«Los contextos de las palabras van almacenando la historia de todas las épocas, y sus significados impregnan nuestro pensamiento y se interiorizan. Y así las palabras consiguen perpetuarse, sumando lentamente las connotaciones de cuantas culturas las hayan utilizado» (Alex Grijelmo: La seducción de las palabras)

«Las sociedades humanas, como los linajes animales y vegetales, tienen su historia;
su pasado pesa sobre su presente y condiciona su futuro» (Pierre P. Grassé: El hombre, ese dios en miniatura)

2 jun. 2013

El origen de los Títulos Nobiliarios




A la profesora, escritora e investigadora María Jesús Fuente,
por el entusiasmo medieval que sabe despertar entre sus oyentes y lectores.
Tales inquietudes han sido culpables de la presente entrega.


«Además, los hastati romanos se adornan con una corona de plumas, con tres plumas rojas o negras, de un codo cada una. Cuando se la ponen en la cabeza y empuñan las armas dan la impresión de ser el doble de altos, su figura es arrogante e infunde pánico al enemigo» (Polibio, VI, 23)

La notoriedad es una escala social parecida a la de Jacob (aquella que cita la Biblia por la que subían y bajaban atareados ángeles camino de sus cosas), o a las salas Vip’s, de uso exclusivo para seres igualmente estratosféricos. La necesidad de notoriedad nos viene como herencia de nuestros antecesores, no ya de aquellos jinetes-pastores indoeuropeos, sino por ser un factor clave en la evolución de cualquier especie natural.
La majestuosidad  es un adjetivo estético de carácter inflacionario derivado de majestad, derivado a su vez de mayor, 'maior', que es un aumentativo de magno, 'magnus', connotación retórica grandilocuente de grande. La majestuosidad consiste en parecer la repera de grande (aunque el latín 'grandis' significa tanto de grandes dimensiones como de edad avanzada).

En las demás especies la majestuosidad del macho es característica fundamental para sobrevivir, un arriesgado programa compuesto de dos funciones clave: consecución de hembras a las que convencer con su prestancia (para poder realizarse sexualmente), y apabullamiento de machos rivales en aras a la marcación de un territorio suficiente para su sustento o el de su tribu mediante la impregnación de su contorno a base de excrementos característicos.
En el caso de los majestuosos notables humanos el programa vital se reduce al segundo punto (acotación y sellado de un territorio), quedando el primer punto (la realización sexual) subordinado a aquél; es decir, el emparejamiento es un medio más de conquista territorial… aunque es de reconocer que en general el matrimonio por amor es un invento bastante reciente y cosa más bien de pobres, excéntricos y caprichosos (para evitar suspicacias remitimos a nuestra entrada Acerca del quererse y el gustarse, así como al resto de esa serie que trata Del Amor y la Caza). 

Ni que decir tiene que estamos hablando de guerra, de la anexión y el botín por las armas. Una circunstancia, la bélica, de apoderamiento que se ha dado por supuesta hasta las recientes descolonizaciones, cuando la Civilización ha decidido continuar sus guerras por otros medios más discretos limpios y efectivos. Pero es que La Razón ha bendecido la guerra y la esclavitud desde las raíces de nuestra Cultura, y ha dictaminado que el ser más Noble es el Guerrero:
« Si la naturaleza no hace nada imperfecto ni en vano, necesariamente ha producido todos los seres a acausa del hombre. Por eso el arte de la guerra será un arte adquisitivo por naturaleza (el de la caza es parte suya), y debe utilizarse contra los animales salvajes y contra aquellos que, habiendo nacido para obedecer, se niegan a ello, en la idea de que esa clase de guerra es justa por naturaleza» (Aristóteles: Política, I 8, 12).


La marcación humana posee la específica característica suplementaria de que, por definición, el territorio marcado nunca es suficiente, por extenso que éste sea; como también dice Aristóteles en la misma obra y sobre el mismo tema, «los mayores delitos se cometen a causa de los excesos y no por las cosas necesarias: los hombres no se hacen tiranos para no pasar frío...»
En cuanto al sistema de marcación, nos queda fuera de espacio (aunque no de lugar, comparativamente hablando). En fin:

« ¡No le toques ya más, / que así es la rosa!» (Juan Ramón Jiménez)

Aquí no iremos más allá de aquellos aguerridos gañanes célticos de hace tres mil años. Desde entonces hasta su muerte súbita en el far-west, a manos de la maquinaria hiladora algodonera y los ingenios azucareros, la nobleza personal se ha medido según dos criterios complementarios: por el número de cabezas de ganado marcado por el hierro en los o.k. corrales, y por la extensión de terreno bajo su dominio:
Noble, notorio y notable derivan del latín ‘notus’, conocido, famoso, célebre, sin connotación, ni para bien ni para mal. Y del mismo tronco sale 'nota', marca, señal, anotación, la misma marca que hoy sigue cifrando las ganaderías.
También notario, "el que toma nota" de las propiedades. Y ambos términos derivan de la misma raíz, el verbo 'noscere' (transformado en 'conoscere' por culpa de la corrupción del idioma), conocer, o más exactamente, aprender a conocer.




(A la derecha, incisiva muestra de humor popular, imagen ampliamente difundida en internet, y prueba del distanciamiento actual de la rancia mentalidad aristocrática milenaria. Por desgracia, como veremos a continuación, algo parecido a este divertido diálogo difícilmente hubiera sido posible, ni tan siquiera imaginable, en cualquier momento de la Historia universal)

 

 
Entre los cheyennes y los comanches de los grandes llanos de Oklahoma o de Colorado, observados desde el siglo XVII, el prestigio de un guerrero se mide por el número de caballos que posee. El prestigio dura gracias a las propiedades: algunos guerreros siguen en la memoria de la tribu por haber poseído más de mil caballos. Ahora bien, para guardarlos, necesitan tener unos esclavos, mexicanos o shashars, capturados o comprados (Gordon Childe: La evolución social). Cosas de la civilización y el progreso.


Hoy, el ganado, símbolo de poderío económico (por su capacidad de suministro de grasa, hueso, cuero o lana) o bélico, por la potencia y velocidad de los equinos, ha quedado obsoleto, suplantado por el dinero (fortuna deriva de 'fortis', fuerza). El dinero es la fuerza que hoy confiere notabilidad, o sea nobleza:  

véase si no la portada de la noticia, muestra en la que un jeque se ofende por el menosprecio a su dignidad nobiliaria.


La demanda judicial, en este caso contra Forbes, representa el equivalente al antiguo duelo para vengar el honor ofendido. Decía Thomas Hobbes en el siglo XVII:
 «Coincidir en opinión con alguien es honrarle, pues implica un modo de aprobar su juicio y sabiduría. Disentir es deshonrarle y tacharle de error, o si el disentimiento afecta a muchas cosas, de locura. Imitar es honrar, porque implica aprobar de modo vehemente. Imitar al enemigo es deshonrarle (a ese alguien)» (Leviatán, Parte I, Cap. 10)

La sociedad tenebrosa que hemos tenido, y que aún repunta en tantos desencuentros actuales, deriva en gran parte de esta necia "norma de honor".



Honor, honradez y honestidad tienen la misma raíz, pero no suelen significar lo mismo. Los tres términos estaban originariamente, en Roma, muy ligados a la esfera administrativa: 'honor', honor, es la calidad y rango de las magistraturas, es decir, de los altos cargos públicos, que exige de los ciudadanos el debido respeto a los dignatarios en función de la 'dignitas', la dignidad del cargo que desempeñan. Y es que toda magistratura conserva en Roma un marcado carácter religioso, carácter heredado de las administraciones griegas y generalizado en los Estados orientales precedentes (véase lo dicho al respecto en Palacios y Templos); unas magistraturas desarrolladas sucesivamente de acuerdo a una escala funcional denominada cursus honorum: carrera honorífica u honoraria
En los comienzos del feudalismo se siguió llamando honor a la función pública (officium, ministerium) encomendada por el rey al vasallo. En época carolingia el cargo era retribuido mediante la concesión de un territorio (beneficium), según veremos al hablar de la nobleza medieval, lo que hizo que con el tiempo se utilizara el término honor para designar el oficio y su retribución o tierra: hay que puntalizar al respecto, que las altas magistraturas romanas no sólo no recibían retribución alguna por parte del Estado, sino que además debían cotizar para poder desempeñarlas altas sumas de las que hablaremos luego.
También era honor el honor liberti (respeto de liberto), en este caso más bien honra, el respeto que el esclavo manumitido debía a su patrono a partir del momento de su liberación.  

Honorarios se llamaban las compensaciones recibidas por aquellos servicios que requerían "sabiduría", caso más común el de los abogados y los médicos: si eran prestados por hombres libres debían ser gratuitos; si recibían algo en contraprestación (y vaya si lo recibían, siempre) era a título de honor, de reconocimiento de esa sabiduría; como sabemos, tal concepto sigue vigente. También se aplicaba el término de honrado, honoratus, con el significado más bien de beneficiado, al favorecido en un testamento.
En cuanto a la honestidad, digamos que a partir de Augusto se fue formando una clara diferenciación social entre los honestiores (aquellos a los que se debía el mayor honor, antes mencionados, senadores y caballeros) y los humiliores, los más humildes, la plebe ciudadana. Los primeros, los honestiores, "los más honestos", no sólo gozaban de importantes privilegios fiscales y de otro tipo, sino que para un mismo delito se les aplicaban penas más leves (cuando se les aplicaban, claro). Nada nuevo bajo el sol.


En cuanto a ese otro honor (la reputación que sigue a la virtud), tan característico de la literatura hispana, tiene su origen en la Edad Media, e incluso se halla recogido jurídicamente en las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, en la Castilla del siglo XIII. Es la obsesión por el "buen nombre" y la "limpieza de sangre" hidalga. Dejémoslo ahí:

«Iniuria en latín tanto quiere decir como deshonra que es hecha o dicha a otro a desprecio de él. Muchas maneras hay de deshonra, pero todas descienden de dos raíces: la primera es de palabra, la segunda, de hecho...
... Tenemos por bien y mandamos que cualquier hombre que reciba deshonra, pueda demandar enmienda de ella en una de estas dos maneras, cual más quisiere: la primera es que le haga el que le deshonró enmienda de pago de dinero; la otra es en manera de acusación, pidiendo que el que le hizo mala acción sea escarmentado por ello según albedrío del juez» (Alfonso X el Sabio: Partida Séptima, Título 9)

El prestigio parece ser una forma positiva de notoriedad, pero realmente ha alcanzado tal connotación haciendo olvidar sus algo turbias raíces con el paso del tiempo (como dicen que ocurre con las grandes fortunas): antes de significar ascendiente o influencia —cosa que ocurrió a partir del s.XIX— significó "juego de manos",  pues deriva del latín tardío 'praestigium', fantasmagoría, juego de manos (de donde viene prestidigitador), y también charlatanería, impostura.

La utilización-manipulación del actual término 'familia real' o 'familia noble' suele tratarse de un eufemismo con tintes retóricos y fines más o menos políticos, como acercamiento al receloso pueblo por parte de las monarquías parlamentarias modernas. Los nobles nunca han presumido de tener familias, sino estirpes (inspiradas en el latín 'stirps', "base troncal del árbol"), linajes o simple y llanamente sangre.
Porque la familia ha sido tradicionalmente una cosa de pobres: normalmente su único refugio. Y es sabido que los pobres no tienen sangre. Las familias pueden ser humildes, ricas o de clase media; buenas familias o familias de medio pelo. Los linajes no, los linajes (tejemaneje de línea, que, a su vez deriva de "lino", por el aquel de lo de fino de su hilo) tienen más o menos, menos o más, prosapia, alcurnia o abolengo. Nada que ver (véanse al respecto nuestras entradas, De la Familia y el Servicio, y Origen de los Nombres y Apellidos).

Cerramos esta introducción recordando una documentada opinión de Max Weber:
«La sociedad valora a las clases altas por la conducta de sus representantes éticamente superiores, y a las clases bajas por los éticamente inferiores» (Política y Ciencia)

(Bajo estas líneas, plegada, la Escala de Jacob tallada en la fachada de la Abadía de Bath)
 
«Item, usan y practican algunos señores, que cuando el payés tiene un hijo o una hija, ya en edad de casarse, fuerzan al payés a dejarle su hijo o su hija para que les sirva algún tiempo sin paga alguna y remuneración, de lo que se siguen cosas deshonestas y gran subyugamiento para el payés.
Responden dichos señores que no saben ni creen que tal servidumbre sea al presente en el principado, ni haya sido jamás por algún señor exigida. Si es así verdad renuncian, rompen y anulan tal servidumbre como cosa muy injusta y deshonesta» (Capítulo IX del Proyecto de concordia entre los payeses de remensa y sus señores (1462); citado en Textos fundamentales para la Historia, de Miguel Artola)





CONTENIDO:

1 Los orígenes de la Aristocracia
2 De la mentalidad aristocrática
3 Marcas y Territorios
4 Caballero que a caballo…
5 Ladies and Gentlemen
6 Breve repaso a la Nobleza Eclesiástica






1 Los orígenes de la Aristocracia
«Los Defensores  son uno de los tres estados por los que Dios quiso que se mantuviese el mundo: pues así como los que ruegan a Dios por el pueblo son llamados Rezadores; y por otra parte los que labran la tierra y hacen aquellas cosas por las que los hombres pueden vivir y mantenerse son llamados Labradores; también los que han de defender a todos son llamados Defensores: además, tuvieron por bueno los antiguos que los hombres que tal obra han de hacer fueran muy escogidos, y esto fue porque en el defender se asientan tres cosas, esfuerzo, honra y poderío» (Alfonso X el Sabio: Partidas; citado en Textos fundamentales para la Historia, de Miguel Artola)

El concepto griego de 'areté' es usado con frecuencia en Homero y en los siglos posteriores en un sentido muy amplio para designar no sólo la excelencia humana, sino también la superioridad de seres no humanos, como la fuerza de los dioses o el valor y rapidez de los caballos. La raíz de la palabra es la misma que la de 'áristos', superlativo de "distinguido" y "selecto", la creme de la creme, constantemente usado en plural para designar a la nobleza: aristocracia: 'áristos', el mejor, 'kratos', fuerza: gobierno ―por la fuerza, por imposición― de los "mejores" (como suele suceder en este terreno, la nobleza se ha colado entre las virtudes espirituales, mientras que la villanía, avecinamiento de una villa o aldea, lo ha hecho entre sus vicios). 

Los romanos, como de costumbre, se negaron a complicarse la vida y redujeron la areté a virtud, que significa "actitud propia del varón": de 'virtus', o sea,'vir-tus', siendo 'vir', varón. Cosas de chicos, que niegan la existencia de la mujer virtuosa: Honrada, como máximo... ¡Un momento! Porque desde su estante alguien muy importante me está llamando la atención con el ceño fruncido:
«... Son distintas la templanza y la fortaleza del hombre y la mujer. El hombre parecería cobarde si fuera valiente como es valiente la mujer; y la mujer parecería habladora si fuera discreta como lo es el hombre bueno... Y es que el poeta ha dicho: El silencio es un adorno de la mujer [Sófocles]; pero eso no va al hombre. Pues también es distinta la administración doméstica del hombre y la mujer; la función del primero es adquirir, la de ella guardar» (Aristóteles: Política, III 4, 17). 
Pues nada, señor mío. Corregido queda.

No está claro que areté tenga relación, como dicen algunos, con el sánscrito 'arya', noble, un concepto que dio tanto juego en el pasado siglo XX con la invención de la raza aria. Dejémoslo estar. No hablamos aquí de complejos personales ni de elucubraciones platónicas, sino de cosas serias: de dinero, de poder, de influencia, es decir, de dinastías (del griego 'dýnamis', fuerza, potencia… siempre la fuerza de por medio; de ahí, dínamo). De hecho, en la Grecia antigua con 'dynasteía' se denominaba al poder tiránico, la forma extrema y la peor de la oligarquía. La tiranía de un pequeño grupo de hombres poderosos que toman medidas en su propio beneficio exclusivamente.


(Sobre estas líneas, instantánea de Isabel II, de Dan Kitwood; izquierda, el Camafeo de Augusto, Museo Imperial de Viena)


Pero si algo sí sabemos de la más vetusta antigüedad de todas las culturas y civilizaciones es que los más viejos, los máximos supervivientes, eran los que alcanzaban la máxima dignidad en tribus, clanes y pueblos. Nosotros los conocemos con el apelativo individual de senador, expresión derivada del latín 'senex', viejo, y a través del senado romano (propiamente, consejo de ancianos), el más famoso de todos los senados, cuerpo colegiado formado por todos aquellos que a lo largo de su vida habían detentado los máximos cargos públicos, es decir, el de cónsul (de 'consulere', consultar, hoy, embajador plenipotenciario), el de censor (de 'censere', evaluar, funcionario favorito de todas las dictaduras) y el de cuestor (de 'quaerere', inquirir, buscar).
Y en este aspecto de gobierno, los romanos seguían la pauta griega:
«Es necesario que los estrategos [similar a gobernadores militares], los guardianes de la ciudad y, en general, los magistrados supremos sean nombrados de entre los poseedores de armas. Por otra parte, es necesario que los que poseen las armas sean más fuertes que las otras dos partes [artesanos y labradores], y eso no es fácil si no son muchos» (Aristóteles: Política, II 8, 9)
De la misma raíz que senador deriva la palabra señor, de donde también proviene la actual categoría profesional de sénior (latín que significa, "el más viejo"). Señor fue antaño una categoría nobiliaria, sin título pero con territorio (aunque por definición, todos los nobles son señores de algún territorio, en usufructo o en propiedad), territorio llamado señorío, un sustantivo convertido hoy en adjetivo hispano un tanto elitista, elegancia de clase, como no podía ser menos.

Y de la subordinación del senado a uno de los senadores, al que se denominó "el principal" de todos ellos (princeps), surgió lo que hoy entendemos por Príncipe propiamente dicho. El primero que tuvo tal osadía en la historia fue Julio César, y ello le costó la vida en aquellos famosos idus de marzo del -44. Su sucesor, Augusto, bien escarmentado por el percance, le imitaría con mucho más tiento hasta conseguir su objetivo, y con él el de todos sus sucesores hasta hoy.


 
(Izquierda, grupo central del Petit Sablon de Bruselas; derecha, representación medieval de la muerte de César a instigación de Porcia Catón)
 

Hablando más apropiadamente hay que decir que anteriormente a César siempre hubo gente dispuesta a conquistar el dominio absoluto y que tuvo su éxito: sin ir más lejos tenemos la figura del tirano o la de dictador, títulos de gloria ambos en sus primeros tiempos, sin el carácter peyorativo actual. O apuntar que, tanto en los orígenes de Roma como en los de Grecia, hubo unos reyes que fueron destronados con bastante rapidez en ambos casos, porque el momento histórico no estaba maduro para su existencia:
'Homoi', los Iguales, (los Homogéneos, nacidos iguales) es como se definían a sí mismos los nobles espartanos para diferenciarse del 'antropos', de la masa antropoide, para distinguirse de los que tenían «algún rastro de la naturaleza del hombre». Sirvió de sello tanto para el futuro "hombre universal" como para el remoto homo sapiens.

En realidad, 'homo', el igual, fue una simplificación de "el igual al rey" o "el igual del rey" en el mismo sentido y con la misma connotación que tuvo a partir de la Edad Media la dignidad nobiliaria de par, un rescoldo de la primitiva mentalidad bárbara germánica e indoeuropea. El título completo de los pares era el de Pares del Rey, es decir, "los iguales del rey". 
En algunos estados feudales de Europa los Pares tenían a su cargo funciones judiciales en las que sustituían a aquél, siendo, para el caso concreto, "iguales" al monarca. Con la misma condición, aunque en calidad de vasallos, les correspondían determinados derechos y deberes sólo a ellos reservados. En realidad fueron los primeros funcionarios civiles distintos de los eclesiásticos, los cuales copaban el resto de la Administración.

Debido muy probablemente a que los niños bien cuidados, bien alimentados y bien criados tienden a salir altos guapos y educados, siempre se ha relacionado belleza con nobleza aristocrática; se ha tomado por evidencia que tales cualidades eran una cuestión de linaje, de sangre: todo que ver con el yo, nada que ver con las circunstancias:

«Desde el momento en que empezaron a aparecer las diferencias de rango y poder entre los miembros de la sociedad neolítica, las clases subordinadas sufrieron más que ninguna la escasez de comida. Las excavaciones arqueológicas de enterramientos antiguos muestran casi siempre que las personas enterradas con los ajuares más ricos en joyas, vasijas, armas y otros símbolos de rango eran más altas que las enterradas en tumbas sin adornos. En Tikal (Guatemala), por ejemplo, los varones de las antiguas élites mayas medían unos 1,70 metros de media, mientras los varones plebeyos sólo alcanzaban 1,55 metros. El mismo tipo de diferencia entre las clases se daba en Inglaterra durante el siglo XIX. Los escolares ricos de las escuelas privadas eran, por término medio, 13 centímetros más altos que los escolares pobres de las estatales o municipales» (Marvin Harris: Nuestra especie).


(Fotograma de un film estremecedor, por lo real, Los santos inocentes, realizado por el director Mario Camus sobre la novela homónima de Miguel Delibes)


Incluso existía un arte, o más bien una ciencia según aquellos criterios, que transformaba en dogma lo que entonces y hoy no es más que aprensión, escrúpulo o recelo (culpable de tanta injusticia por imputación a primera vista). Se llamaba, incluso se sigue llamando, fisiognomía, juicio (o más bien pre-juicio) que permite "conocer" el carácter o condición psicológica de una persona a partir de sus rasgos físicos. Nada menos.
A Aristóteles se le imputa un tratado, Fisiognomía, con el que ya entonces se "trató de contrarestar el fuerte componente pseudo-científico que la caracterizaba y que hundía sus raíces en creencias y supersticiones populares", y en el que muy seriamente se afirma para empezar:

«Jamás se ha dado un ser vivo tal que tenga la apariencia de un ser y el temperamento de otro diferente, sino siempre el cuerpo y el alma del mismo, de modo que a un determinado cuerpo corresponde por necesidad un temperamento específico...
... [Así] los rasgos del valiente son: el cabello hirsuto, el porte del cuerpo erecto, los huesos, los costados y las extremidades del cuerpo vigorosas y grandes y el vientre plasno y ceñido, los omóplatos planos y separados, el cuello firme y no excesivamente carnoso, el pecho carnoso y liso, la cadera ceñida, las pantorrillas contraídas por abajo...
Los rasgos del cobarde son: la cabellera lacia, el cuerpo aplanado, sin capacidad de actividad, las pantorrillas levantadas por arriba, palidez en el rostro, débiles las extremidades del cuerpo, las piernas pequeñas y las manos finas y grandes, la cadera pequeña y débil, la actitud rígida en los movimientos...»

(Izquierda, El barrendero, Vincen van Gogh)

Hoy sabemos que la herencia y el medio, factores socio-económicos, dan lugar a fisonomías y estructuras corporales que son su consecuencia y reflejo. No obstante sobre tan livianos pero "evidentes" cimientos se levantaron potentes estructuras políticas capaces de emitir enunciados como este:
«Mandar y obedecer no sólo son cosas necesarias, sino también convenientes, y ya desde el nacimiento algunos están destinados a obedecer y otros a mandar (Aristóteles: Política I 5, 2).
Los griegos tenían una palabra para nombrar este conjunto de dechados: 'kalokagathía', algo así como belleza y bondad pero que realmente es intraducible, ya que es un término que abarca cualidades espirituales y físicas: perfección física, destreza, habilidad, sentido del honor y de la propia dignidad, holgura económica, piedad, moderación, sabiduria... 

Como contraste, y aunque extendernos en ello nos sacaría más aún del actual contexto nobiliario, no podemos dejar la ocasión de reivindicar a Tersites, «el hombre más feo que llegó a Troya, pues era bizco y cojo de un pie; sus hombros corcovados se contraían sobre el pecho, y tenía la cabeza puntiaguda y cubierta por rala cabellera», y cuya descripción y osadía corresponden a un herrero de la época (ver La Edad del Cobre y el Bronce, y también La Edad del Hierro Mágico)
El que Homero recogiera el igualitario exabrupto de un Tersites contra nada menos que el rey Agamenón, dentro de la borrachera aristocrática plasmada en la Ilíada, y aun envolviéndolo en el ridículo (y sin que ello le costara la vida ni a Tersites ni a Homero), representa algo más que un síntoma de lo que se cocía en los hogares de hace tres mil años, transición del Bronce al Hierro:

«—¡Atrida! ¿De qué te quejas o de qué careces? Tus tiendas están repletas de bronce y en ellas tienes muchas y escogidas mujeres que los aqueos te ofrecemos antes que a nadie cuando tomamos alguna ciudad. ¿Necesitas, acaso, el oro que alguno de los troyanos, domadores de caballos, te traiga de Ilion para redimir al hijo que yo a otro aqueo haya hecho prisionero? ¿O, por ventura, una joven con quien te junte el amor y que tú solo poseas? No es justo que, siendo el caudillo, ocasiones tantos males a los aqueos. ¡Oh cobardes, hombres sin dignidad, aqueas más bien que aqueos! Volvamos en las naves a la patria y dejémoslo aquí, en Troya, para que devore el botín y sepa si le sirve o no nuestra ayuda…» (Ilíada, II, 225)





(Imagen derecha, relieve de un sarcófago en el que apaerce Aquiles golpeando a Tersites por su digna temeridad.
Izquierda, fotograma de la versión animada de la imprescindible Rebelión en la granja (el Animal Farm de George Orwell). El séptimo y último mandamiento, que decía primeramente: "Todos los animales son iguales", finalmente expone: "Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros")




Y reventaríamos (como está a reventar esta entrada abusiva del editor del Bloguer) si no añadiríamos que humano no deriva de hombre, sino de 'humus', humus que significa tierra y propiamente tierra vegetal, y específicamente mantillo: materia orgánica que incorporada a la tierra la hace fructificar
Así era visto el "género" ―en su acepción de stock― humano desde la altura de las fortalezas, y así se veía el siervo a sí mismo. Y así, el término "ser humano" supone la sublimación de "siervo de la gleba", al que los pragmáticos romanos llamaban escuetamente 'glebo' (gleba, igual a terrón de arcilla, pero también igual a heredad, extensión de labrantío). Contemplemos metafóricamente su descripción técnica:
«HUMUS.- Materia orgánica descompuesta o en vías de descomposición presente en el suelo. El humus se origina por acción química o bacteriológica. Su presencia y cantidad es de gran importancia para las propiedades del suelo. Está determinada en gran parte por el clima de la zona» (Dicc. Salvat).

A propósito de nobleza y naturaleza, hay que añadir que tanto primo como primate derivan de 'primus' y tienen el mismo sentido etimológico de consanguíneos primeros o parientes más cercanos: En Roma primate también tenía un significado social de clase, pues 'primatus' designaba a los "originarios de las primeras familias; de primera fila o rango; los nobles, los próceres, los primados".

 

No obstante, y volviendo a nuestros príncipes, tal apelativo, princeps, era usado de forma genérica para definir a los representantes mejor considerados de cada categoría social u organizativa, por ejemplo:
«La fuerza principal de la legión residía en su infantería. La constituían tres líneas diferentes: la primera, la más cercana al enemigo, se componía de los hastati (lanceros, término derivado de 'hasta' —hoy astado se usa únicamente como referencia a un toro de lidia—, en general, toda arma formada por un mango o asta terminado en una punta metálica), eran los más jóvenes, los que rondaban los veinte años de edad. Tras ellos venían los príncipes, 'princeps', entre los veinticinco y treinta años, edad considerada cumbre en la vida de un hombre. En la tercera línea, la retaguardia, estaban los triarios, reclutados entre los soldados de mayor edad y más experimentados. El número habitual era de 1.200 hastati, 1.200 príncipes y 600 triarios por legión» (Adrian Goldsworthy: El ejército romano)



(Fresco en una de las paredes de la Tumba del Saltador, en Paestum, o Posidonia)

Aunque hoy nos parezca increíble tal descaro, tan ofensivo desparpajo (un abuso que acabaría, o debería acabar con un monarca constitucional), el primer título cortesano, el título que (sin ironía republicana…, bueno, un poco sí), puede decirse que es consustancial e inseparable de la realeza desde sus mismos orígenes, es el de Amigo del rey; así es como muy seriamente podemos leerlo en Polibio:
«Si entre los griegos, o incluso entre los bárbaros, había algún hombre desvergonzado o disoluto, todos estos se reunían en Macedonia, en la corte de Filipo V, donde eran llamados "los amigos del rey"…» (Historias, VIII, 9).

Y también en la mitología griega:
« Entonces el rey Polidectes reunió a sus amigos y, fingiendo que iba a pedir la mano de Hipodamía, hija de Pélope, les rogó que contribuyera cada uno de ellos con un caballo a su regalo despedida» (Apolodoro, II)

Como decimos, este apelativo de amigo (un derivado de amar), entendido por todo el mundo en el sentido de cortesano próximo,  fue el primero que se utilizó en la Historia de la aristocracia —el siguiente sería el de compañero, como veremos enseguida—, y que aparece innumerables veces en Homero; por ejemplo:
«… de la misma suerte apartábase de Patroclo el rubio Menelao, quien, al juntarse con sus amigos, se detuvo, volvió la cara a los troyanos y buscó con los ojos al gran Áyax, hijo de Telamón…» (Ilíada, XVII, 106)

Igual que aparece en la misma Biblia:
« Así Jehú mató a todos los que habían quedado de la casa de Acab en Jezreel, a todos sus principales, a sus amigos íntimos y a sus sacerdotes, hasta no dejarle ningún sobreviviente» (2 Reyes, 10, 11)






2 De la mentalidad aristocrática
«Item, acontece a veces que cuando pare la mujer del señor, el señor por fuerza toma alguna mujer de un payés como nodriza, sin paga alguna, dejando al hijo del payés morir, por no haber manera ni forma de dar a dicho hijo leche de otra parte, de lo que se sigue gran daño e indignidad, y así suplican y desean sea suprimido.
Responden dichos señores, que son contentos y otorgan lo que les es pedido por dichos vasallos en dicho capítulo» (Capítulo VII del Proyecto de concordia entre los payeses de remensa y sus señores (1462); citado en Textos fundamentales para la Historia, de Miguel Artola)

(Izquierda, retrato de Cindy Sherman)

Así pues, una vez ya en la Edad Media y con la realeza asentada firmemente para siempre, en el extremo más alto del escalafón nobiliario tenemos al príncipe, un título que cuando llegue la monarquía absoluta ostentarán únicamente los familiares más directos del rey. Y sobre todo el principal de los principales, el príncipe heredero. Ya en esta época medieval, caracterizada por la dependencia de la Corona de la aristocracia en armas, el término príncipe se había vuelto exclusivo de la cumbre nobiliaria con aspiraciones dinásticas de cada reino, habiendo perdido totalmente el carácter indiscriminado que hemos visto tenían los princeps en Roma.

Tras él asoma el título de duque, que aflora en el s.XIII, y es derivado de 'dux', conductor, jefe, guía, una nominación que tiene su origen en el Bajo Imperio romano, y que se aplicaba a los altos cargos provinciales. Ya en los reinos godos el dux se convierte en un vir inlustris más dentro del officium palatinum. Es decir, un varón ilustre ('in-lustre', con lustre, brillante, lustroso) entre los paladines (de 'palatinum', perteneciente al palacio) oficiales del monarca... pero tampoco el más importante. Como dicen los expertos de Investigaciones Científicas:
«En los listados de viri inlustres de las actas de los concilios algunos personajes destacan su condición de duces. Entre ellos no hay ninguno que sea sólo dux. Esta dignidad es siempre complemento de algún título, yendo siempre detrás de otra en la que queda clara la condición de comes [conde, que veremos luego]. Dicho de otra manera, se trata de un título secundario (pero normalmente con importantes vínculos militares) con respecto al establecido en primer lugar...
En el VIII concilio de Toledo tenemos dos personajes reflejados como comes cubiculariorum et dux [jefes de los comes cubiculi ~camareros reales~ y duces, todavía no duques], tres que figuran como comes scanciarum et dux [conde escanciador ~el antiguo copero real~ y duce], y un comes et dux. Al tiempo que hay comites cubiculariorum o scanciarum que no son duces» (Amancio Isla Frez: El "officium palatinum" visigodo. Entorno regio y poder aristocrático)

Con la consolidación de la monarquía absolutista el duque alcanzó un estatus político con categoría similar al de “vice-rey” o virrey a causa de la considerable importancia del territorio controlado, y siempre que pudo acabó adquiriendo el principado, es decir, la plena realeza.

«En los Estados, aquel o aquellos que tienen la suprema autoridad pueden hacer lo que les plazca, y establecer signos de honor. Así, la fuente de honor civil está en el Estado, y los hombres honran a quienes los poseen, porque son signos del favor del Estado; este favor es poder.
Honorable es cualquier género de posición, acción o calidad que constituye argumento de poder. Por consiguiente, ser honrado, querido de muchos, es honorable, porque ello constituye expresión de poder. Ser honrado por pocos o por ninguno, es deshonroso.
Dominio y victoria son cosas honorables porque se adquieren por la fuerza; y la servidumbre, por necesidad o temor, es deshonrosa.
La buena fortuna (si dura) es honorable, como signo que es del favor de Dios. La mala suerte y el infortunio son deshonrosos. Los ricos son honorables porque tienen poder. La pobreza es deshonrosa. La magnanimidad, la liberalidad, la esperanza, el valor, la confianza son honorables porque proceden de la conciencia de poder. La pusilanimidad, la parsimonia, el temor y la desconfianza son deshonrosos» (Thomas Hobbes: Leviatán, Parte I, Cap. 10)


La apropiación del territorio mediante la acción bélica, o como premio concedido por la corona, así como la consiguiente explotación del mismo y de los bienes naturales que acoge (incluidos personas y bienes personales) es una de las dos instituciones que forman la razón del ser y el existir de la nobleza en general.

Veamos brevemente cómo surge en la época medieval y le da forma:
A consecuencia, o como causa, de la descomposición de Roma (y como una de las primeras muestras del tránsito al feudalismo) ocurría que los grandes propietarios senatoriales controlaban la vida social y económica y suplantaban al Estado en sus dominios. Nos explicaremos mejor recurriendo a la descripción más concisa y concreta que hemos encontrado:
«A lo largo de los primeros siglos de la Era cristiana del Imperio la clase de los propietarios, que en gran medida se habían basado en los esclavos para obtener sus ganancias, llegó a basarse cada vez más en el arrendamiento a labradores (colonos), que en su mayoría se convirtieron en siervos hacia finales del siglo III. Gran parte de los campesinos libres llegaron al mismo tipo de sometimiento al verse vinculados a las aldeas de las que formaban parte.

Esta clase propietaria dominante, en una sociedad compuesta principalmente por campesinos, debería haber visto la necesidad de permitir al campesinado un nivel de vida más alto, con la intención de disponer de un ejército (compuesto por él) lo suficientemente fuerte. Pero el Imperio romano tardío no llegó a hacer esta concesión, creando así en el campesinado en general una actitud de indiferencia ante la suerte que pudiera correr el Imperio» (Sainte Croix: La lucha de clases en el mundo griego antiguo).

Como consecuencia de este proceso, la opción de supervivencia para las clases medias y bajas, y para los pequeños labradores que no querían dejarse absorber por los grandes a lo largo y ancho del Imperio, consistía en colocarse bajo la protección de algún personaje poderoso que normalmente era parte de la propia nobleza consular, y a menudo un jefe militar, para que además les defendiese tanto de los bandidos y salteadores como contra los odiosos recaudadores del fisco… Como consecuencia de la pinza nobiliaria los colonos fueron adscritos a la tierra y corrieron su misma suerte. Así los esclavos romanos fueron siendo sustituidos por los siervos medievales… aunque ambos grupos tuvieran poco que envidiarse mutuamente. 
De hecho, «los abogados romanos fueron incapaces de clasificar a los llamados 'coloni', colonos, del Bajo Imperio; de ahí que recurrieran a aberraciones clasificatorias tales como el liber homo bona fide serviens [hombre libre sirviente de buena fe] y el servus quasi colonus» (Moses I. Finley: La economía de la antigüedad).


A partir de un decreto imperial de 399 puede afirmarse que el acogerse a la protección de un patrón poderoso para no pagar impuestos se había convertido en la regla general. El padrino estaba llamado a considerar a estos campesinos como hombres propios suyos; usurpaba además el derecho de jurisdicción pero, a falta de otra policía, estaba autorizado por el emperador para castigar personalmente al campesino que se escapara.

 «Los colonos que se den a la fuga deben ser puestos en cadenas como esclavos, de modo que puedan ser obligados por un castigo servil a realizar las tareas apropiadas a ellas como hombres libres» (Código Teodosiano, 5. 17. I: compilación realizada en el 438 por el emperador cristiano Teodosio II de las leyes promulgadas a partir de Constantino)

«Colonos e inquilinos serán esclavos de la tierra, no por el vínculo del impuesto, sino con el nombre y título de colonos» (Código de Justiniano, 11. 53. 1: compilación realizada en el 534 por el emperador cristiano Justiniano)


La segunda institución que completa la razón del ser y el existir de la nobleza es el privilegio del ocio, sin más trabajos permitidos a sí mismos que los concernientes a la guerra o al servicio de la corona. Incluso para la ampliación y desarrollo de sus negocios, que siempre deberán estar exclusivamente relacionados con la explotación agrícola y ganadera, no se le permite a la aristocracia otra vía que la matrimonial.

En España, y dado que la mayoría de la tierra estaba en manos nobiliarias, tal situación y tal mentalidad provocaron un atraso económico y técnico del que aún no se ha acabado de salir. Hace más de dos siglos, exactamente el 18 de marzo de 1783, el rey Carlos III (monarca absolutista pero muy influido por la Ilustración) tuvo que promulgar una real cédula por la cual quedaba abolida la deshonra legal de ciertos trabajos, al tiempo que se rehabilitan muchos oficios y se declaran nulas todas las disposiciones discriminatorias al respecto:

«REAL CÉDULA de S.M. y Señores del Consejo, por la cual se declara, que no sólo el oficio de curtidor, sino también las demás artes y oficios de herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros a este modo son honestos y honrados; y que el uso de ellos no envilece la familia, ni la persona del que los ejerce, ni la inhabilita para obtener los empleos municipales de la República en que estén avecindados los artesanos o menestrales que los ejerciten» (Real Cédula de 18 de marzo de 1783)

Así oficialmente nobles e hidalgos podrán abandonar la ociosidad a la que las leyes los sometían, y las gentes llanas, enriquecidas con diversos trabajos, podrán tranquilamente acceder a cargos públicos o instituciones religiosas hasta el momento vetadas a ellos. 
Pero esta ley no pudo acabar de pronto con una mentalidad arraigada a lo largo de un milenio, y con unas costumbres y forma de vida institucionalizadas.




Para justificar esta apropiación de la base productiva y estos privilegios de ociosidad y dominio se inventó la palabra aristocracia, que siempre nos han dicho significar "el gobierno de los mejores", pero que, como ya hemos dicho, y recalcamos ahora, su etimología denuncia que realmente significa "la fuerza de los mejores" (el griego 'kratos' es fuerza, y no gobierno). Del criterio adoptado por la historia para elegir a los mejores también hemos tratado al comienzo de esta entrada.
El estudio de su interminable ristra de apellidos (la notable calidad de sus genes: ya le dimos un buen repaso a las terminologías genéticas y biológicas en Cibeles y Neptuno) exigió de una especialidad profesional, la de genealogista, puesto que de cada rama de cada árbol genealógico pendía el sabroso fruto del pergamino, en forma de título nobiliario y, por tanto, un jugoso certificado de propiedad de tierras y privilegios ('privi-lege', leyes privadas).

 
«El orden eclesiástico no compone sino un solo cuerpo. En cambio la sociedad está dividida en tres órdenes. Aparte del ya citado, la ley reconoce la condición de noble y la de siervo, que no se rigen por la misma ley. Los nobles son los guerreros, los protectores de las iglesias, defensores de grandes y pequeños y de sí mismos. La otra clase es la de los siervos. Esta raza de desgraciados no posee nada sin sufrimiento. Provisiones y vestidos son suministrados a todos por ellos, pues los hombres libres no pueden valerse sin ellos. Así pues la ciudad de Dios que es tenida como una, en realidad es triple… Mientras esta ley ha estado en vigor el mundo ha estado en paz» (Adalberón de Laon: Composición para Roberto, rey de los francos; citado en Textos fundamentales para la Historia, de Miguel Artola)


                    

3 Marcas y Territorios
«Poderoso el emperador debe ser de hecho, de manera que su poder sea cumplido tan pronto ordenado y pueda más que nadie en su señorío. Y para tal poder, es menester que se enseñoree de los castillos, y de las fortalezas y de los puertos del imperio, y mayormente de aquellos que están en la frontera de los bárbaros y de los otros reinos sobre los que el emperador no tiene señorío, para que en su mano y en su poder esté todavía la entrada y la salida del imperio» (Alfonso X el Sabio: Partidas; citado en Textos fundamentales para la Historia, de Miguel Artola)

Naturalmente, insistimos, todo título lleva aparejado su territorio, el cual siempre es una concesión o favor del rey. La nobleza gana territorios para el rey y el rey reparte los territorios como más le interesa (normalmente procurando dividir a la nobleza para evitar un frente común conspiratorio). Al fin y al cabo estos territorios tenían también que mantener al rey y sus empresas (los reyes siempre se han caracterizado por ser gente emprendedora y dinámica). En este mundo, que se sepa, no hay nada gratis. Y los favores, son los más caros de su especie.

Y la marcación, el acto de dejar marcas o señales utilitarias intencionadamente, amplía su sentido cuando se convierte en demarcación, entonces las primitivas incisiones desbordan los pequeños materiales y se extienden al terreno para definir las marcas territoriales que delimitan los reinos. Su guardián recibiría con los siglos el título de marqués como vigilante de esas "marcas naturales": ríos sierras valles bosques o costas. Así las co-marcas resultan de la fusión de varias marcas colindantes.
Marca tiene un origen germánico: el longobardo 'markan', anotar, similar al alemán 'merken' y al anglosajón 'mearcian'. Los romanos no utilizaron estos barbarismos de carácter tribal, y sus territorios, de propiedad estatal, es decir del "pueblo de Roma" como fusión y representación de las primitivas tribus latinas, siempre estuvieron enmarcados por el limes o franja fronteriza: límite, de 'limes- limitis'.

El marquesado ("marca registrada" nobiliaria) tiene en sus orígenes un carácter militar diferente al del condado, el cual, por las especiales características cortesanas del título de conde que ahora veremos, podía estar situado en cualquier lugar del reino, mientras que el marqués solía permanecer en el propio territorio conquistado (aunque no siempre ni indefinidamente, como hemos apuntado).

A la muerte del emperador Teodosio, en el año 395, el Imperio Romano acabó de desplomarse por su propio peso fracturándose en dos fragmentos. En la fracción occidental siguió existiendo hasta su disolución medieval la figura del "amigo del emperador", residente en palacio como equivalente al "consejero del emperador". En la parcela oriental, conocida como Bizancio, la institución del amigo descendió un peldaño para convertirse en compañero, o más bien acompañante, 'comes' en latín, castellanizado como conde (compañero tiene diferente origen: deriva de pan: 'compania', acción de comer del mismo pan). Son los llamados condes palatinos, que desarrollarían todas y cada una de las funciones organizativas de la vida palaciega bizantina.


(Sobre estas líneas, El cortejo de los Reyes Magos, de Benozzo Gozzoli; derecha, Regreso a Inglaterra de Juan II, de Jean Froissard; bajo estas líneas, izquierda, un Vladimir Kush)


Finiquitado a su vez el Imperio romano de Occidente, las cortes bárbaras que entre sus despojos se sumergirían en la Edad Media adoptaron en su organización la figura bizantina del conde así como su papel de acompañante del rey aunque, como es lógico, mucho más cercano y directo que el oficial de la despótica corte oriental.
En los primeros tiempos el título de monarca hace referencia a un pueblo, no a un territorio, denominándose a sí mismos como Rey de de los Godos, o Rey de los Francos, o de los Burgundios. Es por esto que en los reinos medievales no existían las capitales, y el rey, rodeado de su corte, se desplazaba constantemente por sus dominios visitando los castillos de sus vasallos y arruinándolos de paso con su estancia. 
De hecho, el sentido de la palabra corte es fundamentalmente itinerante pues deriva del latín 'cohors- cohortis', que si bien designaba antiguamente al séquito de un procónsul romano (máxima autoridad en provincias), su origen era el de cohorte, cada una de las diez unidades tácticas que componían una legión.

«También es llamada corte, según lenguaje de España, porque allí está la espada de la justicia con que se han de cortar todos los males tanto de hecho como de dicho... y las palabras soberbias y necias que hacen a los hombres envilecer y ser raheces. Y los que de esto se guardaren, y usaren de las palabras buenas y apuestas los llamarán buenos y apuestos y señalados; y también los llamarán corteses, porque las bondades y las otras buenas enseñanzas que llaman cortesía siempre las hallaron y las apreciaron en las cortes» (Alfonso X el Sabio: Partida Segunda, Título 9, Ley 27)

Y ahí es donde encontramos a nuestros condes, escoltando al soberano en sus desplazamientos, expediciones y salidas: de ahí, comitiva, y condestable, 'comes stabuli', o noble encargado de los establos reales. Es por esto que (en función de la fortaleza de espíritu del rey) muchas veces el conde ostentaba un poder real por encima de los demás vasallos, en teoría nobles de superior rango al suyo.

Una vez afianzada la monarquía en su carácter absoluto, con una corte sedentarizada, y con la "díscola nobleza" metida en vereda (la Edad Media no fue más que la Edad de Oro de la nobleza), el conde fue convenientemente alejado de palacio (los amigos son para las ocasiones, y además se había convertido ya en una amistad bastante peligrosa), con una función militar o vasallática específica.
Su hueco cortesano fue rellenado por el gentilhombre —origen del gentleman británico— con rango aleatorio, un aristócrata doméstico, simpático y de buen ver (lo que hoy seguimos llamando gentil, en una palabra), un florero de palacio en fin.
Comparemos la siguiente cita con la descripción homérica del malo Tersites arriba esbozada:«...Eutidemo mandó a su hijo Demetrio a ratificar el pacto; el rey le recibió seguro de que el joven, ni por la figura, ni por el trato, ni por la dignidad de su porte desmerecería del título de rey…» (Polibio, XI, 34).


Pero existe un título sin territorio: el de barón. Sorprendentemente, y como reafirmación del significado elitista de nuestras denominaciones genéricas masculinas, nuestro actual término varón deriva de barón título nobiliario ―y no a la inversa―, y no conecta con el 'vir' romano sino por redescubrimiento renacentista, época en la cual a la gente ociosa le da por leer a los clásicos, a imitación de la moda del Islam. 
Para no desvirtuar ―otro derivado del 'vir' latino― la trayectoria varonil por descuido o ignorancia, me limitaré a transcribir la glosa correspondiente del Diccionario Etimológico de Joan Corominas:


(Derecha, Machos alfa, de Gonzalo Arroyo)

«BARÓN. (Del germánico 'baro' hombre libre, apto para la lucha, emparentado con el escandinavo antiguo 'beriask' pelear). Hacia el fin del s.XI significaba 'hombre noble', después (1605, acepción importada del francés) 'título nobiliario'. La palabra varón 'persona de sexo masculino', que arranca del s.XIII, no es más que una generalización semántica del mismo vocablo: con una y otra acepciones se encuentran desde los orígenes así varón como barón, y sólo desde el s.XVI tiende a generalizarse la artificial distinción ortográfica de la actualidad, debida al influjo del latín 'vir', varón, entre los humanistas, voz que nada tuvo que ver primitivamente con varón». 

Sin embargo, viril como varonil, sí que deriva del latín 'vǐrīlis', masculino, vigoroso, ¡macizo! Y, también, virago: del latín 'virāgo -ǐnīs', mujer robusta, guerrera… es decir, lo que hasta la reciente y feliz apertura indiscriminada de armarios denominaba el campo machista "un marimacho".

"Varón, pa'quererte mucho, varón, pa'quererte bien". Imploraba con rabia ―pero, eso sí, desde la impotencia― Carlos Gardel.

Y tras viriles y viragos, no podemos dejar de lado un tipo de aristocracia popular y en cierto modo democrática, es decir, elegida o refrendada desde abajo en contraposición con la aristocracia titulada desde arriba. Nos referimos a los deportistas de élite.
Hoy los deportistas disfrutan de una preeminencia social que juzgamos como un fenómeno moderno (a la par que como una muestra de la anemia cultural de nuestro tiempo). Nada más erróneo: desde el siglo -II, hace dos mil doscientos años, nos llegan los testimonios de Polibio, un griego romanizado, un historiador que junto a Aníbal y Escipión no duda en hablarnos de un tal Gorgo de Mesenia:
«… cuando alcanzó la flor de la edad sus éxitos deportivos le convirtieron en el hombre más ilustre de los que luchaban por coronas en los certámenes gimnásticos. Tanto por su prestancia, como por la dignidad con que vivió y por el número de coronas, fue el primero entre sus coetáneos…».

Aunque no acaba en el terreno olímpico y en el estético la meritocracia de nuestro buen Gorgo el mesenio:

«Cuando abandonó el deporte para dedicarse a la política [cosa que no extrañó a nadie], también aquí obtuvo una gloria no inferior a la que antes consiguió; fue evidente que distó mucho de la mala educación de muchos atletas y que fue tenido por muy hábil y prudente en el enjuiciamiento de los problemas políticos» (Historias, VII, 10)


Pero hay algo mucho más significativo en este aspecto de la importancia del deporte en la vida antigua, y es que el calendario griego, el tiempo oficial, se medía en Olimpíadas:
«El primer vencedor inscrito, Corebo de Elea, vencedor de la carrera en el estadio, lo fue en la Olimpíada veintiocho, y esta es la Olimpíada en la que los griegos establecen el inicio de su cronología [corresponde al año -776, fecha normalmente aceptada como correcta]; Polibio da la versión de que la inscripción de atletas empezó en la Olimpíada veintisiete» (Eusebio: Crónica).


Sirva como botón de muestra cronológico un párrafo de Dionisio de Halicarnaso:
«Después de éstos fueron elegidos cónsules, en la LXXIII Olimpiada, en la que Astilo de Crotona venció en la carrera del estadio, y bajo el arcontado en Atenas de Anquises, Cayo Julio Julo y Publio Pinaro Rufo. Pese a ser hombres muy poco belicosos, razón fundamental de que el pueblo les entregara esta magistratura, se vieron forzados a afrontar muchos y grandes peligros…» (Historia antigua de Roma, VIII, 1)



4 Caballero que a caballo…
«Caballero que a caballo / no das ni los buenos días / Si el caballo cojeara /otro gallo cantaría» (Moreno Galván: Tientos)

«VIL, VILLANA: persona radicada en una villa. PALETO: trabajador a pala. BERGANTE: trabajador de una brigada. PATÁN: tosco, que anda como con patas. BELLACO: céltico 'bakkallakos', pastor, campesino. TUNANTE: francés 'tune', refugio de mendigos. PÍCARO: de picar: pinche de cocina. RUIN: que está en la ruina. MEZQUINO: árabe 'miskin', pobre, indigente. MISERABLE: que está en la miseria. ZAFIO: árabe 'safi', sincero, franco. CHUSMA: grupo de galeotes. SOEZ: árabe 'rahîs', barato. CATERVA: denominación romana para sus propias tropas bárbaras» (Joan Corominas, etimologías varias que muestran cómo las condiciones sociales de más baja extracción, por el simple hecho de serlo, se han convertido en insulto: la pobreza es poco estética; mientras que en el extremo superior, nobleza, caballerosidad, hidalguía o gentileza, todos relativos a títulos nobiliarios, son adjetivos altamente loables)

(Izquierda, una de las estatuas que coronan la Grand Place de Bruselas)

Los caballeros componen otra marca nobiliaria más sin territorio pero con un instrumento que podría proporcionárselo con el tiempo y una caña: el caballo.
No obstante, en sí todos los nobles son caballeros pues no se concibe un noble sin su caballo, el cual es uno de los rasgos diferenciadores del estamento nobiliario:
«… De cada mil de ellos fue elegido y escogido uno, el más amable, el más sabio, más leal, más fuerte, de más noble ánimo, de mejor trato y crianza entre todos los demás. Se buscó también entre las bestias la más bella, que corre más, que puede aguantar mayor trabajo y que conviene más al servicio del hombre. Y porque el caballo es el bruto más noble y más apto para servirle, por esto fue escogido y dado a aquel hombre que entre mil fue escogido; y éste es el motivo porque aquel hombre se llama caballero» (Raimundo Lulio: Libro de la Orden de Caballería).

El origen de la caballería como estamento social más o menos orgánico y con conciencia de tal no parece muy claro. Aunque los antecedentes más añejos se encuentren en las antiguas Arabia y Persia no se duda del importante papel que tuvo la caballería germánica en su nacimiento. Por más que galos y germanos apenas emplearan la caballería más que como medio de transporte, la situación cambió a partir de la penetración de hunos y avaros, invasores orientales que tienen en el caballo su forma de ataque fundamental.

Los antecedentes más seguros nos los proporciona Aristóteles en su Constitución de Atenas, donde claramente se relaciona ya a los caballeros atenienses del siglo -VI con el poder económico:

«Solón dividió a los ciudadanos en cuatro clases según su nivel de ingresos: los pentacosiomedimnos ["los propietarios de una renta total de 500 medimnos" de productos agrícolas secos o líquidos; 1 medimno~ 52 litros: el terreno necesario para cosechar 500 medimnos de grano debía medir unas 16 hectáreas], los caballeros, los zeugitas o yunteros [propietarios de un par de bueyes, que con sus carros formaban las tropas "acorazadas", o con una renta superior a 200 medimnos] y los tetes o asalariados [la infantería ligera]... 
Pertenecerían a la clase de los caballeros quienes obtuvieran una renta agrícola de 300 medimnos, aunque algunos dicen que eran quienes podían mantener un caballo y argumentan que el nombre de "caballero" proviene de ahí...».

Pero los antecesores más inmediatos son los équites romanos, la barbarización consiguiente a la desaparición de Roma dotaría a la caballería medieval de unas características propias:
Los équites romanos, como clase ecuestre, u orden ecuestre ('equus', caballo en latín, es la raíz tanto de équites como de ecuestre), tuvo su origen cuando los primitivos reyes de Roma alistaron a los ciudadanos más distinguidos ―distinguidos por su riqueza― en un cuerpo al que se dotó de la última moda bélica ―estamos hablando del siglo -VII―, es decir, un cuerpo de caballería:
«… Antiguamente se seleccionaba la caballería después de la elección de los cuatro mil doscientos soldados que normalmente componen una legión, pero ahora se empieza por aquí: la elección la hace el censor según las fortunas personales; a cada legión le vienen asignados trescientos jinetes» (Polibio, VI, 20).

Como siempre ha sucedido, la clase ecuestre formaba parte de la caballería pero no era toda la caballería: «La legión característica estaba formada por 4.200 infantes y 300 hombres a caballo. Las 18 centurias ecuestres seguían siendo el núcleo de la caballería; estaban formadas por los ciudadanos más ricos, a los que el Estado aseguraba la retribución del coste de su caballo si éste moría en la batalla. En este período (siglo -III, final de las guerras con Cartago) grandes contingentes de individuos pertenecientes a otras clases sociales inferiores pero con cierto poder económico servían voluntariamente así» (Adrian Goldsworthy: El ejército romano)

Parece ser que alistarse en caballería era una inversión, una manera de promoción social. Lo cual dio lugar, a fin de evitarlo (república no tiene por qué ser sinónimo de democracia), a que se fueran poniendo trabas a tal coladero. Así ocurrió que ya en tiempos de Augusto, ascender a la clase ecuestre y adquirir el grado de caballero, que había comenzado costando 100.000 ases, es decir 40.000 sestercios, se puso en 400.000 sestercios del ala, pero no disponibles en dinero, sino en propiedades declaradas fiscalmente; era un buen pico (los senadores, además de las condiciones que mencionamos arriba, debían gozar de propiedades por un millón de sestercios). 
Casualmente, el sestercio de esa época equivaldría más o menos a dos euros actuales, pero permitía una serie de privilegios, entre los cuales no el menos apreciado, como hoy, era el poder ocupar unos asientos bastante aceptables en el circo:

«Espíritu, gusto, maneras, raza, lo tienes todo para ser caballero, lo reconozco; pero por lo demás, perteneces a la plebe. Un lugar en las catorce gradas reservadas a los caballeros no valdría tanto a tus ojos como el exponerte a palidecer en tu silla a la vista de Oceanus, el acomodador» (Marcial: Epigramas, Libro V)

 


En un principio, adquirir propiedades que permitieran ascender en la escala social no era nada fácil dada la escasa dimensión del territorio de la ciudad de Roma. Según se fueron incorporando las sucesivas conquistas las facilidades de adquisición de bienes raíces, únicos que permitían la inscripción en las listas de nobleza, fueron ampliándose. Así, después de la Segunda Guerra Púnica, el grupo de los caballeros, el Orden ecuestre, fue configurándose como un conjunto de empresarios que, a través de las sociedades de publicanos, iban controlando los contratos estatales de abastecimiento y obras públicas y la recaudación de impuestos en las provincias, actividades prohibidas bajo pena de indignidad a la nobleza senatorial.

(Izquierda, la Curia Iulia, lugar de reunión del Senado; bajo estas líneas, detalle del Tapiz Bayeux)

Al final, nada impedía que un caballero que reuniese los requisitos económicos para ello pudiera ingresar en el Senado; como le escribe Plinio el Joven (sobrino de Plinio el Viejo, víctima y testigo de la tragedia que acabó con Pompeya y Herculano) a su amigo Romacio Firmo (Carta I, 19): «…El que seas decurión en nuestra ciudad indica claramente que tienes un censo de 100.000 sestercios. Así pues, para poder disfrutar del placer de verte no sólo decurión, sino también caballero, te ofrezco 300.000 sestercios para que puedas llegar al censo ecuestre…» (La orden ecuestre estaba formada por cuatro decurias, de treinta jinetes cada una... jefaturas también asequibles sólo economicamente, como vemos).

El hecho de que, en general, a los caballeros no les interesase entrar en el Senado se debía sobre todo a que preferían tener la posibilidad de ejercer el comercio y los negocios, contingencia que a los senadores les estaba vedada por la ley de alcurnia que vimos más arriba, la cual ha contaminado moralmente todas las épocas y todas las sociedades.
La clase ecuestre constituyo en Roma una especie de burguesía, con todas las características propias de la futura burguesía renacentista.




En la Alta Edad Media hispana la caballería constituía básicamente un estamento

guerrero integrado por los niveles inferiores de la nobleza, los infanzones. Y la prerrogativa del caballero, como hombre que tiene y mantiene un caballo, en España también data de la época romana, aunque revigorizándose durante la Reconquista.
Por ejemplo, el fuero de Molina, en Aragón, dispone que sólo los caballeros puedan ocupar cargos públicos y oficios del concejo… pero también obliga a quien tenga dos yugos de bueyes y 100 ovejas, con heredades proporcionales, a mantener un caballo de silla. Y en las ordenanzas de Segovia de 1390 se decreta que «quien no mantenga tal caballo sea castigado en la persona de su mujer, que no podrá usar paños de seda, ni tiras de oro ni de plata, ni cendales, ni peñas grises, ni veras, ni aljófar».
De la existencia de ambas disposiciones puede leerse la existencia de dos tipos de caballero, el caballero nobiliario o de sangre y el llamado "caballero villano" o de concejo. Y también que ambos eran gente de posición económica desahogada.

(Izquierda, El caballero sonriente, de Frans Hals)

«Uno de los síntomas del carácter nómada y guerrero de la nobleza en los primeros tiempos medievales es que de los siglos VIII al X los señores y los caballeros paran sus caballos dentro de sus mansiones. Más aún: en la estancia donde habitan duermen con sus mujeres en presencia de la cabalgadura, porque intempestivamente pueden ser llamados a la batalla» (Mario Merlino: El Medievo cristiano)

Esta "Orden de la Caballería" se prolongaría, o más bien renacería, en la Edad Media, a principios de la cual el papa Gregorio III, en el año 732, incluso llegó a publicar una bula prohibiendo el consumo de la carne de caballo ―costumbre dietética de muchas tribus nor-europeas― con el fin de evitar su sacrificio y ayudar así a contrarrestar el empuje de la caballería musulmana. Así ayudaba Dios a los caballeros buenos a ser más que los malos.
 
«Vinieron los sarracenos / Y nos molieron a palos / Que Dios ayuda a los malos / Cuando son más que los buenos» (Copla de ciego de Guadalete)

No podemos extendernos sobre este asunto, del cual algo hablamos, así como de las condiciones generales de la vida feudal, cuando tiempo ha tratamos el Camino de Santiago.

Hoy como ayer, el caballo nunca ha dejado de ser un animal sumamente caro de mantener, sobre todo a medida que iban desapareciendo bosques y pastos. La guerra pertinaz primaba su cría y proliferación..., así como la mano de obra ―la carne de cañón― especializada en su manejo, llegando al punto de que hubo de acuñarse en el siglo XIII una diferenciación entre caballeros ―un término que hoy queda relegado a algunas puertas de los lavabos públicos, así como al trato aséptico dispensado por los camareros a los clientes mayores y sin confianza― y jinetes: no todo el que monta a caballo es un caballero, faltaría plus.

«Caballería fue llamada antiguamente la compañía de los nobles hombres que fueron puestos para defender las tierras; y por eso le pusieron nombre en latín militia, que quiere decir compañías de hombres duros y fuertes y escogidos para sufrir males, trabajando y penando en pro de todos comunalmente. Y por ello hubo este nombre de conteo de mil, pues antiguamente de mil hombre escogían uno para hacerle caballero; mas en España llaman caballería no por razón que anden cabalgando en caballos, sino porque los que andan a caballo van más honradamente que en otra bestia; también los que son escogidos para caballeros son más honrados que todos los otros defensores» (Alfonso X el Sabio: Partida Segunda, Título 21, Ley 1)

(Famosos caballeros de su graciosa majestad sobre un paso de cebra) 

Con el paso del tiempo, y al igual que había ocurrido en Roma, fueron muchos los jinetes de milicia aspirantes a caballero, a veces de baja extracción social. Así lo explica Alfonso X el Sabio, rey de Castilla:
«Antiguamente para hacer caballeros escogían de entre los monteros, que son hombres que resisten gran fatiga; y entre carpinteros, herreros y pedreros, porque usan mucho el herir y son fuertes de manos; y también de los carniceros en razón de su costumbre de matar y esparcir sangre: y aún consideraban otra cosa escogiéndolos: que fuesen bien conformados de miembros para ser recios, fuertes y ligeros; mas porque después vieron muchas veces que estos tales, no teniendo vergüenza, olvidaban todas estas cosas sobredichas y en lugar de vencer a sus enemigos vencíanse entre ellos, se tuvo por bien buscar hombres para esto que hubiesen en sí vergüenza» (Partida Segunda, Título 21, Ley 2)

En esta cita que antecede vemos asomar una curiosa palabra castellana, vergüenza, que según su contexto puede significar una cosa o la contraria: compárese "¡es una vergüenza!" con "¡no hay vergüenza!". Es por supuesto este último sentido el utilizado en la ley alfonsina: los monteros, carpinteros, herreros y demás menestrales no tenían pundonor (el punt d'honor catalán), no tenían vergüenza (la verecundia latina, y también castellana): eran unos sinvergüenzas

«En Cooperación y competición entre los pueblos primitivos, la antropóloga Margaret Mead introdujo una fructífera distinción entre "culturas de la vergüenza" y "culturas de la culpa".  
Según Donald Ward (Sobre poetas y poesía de los Indoeuropeos) en las "culturas de la vergüenza" la noción ética fundamental es la del honor, el poder mirarse a la cara. Esta ética del honor implica un lazo directo con el medio sociocultural; un acto despreciable quita honor al apellido y, en consecuencia, implica a los ancestros y a los descendientes. En las "culturas de la culpa" la falta es objetivada por un ente supremo que interioriza e individualiza la sanción; los dogmas revelados definen una moral del pecado. 
La noción de "vergüenza", común a los griegos, latinos, celtas y germanos, es típicamente indoeuropea, por oposición a la noción de "pecado", característica de los grandes sistemas metafísicos universalistas de origen abrahámico y semita» (Alain de Benoist: El mundo de los Indoeuropeos).

Por desgracia, demasiadas veces la siniestra realidad se esfuerza en poner en entredicho la bella simplicidad de las teorías:
«Los llamados "crímenes de honor" son muy habituales en el sur de Asia y suelen implicar a varones de una familia que vengan lo que consideran una afrenta que contraviene la conservadora moral familiar de las sociedades locales. Un experto europeo en temas de género afincado desde hace años en Pakistán explicó que muchos varones del subcontinente indio creen [en simetría con el Occidente más tradicionalista y patriarcal: ver Otro crimen de honor en el blog Pisando charcos] que "el honor de los hombres está en el cuerpo de las mujeres" y que debe ser defendido a cualquier precio» (elmundo.es, 23-julio-2013: Un padre mata en Pakistán a su hija, yerno y nietos en un 'crimen de honor')


Como remedio a la invasión de advenedizos sin antecedentes nobiliarios, se impuso una prueba selectiva, la cual acabó por tomar la forma de un rito de iniciación bendecido por la Iglesia, el famoso espaldarazo. Y es que había demasiado rufián en los ejércitos que montaba a caballo sin ser hidalgo ―así progresa la democracia, por necesidades bélicas―, es decir, sin ser "hijo-de-algo", de algo importante, se sobrentiende; en este caso, los hidalgos son los hijos de los infanzones (desviación discriminadora de infante), eran caballeros con casa solariega y su título era hereditario:
«Hidalguía es nobleza que viene a los hombres por linaje, y por ello deben mucho guardar los que tienen derecho en ella que no la dañen ni mengüen... casando con villana, o el villano con hijadalgo. Pero la mayor parte de la hidalguía la ganan los hombres por la honra de los padres, pues cuando la madre sea villana y el padre hijodalgo, hijodalgo es el hijo que de ellos naciere, y por hidalgo se puede contar mas no por noble; mas si naciere de hijadalgo y de villano, no tenga por derecho que fuese contado por hijodalgo» (Partida Segunda, Título 21, Ley 3)

El correlato moderno femenino de caballero es dama, que a través del francés dame deriva del latín ‘domina’, dueña, y ésta de ‘domus’, casa (antecedente de la sufrida "ama de casa" actual, categoría nobiliaria felizmente a extinguir: véase nuestra entrada Historias del beso, y también, De Bodas y Enlaces , o acaso, Las Bellas Durmientes del Bosque).

Y el rufián que monta a caballo sin ser hidalgo se denomina simplemente jinete: deriva del árabe vulgar 'zenêti', "individuo zeneta" ―tribu bereber famosa por su caballería ligera tras acudir en defensa de Granada en aquél s.XIII―, y significó primeramente "soldado montado que peleaba con lanza y estribos ambos cortos". (La definición correcta y amplia sería: "soldado de a caballo que peleaba con lanza y adarga y llevaba las piernas encogidas, con estribos cortos"; así de largo, por lo que también deriva de ahí el estilo de cabalgadura llamado "montar a la jineta", aunque primitivamente la jineta sólo era la lanza del zeneta, una lanza corta para ser arrojada más certeramente).

Acabamos de decir que el latín 'equus' significa caballo, el cual, aunque cueste creerlo, deriva del griego 'hippos' (de donde viene hipódromo), pero esta es la denominación del caballo en su más alta calidad (y yegua de 'equa', femenino de 'equus'): en el reino de León del siglo X un caballo de silla vale entre 10 y 20 bueyes, o entre 40 y 60 ovejas. Una pasta.
El término 'caballus', origen obvio de caballo, era reservado por los romanos para los jamelgos destinados al trabajo ―jamelgo deriva de 'famelicus', famélico, y viene de 'fames', hambre. Pero el nombre emblemático del caballo es corcel, etimológicamente, "caballo de carreras", específicamente, "caballo de batalla", creado a partir de variantes, aparecidas en el s.XV, del francés 'coursier' como derivado de 'cours', carrera, aunque más bien, correría. 


(Sobre estas líneas, derecha, instantánea de Adrian Dennis; debajo de ellas, El triunfo de la muerte, fresco del Palazzo Abbatellis, Palermo, s.XV)

 «Al caballero se le da el caballo en significación de la nobleza de ánimo, y para que a caballo esté más elevado que los demás hombres, sea visto desde lejos, tenga más cosas debajo de sí y sea el primero de todos en las funciones pertenecientes al honor de la Caballería» (Raimundo Lulio: Libro de la Orden de Caballería)

Pero volvamos grupas antes de que los caballos nos lleven demasiado lejos.





5 Ladies and Gentlemen
«De la hermosura se ha de hacer otra cuenta, porque es mucho más necesaria en la Dama que en el Cortesano; que ciertamente a la mujer que no es hermosa no podemos decir que no le falte una muy gran cosa. Debe la mujer también ser más recelosa que no el hombre en lo que toca a su honra, y tener mayor cautela en no dar ocasión que se pueda decir mal de ella, y regirse de tal manera que no solamente sea libre de culpa, más aún de sospecha; porque la mujer no tiene tantas armas para defenderse de lo que le levantan como el hombre» (Baltasar de Castiglione: El Cortesano)

«Es sabido que la novela cortés nació en el siglo XII con una clara voluntad de adecuar la historia a la realidad social; se trataba de justificar ideológicamente la situación de predominio de la clase feudal que se había conseguido con el ejercicio de la violencia. Queriendo huir de la historia, la novela de caballerías constituye un material inapreciable para entender la mentalidad de la sociedad y el entorno social que la generaron. 
El crecimiento demográfico, la puesta en cultivo de nuevas tierras y la extensión de nuevas técnicas de cultivo, la revitalización de los núcleos urbanos y el crecimiento del comercio que se produce durante los siglos XI y XII y el paso de una sociedad de guerreros a otra de caballeros, justificarían la euforia de la novela de caballerías inicial. Ignoraban los feudales que en esta prosperidad se incubaba el germen que había de corroer su sociedad: la ciudad crecía, y en ella una nueva clase social, la burguesía, que, con su alianza incondicional con la monarquía, acabaría por imponer una nueva distribución del poder
Las crisis que se inician en el siglo XIV, con la caída de la población y de la renta agraria, y las agitaciones campesinas que las siguieron, suponen el principio del fin del feudalismo. Con el auge de las monarquías autoritarias, la nobleza se convierte en funcionariado político o militar, y la Corte, antaño castillo, es asimilada a la ciudad.
La narrativa debe reconvertir los temas tratados para satisfacer los gustos y los intereses de un público eminentemente urbano [como muestran las ilustraciones literarias que abren y cierran este punto]. En una nueva desvirtuación de la realidad, se trata de ensalzar los valores de una clase social que está perdiendo la razón de sus prerrogativas y que debe buscar una nueva coartada moral» (Josep Maria Morreres i Boix: "Curial e Güelfa", un modelo de formación caballeresca).

 
Y así es como pasamos de las cortes itinerantes a las palaciegas, donde nos topamos con la agradable presencia de otro título, sin territorio pero con mucho espacio propio; mejor dicho, dos títulos, femenino y masculino, plenamente vigentes en el mundo anglosajón y absolutamente familiares para el resto de los mortales: lord y lady. Estos tratamientos están directamente vinculados con las despensas reales, que tampoco es mal territorio, y en sus múltiples variantes han gozado de gran prestigio desde el principio de esta civilización.

Hay que tener presente que el cereal descascarillado, tostado e incluso abrasado, se convirtió en el gran alimento desde la Antigüedad hasta la aparición del Bimbo y la Litoral, dos venerados títulos en el chatarroso reino de la despensa unipersonal. El principal cargo babilónico, por ejemplo, lo desempeñaba lo que nosotros entendemos por el Canciller imperial, pero que ellos denominaban como Rab Nukhatimnu, o Gran Panadero. Puntualizaremos que pese a su bombo, canciller, término acuñado en el s.XIII, es un derivado de 'cancellus', verja, cancela, a través de 'cancel-larius', portero, ujier:

«Chanciller es el segundo oficial de la casa del rey de aquellos que tienen oficios secretos [es decir, de los secretarios], pues así como el capellán es mediador entre Dios y el rey espiritualmente, así lo es el chanciller entre él y los hombres en cuanto a cosas temporales; y esto es porque todas las cosas que el rey ha de librar por carta han de ser hechas con su sabiduría, y él las debe ver antes de que las sellen para que el rey no reciba por ellas daño ni vergüenza. 
Y por ello el rey debe escoger para este oficio tal hombre que sea de buen linaje, y tenga buen seso natural, y sea bien razonado y de buena memoria, y de buenas costumbres y que sepa leer y escribir, tanto en latín como en romance. Y apuesto debe ser, porque sepa bien recibir a los que a él vinieren, y honrar aquél lugar que tiene» (Alfonso X el Sabio: Partida Segunda, Título 9, Ley 4)


«Particularmente interesante resulta la llamada Placa de Ur-nanshe (izquierda), rey de Lagash, en Sumeria (hacia el año 2500), que conmemora la edificación de un templo. El texto es bastante breve pero las escenas esculpidas son muy reveladoras. En la de más arriba aparece Ur-nanshe, muy alto y con una regia cesta de ladrillos a la cabeza seguido de los miembros de su familia: su esposa y cuatro hijos; detrás de él, en diminuto [el tamaño es indicador de rango social], podemos ver a su copero, Anita.
En la escena inferior aparece Ur-nanshe sentado, en la inauguración, con una copa en la mano; detrás de él se sitúa otro copero, y frente a él, de pie, está el "Jefe de Encantadores de serpientes" seguido de otros tres hijos del rey [obsérvense sus tamaños relativos]. El "Encantador de serpientes" aparece en la lista de músicos y quizá fuese ésa su función; lo que resulta enigmático es el motivo de su presencia en la corte.
La existencia de coperos en calidad de consejeros y confidentes reales es bastante común en muchas sociedades y épocas distintas, aunque no queda claro  por qué en la placa de Ur-nanshe aparecen dos» (Amélie Kuhrt: El Oriente Próximo en la Antigüedad).


El mismísimo Sargón, el asirio que fue el primer emperador de la Historia, había sido copero antes que emperador (cocinero antes que fraile, como decimos aún). Durante la Edad Media el copero real perdió su recio nombre de baraja y se convirtió en un más refinado conde escanciador (el comes scanciarum de los godos). Su sucesor sería el sumiller de corps de las cortes españolas: del, oh la la, francés 'sommellier', despensero. Y su representante actual, el sumiller que nos da a catar sus caldos en los restaurantes con michelines:
«El domingo 4 de junio de 1646 fue el primer día que el príncipe Baltasar Carlos [el Malogrado, hijo de Felipe IV e Isabel de Borbón] cenó en su habitación. Fue nombrado sumiller de corps don Fernando de Borja y caballerizo mayor don Luis de Haro; ejercieron como gentiles hombres de su cámara el conde de Coruña, el de Alba de Liste, el marqués del Este y el de Flores Dávila; asimismo fueron designados seis ayudas de cámara, un guardarropa y los demás oficios menores» (Carlos Fisas: Historia de las reinas de España. La Casa de Austria).


En sus orígenes, el universal término lady significaba... "panadera", de igual manera que lord quería decir "el que guarda el pan". Ambos términos están relacionados en su raíz con 'loaf', pieza de pan… pero que también significa "pasar el tiempo ociosamente" y holgazanear. Aunque no queramos vincular ambas acepciones a los lores, y mucho menos a las ladies, ambos términos surgieron en el transcurso de la Edad Media.

En estos ambientes en que se cocina el poder las intrigas era frecuentes, y los envenenamientos de comida y bebida estaban a la orden del día, así que el rey debía cuidarse muy mucho de quién andaba cerca de la despensa el fogón la bodega y el salón-comedor… y tratarlos a cuerpo de rey, por la cuenta que le traía al suyo.
En las grandes ceremonias el cocinero, pero sobre todo, el panadero, debido a las connotaciones políticas y militares de su cargo ―junto con el copero mayor, responsable del vino real, y uno de los principales cortesanos― formaban parte del cortejo y entraban en el salón del banquete junto con el resto de la nobleza comensal.

Y es que la cámara regia es el sancta sanctorum del palacio, el recinto donde sólo es admitido lo más selecto de entre los elegidos. Cámara significa "recinto abovedado", un tipo de construcción técnicamente complicado y estéticamente excepcional, que permite disfrutar de amplios espacios cubiertos sin pilares o soportes intermedios, en un mundo de paredes de adobe y techos de paja (donde la piedra y el ladrillo sólo se usaban en castillos, murallas, iglesias y palacios, y no siempre). Así pues, lo suyo es que los lores se reúnan a charlar en la Cámara de los Lores; que vírgenes se guarden en su camarín; y que los pasajeros de lujo se resguarden en su camarote.
Tal Cámara es sucesora temporal y espiritual, aunque no etimológica, del Cubículo godo, ése que mencionábamos al hablar de los duques cuando sólo se llamaban duces y podían tener, además y principalmente, la dignidad de comes cubiculi, que es como se llamaba en la Baja Edad Media al Camarero real.  
El diminutivo 'cubiculum' designaba al dormitorio romano, un término por cierto bastante relacionado con cubil, pues ambos derivan de 'cubare', acostarse; al igual que concubina. El ascenso de categoría del aposento real desde el "cubículo" a la "cámara" está directamente relacionado con el ascenso social de la corte itinerante y caballeresca medieval hasta la palaciega y cortesana del Renacimiento.

Y en la Antigüedad el dueño absoluto del territorio de cámaras y cubículos palaciegos tenía el glorioso título de Eunuco, o Guardián del Lecho, Eunúkhos (del griego 'euné', lecho, + 'ekho', guardar). Y era un título glorioso sin ironías por nuestra parte y sin ninguna relación con el harén, relación que sobrevendría muchos siglos después. Tenía tanta o más importancia que el de copero, y de hecho a lo largo de la historia hubo varios casos de eunucos que accedieron al poder supremo gracias a los privilegios de su puesto:

Aparte del bíblico eunuco Putifar, ministro del faraón y cuya esposa le buscó las vueltas al bueno de José, el eunuco más famoso de la historia fue Narsés, que en el siglo VI, sin llegar a la realeza, fue chambelán, tesorero, embajador y general del Imperio Bizantino bajo Justiniano I (imagen izquierda, mosaicos de San Vital, Rávena, Narsés a la izquierda de Justiniano; a su derecha, Belisario, general culpable de la campaña sobre Occidente, en la cual ocuparía el sureste de Hispania); el eunuco Filetero, nombrado gobernador de Pérgamo y fundador del reino del mismo nombre en el siglo -III; el eunuco Hermia, tirano de Atarnea y Assos, pequeños reinos de la Grecia asiática, en el noroeste de la actual Turquía: fue amigo y patrono de Aristóteles, y también su cuñado, al casar Hermia con la hermana de éste (tirano significa señor, y no tenía el carácter peyorativo que hoy disfruta); el eunuco Euleo, regente de Egipto y tutor de Ptolomeo Filometor,  siglo -II; ... y varios más que murieron en el intento de ascenso... aunque fueron muchos más los que que provocaron complots y asesinatos en beneficio propio y de terceros.

La categoría palaciega de eunuco tuvo su origen en Mesopotamia (hoy Iraq), y de allí se extendió a oriente y occidente, es decir, a Siria, Egipto y Persia: fueron los persas, a partir del s-VII o -VI, los que adoptaron la administración asirio-caldea y tuvieron la idea de la castración, desconocida hasta entonces. 
En principio tan delicada operación no tenía ninguna connotación sexual, sino que buscaba algo parecido a lo que se procura con la castración animal: la docilidad. Se perseguía clínicamente una cualidad tan apreciada en los máximos funcionarios como escasa: la lealtad. Hasta entonces la mayoría de las veces los eunucos (enteros y verdaderos) eran extranjeros capturados como botín de guerra. A un extraño en el país (Persia) ya de por sí le resultaba difícil la escapatoria; el temperamento huraño y demás anomalías misántropas que siguen a la mutilación, además le alejarían no sólo del sexo, sino de la amistad o el amor y demás distracciones perjudiciales laboralmente. Resultado: fidelidad y entrega absolutas a su señor ... Un fracaso en toda regla, según acabamos de comentar al respecto.

Aparte de camarero y ayuda de cámara como dignidades palaciegas menores derivadas del eunucazgo y más evidentes (y camarilla como grupo de cortesanos en lobby), tenemos al camarlengo, camarero en fráncico, que es una dignidad cardenalicia; y también al chambelán, que es el camarero mayor o gentilhombre de cámara.

«De muchas de las reglas del Cortesano podría la Dama aprovecharse; y así también son necesarias la nobleza del linaje, el huir la afectación, el tener gracia natural en todas las cosas, el ser de buenas costumbres, ser avisada, prudente, no soberbia, no envidiosa, no maldiciente, no vana, no revoltosa ni porfiada, no desdonada, poniendo las cosas fuera de su tiempo, saber ganar y conservar el amor de su señora y de todos los otros, y hacer bien y con buena gracia los ejercicios que convienen a las mujeres» (Baltasar de Castiglione: El Cortesano)


6 Breve repaso a la Nobleza Eclesiástica
 «Dios ha proporcionado a los hombres ricos un camino hacia la recompensa eterna si emplean rectamente sus posesiones terrenas. Por ello, yo, Guillermo, por la gracia de Dios duque y conde, considerando seriamente cómo puedo promover mi salvación, he juzgado completamente necesario dedicar a ello algunos de mis bienes temporales. Ningún camino parece mejor que el señalado en palabras del Señor: "yo haré a los pobres mis amigos" (Lc. 16, 9), y por ello sostendré una comunidad de monjes a perpetuidad. Sea conocido, por tanto, que traspaso de mi señorío al de los santos apóstoles Pedro y Pablo la ciudad de Cluny juntamente con el feudo… y juntamente con todo lo que les pertenece: villas, capillas, siervos y siervas, viñas, campos, prados, bosques, aguas y sus desagües, molinos, rentas e ingresos, tierras labradas y por labrar en su integridad. Yo Guillermo y mi esposa Ingelborga donamos todas estas cosas a los mencionados apóstoles… » (Guillermo I de Aquitania: Documento fundacional de la abadía de Cluny, año 910)

(Levantamiento infográfico de la abadía de Cluny; derecha, estatua de Augusto como Sumo Pontífice)

Finalizamos esta entrega sin haber hecho mención a la nobleza eclesiástica; no tenemos ya espacio más que para un rápido esbozo, puesto que su antigüedad y su envergadura y su interés son mayores aún que las de la nobleza militar.
Y es que la nobleza eclesiástica estuvo hasta la Edad Moderna tan unida a la militar como en tiempos de Roma, en la que dios y emperador eran la misma institución... como lo habían sido hasta entonces en toda la historia de las civilizaciones conocidas (véase al respecto De Palacios y Templos); y donde los cargos sacerdotales (los de flamen dialis o quirinalis, o el de arúspice, por ejemplo) estaban imbricados en el cursus honorum o carrera honorífica necesaria para llegar al Senado; la religiosa era una magistratura más cuya función consistía en realizar diferentes ritos y sacrificios a los dioses en aras de la protección de Roma y su emperador:
«Como sé, señor, que conviene al testimonio y gloria de mis costumbres ser elogiado por el juicio de tan excelente príncipe, te ruego te dignes añadir a la dignidad a la que me elevó tu indulgencia la condición de augur o septénviro, porque están vacantes, para que pueda suplicar a los dioses por ti en nombre del Estado en mi condición de sacerdote, a los que ahora suplico a título privado» (Plinio el Joven, año 102: Carta X, 13, dirigida al emperador Trajano por este ciudadano civil solicitándole el cargo religioso de augur o septénviro, uno de los siete sacerdotes encargados de dirigir los convites encaminados a aplacar la ira de los dioses, así como de advertir de los posibles defectos o faltas cometidos durante los sacrificios a los mismos).

Arriba ya hablamos de cómo al final del Imperio los grandes propietarios senatoriales suplantaban al Estado en sus dominios y hacían de su capa un sayo, como se decía antes. Además, desde siempre Roma, una Ciudad-Estado militar al fin y al cabo, estuvo escasamente burocratizada: las órdenes partían de los aledaños del Senado y su ejecución era confiada a los caballeros, los cuales recurrían a contratas privadas, base y origen de su fortuna.
En esas circunstancias es cuando, si nos ceñimos a los hechos y obviamos leyendas, Constantino, a la desesperada, decide recurrir a los antiguos enemigos, las muy cohesionadas y disciplinadas comunidades cristianas, conectadas en red extendida por todos los lugares del Imperio.

Así, las primitivas iglesias cristianas ―del griego 'ekklēsia', asamblea―, sus coordinadores, urgidos por Constantino, hubieron de ir forjando a toda prisa una jerarquía de "responsables" que se adaptó ―y se calzó― como un guante la Administración del Imperio.
Su control continuó en manos de Constantino así como de los emperadores siguientes hasta el último momento: hasta casi el final del siglo IV los emperadores no renunciaron ―en las personas de Teodosio y Graciano― a seguir ostentando el título de 'pontifex maximus', Sumo Pontífice.
Constantino fue un emperador que organizó y desorganizó concilios, hizo y deshizo obispos y herejías, pero que nunca se bautizó (se dice que lo hizo a la hora de su muerte, pero sin pruebas de ello) y siempre evitó el conflicto directo con los paganos. Tan sólo priorizó una religión, pero sin llegar a prohibir las demás: buscaba la supervivencia del Imperio, no de su alma.

(Izquierda, recreación televisiva de Constantino en la decisiva batalla del puente Milvius, donde se ve a su espalda el lábaro, que no la cruz, símbolo cristiano que no fue aceptado oficialmente por la Iglesia hasta finales del siglo VII, en el Concilio del Quinisexto, año 692)
 

El Obispado de Roma heredó los atributos del Pontifex Maximus a pesar de sus connotaciones paganas; y así vemos hoy, sin entrar en más detalles, cómo hacia el fin del Imperio (en el concilio de Nicea, año 325), el alto clero adopta la púrpura en cantidad proporcional a su categoría, al modo y manera del Senado y del emperador; o también, por dejarlo aquí, la utilización por el Papa del calzado rojo, heredero del atuendo del emperador, así como otros detalles indumentarios tales como la guardia pretoriana (al fin y al cabo, nada había dicho Jesucristo al respecto).
Por la misma razón, el más alto clero adoptó el título de Primado, privativo de la aristocracia romana que ya mencionamos arriba. Anecdótico:
«Se relata que cuando el primatólogo sudafricano Solly Zuckerman quiso publicar un libro sobre el tema de su especialidad bajo el título La vida sexual de los primates, su editor londinense le tuvo que explicar delicadamente que en Gran Bretaña la palabra 'primate' (primado) se refiere en general a un dignatario de la Iglesia anglicana. Así pues, para evitar en el gran público la creación de excitantes expectativas, el título final acabó siendo el mucho menos apasionante de La vida social de monos y antropoides» (Herbert Wendt: Del mono al hombre).

Basílica es palabra griega, adoptada por Roma, que significa sede del basileus, título que ostentaban los emperadores bizantinos pero que correspondía a los mucho más antiguos reyes de Micenas (siglo -XIII), y que los atenienses conservaron para denominar al arconte o magistrado encargado de las funciones religiosas. 
Las basílicas romanas eran lugares donde normalmente se impartía justicia, pero que también eran utilizadas como lugar de negocio y reunión pública.
Las iglesias cristianas se acomodaron en las basílicas allí donde existían, y levantaron edificios similares en aquellas poblaciones importantes donde no (al fin y al cabo, nada había dicho Jesucristo al respecto). Y el edificio eclesiástico, no sin previa autorización del rey, era la primera institución que se creaba a la hora de fundar un pueblo: parroquia deriva del griego 'paroikía', avecindamiento, y el parochus romano era la persona que, por encargo del Estado, proporcionaba comida y alojamiento a los funcionarios públicos de viaje.

(Izquierda, sección longitudinal de la basílica de Majencio; derecha, iglesia de La Asunción, en el pueblo soriano de Andaluz)

Desde la parroquia, y ateniéndose tanto a la jurisdicción real como a la eclesiástica, se administraba y controlaba la vida de los habitantes asentados a su alrededor mucho antes de la aparición de concejos y ayuntamientos. De hecho, y sobre todo en Castilla, las iglesias solían estar dotadas de un atrio porticado que ofrecía las funciones de lugar de reunión cívica a los primeros concejos existentes en la Edad Media, antecedente de los ayuntamientos.
También solían estar en la zona más alta del lugar, elevación acentuada por los campanarios, que funcionaban como atalaya de observación y vigilancia (de ahí su envergadura y su importante altura en relación con el cuerpo del edificio, una característica inexistente en los templos y basílicas de la Antigüedad).

En muchos casos, se fortificaron las iglesias a fin de servir de refugio a los vecinos; y el tañido de las campanas servía para avisar a las comunidades no sólo de las celebraciones litúrgicas, sino, con sus diferentes repiques, convenidos para cada caso, de cualquier acontecimiento relevante en la vida de la comunidad (ataques, incendios, llamada a reunión, defunciones…):

«Cuando se producen las invasiones bárbaras los obispos se convierten, en numerosas ocasiones, en los únicos representantes y portavoces de la población, erigiéndose en los auténticos jefes espirituales y civiles de la misma. Muchos de estos obispos pertenecían a la antigua clase senatorial y eran detentadores de un patrimonio considerable que cedían, a su muerte, a la Iglesia, con lo que ésta aumentaba su riqueza constantemente, gracias también a las constantes donaciones de los fieles. Así la Iglesia figuraba entre los grandes propietarios de bienes rústicos.

 (Derecha, Babel-ville, de Isabelle Planté)

La antigua ciudad romana (civitas) rodeada de murallas continúa existiendo, aunque lánguidamente, convertida en centro administrativo y sede del poder religioso. En ella reside el conde (comes) y el obispo (episcopus) y mantiene una cierta actividad comercial y artesana. Unos cuantos mercaderes judíos, y los llamados en los textos transmarini (griegos y sirios, antecedente de nuestros ultramarinos) proveen de artículos de lujo y esclavos a las clases acomodadas.
Y debido al poder creciente de los obispos, los reyes bárbaros y los emperadores controlan su elección, ya que en la práctica se habían convertido en funcionarios reales de igual rango que los condes y, tal como sucedía con éstos, era fundamental conservar su fidelidad. En algunas ocasiones y lugares se formaron auténticas "familias episcopales" y el cargo se transmitía de padres a hijos. De esta época data la costumbre canónica del celibato eclesiástico, que diferencia a las Iglesias de Oriente y Occidente» (Ana Echevarría Arsuaga: La Edad Media, siglos V-XII).


Desde el principio de del Medioevo hasta el fin de las monarquías absolutas los miembros de la nobleza ostentaron cardenalatos, obispados, abadengos o canonjías

indistintamente de sus correspondientes títulos militares, y muchas veces sin renunciar a ellos. Y en sus comienzos, los denominados Concilios ('concilium', consejo) eran reuniones de la nobleza de ambos signos, verdaderos parlamentos en los que, presididos por el rey o por el emperador, todos y cada uno de los asistentes deliberaban sobre asuntos indistintamente concernientes al gobierno de la Iglesia y al del reino.
Y al igual que ocurría con la nobleza secular, la Iglesia se dividía en alto y bajo clero, con unas posesiones territoriales y materiales que no tenían nada que envidiar en esplendor y en privilegios a aquélla.

Los reyes sembraron Europa de monasterios, abadías y conventos, administrados por los miembros religiosos de la nobleza (o por los miembros nobles de la Iglesia), como únicos lugares de residencia, refugio o retiro real y aristocrático. Complementariamente realizaban funciones similares a las de los flamen romanos: realizar diferentes ritos y sacrificios a Dios en aras de la salvación de sus patronos terrenales; como también dice la carta fundacional de Cluny que inicia este punto, «donamos todas estas cosas a los mencionados apóstoles por el amor de Dios y por el alma de mi señor Odón el rey, de mi padre y madre, por mi y por mi esposa, por nuestros cuerpos y almas. En Cluny se construirá un monasterio regular donde los monjes sigan la regla de san Benito. Allí se dedicarán ardientemente a prácticas espirituales y ofrecerán asiduamente oraciones y peticiones a Dios tanto por mí como por los demás».

«Consecuencia casi inmediata de la revuelta popular de la Niké, en el Hipódromo de Constantinopla, año 532, contra Justiniano, y aparte de la sangrienta represión, fue la reforma administrativa (535-536) dirigida por el prefecto del pretorio, Juan de Capadocia: en cerca de año y medio cien "constituciones" vinieron a plasmarla. Los obispos se convertían en jueces de los administradores que en las provincias fronterizas detentaban los poderes militar y civil» (Ana Echevarría Arsuaga: La Edad Media, siglos V-XII).

Quede constancia de que nos estamos refiriendo exclusivamente al papel de la nobleza eclesiástica, sin tocar aquellas funciones que, por extensión, los niveles inferiores de la Iglesia desempeñaron en el ámbito de la educación, la cultura, la sanidad, la seguridad social y de todas aquellas funciones, en resumen, que modernamente realiza la administración civil del Estado (incluyendo el control civil, y gran parte de la justicia). No olvidamos que, también en Cluny, el duque Guillermo de Aquitania tampoco podía dejarlo de lado, aunque fuese un poco como de paso, y su única referencia:  
«Deseamos que los monjes se ejerciten diariamente en trabajos de misericordia a los pobres, indigentes, extranjeros y peregrinos».


 


Históricamente, el grado de General fue adoptado en primer lugar por las órdenes monásticas medievales (los jesuitas continúan en ello), no utilizándose militarmente hasta el siglo XVI, época en que recibió esa designación el Comandante en Jefe del ejército. Más tarde, el rango de Mariscal de Campo se instituyó por encima de él: Mariscal deriva del fráncico 'marshkalk', caballerizo mayor, y propiamente servidor del caballo ('marh-skalk') a través del francés 'maréchal', que significaba tanto herrero, como veterinario.
General deriva de 'generalis', cuya raíz es 'genus', clase, categoría, y significa "de clase alta", o propiamente "con clase", lo demás se sobrentiende: los pobres no tenemos clase; como mucho "casta". Con ocasión de hablar de las clases, dentro del origen de las escuelas, ya vimos que clase deriva de 'classis', categoría social y, arcaicamente, milicia, es decir, gente con legitimidad y rango para portar armas. En cuanto a casta, viene del gótico 'kasts', grupo de animales, nidada de pájaros, no adquiriendo su sentido de "raza o linaje de hombres" hasta el siglo XV. Nada que ver.






Conclusión
«Item, pretenden algunos señores que cuando el payés toma mujer, el señor ha de dormir la primera noche con ella, y en señal de señorío, la noche que el payes deba hacer nupcias estando la mujer acostada, viene el señor y sube a la cama, pasando sobre dicha mujer, y como esto sea infructuoso para el señor y gran subyugamiento para el payés, mal ejemplo y ocasión de mal, piden y suplican que sea totalmente abolido» (Capítulo VIII del Proyecto de concordia entre los payeses de remensa y sus señores (1462); citado en Textos fundamentales para la Historia, de Miguel Artola)

Después de contemplar toda esta panorámica social ¿no les queda a ustedes la soterrada impresión, el etéreo parescer, de que cualquier tiempo pasado fue peor?:

«Las leyes antiguas son demasiado simples y bárbaras: los griegos llevaban armas y se compraban las mujeres unos a otros. Y todo lo que queda de la legislación antigua es de algún modo totalmente simple... Pero, en general, todos no buscan lo tradicional, sino lo bueno. Y es verosímil que los primeros hombres, ya fueran nacidos de la tierra o salvados de algún cataclismo fueran semejantes a los hombres ordinarios e insensatos; de modo que es absurdo perseverar en sus opiniones» (Aristóteles: Política, II 8, 19)

«La creencia de que la violencia ha aumentado sugiere que el mundo que hemos construido nos ha contaminado, quizá de manera irreparable. La idea de que la violencia ha disminuido sugiere que empezamos fatal y que los artificios de la civilización nos han conducido en una dirección noble, en la que ojalá continuemos» (Steven Pinker: Los ángeles que llevamos dentro)

(Bajo estas líneas, Isabel II en el teatro Shakespeare, de Darren Staples; cerrando la entrega una muestra de street-art 3D, de Eduardo Relero)


Sed buenos..., si podéis.
Pero seremos mejores si no olvidamos que «La ignorancia es el infierno» (Amalric de Bène)




1 comentario:

Anónimo dijo...

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Esta aventura es una exploración de las venas vivas que parten del pasado y siguen regando para bien y para mal el cuerpo presente de esta sociedad occidental... además de una actividad de egoísmo constructivo: la mejor manera de aprender es enseñar... porque aprender vigoriza el cerebro... y porque ambas cosas ayudan a mantenerse en pie y recto. Todo es interesante. La vida, además de una tómbola, es una red que todo lo conecta. Cualquier nudo de la malla ayuda a comprender todo el conjunto. Desde luego, no pretende ser un archivo exhaustivo de cada tema, sólo de aquellos de sus aspectos más relevantes por su influencia en que seamos como somos y no de otra manera entre las infinitas posibles. (En un comentario al blog "Mujeres de Roma" expresé la satisfacción de encontrar, casi por azar, un rincón donde se respiraba el oxígeno del interés por nuestros antecedentes. Dedico este blog a todos sus participantes en general y a Isabel Barceló en particular).