvó de puro milagro del ir y venir glacial gracias a algunos escasos refugios costeros sudafricanos, la cota más meridional que pudieron alcanzar huyendo del hielo; y gracias también a la forzosa dieta equilibrada con que allí tuvieron que sobrevivir (los niños odian el marisco y la cerveza, angelitos), una dieta que incluía moluscos, almejas, lapas, ostras… que formaron ya para siempre parte de nuestro régimen alimenticio. Además, no sólo sobrevivimos gracias al emplazamiento:

«Se ha señalado que el aprovechamiento de recursos marinos pudo jugar un gran papel en la evolución humana, ya que estos recursos son ricos en ácidos grasos Omega-3 que proporcionarían el sustrato nutricional que haría posible el desarrollo de cerebros más grandes. El hecho de que una explotación sistemática de recursos marinos se documente por primera vez en yacimientos africanos sería coherente con una aparición inicial de la anatomía y el comportamiento modernos en esta zona» (Eudald Carbonell: Homínidos)



Josefa Cantó Llorca, U. Salamanca: En la Antigüedad el origen de las perlas está relacionado con la concepción mítica de los elementos primordiales, masculino y femenino; se creía en la generación espontánea de muchos invertebrados y, en concreto, de los moluscos, asociados a la luna y a su culto, con ritos que hacían referencia a la fecundidad del elemento marino, aunque Plinio alude también a alguna misteriosa influencia solar:

«Dicen que cuando les llega el momento de procrear, una vez al año, se abren en una especie de bostezo y conciben llenándose de materia seminal húmeda; una vez preñadas dan a luz, y el fruto de las conchas son las perlas, que difieren según la calidad del líquido recibido. Si era puro, surge una perla de un blanco resplandeciente; si turbio, la perla es de un blanco sucio. Las concebidas bajo un cielo amenazador son pálidas. Sin duda las perlas dependen del estado del cielo más que del mar; por eso son anubarradas o serenas como la claridad de la mañana» (Historia natural)


Sin embargo, entre los romanos, tan machotes ellos, las perlas no gozaron de demasiado aprecio, ningún aprecio, no sabemos muy bien porqué: perla deriva del diminutivo 'pernula', arrastrado latín vulgaris que designa a la ostra perlífera y significa una determinada especie de ostra entre otras muchas; Plinio concede que «no se encuentran dos perlas idénticas, por eso, sin duda, los romanos aficionados al lujo les dieron el nombre de unio, "única", pues ni entre los griegos, ni entre los bárbaros, que las descubrieron, reciben otro nombre que el de margaritae».
Por el contrario, las féminas romanas se despepitaban por ellas. Parece ser que la pasión de los romanos por las perlas data de finales de la República, de la época del triunfo de Pompeyo sobre Mitrídates; César, aunque se rumoreó que había invadido Britania con la esperanza de encontrarlas, limitó su uso, lo mismo que el de vestidos de púrpura, en su lucha contra el lujo excesivo (las crisis de Hacienda son de siempre).
Si la secreta intención de César al invadir Britania fue en verdad evitar la sangría de oro que suponía la importación perlífera, su decepción debió ser enorme, pues las perlas inglesas resultaron ser "de color apagado y pequeño tamaño", sin competencia posible con las más preciadas: las procedentes de Arabia, en el Golfo Pérsico, o las del Mar Rojo, o Ceilán. A pesar de ello, la antaño gloriosa margarita se tuvo que conformar con designar a las humildemente bellas y perecederas "flores de centro amarillo" componentes de los más delicados ramos de novia, al mejicano cóctel de tequila y ―nada más y nada menos― a las Margaritas de Rubén Darío («Margarita, está linda la mar / Y el viento / lleva esencia sutil de azahar…»):

«A las mujeres les encanta llevarlas colgadas de los dedos y, de dos en dos o de tres en tres, en las orejas; a este refinamiento se le dan nombres extranjeros, rebuscados por una extravagancia decadente, pues cuando se llevan así se llaman crótalos, como si también causase placer el tintineo de las perlas al entrechocar. Ahora las codician incluso los pobres, que afirman que una perla es el heraldo de una mujer cuando aparece en público. Y también en los pies; las ponen no sólo en la correa de la sandalia, sino en todo el zapatito. Y no basta ya con llevar perlas, hay que pisarlas y sortearlas al andar» (Plinio: Historia natural)


«Y la perla, celebrada por los estúpidos y admirada entre las mujeres, es también ella, por supuesto, una criatura del Mar Rojo, y se cuenta la fantástica historia de que ella es engendrada precisamente cuando los rayos solares (otros dicen que los relámpagos) refulgen sobre las conchas abiertas» (Claudio Eliano: Historia de los animales. Bajo estas líneas, la Vía Láctea del Spitzer)




 2 Del Principio de la Alquimia
«Hefestos/Vulcano y Atenea/Minerva compartían templos en Atenas; el nombre de él podría ser una forma gastada de 'hemero-phaistos', "el que brilla de día" (es decir el sol), mientras que Atenea era la diosa-luna, "la que brilla de noche", la patrona de todas las artes mecánicas» (Robert Graves: Los mitos griegos)

Las piedras más o menos coloreadas que llegaron a formar parte de los hogares y fogatas fueron el primer atisbo de la metalurgia para aquellos humanos que contemplaron maravillados su transformación metálica brillando entre las brasas; volverían así sobre sus pasos a la búsqueda de aquellas piedras filosofales, primero en la superficie y luego hurgando hasta profundizar auténticas excavaciones: 'metallum', nuestro metal, era el nombre reservado por los latinos para la mina en bruto, por derivar de 'meta', más allá, en el sentido de eso "que está más abajo"...
Y mineral deriva de mina... y éste, y su variante mena (un mineral es mena de un metal cuando mediante minería es posible extraer ese mineral de un yacimiento), salen del céltico 'mina'... que es como llamaban los celtas al mineral. Un capcioso bucle con el que no estamos dispuestos a perder más tiempo.

Es importante que tengamos en cuenta todo lo dicho arriba más todo lo que añadiremos debajo, es decir, la tremenda fuerza transformadora del fuego más la infinita variedad de coloraciones y cualidades de las tierras, y todo ello unido a la absoluta necesidad del agua como elemento vital y como "herramienta" disolvente y plastificante. En la lejana Antigüedad no se podía ir más allá de estas constataciones, las cuales cuajaron como evidencia en la mente de aquellos hombres de que el mundo, el universo, estaba formado por solamente unas cuantas sustancias básicas.
Y si bien es cierto que fueron los griegos de entre los siglos -VI y -IV los primeros grandes teorizadores de la historia, su profundización filosófica partió de las milenarias bases de las civilizaciones que les precedieron. En este caso bebieron de las fuentes hindúes, las cuales ya habían descrito la naturaleza como una concepción de unos pocos elementos esenciales.
Empédocles de Agrigento alrededor del año -430 estableció para los dos milenios siguientes que tales elementos eran cuatro: tierra, aire, agua y fuego: todas las substancias de la Tierra estaban formadas por combinaciones de estos elementos en distintas proporciones.

Un siglo después de Empédocles, investigaciones de Platón descubrieron que «el fuego está formado por tetraedros; el aire de octaedros; el agua, de icosaedros; la tierra, de cubos; y como aún es posible una quinta forma, Dios ha utilizado ésta, el dodecaedro, para que sirva de límite al mundo» (las malas lenguas dicen que Platón le robó la idea a Pitágoras aprovechando el secretismo de éste para todo lo suyo) .
Tras Platón, su discípulo Aristóteles descubrió que este quinto elemento dodecaédrico, el cielo, mejor dicho, el mundo supralunar, estaba formado por un elemento llamado éter, una ocurrencia aristotélica que da entidad propia al humo del fuego (éter deriva del griego 'áitho', quemar).
Pero era una ocurrencia muy poco inocente ya que, de hecho, con esta teoría Aristóteles cometía una horrible herejía materialista, pues cosificaba una divinidad primordial, el Eter, un hijo que el Erebo había tenido él solito; y de paso, ¡apeándole la mayúscula y añadiéndole un acento! (el Erebo a su vez era, mada menos, fruto de la unión entre la Eternidad y el Cáos, y cuyo nombre significa "cubrición o envoltura de todo"; es decir, era todo un dios primordial de segunda generación con derecho a artículo ante su nombre, además de hermano de la Noche, el Día y el Aire, todos ellos muy anteriores y superiores a Helios, el Sol).
No está nada mal traído deducir que el cielo esté formado por el humo de todos los fuegos... desde luego, y tal y como vivimos, si no lo está, pronto lo estará. Y del éter derivan tanto etéreo, vago, sutil, vaporoso, como etílico, adjetivo que se aplica tanto a las personas ebrias, como a los compuestos químicos del alcohol, dado que en honor a Aristóteles los químicos del s.XIX decidieron dar el nombre de éter a este grupo de combinados.
Pero Platón no podía quedarse ahí, en los sólidos elementales poliédricos patentados a su nombre, y su cerebro siguió maquinando hasta conseguir dar con el interesante y valioso proceso evolutivo de "la posesión más preciosa", piedra filosofal fundacional de la futura alquimia:


«Las clases de agua son dos, en primera instancia, una líquida y otra fusible. Dado que el género líquido participa de las clases pequeñas de agua, al ser éstas desiguales, a causa de su desequilibrio y de la forma de su figura, puede moverse por sí mismo o por la acción de otro agente…
De todos los tipos de agua que hemos denominado fusibles, el más denso, nacido de las partículas más tenues y homogéneas, único y de color amarillo brillante, es la posesión más preciosa, el oro, que, una vez filtrado a través de la piedra, se solidifica. Un retoño del oro, muy duro por su densidad y negro, es llamado adamante.
El género que tiene partículas próximas al oro, pero con más de una especie y con una densidad mayor que éste, por participar de la tierra en una parte reducida, lo que lo hace más duro, es, sin embargo, más liviano que él porque tiene en su interior grandes intersticios; este género, compuesto de aguas brillantes y solidificadas, es el cobre.
Se denomina herrumbre a la parte de tierra que viene mezclada con él y que se hace visible cuando ambos envejecen y se vuelven a separar…» (Platón: Diálogos: Timeo; arriba a la derecha, los Sólidos Platónicos, base de partida de la posterior alquimia, según esbozaremos algo más abajo)


Los datos que se poseen de las primeras técnicas químicas corresponden a la obtención de metales y vidriados en Egipto, Mesopotamia y China. La existencia en la naturaleza de oro, plata y cobre en estado nativo y en forma metálica apunta hacia esos elementos como los primeros metales usados.
El museo de Varna, ciudad de la costa septentrional del mar Negro, en Bulgaria, encierra una colección de importantes muestras del oro labrado más antiguo del mundo hallado hasta ahora. Datan del V milenio (entre los años 4600 y 4200) y fueron halladas en la necrópolis de Varna, en el interior de una impresionante serie de sepulturas que sirven como muestra de la gran diferenciación social que la Edad de los Metales trajo consigo para siempre (derecha, imagen de la famosa sepultura 43 de la necrópolis de Varna).

Por su color, brillo y tonalidad, oro y plata fueron relacionados con el sol ―como ocurría con el fuego― y con la luna respectivamente, es decir, con los dioses principales, sin que se desarrollaran teorías coherentes que explicaran los fenómenos observados, ni falta que les hizo: Aurora, por ejemplo, era una diosa romana directamente relacionada  con el oro (el latín 'aurora', con minúscula, igualmente señalaba las regiones levantinas, así como al alba o alborada); y el vil metal dio origen a términos tan mágicos como aura (erróneamente adjudicado, puesto que procede de otra raíz griega diferente que significa brisa) y aureola; así como a algo tan pedestre como el símbolo químico del elemento oro, Au. Y todo ello derivado del latín 'aurum'.

El oro y la plata se formaron hace 4.600 millones de años, en los orígenes del Sistema Solar, a partir de partículas minerales a la deriva arrojadas al espacio por la explosión de estrellas. Capturadas por los remolinos de polvo de los planetas embrionarios, se fundieron en filones por el calor hirviente de la tierra y el agua subterránea. Les acompañaron en su viaje al centro de la Tierra el resto de los elementos que en mineralogía son denominados paradójicamente como "metales nativos": cobre y plomo (del grupo del oro, al que también pertenecen la plata y el oro), platino, iridio, paladio y osmio (del grupo del platino) y el hierro, con grupo exclusivo formado por minerales más o menos ricos en níquel y magnetita.
El oro sería el primer metal recogido por los humanos debido a su originaria abundancia en los ríos de montaña en forma de pepitas desgajadas de las vetas y redondeadas por la erosión fluvial, y a que sus filones suelen estar asociados a las masas de ciertos tipos de cuarzo, mineral este que era el material realmente codiciado por ser el verdaderamente útil para nuestros antecesores de la, por ello llamada, Edad de Piedra.


No despotricaremos aquí contra el comúnmente denominado "vil metal", entre otras razones porque nadie nos creería, así que nos limitaremos a citar al bueno de Píndaro, quien describió al oro como «hijo de Zeus, al que no devoran ni la polilla ni la herrumbre, pero cuya suprema posesión devora la mente del hombre», de ahí se podría traer a forzada colación un chascarrillo etimológico: Todo el mundo sabe que el oro de la Reserva Federal estadounidense se guarda en Fort Knox. La anécdota malévola reside en que, en lengua inglesa 'knox' no significa nada en particular, pero relaciona y funde tres términos de significado muy dispar: 'to know', saber, conocer, distinguir; 'to knock', golpear, pegar, chocar; 'to knot', atar, enredar, anudar. La x final de Konx, como siempre, simboliza la incógnita de cómo y porqué, quién es "quién".

Y con esto, y para variar, pasaremos a suministrar unos pocos datos que puedan ser de interés práctico para la mayoría de los mortales:
En joyería fina se denomina oro alto o de 18 K, 18 quilates, aquél que tiene 18 partes de oro por 6 de otro metal o metales (75% en oro), oro medio o de 14 K al que tiene 14 partes de oro por 10 de otros metales (58,33% en oro) y oro bajo o de 10 K al que tiene 10 partes de oro por 14 de otros metales (41,67% en oro). El oro de 24 K es muy brillante, pero es caro y poco resistente; el oro alto es el de más amplio uso en joyería, ya que es menos caro que el oro puro o de 24 K y más resistente, y el oro medio es el más simple en joyería. (Peter L. Bernstein).

Aunque algarroba deriva del árabe 'garrof', el nombre árabe de las semillas era 'kalat', de donde derivó kilate, nombre actual de la medida de valor/peso del oro y las piedras preciosas. Y es que, aparte de que las vainas del algarrobo se utilicen para elaborar laxantes, mientras que la corteza y las hojas sirven como astringente (éso se llama versatilidad), antiguamente sus semillas se empleaban con el asentimiento general, a causa de su regularidad, como unidad de peso para artículos valiosos, como medicamentos y joyas.

De entre todos los metales nobles sólo el oro reune belleza radiante (cualidad sospechosa por cuanto no llama la atención de ninguna otra especie animal), maleabilidad, inalterabilidad y, sobre todo, rareza: en toda la historia de la humanidad únicamente han podido extraerse unas 90.000 toneladas, lo cual, dada su alta densidad ~doble que la del plomo~ apenas llega para formar un cubo de 17 metros de lado: en una hora se produce hoy más acero en el mundo que oro se ha extraído desde el principio de los tiempos. 
Es el valor definitivo: abulta poco, no se oxida y cabe en cualquier equipaje de emergencia. Éso y más:

«El oro es un remedio eficaz en muchas situaciones: se aplica a personas heridas y para hacer inocuos los intentos de brujería dirigidos contra los niños. Sin embargo es maléfico si se lleva sobre la cabeza, particularmente en el caso de los pollos y los corderos... Cocido en miel con melanthium (residuos de las minas de cobre) y aplicado como un linimento en el ombligo, actúa como un purgante suave sobre el intestino; si se le añaden además polvos de piedra pómez sirve para curar úlceras pútridas» (Plinio: Historia natural)

(Derecha, El atleta cósmico, de Dalí, lienzo que decora el despacho del rey Juan Carlos) 


En cuanto a la plata, era al principio un metal más valioso que el oro, pues costaba más refinarla y estaba consagrada a la luna, además de estar bajo su inflencia: los filones de plata eran más o menos argentíferos según su situación referida a la dirección perfecta señalada por la luna. La Atenas de Pericles debió su preeminencia en gran parte a las ricas minas de plata del Laurión, explotadas, primeramente por los cretenses, que le permitían importar productos alimenticios y comprar aliados.
La palabra plata, tiene el mismo sentido y raíz que plato (y que plaza y platea y placer, "arenal donde la corriente depositó pepitas de oro"), todas derivan del griego 'platýs' (Platón significa anchote, fornido, cachas), a través del latín 'plattus' plano, ancho, y hace referencia a la placa redonda, forma en que los habitantes de la península veían el 'argentum' (de ahí el símbolo químico de la plata: Ag), que es como llamaban los romanos al preciado metal, quizá una forma primitiva del dinero argentífero, como el oro lo era en barras o en lingotes: la República Argentina debe su nombre a la exploración en busca de una una sierra con abundancia de este metal por parte de los primeros invasores hispanos, a indicación de los nativos ribereños del Río de la Plata, llamado así por igual motivo; no obstante, otros topónimos españoles, como ArgentonaArgandaArganza no tienen relación con 'argentum', sino con su raíz, 'arg-', blanco, claro.






«"Los órficos dicen que la Noche de alas negras, diosa por la que incluso Zeus sentía un temor reverente, fue cortejada por el Viento y puso un huevo de plata en el seno de la Oscuridad; y que Eros, a quien algunos llaman Fanes, salió de ese huevo y puso el Universo en movimiento"

La Doncella del Arco de Plata, a la que los griegos incluían en la familia olímpica, era el miembro más joven de la Tríada de Artemis. "Artemis" era un título más de la triple diosa Luna y, por lo tanto, tenía derecho a alimentar a sus ciervas con trébol, símbolo de la trinidad. Su arco de plata representaba a la luna nueva» (Robert Graves: Los mitos griegos)





Junto con la herencia griega, meramente especulativa (es decir, limitada lo que a los sabios se les ocurría, sentaditos delante del espejo, y sin acercarse al taller a verificar sus ocurrencias ni por casualidad), se desarrolló en Alejandría una escuela mecanicista que trabajaba en estrecha colaboración con los metalúrgicos prácticos. En esa ciudad se puede situar el inicio de la alquimia, una ciencia mágica inventada, según la más antigua leyenda, por la diosa Isis y que estuvo en marcha franca hasta que la prohibición cayó sobre los experimentos alquímicos durante los s.XIV y XV, época en que se recluyó en la clandestinidad de los sótanos… de los sótanos de casi todos los potentados eclesiásticos y civiles, que se negaron a prescindir de aquella I+D+i secreta mientras la prohibían a los demás.

En el s.IV, Nemesio, obispo de Emesa, uno de los representantes más destacados del sincretismo alejandrino, es decir, influido por el mundillo en ebullición que burbujeaba en Alejandría –hoy de actualidad por la decepcionante cinta de Amenábar–, todavía intentaba desesperadamente salvar los muebles paganos del incendio cristiano, y procuraba combinar como dios le daba a entender las ideas cristianas con las platónicas y con las ensoñaciones mágicas extraídas de los antiguos y herméticos misterios:

«A fin de evitar la destrucción de los elementos, el Creador sabiamente ha ordenado que dichos elementos tengan la capacidad de transmutarse unos en otros o en sus partes componentes, y que las partes componentes se descompongan a su vez en sus elementos originales. Así, la perpetuidad de las cosas queda asegurada por la sucesión continua de estas generaciones recíprocas» (Naturaleza del hombre)

(Derecha, Ríos de Ira, de la chilena Nora Muñoz Orrego)

Así pues, la alquimia estaba servida en su propia salsa. De hecho, la química, en su larga fase como alquimia, ha seguido relacionando hasta casi la Edad Contemporánea el color con la materia coloreada, intentando obtener oro y plata ―a la que llamaban "metal Luna" o "Diana"― a base de combinaciones de todo lo que encontraban más o menos dorado o plateado o amarillento: plomo, mercurio, cobre e incluso azufre, sobre todo azufre, con su halo demoníaco.
Incluso la dorada paja, la trigueña paja es susceptible de convertirse en oro gracias a su soleado resplandor ¿Recuerdan aquel viejo cuento de los Grimm, de un enano que convertía en oro la paja que trenzaba? No deja de ser alquimia eficaz aunque artesanal. En España era conocido como La hilandera, o El enano saltarín; en la Europa nórdica, el enano Rumpelkiskisklas, o Rumpelstiltskin, o Rumpelstilzchen. Aquí no debemos extendernos más sobre él porque en el punto 4 del Rey Midas y los Electrones mágicos ya le hemos zarandeado bastante. Tampoco demasiado.

Se da la circunstancia de que, debido a las guarrerías perpetradas con tales productos, entre los que se hallaba el salitre [izquierda, cuevas de salitre en Castillejar, Granada], se produjeran violentas explosiones cuyo análisis dio nacimiento a la desde entonces irrefrenable técnica artillera: la pólvora se fabrica esencialmente mezclando azufre, salitre y carbón; fue la reinvención de algo que ya habían inventado los felizmente remotos e ignotos chinos hacia el año 1000, aunque ellos sólo lo utilizaron para montar fuegos artificiales.
De ahí también el mecenazgo nobiliario y la clandestinidad que acabamos de mencionar… al fin y al cabo, no hace falta ser muy buen alquimista para obtener oro, plata y lo que quieras a base de pólvora bien dosificada. Porca miseria.



«El oro, verdadero hijo del sol por cuanto es el que más se parece al sol de entre todas las cosas» ―decía Leonardo da Vinci en sus apuntes― «Si lo que mueve a los alquimistas al erróneo intento de producir oro es una grosera avaricia, ¿por qué no van a las minas donde la naturaleza produce ese oro y se convierten en sus discípulos? Allí en la mina no hay mercurio, ninguna clase de azufre, no hay fuego ni ninguna otra clase de calor que el de la naturaleza. Ella le mostrará los filones de oro que se expanden a través del azul lapislázuli, a cuyo color no le afecta el poder del fuego»





Casi rozando el s.XX, en 1891, Albert Poisson, en un curioso trabajo titulado Teoría y símbolos de los alquimistas concluye su estudio sobre los "cuatro elementos" descolgándose con la siguiente tabla aderezada con la "ilustración" complementaria:

AZUFRE…………………..Tierra (visible, estado sólido)
Principio fijo…..…...…….Fuego (oculto, estado sutil)

SAL……………..…………..Quintaesencia, estado comparable al éter de los físicos

MERCURIO…………… Agua (visible estado líquido)
Principio volátil…........ Aire (oculto, estado gaseoso)

«Pan es el hijo de Mercurio (el zagalote retrechero de aquí a la izquierda); su cabeza y su cuerpo componen el jeroglífico del mercurio de los filósofos, solar y lunar a la vez. La estrella de la derecha es el símbolo de la sal armónica, el tercer componente del Arte (que a menudo es llamado Arte de la Música

Que estas elucubraciones se basasen en los Sólidos Platónicos, ¡de 2.300 años atrás!, y se publicaran casi un siglo después de la muerte de su paisano Lavoisier, uno de los padres fundadores de la química, da mucho que pensar acerca de la tozudez de las ensoñaciones humanas: El mismísimo Isaac Newton malgastó casi la mitad de su genio su vida útil y su salud en experimentos "filosofales" (parece ser que su muerte, y sus episodios de enajenación mental y ética, tuvieron que ver con las inhalaciones sufridas en ellos), los cuales mantuvo en secreto y cuya documentación destruyó cuando se sintió agonizar.




Sin embargo, la tozudez que acabamos de resaltar en la ilustración, quizá nos resulte más comprensible si consideramos que el término "química" disfruta hoy de una acepción tan respetablemente científica y abstracta como logrera y concreta fue en sus orígenes:
Química proviene del latín 'ars chimica', que a su vez deriva de 'chimia', alquimia, la cual deriva del árabe 'kimiyâ', que significa... piedra filosofal: "sustancia con la capacidad de transmutar los metales vulgares en oro o plata, según fuera roja o blanca" (cerrando este punto 2, el draconiano Ouroboros, uno de los principales símbolos de la dichosa Piedra Filosofal. Encima, derecha, Alegoría de la vida humana, de Guido Cagnacci (1601-1663) con el Ouroboros como halo)

(el pie de león (aquí a la izquierda) es una rosácea que debe su curioso nombre botánico, Alchemilla vulgaris, a la circunstancia de haber sido abundantemente utilizada por los alquimistas en sus mejunjes).  


También hay que decir, en descargo de buscadores y alquimistas, que la madre naturaleza se muestra a veces especialmente juguetona y se divierte suministrando pistas desorientadoras; por ejemplo, en esta relación entre colores y metales se da la circunstancia de que uno de los sistemas más antiguos de obtención de plata se lleva a cabo a partir del mineral de plomo, la galena (imagen derecha), la cual ostenta un intenso brillo gris metálico, y además tiene la manía de ir naturalmente acompañada de algunos kilos de contenido argentífero por tonelada de mineral.
Esta coloración hacía que el plomo fuera confundido también con el estaño, hasta que los romanos, gracias a las investigaciones del viejo Plinio comenzaron a distinguirlos, llamando entonces al estaño 'plumbus album', plomo blanco, siendo 'plumbus nigrum' el auténtico plomo, que se dice vulgarmente. Y si los sulfuros de plomo (eso es la galena) se burlaban de los buscadores de plata, los óxidos de plomo servían para volver locos a los buscadores de mercurio y de ocre rojo:


Datos extraídos del Diccionario de mineralogía en el mundo clásico, de Fulgencio Martínez Saura: Los antiguos llamaban minium a todo lo que tuviera un color rojo intenso. Hoy sabemos que el minio es un tetróxido de plomo, que el cinabrio es un sulfuro de mercurio y la hematita un óxido de hierro, pero los romanos se referían a ellos como "diferentes tipos" de minio. Así Plinio por ejemplo dice que «el mejor minium era el de las minas de la hispana Sisapo, en la Bética (Almadén, Ciudad Real), existía en ellas una gran vigilancia y no se permitía reducir y refinar allí la ganga, sino que se llevaba a Roma en estado natural y sellado», tan rico era el cinabrio que de allí salía... «Y había "otro tipo de minium" que se encontraba en la mayoría de las minas de plata y de plomo, pero que no poseían el mineral fluido al que llamamos hydrargyrus» (de 'hydros', agua y 'argyros', plata, es decir, plata líquida, es decir, mercurio: de Hydrargyrus viene el símbolo químico del mercurio: Hg).


No era solamente de Roma la tradición de colorear la cara o la estatua entera de Júpiter, así como cara y manos de los generales victoriosos en su desfile triunfal, según dijimos arriba al hablar del ocre (izquierda, triunfo de César según la estupenda serie televisiva ROMA); Plinio también cuenta que «el minium es muy estimado por los pueblos de Etiopía, cuyos nobles tienen el hábito de teñir con él sus cuerpos siendo, además, el color apropiado para las estatuas de sus dioses».
Algo más abajo, a la derecha, niña participante en el festival sagrado de Changu Narayan en Katmandú, Nepal; foto Navesh Chitrakar, extraída de Lápices para la paz.



Naturalmente, estas confusiones se debían a la inquieta movilidad de los planetas (no en vano el griego 'planetes' significa vagabundo), dado que no sólo el sol influye en el oro y la luna en la plata, sino que el cobre está bajo el poder de Venus, el hierro bajo el de Marte, y el plomo bajo el de Saturno (parece como si los antiguos intuyeran el origen estelar de los metales nativos, que vimos antes); de ahí que se denomine saturnismo a las intoxicaciones causadas por el plomo ('saturnus' era el nombre latino del mineral, y 'plumbus' el del metal y su símbolo químico, Pb), y Saturnino a las personas de genio triste y taciturno, porque los astrólogos aseveran que este dichoso planeta da un carácter melancólico y plomizo a los nacidos bajo su influencia. Cosas.
(Derecha una de las pinturas telúricas del rumano Antóniu Garríu)

De la utilización del minio (unas veces del bueno y otras del malo, según el presupuesto del monasterio) para escribir los títulos y las letras capitales de los escritos importantes procede el término miniatura referido a los códices medievales. Igualmente ocurre con el término rúbrica, que procede de otra denominación latina del óxido rojo de hierro, 'rubrica', otro derivado de 'rufus' que vimos arriba, utilizado como sustituto del minium en documentos oficiales más modestos.

La adicción innata al rojo sangre parece estar inscrita en los genes de la humanidad, como da fe el que los habitantes de la América precolombina también la padecieran, o la disfrutaran, según se mire, pues también «los pueblos precolombinos, en especial los aztecas, recolectaban la cochinilla (insecto homóptero de pocos milímetros de la familia de los cóccidos) para obtener un tinte de color púrpura escarlata al que llamaban nocheztili. Era totalmente desconocido en el mundo occidental hasta que Hernán Cortés lo descubrió en México hacia 1520.
A partir de entonces su éxito fue tal que se cultivó intensivamente, y durante siglos fue el principal producto de importación después del oro y la plata. Siempre fue una sustancia de lujo, y el color rojo "grana" que proporcionaba a la ropa era muy apreciado por los monarcas y su corte, hasta el punto de convertirse en un signo de distinción. Hoy sigue teniendo una enorme demanda, entre otras cosas por su inocuidad, en la industria cosmética y en la farmacéutica, así como colorante alimentario» (Albert Masó, Universidad de Barcelona).

La raíz de la denominación grana no tiene nada que ver con el color del fruto de la granada ni con ningún otro color; 'grana' es el plural del latín 'granum', grano, en el sentido de semilla: las colonias de estos bichitos parecerían granos (imagen derecha, plantación "infestada" de cochinilla), de manera similar a como se emplea la palabra granalla en metalurgia o granito en mineralogía, o con esos antiestéticos granos en nuestra epidermis: de igual modo granada también significa "fruta de mucho grano" (aunque la piedra granate sí está relacionada con este color); de ahí se pasó en España a "grana del coscojo empleada para teñir de encarnado", y de ahí, color rojo subido (según, como siempre, el Diccionario etimológico de Joan Corominas).





En el suroeste y sureste de Hispania se localizaron las minas más importantes de plomo del Imperio Romano. Su explotación rudimentaria provocó tales nubes de plomo y tan contaminantes que, a finales de la década de 1990, los análisis isotópicos de los depósitos de polvo en los sedimentos de los hielos polares han determinado que el plomo en ellos depositado procedía de estas minas.






Según Geber, reputado alquimista andalusí del s.VIII que fue el primero en tomarse esta materia en plan científico, el primer paso para lograr oro artificialmente era obtener "el mercurio" de cada metal, es decir, conseguir su amalgama líquida, para lo cual se requería la adición de azufre. A continuación había que quitarle la fluidez y convertirlo en un material pesado al que se privaba de sus propiedades para otorgarle el brillo y la maleabilidad por medio del fuego sacrosanto, un ritual que iba acompañado de invocaciones y conjuros, como se suele proceder en los planes científicos habitualmente.
Por su parte, en la naturaleza el plateado mercurio ―llamado así por su peso, su líquida movilidad y su brillo, comparable al de Hermes/Mercurio, dios mensajero de Zeus/Júpiter, y celoso guardián de sus misivas― se halla amalgamado con el amarillento azufre en el rojizo mineral de cinabrio, de 'kinnábari', rojo vivo.
Pero si antes hemos visto que los romanos llamaban minium al cinabrio (que es lo que sacaban precisamente en Almadén para llevárselo sin tratar a Roma), ¿a qué denominaban, entonces, como cinnabari, es decir, como cinabrio? pues según: unas veces era verdadero cinabrio y otras veces era sinopis o tierra de Sinope, es decir, ocre rojo. Por si era poca la confusión, también se denominaba hematita sólida al jaspe rojo.
Por otra parte, y para acabar de entenderse, los griegos llamaban al ocre rojo miltos, en tanto que al minium lo llamaban kinnábari, cinabrio, el cual, según Plinio «es, realmente, el nombre dado al material grueso proporcionado por el dragón cuando es aplastado por el peso del elefante tintado, al mezclarse con la sangre de ambos animales».
Pero estos conocimientos eran materia de sabios, y la gente de a pie se conformaba con saber que este mineral, utilizado como mena de mercurio, era formado por la sangre derramada sobre el suelo, lo que equivale a dar la sangre la categoría de combustible, lo cual no es una tontería demasiado gorda, al fin y al cabo la sangre utiliza sus rojos hematíes, precisamente, para trajinar con el muy inflamable oxígeno (los hematíes también son llamados eritrocitos, del griego 'eréutho', enrojecer; eritema: rubicundez):

«El cinabrio se trae de Libia. Lo usan los pintores para los adornos muy lujosos de las paredes; se vende en cantidad tan pequeña, que apenas les basta para la variación de las líneas. Es de color intenso, por lo que algunos pensaron que era sangre de dragón. Es conveniente para los remedios oftálmicos. También restaña la sangre y, aplicado con cerato, cura las quemaduras de fuego y exantemas» (Dioscórides: Plantas y remedios medicinales)


Denominado sulphur por los romanos (de ahí su símbolo químico, S), su nombre acabó en azufre por degeneración de la locución "piedra sufre", en la cual, la 'a' final de piedra pasaría a ser la 'a' inicial de asufre.  El azufre es el elemento más polivalente de la naturaleza (sólo detras del carbono, el hidrógeno, el oxígeno y el nitrógeno básicos de cada célula, la CHON de la vida), forma parte de la vida y de la muerte, del cielo y del infierno, de nuestro organismo y de los enemigos de nuestro organismo, desinfectante y contaminante, alimento y veneno... Es el elemento más utilizado en la industria debido a las infinitas formas y propiedades de sus combinaciones, de las cuales aquí no podemos siquiera ofrecer una panorámica honradamente sucinta. No es de extrañar pues su omnipresencia en las fantasías creativas de los humanos desde la prehistoria.

Según relata Mircea Eliade en Herreros y alquimistas, en una publicación alemana de 1505 (el Bergbüchlein, atribuido a un tal Colbus Fribergius, médico distinguido de Friburgo) se recuerda la extendida creencia medieval de que los minerales son generados por la unión de dos principios: el azufre y el mercurio (de ahí que el andalusí Geber, según hemos dicho, enseñara que lo primero era obtener el mercurio de cada metal), los cuales, en su unión, se comportan como macho, el azufre, y hembra, el mercurio: son "como la simiente masculina y femenina en la concepción y nacimiento de un niño". Y explica el proceso:
«Según opinión de los sabios, el oro es engendrado por un azufre del color más claro posible y bien purificado y rectificado en la tierra bajo la acción del cielo, principalmente del sol, de manera que no contenga ningún humor que pueda ser destruido o quemado por el fuego, ni ninguna humedad líquida capaz de ser evaporada por el fuego».

«Espolvoreado en la bebida, en cantidad de una cucharada o tomado en un huevo tragado, el azufre es provechoso contra la ictericia y es eficaz contra la coriza y contra el catarro. Su polvo reprime el sudor. En unción con nitro y con agua es útil contra la podagra, y contra la dureza de oído si se aplica su humo a través de una caña. Quemado como sahumerio cura a los letárgicos y restaña las hemorragias; si se aplica en ungüento con vino y con mirra, cura las contusiones de oídos. Aplicado con vinagre, evita el pinchazo del dragón marino y el del escorpión. Calma también los pruritos por todo el cuerpo, frotándose con nitro» (Dioscórides: Plantas y remedios medicinales)

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3 De Duendes y Dragones
«En efecto, ¡oh Emir de los Creyentes! esos vasos de cobre no son otros que aquellos donde se encerraron, en tiempos antiguos, a los genios que se rebelaron ante las órdenes de Soleimán, vasos arrojados al fondo del mar mugiente, en los confines del Moghreb, en el África occidental, tras sellarlos con el sello temible. Y el humo que se escapa de ellos es simplemente el alma condensada de los efrits, los cuales no por eso dejan de tomar su aspecto pormidable si llegan a salir al aire libre» (Las mil y una noches)

 Naturalmente, el hecho de que se “supiera” que la combustión de la madera y la tierra había producido los metales, no significaba que éstos fueran a andar tirados por ahí, al alcance de cualquier piernas. Existían unos diminutos seres subterráneos que, patrullando incesantemente su red de cuevas y galerías, vigilaban para engañar a quien quisiera desentrañar las riquezas subterráneas. Así que todo el núcleo argumental de productos tales como El Señor de los Anillos y similares ni es original ni ha sido ideado ayer por la tarde.

(Izquierda, otra magnífica muestra de street-art, esta vez de SmugOne)

Duende significó antiguamente, hacia el s.XII, "dueño de una casa", y es contracción de "duen-de casa". No adquirió hasta 1500 el significado de "espíritu travieso que se aparece fugazmente", y más comúnmente, "el espíritu que se cree habita en una casa", que es similar a la significación de trasgo, del antiguo verbo 'trasgreer', derivado del latino 'transgredi', excederse, cruzar, “pasarse”, que se dice ahora, transgredir.
También son llamados geniecillos, infantil diminutivo de genio ―de 'genius', "deidad que velaba por cada persona y se identificaba con su suerte"―, y que deriva de 'gignere', engendrar, un rastro en fin del más atávico animismo o panteísmo según el cual todos los seres vivos tenían un alma, un espíritu protector propio, y hasta creador, según delata el léxico etimológico.

Todavía en la Edad Media ―y en plena era cristiana, no lo olvidemos― se llamaba gnomo a una especie de duende enano, no siempre son sinónimos, que guardaba los tesoros naturales, especialmente los mineros.
Tal palabra ―al parecer acuñada por Paracelso― significa "el que vive bajo la tierra", y está formada por 'ge', tierra, y 'nemonai', habitar. Otro patronímico relacionado sería Gaspar, de 'ge/ga', tierra, y 'para', procedente de, y vendría a significar algo así como "procedente de alguna parte", con el sentido de mensajero o enviado, que por eso se le adjudicó a uno de los tres reyes magos, tan famosos y tan fantásticos como sus traviesos y encogidos familiares.



«Los primeros trabajos mineros debieron limitarse a la recogida de minas muy ricas que afloraban en superficie de forma muy simple, apenas algunos surcos pero que podían llegar a constituir incluso trincheras.
La obtención más simple del mineral consistía en golpear burdamente la masa mineral mediante unas grandes mazas de materiales recogidos en playas o graveras, con pesos que oscilaban entre 1 y 5 kg. La más avanzada consistía en el agrietamiento de la caja rocosa mediante la acción combinada del fuego y el agua, y su manipulación mediante herramientas de asta de cérvido.
Tales trabajos debieron de ir acompañados de todo un ritual simbólico, ya que en las minas se depositaban vasijas con diversos contenidos en calidad de ofrendas a cambio de la riqueza obtenida» (Jorge Juan Eiroa y otros: Nociones de tecnología y tipología en Prehistoria)

«En todo el mundo antiguo practican los mineros unos ritos que exigen el estado de pureza, el ayuno, la meditación, la plegaria y ciertas prácticas de culto. Los ritos son los que impone la naturaleza misma de la operación que se va a realizar, ya que no es otra que introducirse en una zona sagrada que se supone inviolable; se entra en contacto con una sacralidad que no forma parte del universo religioso familiar, sacralidad más profunda y, por ello mismo, más peligrosa» (Mircea Eliade: Historia de las creencias y de las ideas religiosas)



Relacionado con estos duendes, tan cinematográficos, se halla otro elemento que ha acarreado a los mineros sus buenos berrinches a causa de su aspecto: se trata del cobalto. Conocido prehistóricamente, y utilizado por todo el mundo antiguo para colorear de azul vidrio y cerámica, su color blanco brillante hizo trabajar mucho y en vano a los buscadores de plata centroeuropeos, que lo llamaron 'Kobolt' (aquí a la izquierda), nombre de un gnomo o duende subterráneo al que atribuían el robo de la plata que se veía perfectamente brillando en el suelo entre las rocas... justo hasta el momento en que ellos hincaban el pico. Aquella preciosa "plata", azulada además, se oscurecía de inmediato al contacto del aire y dejaba a los pobres buscadores con un palmo de narices.

Emparentado con Kobolt, pero trabajandose otra especialidad, había otro duende, 'Nickel', como era familiarmente maldecido por los mineros que iban en busca de cobre y se encontraban, de idéntica frustrante manera, con un material parecido que no tenía valor; y todo por culpa del cambiazo amañado por este travieso diablillo (aquí a la derecha), un níquel (como quedó en la memoria para la denominación del metal) que hasta tiempos recientes sólo ha servido para alearlo con la plata, rebajando la ley de las monedas, y timar así al contribuyente en forma de inflación... aunque su situación haya cambiado radicalmente con la tecnología, a juzgar por la crónica de Alberto Arce que enlazamos más abajo. 

Tras la terrible crisis socio-económica del Imperio romano que se resolvió con el ascenso político del cristianismo y condujo a la Edad Media, Nickel cambia de nombre, adoptando el de Belsnickel, en vista de que el católico Nicolás se lo acababa de usurpar.
Nicolás de Bari fue el santo elegido para sustituir a Fauno, un diosecillo agrícola y silvestre del Sur latino (tan silvestre como que de él deriva fauna) cuya versión nórdica y mineral es nuestro Nickel: la semejanza entre Nickel y el aleman Niklas o Nikolaus, por ejemplo, muestra claramente que estamos ante uno de tantos casos de sincretismo con los que el cristianismo se fue introduciendo en superposición con lo pagano existente: además, Faunus Lupercus tenía su homenaje el 5 de diciembre, inicio de la primera fase de las  Lupercales (fiestas romanas en las que se procedía a un intercambio universal de regalos y que, prolongándose en las Larentales, duraban hasta mediados de febrero), y san Nicolás se celebra el 6 de diciembre.
Emigra pues nuestro duende del ámbito minero-mitológico, rondando por el entorno rural mágico-agrario nórdico en donde san Nicolás apenas tenía influencia: pagano viene de 'pagus', pago, campo, y también derivan de él país y paisano.  (debajo a la derecha, parte superior).

Todo cambia a partir de finales del XVIII cuando, gracias a la recuperación del pasado representada por la moda burguesa del Romanticismo, Belsnickel consigue el reconocimiento urbano en los países nórdicos europeos (tras adaptar nuevamente su nombre como Santa Claus) y en la América con emigración importante procedente de aquéllos... entre ellos, Estados Unidos [aquí a la izquierda (con perdón)], donde al llegar el s.XX Santa se monta en la burbuja financiera de los felices años 30 para dar el gran golpe:
Santa Claus se hace con la representación a nivel mundial de Coca-Cola Inc. Co., vistiendo sus colores (como se dice en la jerga deportiva) y consiguiendo así desbancar definitivamente a san Nicolás hasta repartirse el cotarro con los mismísimos Reyes Magos en todo Occidente (imagen derecha, transformado en todo un empresario, explotando a sus antiguos colegas. Como dios manda!):

«En la primavera de 1931 Coca-Cola experimentaba una no muy buena época, pues comenzaba a correrse el rumor de que dicho refresco no era del todo saludable (¡Qué sorpresa!); la crisis empeoró debido a una de las primeras modificaciones de la fórmula original de la bebida para "mejorar su sabor". ¿Cómo podría limpiar su imagen ante la sociedad…?
Fue entonces cuando la empresa decide crear una publicidad navideña en torno a Santa Claus, que en aquel entonces era representado de varias formas, entre ellas, como un gnomo pequeño y regordete, bondadoso y a medio camino entre la fantasía, la religión y la magia. Y la empresa pidió al pintor de Chicago de origen sueco Habdon Sundblom que remodelara el Santa Claus.
Santa Claus se hizo más alto, grueso, de rostro alegre y bondadoso, ojos pícaros y amables, y vestido de color rojo con ribetes blancos, que eran los colores oficiales de Coca-Cola. El personaje estrenó su nueva imagen con gran éxito en la campaña de 1931, y el pintor siguió haciendo retoques en los años siguientes, y tras su muerte, en 1976, su obra ha seguido difundiéndose constantemente» (Jorge Isaac: Coca Cola y Santa Claus).



«Si Miguel Ángel Asturias lanzaba su "Esparcid el verde y amarillo" del maíz como sinónimo de riqueza y bienestar, los queqchíes de 15 comunidades cercanas a El Estor, habitantes de la tierra roja del níquel de Izabal, no sólo se mantienen atrapados en su endémica pobreza, luchando por defender un puñado de manzanas de Maíz. Viven, también, prácticamente encerrados por los guardias de la Compañía Guatemalteca de Minas (CGN).
Quizás, si nadie lo evita antes, el próximo desalojo será el que traiga consigo un "esparcid la riqueza de la tierra roja" que ellos no disfrutarán. Como no lo disfrutará tampoco Guatemala. Una empresa, la CGN, subsidiaria primero de empresas canadienses (Skye Resources y Hudway) y ahora de una empresa rusa (Solway) se quedará con una de las mayores reservas de níquel de mundo y los queqchíes, una vez más, perderán sus tierras» (Alberto Arce: El Níquel, los mapas y los hombres de la tierra roja) / (Poster del Averno, de Aurelio de la Guerra >>>)



Otros especímenes subterráneos más desagradables eran los trolls, derivado del germánico 'truzlan', criatura que camina torpemente. Pero en nuestro tema geológico y minero hablamos de los trolls de tipo pequeño, no los de talla gigante, semejantes a ogros. Como muchas otras especies escandinavas, vivían en complejos subterráneos, accesibles desde entradas bajo grandes cantos rodados del bosque o las montañas, antiguos cauces de ríos auríferos y glaciares, como, por ejemplo este típicamente redondeado valle glaciar de la derecha, situado en Noruega y recorrido por una carretera denominada precisamente Trollstigen, o sea, Ruta de los Trolls (...Escalera de los Trolls, según otros), y que parece ser una de las carreteras más peligrosas del mundo... como no podía ser menos.
Estos cantos solían estar erigidos sobre pilares de oro, y en sus moradas acumularon tesoros hasta la Edad Media, cuando fueron despojados por los dragones.
Había discrepancias sobre si los trolls eran básicamente malvados o no, aunque, como también suele ocurrir entre humanos, a menudo trataban a la gente como ellos eran tratados... Y la gente resulta que estaba llena de prejuicios contra ellos.

(La leyenda de los Trolls de Segonzano, (en los montes Dolomitas italianos, a la izquierda), o de las pirámides de Segonzano, como dicen los turistas que no están en el secreto, cuenta que una vez un grupo de trolls fueron convertidos en pilares de piedra como resultado de su descuido con la aurora. Y es que, como les ocurría a otros tipos de duendes subterráneos y a los vampiros, debían tener mucha precaución con el sol, pues sus rayos les dejaban petrificados)




«Todas las mitologías de las minas y de las montañas, las hadas, genios, elfos, fantasmas y espíritus innumerables son otras tantas epifanías de la presencia sagrada a la que ha de enfrentarse quien penetra en los niveles geológicos de la vida» (Mircea Eliade: Historia de las creencias y de las ideas religiosas)


«Por el lado del Norte parece que se halla en Europa copiosísima abundancia de oro, pero tampoco sabré decir dónde se halla, ni de dónde se extrae. Cuéntase que lo roban a los grifos los cíclopes arimaspos; pero es harto grosera la fábula para que pueda adoptarse ni creerse que existen en el mundo hombres que tengan un ojo solo en la cara, y sean en lo restante como los demás» (Herodoto: Los nueve libros de la Historia)



Los metales ya extraídos y trabajados, en cambio, son guardados por los dragones los cuales, como todo el mundo sabe, matan con el aliento y con el fuego que exhalan por ojos narices y fauces; no por nada los dragones son un motivo frecuente en la simbólica decoración arquitectónica de las catedrales, cuyas sacristías, altares y camarines vigilan celosamente (en la cita que antecede vemos como Herodoto, el primer historiador de la Humanidad, duda de la existencia de los cíclopes, pero no de los grifos, una subespecie de dragón que por su abundancia como motivo ornamental en fuentes urbanas y desagües catedralicios ha dado nombre a las llaves de fontanería).

Parece ser que tras la defunción de Roma se dio el caso de ladinos ahorradores que, jugándose el pellejo, ocultaron sus pertenencias "en metálico" en el interior de cuevas de las que procedían emanaciones sulfurosas capaces de provocar de todo y de todos los colores, y de acabar con cualquier bicho viviente despistado que se aproximase. Y los pobres dragones cargaron con el mochuelo.

Apoya esta teoría el hecho de que en las mitologías griegas (que tienen como primer ejemplar al que custodiaba el Vellocino de Oro, aquí a la izquierda) y en todas las orientales, anteriores y precursoras de ellas (y cuyos ejemplares tienen la peculiaridad respecto a los occidentales de carecer de alas, volando gracias a su propulsión mágica; derecha, vista del dragón de este Año Nuevo Lunar, en City Pillar, Tailandia), los dragones y las dragonas, que de todo hubo, nunca custodiaron tesoros sino manantiales o fuentes, de las cuales eran espíritu, o genio, según dijimos antes…
Pero ya hemos hablado (al tratar del nacimiento de la Escuela y su relación con nuestra civilización) de la trascendencia del agua, más importante que cualquier tesoro para la subsistencia de una comunidad.
De hecho, era muy normal que la amenaza con que el dragón solía exigir rebaños y vírgenes de ambos sexos para su consumo privado, consistiese en el corte del suministro de agua que salía de su cueva o de su lago o su río, accidentes orográficos en los que también gustaban morar estos bichos (un comportamiento similar al de las actuales compañías hidroeléctricas, sucesoras de aquellos monstruos desalmados).


«...Y ellos dos por una senda llegaron hasta el bosque sagrado, buscando la enorme encina sobre la que estaba echado el vellocino, semejante a una nube que se enrojece con los encendidos rayos del sol naciente. Pero frente a ellos tendía su larguísimo cuello el dragón, que vigilante con sus ojos insomnes los había visto venir. Silbaba de manera espantosa, y alrededor las extensas orillas del río y el inmenso bosque resonaban...
Como cuando por encima de un bosque incendiado giran inmensos torbellinos de humo ennegrecidos, y uno tras otro enseguida surgen sin cesar elevándose desde abajo en espirales hacia lo alto por el aire; así entonces aquel monstruo retorcía sus inmensas ondas, cubiertas de resecas escamas» (Apolonio de Rodas: Argonáuticas)


La derrota del Panteón olímpico ('pan-theos', todos los dioses del Olimpo) bajo la Cruz cristiana, llevó también incluida la "victoria de san Jorge sobre el Dragón", adaptación vergonzante (que no vergonzosa, cuidado) del mito de Perseo y su rescate de Andrómeda (siempre que identifiquemos a la Gorgona con una dragona), aunque también se le relacione con Jasón y el Vellocino de Oro, que acabamos de citar, por aquello de la reconversión de éste en el aúreo Cordero Pascual que atesoran las catedrales. 
Los numerosos retoños del difunto dragón, cualquiera de sus versiones vale, fueron entonces adoptados por los caritativos y conservacionistas obispos, para hacer lo que mejor sabían y más les gustaba: custodiar el Cordero y el resto de los tesoros que en altares y camarines ahora se guardaban en las catedrales góticas... del mismo modo que antaño se habían atesorado en los templos oraculares griegos.

 
(A izquierda y derecha, personal de seguridad de guardia en las catedrales de Barcelona y Toledo, respectivamente. Así mismo, centrados sobre estas líneas y bajo ellas, el vigilante jurado oficial de la ciudad de Liubliana, Eslovenia, y un dragón boreal revoloteando sobre Tromsoe, Noruega)





Quizá una lectura superficial del pasaje de las Argonáuticas, reproducido algo más arriba, indujera a suponer que el dragón que custodiaba el Vellocino echaba fuego o era de fuego.
En cualquier caso, la evolución del dragón de agua hasta el dragón de fuego corre a cargo del Egipto copto, una vez más Egipto. Uno de los eslabones perdidos entre ambas tradiciones culturales se ha hallado en el Louvre en forma de un relieve exento del s.V, es decir, la época en que muere definitivamente la Antigüedad clásica y pagana, y nace el medievalismo cristiano (imagen izquierda).

Se trata de una escultura de composición algo bizantina en la que Horus, el dios de cabeza de halcón, aparece vestido de legionario, alanceando a Seth, dios animalesco pluriforme, representante del Mal, esta vez bajo la piel de un cocodrilo. Digamos de paso que ambos, Horus y Seth, eran hermanos y protagonistas de una lucha fratricida sin cuartel por causa de la herencia: un mito de carácter universal ~Caín y Abel, Esaú y Jacob, San Miguel y Lucifer, Rómulo y Remo, Castor y Pólux, Zeus y Hera (además de hermanos, matrimonio!)...~, también exportado desde Egipto, que parece haberse incorporado al ADN humano... a partir de la invención de la agricultura. 

Tenemos así a un animal de agua presto a dar el salto ígneo de un momento a otro hasta colocarse de cancerbero guardián de los tesoros preservados en los monasterios románicos (capitel de la derecha) predecesores de los góticos que acabamos de mencionar.
Es decir, entre Horus y el cocodrilo, y san Jorge y el dragón media un pequeño paso que no se daría tan rápidamente, ya que andar tratando con seres de la mitología pagana ~incluso para darles muerte~ era jugar con fuego, y habría que esperar a la consolidación definitiva del cristianismo con el Renacimiento. Como dice Fontenrose en Python: «Es la leyenda medieval de un santo que no se puede remontar más allá del siglo XIII; pues los primeros martirologios y los Acta de san Jorge, que se remontan como mucho al siglo VI, no mencionan ningún encuentro con un dragón».


«Uno de los dragones se sintió profundamente interesado. Su nombre era Crisófilax Dives, pues era de linaje antiguo e imperial, y muy rico. Era astuto, inquisitivo, ambicioso y bien armado. Y tenía un hambre de muerte.
De modo que un día de invierno, más o menos una semana antes de Navidad, Crisófilax desplegó sus alas y partió. Aterrizó con sigilo a media noche, justo en el corazón de los dominios de Augustus Bonifacius rex et basileus. En poco tiempo causó grandes daños: destrozó, quemó y devoró ovejas, reses y caballos...» (J.R.R. Tolkien: Egidio, el granjero de Ham)



También se justifica esta mitología "póstuma" de la adicción, del vicio, de los dragones medievales por el oro, en la íntima relación de este metal con el fuego por intermedio del ardor solar. Muchas tradiciones hablan de El Origen de los Tiempos brotando de un abismo acuoso removido por un espíritu ardiente cuyos ojos miran hambrientos a su alrededor, gesto que da al dragón su nombre griego, el arcaico 'derkesthai', lanzar miradas fugaces, del cual acabarían saliendo el griego 'drákon' y el latino 'draco'.




4 En la pétrea Matriz de la Tierra
«Con el descubrimiento de la metalurgia se impone la sacralidad telúrica, de la que participan las minas y los minerales. Las cavernas y las minas son asimiladas a la matriz de la Tierra Madre. Los minerales extraídos de las minas vienen a ser en cierto modo "embriones". Crecen lentamente, como si obedeciesen a un modo temporal distinto del que rige el desarrollo de los organismos vegetales y animales, porque, efectivamente, crecen y "maduran" en las tinieblas telúricas. Extraerlos del seno de la Tierra Madre viene a ser como una operación practicada prematuramente. Si se les hubiera dejado el tiempo necesario para desarrollarse, los minerales se hubieran convertido en metales maduros, "perfectos"» (Mircea Eliade: Historia de las creencias y de las ideas religiosas)

Hasta finales de la Edad Media se creía que los minerales tenían una vida vegetativa, diferente a la de las plantas pero vida latente al fin y al cabo, según nos detalla el párrafo de Mircea Eliade que antecede. Así pues, a nadie le extrañaba que los metales aflorasen por su cuenta madurando en la superficie. 

No tenía antaño nada de maravilloso el que se produjeran hibridaciones bajo tierra (e incluso cruces con animales sobre ella) capaces de producir las doradas Manzanas de las Hespérides (las manzanas golden del Olimpo), o de gestar al mastín de oro que protegía a Zeus cuando era niño; o que hubiese carneros con el vellón o vellocino de oro (el famoso Vellocino que cuelga del Toisón y del que ya hablamos más detenidamente en el punto 5 de Urdimbres y Tramas), o que por ahí escondidos hubiesen crecido árboles como el que narra Virgilio en la Eneida, tan preciosos que servían hasta para entrar y salir indemnes del mismísimo infierno (qué no hará el oro: Izquierda, El Jardín de las Hespérides, de Frederic Leighton; derecha, corona de oro cretense de época helenística ).
Bastaba con una de sus ramas para realizar tal hazaña (rama que volvía a crecer, como metal vivo que era o estaba), según un mito que seguiría inspirando el arte hasta el siglo XIX (bajo estas líneas, centrado, La Rama Dorada, de William Turner), y hasta la antropología, de acuerdo al título de la imprescindible obra de sir James Frazer, La rama dorada, título inspirado en tal leyenda:

«Mas, si un tan grande amor te mueve, si tanto afán tienes de cruzar dos veces la laguna Estigia, de ver dos veces el negro Tártaro, y estás decidido a probar la insensata empresa, oye lo que has de hacer ante todo. Bajo la opaca copa de un árbol se oculta un ramo, cuyas hojas y flexible tallo son de oro, el cual está consagrado a la Juno infernal; todo el bosque le oculta y las sombras le encierran entre tenebrosos valles, y no es dado penetrar, en las entrañas de la tierra sino al que haya desgajado del árbol la áurea rama; la hermosa Proserpina tiene dispuesto que sea ese el tributo que se lleve. Arrancado un primer ramo, brota otro, que se cubre también de hojas de oro, búscale pues, con la vista, y una vez encontrado, tiéndele la mano, porque si los hados te llaman, él se desprenderá por sí mismo; de lo contrario, no hay fuerzas, ni aun el duro hierro, que basten para arrancarle» (Virgilio: Eneida)

De nuevo Mircea Eliade: Plinio escribía que las minas de galena de Hispania "renacían" al cabo de cierto tiempo. Por experiencias similares se dejaba reposar a los minerales, en barbecho, después de un período de explotación activa.
La idea de que los minerales se engendran y crecen en el seno de la mina se mantendrá durante largo tiempo presente en las especulaciones mineralógicas de los autores occidentales. «Las materias metálicas ~escribe Cardano (1501-1576)~ están en las montañas lo mismo que los árboles, con sus raíces, tronco, ramas y múltiples hijas... ¿Qué es una mina sino una planta cubierta de tierra?».

...De hecho, la expresión "criaderos de plomo", sobre todo, o "criaderos de plata", muy frecuente y así en plural, se continúa empleando plenamente como sinónimo de "mina": un ejemplo entre mil: el de las minas de Las Albuñuelas.
Así pues, toda esta tradición mitológica que contamos aquí es el origen de la acepción 4 que la Academia de la Lengua acepta para criadero: "agregado de sustancias inorgánicas de útil aplicación, que naturalmente se halla entre la masa de un terreno".


La metalurgia, como la agricultura, acabó por crear en el hombre un sentimiento de confianza e incluso de orgullo: se siente capaz de colaborar en la obra de la Naturaleza modificando y precipitando el ritmo de estas lentas maduraciones. La alquimia se inscribe en el mismo horizonte espiritual.
El alquimista adopta y perfecciona la obra de la Naturaleza, pues si nada entorpeciera el proceso de gestación todos los minerales acabarían convirtiéndose en oro con el paso del tiempo. La alquimia no hacía sino acelerar el crecimiento de los metales.
De aquí depende también toda una serie de ritos mineros y metalúrgicos, así como justifica las creencias universales en un mundo subterráneo de espíritus, entes y deidades asociados a ellos (Mircea Eliade, Herreros y alquimistas). 




5 Del Infierno Metálico
«Al presente diré qué cosas sean aquellos sitios y funestos lagos que se llaman avernos; este nombre al principio les dieron con motivo del efecto que causan, porque matan en general las aves; cuando vienen volando por encima de estos sitios directamente, de volar se olvidan y, perdiendo sus alas y resortes, torciendo la cabeza caen sin fuerzas precipitadas en la tierra, o agua, quizá conforme a la naturaleza de aquel averno que les da muerte…» (Lucrecio: De la Naturaleza de las Cosas. Libro VI, Los Avernos)

Situado en las cercanías de Roma, el lago Averno ocupa un cráter volcánico de 1 kilómetro de diámetro; se le atribuía una profundidad insondable y se sabía de buena tinta que en él estaba la puerta de acceso utilizada por Ulises y Eneas cuando sus visitas a los infiernos. Abonada por la etimología popular del nombre (el ‘avernum’ latino, del ‘aornos’ griego, sin pájaros), esta sabiduría popular se mantuvo incluso después de que Agripa abriera un túnel entre el Averno y el Lucrino, una zona que se llenó de inmediato de villas de recreo (la especulación urbanística nos es consustancial), con lo que la vía Apia se ponía imposible los fines de semana.

(Izquierda, Füssli: Satánica llamada a Belcebú)

Una vez que, con el rutilante triunfo del cristianismo, la entrada directa a los infiernos fue clausurada, se jubiló al Cancerbero, cerrándole la boca con un buen retiro en plan constelación celeste, y la jurisdicción de aquéllos pasó a depender del diablo y su basca. Los dragones pasaron entonces a ocuparse de las faenas de superficie. Que es a lo que íbamos.

Pero sigamos avanzando, aunque sea a costa de retroceder un poco, para tomar impulso y saltar a la siguiente entrada.

«Conoció Caín a su mujer, que concibió y parió a Enoc. Púsose aquél a edificar una ciudad, a la que dio el nombre de Enoc, su hijo...
A Enoc le nació Irad, Irad engendró a Maviael; Maviael a Matusael y Matusael a Lamec. Lamec tomó dos mujeres, una de nombre Ada, otra de nombre Sela. Ada parió a Jabel, que es el padre de los que habitan tiendas y pastorean. El nombre de su hermano fue Tubal, el padre de cuantos tocan la cítara y la flauta. También Sela tuvo un hijo, Tubalcain, forjador de instrumentos cortantes de bronce y de hierro»

Así presenta la Biblia a Caín, como el primer constructor de ciudades. Y de la estirpe de Caín nos viene la civilización militante en manos de la metalurgia, y la música que exalta los sentidos y envía el alma de patitas al infierno. También son sus hijos los pastores perversos, todas aquellas tribus ganaderas que rivalizarán con el Pueblo de Dios.
De hecho, Caín no tuvo otro remedio que darse de alta en el ramo de la construcción, modalidad autónomos, puesto que de acuerdo a las textuales palabras que le dedicó Jehová (Génesis, 4:11):

«... Maldito serás de la tierra, que abrió su boca para recibir de mano tuya la sangre de tu hermano. Cuando la labres, te negará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante»

Es universalmente reconocido que la metalurgia es "el hito que marca un antes y un después en las sociedades prehistóricas. En 1836 el danés C. J. Thomsen expone el Sistema de las Tres Edades para clasificar para el material prehistórico, propone que los materiales se dividan según provengan de la Edad de Piedra, de la Edad del Bronce o de la Edad del Hierro. Este sistema fue rápidamente aceptado por los investigadores y supuso un importante avance conceptual. Los artefactos prehistóricos podían ordenarse cronológicamente y, así, se proporcionaba un método eficaz para el estudio del pasado. Hoy día dicha clasificación, con modificaciones que no dejan de ser importantes, sigue vigente" (Monografías.com: Metalurgia prehistórica).


Pero también existe una universal resistencia a reconocer que con los metales, especialmente con el bronce, se produjo en la fragmentación de la sociedad humana, surgida de la Revolución Agrícola, una siniestra radicalización según dos segmentos sociales totalmente distanciados entre sí para siempre jamás: arriba, la de los pocos que disponían de un tipo de metal que confería fuerza (cobre, bronce, hierro) y daba acceso a otro tipo de metal que confería prestigio (oro, plata); debajo y muy abajo, la formada por las muchedumbres restantes, sujeta a ellos.

(Derecha, Public Figures, del coreano Do-Ho Suh; encima y debajo, maravillas efímeras del Street Art debidas al argentino Eduardo Relero)

El que la fuerza y el prestigio de los primeros (una escasa minoría) fuera producto de la sujeción espiritual y laboral de los segundos (una inmensa mayoría), adoradores suyos, constituye una paradoja estructural que mantiene su tensión ocho milenios después. Y que constituye la materia argumental de la Historia, la Sociología o la Economía, entre otra literatura fantástica y de género burlesco-dramático, pues desde entonces es conveniente no olvidar la advertencia de una buena amiga:


«Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada» (Ayn Rand)


Sed buenos si podéis...
……………………. Pero seremos mejores si no olvidamos que «La ignorancia es el infierno» (Amalric de Bène)


4 comentarios:

Salvador Pliego dijo...

Gracias por compartir tanto conocimiento.

Saludos.

Angel Molledo Caviedes dijo...

¿Y de qué sirve conocer si no es compartido? Compartiendo se enseña, pero más se aprende, pues más te esfuerzas en hacerte comprender. Y se reciben mensajes como el tuyo, que emociona por abierto y por lejanísimo. (pero. qué te voy a contar a ti, si tú dejas todos tus libros abiertos y accesibles!).
Muchas gracias.

Isabel Barceló Chico dijo...

Hay tanta información aquí, que tengo dificultades para asimilarla toda. Todo lo relativo a los minerales y la metalurgia me ha interesado muchísimo, pero verdaderamente esta entrada es para "tomar apuntes", así que me la pondré en favoritos para volver a ella cuando necesite consultarla.
Haces un trabajo valiosísimo e inmenso. Un abrazo muy fuerte, querido amigo.

Angel Molledo Caviedes dijo...

Es un gran aliciente que alguien de tu erudición y sensibilidad... y carga de trabajo, haga aún un hueco para asomarse a estas cojitrancas páginas.
Enormemente agradecido, Isabel, un fuerte abrazo

Mis amables compañías:

Presentación

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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).